Nominar: la llamada que nos salva

Con su habitual precisión, Heidegger afirma: “Nombrar no es distribuir calificativos, emplear palabras. Nombrar es llamar por el nombre. Nombrar es llamada. La llamada hace más próximo aquello que se llama”. En la anterior entrada vimos que nombrar no es un gesto decorativo, sino un acto con un fuerte sentido ontológico: afecta al ser de quien nombra y de lo que es nombrado. Nombrar trae algo a la cercanía, lo rescata del anonimato, le da un lugar en el mundo. Porque nombrar es convocar. Y en esa convocatoria se realiza nuestra salvación: nos libra de la indiferencia, nos arranca de lo impersonal.

Hablar, entonces, no es solo articular sonidos ni combinar letras con destreza. Hablar es decir lo que es, dar sentido a la masa confusa de emociones, percepciones y experiencias que nos rodean. Cuando el lenguaje se reduce a ruido, la realidad se vuelve inhabitable. Cuando el lenguaje se convierte en llamada, la vida encuentra hogar.

En los últimos años, hemos asistido a una curiosa degradación semántica. La palabra nominar —que en castellano significa “dar nombre” o “proponer para un cargo”— ha sido secuestrada por la industria del espectáculo. Programas de televisión, reality shows y concursos han impuesto un uso empobrecido, importado del inglés to nominate, que en su origen no era problemático, pero que en su adaptación mediática se ha convertido en sinónimo de expulsión.

Hoy, cuando alguien escucha “estás nominado”, no piensa en ser llamado para una misión, sino en ser señalado para la exclusión. La nominación ya no es reconocimiento, sino preludio de destierro. El nombre se pronuncia no para integrar, sino para despojar de la dignidad recibida. Como si se tratara de una nueva expulsión del Paraíso, la persona nominada es arrojada fuera de la “casa de ensueño” o de la “isla de tentaciones”, y debe regresar al mundo real, donde su nombre se confunde con otros nombres, sin brillo ni fama.

Este desplazamiento semántico no es inocente. Las palabras no cambian de sentido sin que cambie también nuestra manera de mirar la realidad. Si nominar se asocia a excluir, ¿qué nos dice eso de nuestra cultura? Que hemos convertido la visibilidad en un privilegio frágil, que solo se mantiene mientras otros no nos desplacen. Que el reconocimiento ya no es un don, sino un espectáculo que se alimenta de la humillación pública. Que el nombre, en lugar de ser llamada, se ha vuelto sentencia.

Nominar, por el contrario, en su sentido más hondo, es pronunciar un nombre para conferir identidad y misión. Es decirle a alguien: “Tú eres tú, y no otro. Tú tienes un lugar, una tarea, una posibilidad que nadie más puede realizar”. Sin ese nombre, no habrá misión. Sin esa llamada, la vida se reduce a supervivencia.

Ser nominado, en este sentido, no es un privilegio elitista, sino una experiencia espiritual y existencial: todos necesitamos escuchar, al menos una vez, que alguien nos llama por nuestro nombre y nos confía algo que nos sobrepasa. Esa confianza nos constituye. Nos hace únicos. Nos da sentido. Y, paradójicamente, nos descentra: porque la misión no es para nosotros, sino para otros. Nominar no es coronar egos, sino despertar responsabilidades.

No hay nominación sin relación. No hay nombre que no implique pertenencia. Por eso, la nominación auténtica no expulsa, sino que acoge. No señala para excluir, sino que convoca para integrar. No humilla, sino que dignifica. Frente a la cultura del descarte, que convierte a las personas en objetos de consumo y desecho, necesitamos una cultura de la llamada, donde cada nombre pronunciado sea promesa de encuentro.

Nominar no se limita a las personas. También podemos —y debemos— nominar lo que no se ve: la esperanza, la ternura, la justicia, la compasión. Si no las nombramos, se evaporan. Si no las llamamos, se vuelven irreales. Nominar es, en este sentido, un acto político y espiritual: mantener vivas las palabras que sostienen la vida. Porque cuando desaparecen del lenguaje, desaparecen también de la experiencia.

Nominar, en su raíz, es un gesto de intemperie. No se trata de refugiarse en palabras bonitas, sino de arriesgarse a pronunciar nombres que comprometen. Nominar es decir: “Aquí estoy, y te llamo. Aquí estás, y te reconozco”. Es un acto humilde y audaz a la vez: humilde, porque reconoce que el otro no me pertenece; audaz, porque se atreve a convocarlo a la existencia. Nominar es la llamada que nos salva.

Palabras y silencio

He escrito en anteriores post sobre el silencio, sobre cómo mejoran las palabras, sobre su necesidad para una vida de sentido. Es un tema que me ronda constantemente, sobre todo porque, como todos, tengo que vivir en un mundo de palabras, no siempre entreveradas de síntesis.

Aún me impresiona la soberbia película de Phillip Gröning, El gran silencio. La he visto varias veces, sé que no es fácil, muchos me dicen que sus casi tres horas de imágenes y sonidos ambientales no consiguen acallar su palabrería interna. Es un signo de que no toleramos fácilmente los silencios, porque su elocuencia nos cuestiona, nos sitúa ante el devenir de nuestra propia existencia, porque nos han enseñado a expresarnos, escuchar, opinar, modelar,… siempre con palabras y a través de palabras. Mis escenas favoritas de la película, por cierto, son esas entrevistas con los monjes cartujos en las que están en silencio ante la cámara, casi se puede ver su alma.

Retomo, tras este breve descanso de agosto, mis post semanales. Querría que en ellos se entreveren mis palabras con mis silencios, que los espacios en blanco entre cada una de ellas, símbolos de mi pensamiento mientras escribo, inspiren encuentros y nuevas palabras en todos los que cada semana me leéis. Cada septiembre que comienzo de nuevo siento la responsabilidad de mis pensamientos puestos en palabras, a los que despierto y a través de los cuales muchos me acabáis compartiendo vuestro propio despertar. Es por eso que deseo poner más silencios, que mi alma desnudada semanalmente embellezca otras búsquedas, sin aprisionar significados.

A raíz de La celda cerrada, la magnífica última novela de Carmen Guaita, he releído los diarios de Etty Hillesum. En su entrada de junio de 1942, Etty, que busca estímulos para ser escritora y expresar al mundo su alma, dice: Solo quiero escribir palabras que se intercalen orgánicamente dentro de un gran silencio y no palabras que solo sirvan para superar y perturbar el silencio. En realidad las palabras deben acentuar el silencio.

Palabras intercaladas orgánicamente entre el silencio, palabras que no confundan el sonido de la vida, palabras que conduzcan al alma, al sentido. En ello estoy.

Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.