Libertad frente a automatismo

Tenemos una tendencia biológica al automatismo. Lo aplicamos a todo: a nuestros vínculos, a nuestras emociones, a nuestra forma de mirar al otro. Todo en el sistema parece empujarnos a ser predecibles. Automatizamos la comprensión de la realidad para ahorrarnos el esfuerzo de pensar, creyendo que así compramos tiempo extra, aunque nunca lleguemos a usarlo. En ese ahorro de energía, lo que realmente perdemos es nuestra libertad y nuestra capacidad de asombro.

Hannah Arendt señalaba que ser libres es, precisamente, alcanzar la interrupción de ese proceso automático. Ella lo llamó “el milagro de la libertad”. Si en el post anterior Sartre nos dejaba ante el muro de nuestra situación, Arendt viene a recordarnos que no somos simples piezas de un engranaje. Si nos dejamos llevar, acabamos siendo una mera consecuencia de nuestro pasado. Por eso, ella sitúa la esencia del ser humano en la “natalidad”. No se refiere al hecho biológico de nacer, sino a la capacidad constante de «dar a luz» algo que no existía: una palabra, un gesto o una decisión que rompa la cadena de causas y efectos que nos arrastra.

Este milagro no es sobrenatural, es el hecho estadísticamente improbable de que un ser humano decida, de pronto, actuar de una manera distinta a como «se supone» que debería actuar según su historial. Somos, por definición, iniciadores. Y por eso necesitamos de la memoria, como cadencia que nos estructura. Hay memorias que nos salvan, que nos protegen de la adversidad de un futuro amenazante o de un presente inestable. Tener memoria —que no es lo mismo que tener “buena memoria”— es una garantía de estabilidad emocional y existencial. Sin embargo, para alcanzar una verdadera estabilidad simbólica y espiritual, debemos detectar cuándo la memoria se convierte en trampa. En en esos momentos que Arendt nos invita a dejar obrar el milagro: que nuestras decisiones dejen de estar hipotecadas por los supuestos del ayer, o de nuestra naturaleza, y nos atrevamos a dar un paso creativo, libre y radical.

Frente a la simplicidad de las definiciones impuestas, la libertad no consiste solo en elegir entre el plato A o el plato B que el menú de la vida nos ofrece. Ejercemos nuestra libertad cuando tenemos el coraje de elegir la opción C, esa que no estaba en la carta y que tenemos que inventar sobre la marcha. La libertad es la capacidad de iniciar algo nuevo, precisamente donde todos esperaban que repitiéramos lo de siempre. Volviendo a Sartre, e iluminados por Agamben, la libertad es una experiencia de extrañamiento, no es solo hacer lo que se quiere, sino acoger en nosotros la capacidad de extrañarnos del propio mundo para poder cambiarlo y cambiarnos a nosotros mismos. Elegir sin guiones predefinidos. ¿Hay mayor milagro que defraudar las expectativas de la inercia?

Es una propuesta que nos saca de la introspectiva protectora y nos lanza al espacio común: no somos libre en el silencio aséptico de nuestro hogar mientras teorizamos sobre lo que haríamos; somos libre cuando salimos a la intemperie y buscamos, junto a otros, opciones fuera del menú de las circunstancias. La libertad es el inter-est, lo que sucede “entre” nosotros, en el pensamiento compartido, cuando nos atrevemos a ser impredecibles.

Aceptar nuestra natalidad y la extrañeza es una carga pesada. Es mucho más cómodo decir «soy una víctima de mis circunstancias» que reconocer que tenemos el poder de interrumpir la inercia. La mayoría de nuestras supuestas “decisiones” no son más que reacciones automáticas, un dejarse llevar para que la existencia no se nos complique demasiado. Pero si nuestra vida es solo la suma de nuestras inercias, no somos libres; somos simplemente un proceso biológico que sigue su curso. La libertad comienza en el instante en que nos atrevemos a ser el milagro que rompe nuestra propia estadística.

La idea de Arendt sobre el «milagro de empezar de nuevo» es el único antídoto real para el cansancio crónico de la rutina. Es lo que convierte al «hombre-puente» de Nietzsche en el «hombre-arquitecto» de su propia realidad. ¿Seguiremos siendo una consecuencia o nos atreveremos a ser un comienzo?

El peso de decidir: libres o cautivos

Cuando don Quijote se vio libre de los engaños de Altisidora, tras cruzar las puertas del castillo de los duques, compartió con Sancho una de las reflexiones más bellas y lúcidas de la novela:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (Don Quijote…, Capítulo LVIII).

Cervantes no necesitó impostar la emoción ni medir sus palabras: sabía de lo que hablaba. Había conocido el frío del cautiverio en Argel y el precio real de recuperar la libertad.

Y, sin embargo, la libertad nunca ha sido solo un don. También incomoda, también nos obliga. Nos han advertido muchas veces que no es lo mismo libertad que libertinaje, que la autonomía auténtica es la que se impone límites para no aplastar la del vecino. Pero, más allá de la ética social, la libertad es un problema de identidad: somos libres cuando afrontamos decisiones, y decidir implica aceptar que cada elección es, al mismo tiempo, una renuncia. Elegir es construir sobre un cementerio de posibilidades.

Desde su noción de “situación”, Sartre nos propone: «Ser libre no es poder hacer lo que se quiere, sino querer hacer lo que se puede». La libertad no es ese superpoder infantil del “querer, es poder”, sino la capacidad trascendental de dar sentido a lo que somos dentro de los límites de lo que no hemos elegido. Sartre lo llama “facticidad”: ese muro de hechos concretos que no elegimos —nuestra familia, nuestra época, nuestro cuerpo, nuestras crisis— y contra el cual choca constantemente nuestra voluntad.

Heidegger nos describió como seres “arrojados” a un mundo que ya estaba ahí. Pero, mientras unos convierten esa facticidad en excusa —«yo soy así», «las cosas son así», «no puedo cambiarlo»—, otros asumen la incomodidad de gobernar la propia deriva, y entienden que la verdadera libertad consiste en tomar el timón de su vida. En propuesta de Hannah Arendt: somos capaces de iniciar algo nuevo a pesar de la herencia recibida. No elegimos las cartas, pero somos responsables de cómo jugamos la partida de la vida.

Por eso la libertad no es cómoda, y fácilmente la vendemos al primero que nos asegura seguridad o tranquilidad. Su incomodidad consiste en que nos obliga a responder y elimina la coartada. De ahí que resulte tan seductora la renuncia encubierta: delegar, adaptarse, dejarse llevar. O, en su versión más sofisticada, llenar la vida de pequeñas dependencias que nos ahorren tomar decisiones. Sobre esta trampa nos advierte una conocida máxima de Pepe Mujica: «No soy pobre, soy sobrio, liviano de equipaje. Vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad».

Acumulamos ataduras, no solo objetos. Cada posesión nos exige un mantenimiento, cada logro nos genera unas expectativas, cada comodidad nos crea una nueva dependencia. Y así, convertimos la libertad en una carga demasiado pesada, hasta el punto de no lamentar su pérdida.

La reflexión de don Quijote termina con una imagen tan dura como cierta: «¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!». Ahí está la trampa: no perdemos la libertad de golpe, la vamos cediendo poco a poco a cambio de protección, de reconocimiento, de estabilidad, de pertenencia. A cambio de no tener que decidir constantemente.

En un mundo que nos ofrece “libertad” en forma de suscripciones vitales, fidelidades y gratitudes debidas, lo verdaderamente revolucionario de ser libres no es tener más, sino deber menos; no es conseguir tener ante nosotros todas las opciones posibles, sino en reducir las ataduras y ser capaces de renunciar sin dejar de ser lo que somos.

Vivir a la intemperie es aceptar la incomodidad de no tener excusas. Es entender que el pan más sabroso no es el que más calienta nuestro estómago, sino el que nos permite seguir siendo dueños de nuestros silencios y de nuestras deudas.

El mapa de nuestras contradicciones

Cada Semana Santa se nos presenta como un mapa de nuestras contradicciones. No viene a darnos respuestas masticadas ni a resolver, mágicamente, las tensiones que nos desgarran por dentro. Al contrario: es una invitación a mirar de frente nuestras ruinas, a encontrar su sitio en el resto de la existencia y a descubrir que, precisamente en el epicentro de esa contradicción, es donde empieza a latir lo nuevo.

Nuestras contradicciones no son un error del sistema ni una mancha en el expediente; son el síntoma de nuestra libertad. Lo que elegimos y lo que evitamos, lo que proclamamos a gritos y lo que silenciamos por miedo… todo eso convive en el campo abierto donde se construye una vida auténtica. Intentar vivir ignorando nuestras sombras es como limpiar una casa tirando los muebles por la ventana: eliminamos lo que molesta, pero nos quedamos sin nada que dé sentido al hogar. Estos días son para bajar al sótano, ahí donde la contradicción no solo duele, sino que revela quiénes somos realmente bajo la piel de la costumbre.

El relato de la Pasión es, en esencia, un tratado sobre la tensión humana. No es una historia de héroes inmaculados, sino de cobardes que huyen y amigos que traicionan. Lo asombroso es que el acto más libre y luminoso de Jesús no ocurre a pesar de esas traiciones, sino a través de ellas. La entrega se cocina en el barro de la debilidad. Es ahí donde las máscaras se agrietan y el amor, rodeado de cálculos mezquinos, muestra su verdadera fuerza transformadora. Como bien decía Paul Claudel: «Dios no vino a explicar el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia». La cruz, por tanto, no es el final del camino, sino el lugar donde la presencia se hace carne en lo que parece perdido.

Aquí aparece la gran paradoja: para saborear la vida en plenitud, hay que aprender a abrazar la propia finitud. No hablo de un mero aceptar la propia muerte, sino de acoger lo que se acaba desde su realidad y crudeza: un proyecto, una relación o esa imagen idealizada que tenemos de nosotros mismos. Cada vez que algo muere en nuestras manos, se abre la posibilidad de una versión más real de nuestra existencia. El equilibrio no consiste en esquivar la herida, sino en reconocer que la herida es, a menudo, por donde entra la luz. Lo recordaba con dureza Léon Bloy: «Hay lugares en el corazón humano que todavía no existen, y para que existan es necesario que entre en ellos el dolor». Sin esa apertura, la vida se vuelve plana, protegida, pero estéril.

Esa misma tensión habita en los símbolos que contemplamos en estos días: pan roto, madera pesada, clavos que hieren, un sepulcro que se cierra. El riesgo es que se vuelvan piezas para nuestro particular museo espiritual, rutinas que protegen el sentimiento pero no salvan el alma. La fe no se nutre de repeticiones, sino de traducciones urgentes: ¿qué es hoy ese pan que debe partir mi egoísmo?, ¿qué maderos cargan hoy los que caminan a mi lado en el anonimato de la calle?, ¿qué silencios me están gritando que el tiempo del «siempre igual» se ha terminado? Sin esta relectura, los ritos son solo ruido; con ella, son el mapa de nuestra propia transformación.

La Semana Santa no es una liturgia cerrada. Es el espacio donde lo roto encuentra, por fin, su lugar. La salvación no llega cuando todo encaja perfectamente en nuestros esquemas, sino cuando aceptamos un amor que desborda cualquier cálculo. Lo nuevo está brotando ya en la misma entraña del desorden, aunque todavía nos cueste reconocerlo entre las sombras del viernes.

Nos quedamos aquí, ante la piedra sellada y el silencio que pesa, no con la resignación del que espera un final, sino con la inquietud del que sabe que algo está a punto de romperse para siempre. Porque solo quien ha sostenido la mirada a la muerte está preparado para reconocer, al tercer día, el pulso de una vida nueva.