Camaleones

Es difícil saber si nuestra condición camaleónica se debe al instinto de supervivencia o al de juego, lo cierto es que cada vez se extiende más esa necesidad de ocultarse a plena vista, aparentar ser quien no se es y camuflar ante el mundo lo que nos apasiona. De niños resultaba gracioso, excitante incluso, divertirse siendo otra persona, disfrazarse para explorar nuevos sentimientos, calzarse los grandes zapatos de los adultos en un inocente juego de ser mayor. Pero cuando ya somos adultos, y se nos presupone la madurez de la experiencia y del tiempo, los disfraces cambian su sentido y se convierten en intuiciones de lo que reprimimos o no queremos aceptar.

He conocido a personas que justifican su vida camuflada. El infantilismo con el que se viven muchas de las relaciones laborales y personales, también familiares, les obliga a ocultar sus sentimientos; han aprendido a convivir con dos comprensiones del mundo contrapuestas, la que se visten para encajar en su ámbito relacional y la que puede entreverse debajo de sus disfraces pero que nunca muestran. Aunque, claro, no existe el disfraz perfecto, menos aún para uno mismo, el espejo de la vida sabe descubrir lo que nuestros zapatones pretenden esconder.

Camuflamos lo que no entendemos y lo que creemos que otros no entenderán, o no aceptarán de nosotros mismos. Nuestros disfraces pretenden tapar las convicciones, la fe, la esperanza, la belleza de nuestro ser, porque nos sentimos más seguros así, parte de una sociedad del camuflaje, donde lo desapercibido queda para el ámbito de lo privado, y resulta más fácil construirnos una vida de camaleones, con sentimientos que no son nuestros, con máscaras tras las que ver la realidad. No siempre somos nosotros quienes nos ocultamos, se banaliza cada circunstancia que nos desnuda, se ocultan los espejos de verdad y pasamos a ser víctimas de la mascarada de aparentar ser quienes no somos en realidad.

Estas reflexiones no son un alegato carnavalesco para que abandonemos nuestros disfraces y mostremos cómo somos y nos sentimos en realidad. Son más bien una invitación a saber mirar aquello que los otros nunca serán capaces de esconder bajo apariencias deslumbrantes, ser espejos acogedores para sus búsquedas. Comienza por mirar bien, el camaleón no puede hacerse invisible, aunque crea serlo; comienza por no juzgar, las palabras, incluso las que no pronunciamos, solo contribuyen a que otros se escondan más profundamente y tengan miedo de abandonar su camuflaje; comienza por comprender, más allá de entender el sentido de la vida está la comprensión de la vida de quienes caminan a nuestro lado.

Ver el brillo

Cuando parece que las desgracias y las catástrofes hacen cola a nuestra puerta, para empadronarnos en la ciudad de las tristezas, reaccionamos resistiéndonos o abandonándonos a su deriva. Caminamos por una cuerda floja que nos convida a estar atentos a cada paso, y esa fijación extrema para evitar el tropiezo y la caída al vacío nos despista de la importancia de la interpretación. Sin una hermenéutica que nos remueva personalmente, es más fácil mantener el equilibrio entre lo que no entendemos y lo que nos amenaza, pero entonces perdemos la perspectiva de la memoria, renunciamos al conocimiento de la realidad y olvidamos el brillo estético de las cosas que amamos.

Joseph Campbell dice que el mayor regalo es ver el brillo en todo. No soy dado a sacar obsesivamente brillo a las cosas, podría encontrarme con reflejos que me despisten de la verdadera esencia de su presencia en mi vida. Pero hay un brillo natural, que Campbell siente como regalo, invitándome a descubrir la belleza que aporta a todo lo que miro y percibo. Está en los momentos felices, y también en los oscuros. Es eco de tristezas, y también de alegrías desbordantes. Deslumbra cuando me acerco a él, y también me protege de los depresivos instantes de soledad. Es el brillo que me reconcilia con quienes unen sus pasos a los míos. Es un brillo que me regala abismos y cimas de sentido, espacios en los que soy libre, porque no me quedo a vivir en la melancolía.

A veces, nos dejamos conducir por la preocupación de pulir nuestras relaciones con las cosas y con las personas, buscamos su brillo, como si obteniéndolo estuviéramos salvados de la obligación de comprenderlas. Nos convertimos, entonces, en coleccionistas de reflejos. Vemos el brillo que queremos ver, abrillantamos la vida a nuestro alrededor para que se nos haga más amable, pero sin profundizar en la conexión que le debemos. Es nuestro propio brillo el que buscamos, es nuestra idea de mundo, y de persona, y de vida, pero no son realmente el mundo, la persona y la vida que brillan por sí mismos y que podemos realmente amar.

Sabemos que hay quien brilla con luz propia, pero también quien refleja la luz de los soles que tiene a su alrededor. No despreciar ninguna luz, pero tampoco conformarse con ser reflejo automático del brillo de otros. Aprender a quererse, acoger las sombras y ver en ellas también el brillo del valor propio, en esto consiste lo más complejo de la vida, pero también lo más hermoso.

El arte como salvación

Hace un año tomé nota de una historia que Carlos del Amor llevó a las noticias de TVE con motivo del día mundial de los museos, y que merece la pena rescatar: Cuando hacía el reportaje, se encontró con una señora de 92 años que veía por primera vez el cuadro de Las Meninas en el Museo del Prado. Carlos del Amor se cruzó en su camino, y como suele hacer, con su calidez y cercanía, la convirtió en el centro de la noticia. El reportaje termina afirmando que el arte, la cultura, es tan necesaria como el aire que respiramos.

Cada camino escogido nos lleva a encuentros inesperados, es así como se configuran las culturas, a partir de la capacidad significativa de los símbolos y del universo de encuentros que generan. Cuando entro en un museo por primera vez me gusta deambular, dejarme llevar por esos caminos de descubrimiento, en el que me invaden las sorpresas y el asombro, a veces por grandes y maravillosas obras de arte, otras por escondidas y pequeñas obras que parecían esperarme desde hacía tiempo, cada vez más cómplice con el arte abstracto que con el figurativo. Si tengo la oportunidad de regresar al museo, sus caminos interiores devuelven a esos espacios de sentido, que han aguardado pacientemente mi regreso, que han alimentado mis sueños, que equilibran todas las heridas y caídas acumuladas hasta entonces.

Y ya que he comenzado con el Prado, esos caminos me llevan a tres obras que me salvan constantemente. El descendimiento de Cristo, de Roger van der Weyden; la Anunciación, de fra Angelico; y un pequeño bodegón de Juan Sánchez Cotán. Es solo después de estas visitas cuando dejo que mis pasos me conduzcan a otros encuentros inesperados. ¿Por qué esos tres cuadros? Cada uno de ellos ha marcado un momento decisivo de mi vida, fueron encuentros inesperados cuando andaba en busca de respuestas, y me salvaron, de un modo u otro lo hicieron, complejo de explicar, porque hay experiencias que se corrompen con las explicaciones.

El arte es tan necesario como el aire que respiramos, decía Carlos del Amor, porque el arte es salvación, nos rescata de los vacíos que se crean en nuestras relaciones, nos ayuda a encontrar nexos de unión que ni siquiera las palabras pueden concebir, nos conecta con preguntas de sentido que quedaron suspendidas en la memoria, nos salva de la tentación de lo asimbólico, del deseo de lo simple, de las búsquedas infructuosas. El arte nos humaniza, y lo hace porque abre una gran ventana a la trascendencia, nos acerca a Dios, nos permite acceder al acto de creación permanente. Nos salva.