Tortícolis del corazón y…

Por más que pongamos los pies en la tierra, que caminemos por un presente que a veces es transgresor y otras paralizante, nos embriaga la permanente presencia del pasado. Vivimos el tiempo presente, pero no podemos dejar de vivir y revivir las experiencias que nos han traído hasta él, algunas se convierten en esclarecedores aprendizajes que nos sitúan y enriquecen, otras se hacen lastre para avanzar. Cuando miramos compulsivamente atrás se atrofian nuestros músculos emocionales y espirituales, transformamos la creatividad en tradición y nos dejamos vencer por esas seguridades disfrazadas de prudencia, pero que ocultan miedo y pasividad. Buscamos de tal modo explicaciones en el pasado conocido que nos incapacitamos para ver la belleza de los pasos que damos, anhelamos lo perdido y dejamos de aprender lo nuevo.

Son los síntomas de la tortícolis del corazón. Muchas de nuestras atrofias tienen que ver con la dificultad para soltar aquello que hemos amado, o en lo que nos hemos sentido amados, nos conformamos entonces con los vagos recuerdos de su paso por nosotros para hacer de ellos un refugio seguro. El problema es que dejamos de ver la actualidad de nuestros sentimientos, costará cada vez más encontrarnos con esa realidad que nos desconcierta, instalados en una espera impaciente por recuperar los pretéritos pasos que un día nos dieron sentido, aunque de ese modo abandonemos el sentido que ahora le debemos a la esencia que nos constituye.

Con un corazón que siempre mira atrás evitamos los conflictos del presente, tranquilizamos la conciencia habituándola a esquivar los golpes, apagamos el fuego que nos alienta a resistir, a crear armonía entre los estados de nuestra vida. La mirada que se vuelve es la misma que cierra los párpados cuando se encuentra ante su compromiso por crear y construir, prefiere pasear por caminos trillados antes que admitir equivocarse, rumia con desdén los desafíos y siempre encuentra para cada uno de ellos una palabra ya dicha, por sí misma o por otros, una salida airosa, algo fácil de pronunciar, que la salve del terrible hoy desgarrador.

Lo más tremendo de esta afección es que supone una muerte silenciosa de nuestros sentimientos. Echar de menos la belleza del pasado no es un drama, sí lo es morir a la belleza presente ante nosotros. Del cualquier tiempo pasado fue mejor hacemos una máxima que desmorona lentamente cada nuevo sentimiento por construir. Incapacitados para amar la nueva vida a la que cada día amanecemos, no podemos más que entregarnos a los conocimientos que perduran en nuestra memoria, convencidos de que solo en ellos encontraremos un sentido a nuestras oscuridades. Viejas soluciones para una vida que se abre paso entre nuevos retos. Viejas esperanzas que nos llaman a regresar a la casa segura y nos envuelven en una infelicidad crónica, pero en la que, curiosamente, nos sentimos a salvo.

Amanecer con esta tortícolis pone a prueba nuestra capacidad de superación, ningún tiempo pasado vendrá a suplir nuestro compromiso con lo que nos corresponde vivir en el presente, iluminará algunos de sus espacios oscuros, será ánimo para las inevitables caídas, pero no podrá sustituir el vértigo creador para el que somos requeridos. Es triste cuando, por dolor o por cansancio, preferimos mantener una mirada emocional al pasado que nos redima del doloroso giro al presente de nuestra vida, como si pudiéramos recuperar lo que fuimos para rescatar lo que nos da miedo ser.

La terapia más adecuada, es dolorosa, nos exige rotaciones suaves y delicadas hacia la realidad que tenemos ante nuestros ojos, valor para acoger la vida según nos va llegando, mirada esperanzada, espíritu creativo, caminar firme. Una rehabilitación de nuestras emociones para aprender a descubrir la belleza allí donde solo parecen verse manchas sin sentido, un baño de presente y de realismo que nos empuje hacia los necesitados campos de nuestro compromiso. Los ejercicios para la tortícolis del corazón también pueden recetarse a nuestros grupos e instituciones, que miran atrás con una mezcla de nostalgia y protección; y servirán para otra triste afección que nos amenaza, pero de esa hablaremos la próxima semana…