Palabras sanadoras

En estos ocho meses he conseguido reactivar este blog y ser fiel a la cita semanal. Como escribí en su día, no he querido darle una temática cerrada, más bien quería hacerlo reflejo de mis reflexiones, mis búsquedas e inquietudes. En cualquier caso sus palabras han sido sanadoras, en primer lugar para mí mismo, sé que también para otras personas, en las que he despertado un sueño de conciencia, eso me ha animado a seguir.

La situación global que estamos viviendo en los últimos meses ha sido una buena fuente de inspiración. Sigue siéndolo. La enfermedad, especialmente cuando adopta formas misteriosas, tiene la facultad de hacernos valorar la salud, hasta el punto de llegar a considerarla un valor supremo, por encima incluso de la libertad, de la justicia o del amor. El miedo, ya nos ha pasado otras veces, es el peor aliado de estos otros valores, que sí merecen la categoría de superiores. Por miedo somos capaces de poner una supuesta seguridad personal por encima de nuestra libertad, por miedo desechamos el amor y primamos los celos y la desconfianza, por miedo empoderamos la salud y la belleza para desbancar la fealdad de la enfermedad y del dolor.

No, no he caído en una ingenuidad anticientífica. Debemos combatir la enfermedad y asegurar la salud de todas las personas, también de nuestro planeta, evidentemente, pero no convertir esa salud en bien y valor superior a costa de lo que realmente nos humaniza. Churchill, que entre otras cosas nos ha legado una buena colección de frases citables en cualquier contexto, lo expresó diciendo que la salud no es más que un estado transitorio de la vida que no conduce a nada bueno.

En esa búsqueda desesperada de la salud acabamos poniendo nuestras esperanzas en medios de los que tardaremos mucho en conocer sus consecuencias. Concretamente, esta carrera de las grandes farmacéuticas mundiales por encontrar una vacuna a la covid-19 me plantea dos interrogantes: en primer lugar, qué efectos secundarios sobre nuestra salud estamos dispuestos a pasar por alto a medio y largo plazo, con tal de tener una vacuna rápida y eficaz, probada y aprobada en tiempo récord para evitar los conflictos sociales y económicos que la pandemia puede generar si continúa en el tiempo; en segundo lugar, cómo se evitará la brecha social y sanitaria que provocará el hecho de que un gran porcentaje de la población mundial no tendrá acceso a la vacuna, la misma OMS ha reconocido que no estará en condiciones de hacerla llegar a las personas socialmente más vulnerables.

La salud es parte importante y necesaria de nuestra integración personal. Cuando nos sentimos sanos, y en el mismo proceso de sanación, adquirimos la madurez que nos ayuda a asumir todo lo que está en la otra cara de la moneda: la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la muerte,… La salud equilibra la difícil conciencia de nuestro ser, en ella crecemos espiritual y humanamente cuando es camino y no meta. Convertir la salud en punto de llegada supone trivializar todo lo que consideramos opuesto a ella, pero sin lo que no puede existir, de ahí que nos exige desprendernos de ello, ocultarlo, esconderlo para así convencernos de que nos definimos por la salud y no por sus contrarios. Pero, ¿cuántas veces nos ha sorprendido, y emocionado, escuchar a alguien decir que su enfermedad, o un contratiempo, le ha ayudado a descubrirse realmente?

Es, por tanto, la libertad que nos aporta no sentir apego ni siquiera por la salud, lo que nos constituye y plenifica, y es también el amor sencillo y sincero por todo lo que vivimos, esté en la cara vital que esté, lo que nos rescata y salva.

En ese camino de salvación, de sanación, las palabras se hacen signo de vida, se abren paso entre los entresijos del dolor y sitúan el momento presente para quien vive en la eternidad del no ser. Esas palabras rescatan mi vida, le aportan sentido, demuestran que soy y estoy para el otro, por eso son palabras sanadoras. Una de las frases más bellas de la liturgia es la que se inspira en las palabras de aquel centurión del Evangelio de Lucas: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Me tomo un pequeño descanso de cuatro semanas, en septiembre cambiarán algunas cosas en mi vida, pero seguirán siendo cambios externos, porque espero compartir muchas palabras y mucha vida… siempre a la intemperie. Gracias por acompañarme en este té compartido.

Mirar/subir montañas

Con quince años comencé a amar las montañas. Dicho esto de un manchego, es mucho. Lo más alto que había “escalado” era el cerro de los molinos, y su conquista me parecía ya el mayor reto y la mayor de las maravillas, porque me asomaba a la inmensidad de tierras y viñedos, me abría a nuevas perspectivas, y el horizonte infinito se convertía en eterno y bello. Con ese currículo de cerros y montículos me vi, en pleno despertar adolescente, en medio de los Pirineos. Mis ojos se acostumbraron pronto a los valles y aprendieron a mirar montañas de verdad. Y mi alma manchega se enamoró de ese nuevo infinito, deseó subir cada picacho y después cada montaña. Necesitaba ver el mundo desde allí arriba, arañar el cielo,… escapar de aquí abajo.

Mis primeras subidas tuvieron que luchar contra el vértigo, esto ya no es el cerro de mi pueblo, a veces el aire falta y algunas subidas parecen no tener final, sin haber llegado aún a la mitad del camino asoman los incordiantes miedos y los lastimeros “qué necesidad tengo yo de subir allí”. Sin darme cuenta estaba en la que ha sido la mejor escuela de mi vida, fui aprendiendo a medir las fuerzas, a vencer las tentaciones de rendirme, a centrarme en la meta y mirar simultáneamente la tierra que pisaba y la tierra por pisar. Y nunca abandoné, las adversidades se fueron transformando en oportunidades que me acercaban la deseada cima, porque mi corazón manchego buscaba salir de los valles y volver a creer y contemplar el horizonte perdido.

Si estas lecciones fueron configurando mi espíritu, la que vino después me introdujo de lleno en la vida. No sin dificultad y con cierta resistencia a aceptarlo, aprendí a amar la subida tanto como la cima. Estoy en ello, parece necesitarse más de una vida para saber renunciar a la meta por enamorarse del camino: de sus flores y arroyos es fácil hacerlo, de sus tropiezos, de los senderos áridos y del cansancio es más fácil decirlo que hacerlo. Encontrar la belleza, no en la recompensa sino en la capacidad de unir aquello a lo que aspiro ser con lo que realmente soy. Es así como decidí recorrer otros caminos, en el asombro permanente por mis propias posibilidades, sin rechazar ningún reto y, al mismo tiempo, manteniéndole la mirada al fracaso, porque ese fracaso, así lo voy aprendiendo, no es toda la montaña.

La montaña también me ha enseñado a no dejar a nadie atrás, a caminar al ritmo del más débil, a renunciar al confort personal por la armonía del grupo. Ninguna de ellas es decisión fácil, suele caerse en el hoy por ti, mañana por mí, que es otro modo de moverse por la vida pero que no contiene ningún avance, la cima se quedaría siempre sin pisar y las excusas se harían dueñas de nuestro destino. En esa montaña es donde conocí y encontré mis primeros Edelweiss, aún los conservo, y me inspiraron virtudes que modelaron mi sentido de la amistad, del compromiso, de la fe. La montaña, y también la llanura manchega, en esto coinciden, enseña en toda su extensión a ser humilde, una humildad que solo se adopta desde la mirada y la admiración, desde el paso decidido y el respeto.

En los últimos años no he subido muchas montañas, sí que las miro y me descubro trazando en mi mente sendas para conquistarlas, imaginando la sensación de libertad que junto al aire de la cima llene mis pulmones. No puedo dejar de hacerlo. A mi orgullo de manchego mesetario, a la atracción de los horizontes infinitos, a la admiración por la cúpula inmensa del cielo añil (azulón más bien, azul manchego), he unido el amor a las montañas por subir, y tanto me define lo uno como lo otro. En la llanura hay poco donde ocultarse, en la cordillera hay poco donde ensoberbecerse, pero se puede estar oculto en la planicie y ser arrogante en la subida, se puede dejar de ser poeta en La Mancha y olvidar ser misterio en la montaña. Es por esto que no dejo de mirar/subir montañas, lucho contra la acomodación, del tipo que sea, especialmente la de las ideas. En cada montaña, hasta en los cerros manchegos, mi sentido crítico se agudiza y me siento invitado a la libertad.

Mis montañas son cada vez menos las moles graníticas y calizas, me retan otras alturas y se me abren otros caminos, y ahora soy consciente de que nada cayó en saco roto, soy cada montaña que miré y que subí, soy cada paso ralentizado para esperar otros pasos y compartir la conquista, soy cada inspiración de aire y belleza, desde una cima que me devuelve los horizontes perdidos en la hondura. Y ahora, que se me presentan nuevas montañas que superan mi llanura, me descubro ya descifrando la mejor senda y vislumbrando la vista de infinitos desde su cima. Pero, sobre todo, me requiero para amar y saborear intensamente cada recodo del camino.

Mi querido Midi d’Ossau desde los ibones de Anayet…
saltando siempre de la realidad a mis sueños.

Un solo paso

Es una curiosa casualidad que estos primeros domingos de desconfinamiento coincidan con las dos fiestas cristianas que suponen un reseteado de cómo es Dios y cómo lo sentimos. La necesidad de quedarnos en casa, de restringir nuestros movimientos, de guardar las distancias, no nos ayuda a comprender la experiencia de la trascendencia, no nos adentra en el misterio de Dios. Es cierto que nos han abierto espacios interiores, que evidentemente necesitamos, en los que poner en orden los sentimientos con la fe, los deseos con la esperanza. Es bueno profundizar en esta línea, conocer los límites y convivir con nuestras miserias personales; es sano porque nos ayuda a madurar conscientemente, asegura cimientos que puedan convertirse en credenciales de una vida llena de sentido. Pero se convierte también en una trampa, demasiadas veces nuestros pozos existenciales no tienen fondo y acabamos buscando una imagen excesivamente idealizada de Dios, que por lo general suele coincidir con la búsqueda de una imagen perfeccionista de nosotros mismos.

Una vez hemos encontrado lo que nos da sentido, es necesario abandonar la tentación interiorista y ponernos en movimiento, desarrollar lo más ampliamente posible los mapas vitales memorizados para disfrutar la belleza de los paisajes por descubrir. Dice el filósofo chino Lao Tse, Un árbol del grosor del abrazo de un hombre nace de un minúsculo brote, una torre de seis pisos comienza con un montículo de tierra, un viaje de mil leguas comienza en un solo paso. El movimiento se demuestra andando, y es ese paso que nos saca de nuestras seguridades interiores el que hace realmente nuevas todas las cosas. Sin ese movimiento omnidireccional, interior y exterior, nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos se hace pequeña, y nosotros nos hacemos mediocres.

No podemos comprender a Dios si no lo entendemos en su movimiento, y nosotros como parte del mismo. Esta es la peculiaridad cristiana que descubre a Dios como Trinidad, la creación en constante renovación, la vida emergiendo de donde se daba todo por perdido. El permanente empeño de explicarnos la trascendencia en clave de misterio ha construido una fe quietista y sin horizonte, justificada en teologías de sacristía y despacho, absorta en dogmas incuestionables y confortables, porque solo nos exige un movimiento, al interior, que resulta más cómodo y seguro que dar un solo paso hacia lo inexplorado. Pero la vida en la que Dios se recrea, con la que juega a la admiración permanente, nos devuelve la necesidad del reto, del movimiento, para alcanzar a comprenderla y abrazarla.

Me gusta esta imagen de Dios que se mueve. Es un movimiento que integra, fuerza centrípeta que nos devuelve al centro, nos incorpora a su proyecto y misión para esta creación que no acabamos de entender, y por eso la maltratamos, como queriendo encontrar a la fuerza un sentido a todos los enigmas en que nos perdemos. El movimiento interior e integrador de Dios nos envuelve en una unidad no uniformada, que no disuelve nuestros talentos personales en la masa amorfa del pensamiento único, sino que ayuda nuestra debilidad descubriéndonos el valor de nuestra existencia, señalando el punto de apoyo que tantos han buscado para mover el mundo, y moverse ellos mismos. Pero es necesario estar atentos, cuidar de que ese punto de apoyo no se convierta en excusa para imponer ideas, sentimientos o verdades, ni siquiera sobre Dios mismo. De esta tentación ya andamos bien servidos.

Dios es también un movimiento que desplaza, fuerza centrífuga que descoloca nuestros intentos de descansar en las seguridades personales, nos impide caer en ese agujero negro yoista del que no escapa nada. Para sacarnos de esa interioridad paralizante Dios tiene que desplazarse también de los condicionantes de su divinidad, crear de nuevo, hablar nuestro lenguaje inventando palabras que nos sitúan en la incertidumbre existencial. Cambia y transforma, cuida y enriquece, especialmente aquello que en nombre de Dios hemos recluido en los invernaderos de la fe, hemos hecho inamovible, eterno, seguro. Salir y descentrarnos, para liberar a la creación de creer que las cosas son como son, que están dichas todas las palabras y controlados todos los silencios.

Y Dios es movimiento que revoluciona, fuerza electromagnética que cambia el orden de las cosas conocidas, todo lo hace nuevo, afronta el miedo y aletea creando espacios vitales infinitos. Cuando nuestros cambios y movimientos solo consiguen devolvernos al punto de partida, y ya no podemos distinguir los cimientos que nos sustentan de los contrafuertes que nos apuntalan, entonces nos volvemos indiferentes y contrarrevolucionarios. Si nuestro amén es sumisión que no hace temblar las convicciones, ni renueva nuestro lenguaje, que nos acomoda en los símbolos rituales y nos hace aparecer como ingenuos inofensivos, entonces ese amén acaba siendo para otros dioses, más interesados en el movimiento de la bolsa que en el de los corazones, más preocupados por salvaguardar las ideas inamovibles de nuestro estilo de vida que por el contagio que nos traigan otras culturas, otras formas de creer, incluso de amar.

No habrá liberación sin un centro que nos nutra, sin un ideal que nos ponga en movimiento, sin una revolución que nos mantenga en tensión. Y nuestra fe no será nunca completa si no nos pone de frente a Dios que se mueve, a Dios Trinidad. Necesitamos entrar en su movimiento para salvar nuestra identificación con cada pequeña creación que se nos escapa, debemos desalambrar nuestra confianza si queremos ver crecer el árbol, construir el edificio vital, dar el siguiente paso.