Cada año por estas fechas nos ponemos melancólicos, pastelosos incluso, sin reparos para que nuestra sensibilidad modere tantos caminos torcidos y esperanzas perdidas. Tapamos, avergonzados, las grietas que la vida ha ido abriendo y disimulamos nuestras carencias a base de escribir compulsivamente obviedades, felicitar a quien el resto del año tenemos olvidado, ponernos la máscara del «por un día no pasa nada», beber los tragos que después podremos vomitar.
Lo hacemos porque es lo que todos aceptamos, en parte incluso lo esperamos, ¿quién se atreve a mostrar sus vergüenzas personales?, ¿quién reconoce que no da para más, que estas son las cartas que le ha tocado jugar, pero es feliz así? Vivimos un permanente escarceo de la verdad porque tenemos miedo a todo lo que la verdad oculta.
Y es justamente ahí donde, nuevamente, Dios se presenta para descolocarnos, hacernos parte de un loco proyecto de salvación que remueve los cimientos de todo lo que creíamos saber, que coloca boca abajo las verdades construidas con mentiras repetidas, que comienza desde abajo y desde dentro lo que solo sabemos hacer desde el tejado y el maquillaje de la realidad. Una vida a la intemperie, sin vergüenza ni pudor ante todo lo bueno que podemos dar, y que tantos esperan de nosotros. Por muy pequeños que nos consideremos, solo esos detalles cambian el mundo, porque antes ya nos han cambiado a nosotros mismos.
Esperar algo nuevo implica confianza, sorpresa, cambio, pañales y pesebres que acogen, en su sencillez, signos de salvación. Estos día, este año, todo lo que estrenamos nos prepara para no tener miedo a caminar con la cabeza bien alta y no avergonzarnos de lo que la vida, y la fe, nos regalan. Feliz si lo entiendes así. Feliz Navidad, sin vergüenza… y sin miedo.
Hoy los trinitarios celebramos la solemnidad de san Juan de Mata, así que un poco de curiosidades históricas, que no vienen mal.
Unas reliquias viajeras, deseadas y robadas (varias veces)
En la noche del 18 de marzo de 1655, los religiosos trinitarios españoles Gonzalo de Medina y José Vidal, accedieron por medio de una ventana que rompieron a la iglesia de Santo Tomás in Formis, en Roma, que había sido la primera casa trinitaria en aquella ciudad y donde se guardaban los restos de San Juan de Mata. Ellos mismos dejaron una nota en el lugar reconociendo que las «robaban» porque no podían soportar que los restos del fundador de la Orden estuvieran abandonados y sin culto en aquella iglesia ruinosa. En 1379 el papa Urbano VI había confiscado la casa donde vivió y murió san Juan de Mata, en represalia por el apoyo de los trinitarios a Clemente VII, papa de Avignon, y desde entonces era un lugar en ruinas.
Los restos del fundador recorrieron un largo camino hasta España, donde fueron reconocidos por el nuncio Camilo de Maximis el 24 de noviembre de 1655, treinta años después se trasladaron de la nunciatura a la casa de los trinitarios descalzos en Madrid, donde hoy se venera a Jesús de Medinaceli, pero aún con dudas sobre su autenticidad. Es en 1721 cuando el papa Inocencio XIII reconoce la autenticidad y, el día 7 de mayo, las reliquias se repartieron entre los trinitarios descalzos de la iglesia de Jesús y los trinitarios calzados de la iglesia de la Trinidad en la calle de Atocha. No acabó ahí su «peregrinación», a causa de las leyes desamortizadoras de Álvarez de Mendizabal, en 1835 los dos grupos de reliquias se reúnen de nuevo y son depositadas en el monasterio de monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid. En los años previos a la Guerra Civil, por miedo a la quema de conventos, las monjas trasladaron los restos del fundador a casa de D. José Navarro-Reverter (subsecretario del Ministerio de Hacienda y subgobernador del Banco Hipotecario) en la calle Fuencarral 50, de donde fueron robados durante la batalla de Madrid y, sin que nadie supiera cómo, acabaron en el sótano de la basílica de San Isidro. El 8 de octubre de 1966 los restos de san Juan de Mata tuvieron su último traslado, esta vez a Salamanca, con la promesa del templo votivo que allí se iba a construir con su nombre, donde se pretendía depositar definitivamente las reliquias, en la misma urna de plata de 1722. Hasta que la iglesia pudo ser finalmente consagrada el año 2000, la urna con sus reliquias se conservó en un sótano que hizo las veces de templo parroquial.
Urna de plata de 1722 con los restos de san Juan de Mata (Parroquia S. Juan de Mata, Salamanca)
¿Y el sarcófago primitivo?
Otro recorrido igualmente extenuante tuvo el sarcófago original donde reposaron los restos de san Juan de Mata en Roma. A petición del Ministro general de los trinitarios descalzos, fr. Miguel de San José, el papa Benedicto XIV regaló el 3 de febrero de 1749 a la rama descalza de la Orden el primitivo sarcófago, que había quedado en la iglesia de Santo Tomás in Formis de Roma. Fue trasladado a la iglesia de Jesús en Madrid, de los trinitarios descalzos, donde estuvo hasta la destrucción del templo durante la ocupación francesa. El sarcófago apareció a finales del siglo XIX en unas obras de demolición del horno antiguo del palacio ducal de Medinaceli de la carrera de san Jerónimo. Es un antiguo sarcófago de mármol blanco, sin tapa y roto por los pies (51cm de alto, 2m de largo y 63cm de ancho) con una inscripción grabada en uno de sus laterales:
Anno Dominice Incarnacionis MCLXXXXVII(I) , pontificatus vero domni Innocencii pape tertii anno primo, XV,(I) ka(lendas) ianuarii, institutus est nutu Dei Ordo sancte Trinitatis et captivorum a fratre Ioh(anne) sub propria regula sibi ab Apostolica Sede concessa. Sepultus est idem frater Iohannes in hoc loco, anno Dominice (Incarnacionis) MCCXIII, mense Decembri, die XXI
En el año de la encarnación del Señor, 1198, en el pontificado del señor papa Inocencio III, en el primer año, el 17 de Diciembre, por señal de Dios fue instituida la Orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos por el hermano Juan, bajo propia Regla, concedida a él por la Sede Apostólica. Fue sepultado el mismo hermano Juan en este lugar, el año del Señor 1213, el mes de diciembre, el día 21.
D. Manuel de la Cruz, que fue el director de obras de la demolición, detalla y comenta la inscripción, así como la existencia de un tarjetón de mármol blanco truncado en un lateral del sarcófago, con la inscripción:
N.º Ss.mo P. Benedicto XIV dió este sepulcro de S.n Juan[n de Ma]tha para esta Yg.ª á N.R.P. Grãl F. Mig.l de S. Jph, oy [Ob.º de] Guadix el año de 1749. y la Ex.ª S.ra D.ª Theresa Mon[cada] y Benavide[s], Duq.ª de Medina Coeli y Marq.sa de Aytona y [n.ª pa] trona, le colocó ccon este adorno en 7 de Feb.º de 1[75(0?)]
Dª Teresa de Moncada y Benavides, duquesa de Medinaceli, tomó el patronazgo del altar y sepulcro de san Juan de Mata en la iglesia de Jesús, es posible que este fuera el motivo por el que tras la demolición del templo el sepulcro acabara en el palacio ducal anejo.
En enero de 1891 la duquesa viuda de Medinaceli, regente de la casa por la minoría de edad de su hijo, Casilda Remigia de Salabert i Arteaga, atiende una petición de D. Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, para ceder a la Real Academia de la Historia el sepulcro de mármol de San Juan de Mata. D. Pedro Madrazo, director de la Academia, agradece a la duquesa la cesión de la propiedad del sarcófago, que califica como «antiguedad sagrada», y pide que sea enviado al monasterio de Monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid, con «objeto de darle decorosa colocación». Solo dos años después, la Real Academia de la Historia cede el sarcófago al Museo Arqueológico Nacional para que forme parte de su exposición Histórico-Europea, inaugurada el 5 de abril de 1893 y promovida por D. Juan Navarro Reverter (que era abuelo de D. José Navarro-Reverter, al que se encomendaron las reliquias de san Juan de Mata durante la Guerra Civil). La prensa se hizo eco de la apertura de las nuevas salas, destacando la presencia del que llama «sarcófago monumental de San Juan de Mata».
Tras pasar por diferentes salas, debido a sucesivas reformas y adaptaciones a los nuevos conceptos museísticos, finalmente el sarcófago se retiró de la exposición permanente y fue trasladado a los sótanos del Museo Arqueológico Nacional en 1981. Desde 2013 se encuentra en los nuevos almacenes del Museo, que albergan el 98% de los fondos del mismo. Han sido muchos los intentos de solicitar una cesión del sarcófago a la Orden, todos sin éxito.
Tanta historia, ¿para qué?
En este post me he aventurado con una pequeña investigación histórica, no completa, para no aburrir demasiado. Los trinitarios no hemos sido especialmente cuidadosos con la memoria de nuestro fundador, desde los orígenes de la Orden se resaltó más el protagonismo divino de la fundación que la figura de Juan de Mata, un antiguo adagio sentenciaba: Hic est Ordo approbatus non a sanctis fabricatus sed a summo solo Deo (Esta Orden no fue hecha por santos sino solo por Dios). Es evidente que esto no ayuda para reconocer su papel histórico a quien recibió la inspiración de la fundación. De hecho, Juan de Mata no fue canonizado hasta 1666 por Alejandro VII, y lo fue más bien in extremis, por reconocimiento de culto inmemorial, antes de que cambiaran las normas para las canonizaciones. Sabemos que Juan de Mata fue profesor en la escuela catedralicia de Paris, pero no conservamos ningún documento o texto escrito por él, salvo la Regla de la Orden, de la que realmente no podemos saber qué es propio y qué añadido por las diferentes autoridades eclesiásticas por las que pasó para su aprobación.
Los religiosos de la nueva Orden, primera no monástica de la historia y primera con aprobación pontificia, no fueron nunca conocidos por el nombre de su fundador, como es común en otras de la época o posteriores. En todos los textos primitivos, bulas pontificias y documentos legales tan solo aparece como el hermano Juan. Esto dio pie a la aparición de relatos fabulados sobre sus orígenes, su familia, su magisterio en Paris…, la mayor parte anónimos. Ya hemos visto cómo durante trescientos años sus mismos restos mortales estuvieron prácticamente abandonados en el lugar donde fueron enterrados en Roma, y solo se preocuparon por recuperarlos, y no pudo ser más que robándolos, cuando se empezó a gestionar su canonización.
A pesar de todo ello no se perdió su memoria, siempre reservada al interior de la misma Orden (a pesar de los muchos intentos para incluirla como memoria de la Iglesia universal), y es precisamente a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando a san Juan de Mata se le reconoce sin ambigüedades su papel relevante en la fundación de la Orden, promoviendo estudios, publicaciones y reflexiones sobre su figura. Tal vez hemos tardado mucho, ochocientos años, aún así hay mucho todavía que reconocer, nos falta adoptar su espíritu, el impulso que le llevó a dejarlo todo e ir contracorriente, a hablar de encuentro cuando la mayoría, empezando por el mismo Papa, solo hablaban de cruzadas y de odios, a apostar por sencillez y pobreza en una Iglesia rica y poderosa, a aceptar incluso la negación de sí mismo y de su contribución a lo que estaba creando para que solo tuvieran protagonismo Cristo Redentor y la obra de liberación y misericordia.
Las reliquias y los sarcófagos están bien donde están, en los silencios que los acogen, no creo que debamos perder tiempo en reclamarlos o hacerles monumentos, nuestro mejor tributo a san Juan de Mata será no quedarnos en silencio, porque aún hay mucho que aprender, emprender y creer.
Hace poco proponía la necesidad de recuperar las virtudes en la educación, hay quien me han apuntado que eso sería como volver a otras épocas, recuperar un lenguaje trasnochado, del que se ha abusado mucho, y que ha sido superado en el debate por los valores, especialmente en una sociedad que tanto los reclama y desplaza a un mismo tiempo.
Sigo pensando que las virtudes son el presente de los valores, les aporta un sentido de realidad y de finalidad. Así las definió Aristóteles, las virtudes suponen la perfección y la bondad de nuestras acciones, no solo como una práctica moral, sino en cuanto disposición personal permanente. En su “Ética a Nicómaco”, Aristóteles afirma que la virtud humana no puede ser ni una facultad ni una pasión sino un hábito. Ser virtuoso no pertenece a nuestra naturaleza, debemos aprenderlo con la práctica y la repetición, y cuando esos hábitos nos ayudan a cumplir nuestra misión los llamamos virtudes.
El problema es que tendemos a confundir virtudes con sentimientos, lo decía Galdós refiriéndose a la política, «Creo yo que la política no se hace con sentimientos sino con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos» (Luchana, cap. IV, Episodios nacionales), y nos vale para la educación, para nuestra práctica religiosa, para las relaciones interpersonales… Es esta confusión la que ha reducucido las virtudes a meras prácticas morales, despojándolas de su fuerza transformadora, de su sentido de realidad. Nuestro gusto por las grandes palabras consigue empobrecer la visión cercana y sencilla que las virtudes aportan a nuestro quehacer diario, «poco adelantamos».
Y esto viene a que la propuesta cristiana del adviento nos plantea más vivir en la virtud que en los sentimientos. Esperanza, aceptación, gratitud, alegría, generosidad, confianza, empatía, dignidad… son algunas de las virtudes que asociamos a este tiempo, pero que estamos viviendo como sentimientos pasajeros y obligados, bonitamente resumidos en tarjetas de felicitación, traicioneramente escondidos en luces, fanfarrias y regalos, peligrosamente presentados como señuelo de un futuro ideal, de una vida que no es la nuestra, y que por ello nos provoca depresiones incomprensibles y añoranzas vacías.
Vivir el adviento como virtud significa replantearnos las limitaciones que imponemos a nuestra vida, despojándola de sueños y de proyectos de un día, supone un aprendizaje continuo, más allá de este mes previo a la Navidad, no de problemas a resolver apasionadamente sino de dinámicas a vivir en todos los presentes en los que debemos hacernos presente virtuosamente.
El adviento no es, por más que algunos sigan instalados en ello, es la pena de no tener otro discurso, preparar nuestro corazón para que nazca el Niño Jesús, ni es una lucha sin cuartel contra el consumismo y las costumbres que se nos imponen de fuera, ni es tampoco una pelea político-religiosa por poner un belén en la plaza pública. Todo esto no es más que una suplantación de las virtudes por sentimientos, y así «poco adelantamos».
El adviento es la vida diaria del que cree y confía, su presente, su apertura al cambio, es la disposición para ser significativos desde la fe, testigos de la resurrección, de la vida en abundancia. Es difuminar fronteras, eliminar las concertinas que rasgan esperanzas, es levantarse tras tanta caída tonta que nos hace inválidos de futuro, es ver horizontes a pesar de los presentes sinuosos, deconstruir ambiciones para levantar realidades sencillas pero intensas, es una actitud vital y permanente. Solo así podremos celebrar, cada día, el adviento como virtud.