Una pasión liberadora

En años anteriores he escrito, esta misma semana de diciembre, sobre los orígenes y el sepulcro de san Juan de Mata, fundador de la Orden Trinitaria; en esta ocasión lo hago sobre su obra e intuición, de las que se cumplen 823 años.

A mediados de febrero de 1193, el joven maestro de teología Juan de Mata, un provenzal que no pasaba desapercibido en las escuelas teológicas de París, deja sus clases y se aleja 80 km al noreste, retirándose en los bosques cercanos a Meaux, un lugar llamado Cerfroid, donde se une a un pequeño grupo de ermitaños. Como de tantas otras cosas de su vida, tampoco nos ha llegado nada fidedigno de este gesto, que en aquella época no era una rareza. De los ermitaños con los que convivió solo conocemos un nombre, Félix, al que más tarde se añadirá el patronímico de Valois.

Intuimos en Juan de Mata una búsqueda personal, religiosa y existencial, que venía exigiéndole opciones desde que el 28 de enero de ese mismo año había celebrado su primera Misa en París, ante el arzobispo y el abad de San Víctor. Cuentan que en el momento de la consagración se quedó extasiado, cada cual tenía su opinión sobre lo ocurrido, él mismo contaría después que en ese instante lo había visto claro, su futuro no serán las aulas sino la obra de la redención. De estas y otras cosas debió hablar con los ermitaños. Dicen que en uno de los paseos con Félix les pareció ver un reflejo rojo y azul, en forma de cruz, entre las astas de un ciervo; dicen que en Juan se hicieron asiduos los recuerdos del puerto de Marsella, del ir y venir de los cruzados y las tristes noticias de los cautivos, y que la memoria se fue mezclando con sus sueños; dicen que temía que todo se jerarquizara, que aquellos grandes pilares que desde hacía unos años veía levantarse en la Île de la Cité, le hablaban de la necesidad de ser pobre piedra sin labrar, como los arcos y arquivoltas de la incipiente catedral, donde las piedras se apoyan unas sobre otras para apuntar al cielo, rompiendo con la idea de una Iglesia de lujos y poder, demasiado separada de los sufrimientos del pueblo.

Cinco años, cinco largos e intensos años duró ese desierto de Cerfroid. Debieron ser los mejores, de los más de ochocientos que vinieron después, con esa alegría nerviosa y tonta que se mezcla con los ideales, compartiendo sueños, dibujando los rasgos de un futuro que les pedía salir de aquellos bosques húmedos para bajar a los infiernos de la cautividad y del odio, especialmente en los que se invocaba a Dios para justificar la imposición de ideas propias, bajo el signo de la cruz o la media-luna. Era un grupo curioso, la mayoría habían huido de París, como Juan, de aquella ciudad que engullía sus sueños, de aquella Iglesia que pretendía adiestrar sus intuiciones de sencillez y pobreza. Entre ellos había franceses, españoles, ingleses, escoceses,… todos contribuyeron a ir dando forma a la casa de la Trinidad, y sus intuiciones se fueron haciendo vida y texto a través de una comunidad de hermanos.

Juan de Mata lo tenía claro, si buscaban un cambio para el mundo herido por las distancias y por la fe enfrentada, debían ir a Roma y conseguir la aprobación del Papa. No sería fácil, Inocencio III parecía continuar el camino de sus predecesores y anunciaba nuevas cruzadas, llevaba solo un año en la silla de Pedro, pero ya había tomado decisiones importantes para garantizar que la Iglesia mantuviera su poder, preocupado por la aparición de muchas pequeñas comunidades que reclamaban pobreza y Evangelio. Pero el 17 de diciembre de 1198 aprobaba una Regla propia para la Orden de los Hermanos de la Santísima Trinidad y los cautivos, incluso cedió a Juan y a sus hermanos un pequeño edificio próximo a su palacio Lateranense y les dio una carta personal para el Sultán de Marruecos que ayudara al proyecto. No sabemos los porqués pero, contra todo pronóstico, el papa Inocencio III optó por los caminos de encuentro y sencillez de vida que aquel grupo de París le presentaba, no dejó de promover cruzadas pero algo de lo que Juan de Mata le dijo tocó su corazón.

Dicen que el Papa también tuvo una visión. Es posible que se le quedara grabada la imagen que Juan de Mata representó en un mosaico, colocado en la fachada de la casa que Inocencio le había regalado en Roma; es posible que ese Cristo, que libera a todos, velara sus sueños y redimiera sus proyectos. El mismo Papa había escrito en su carta de aprobación de la Regla, debemos favorecer los sentimientos y llevarlos a efecto cuando proceden de la raíz de la caridad, sobre todo cuando lo que se busca es de Jesucristo, y la utilidad común se antepone a la privada.

Poco más se puede añadir, a caritatis radice. Aquella raíz de la caridad comenzó a crecer en unos bosques a las afueras de París, se extendió hasta las mazmorras y las cadenas del sur de Europa y el norte de África, las pusieran quienes las pusiesen, que pretendían encadenar la Palabra y la Creación proyectadas libres por Dios, y se sigue expandiendo, porque hay cadenas que persisten en el tiempo y sobreviven a las redenciones. 823 años de una pasión liberadora, unida a la raíz de la caridad.

Sentir que sentimos, vivir que vivimos

Comenzar una nueva Pascua es un retorno a todas las experiencias de vida que nos constituyen. A poco que nos dejemos llevar por la vida que renace, que se hace nueva, accedemos a una primavera también para nuestra fe y nuestras esperanzas. Participamos de los deseos, ahora compartidos globalmente, de levantarnos de tanta muerte y soledad, de volver a relacionarnos a cara descubierta, eliminar los trampantojos con los que llevamos pintando nuestra fachada desde hace más de un año para apreciar el sentido real de nuestro existir. Ya no importa si lo que pretendíamos ocultar no coincide con los ideales morales de la belleza, necesitamos la vida en sí, la vida en su crudeza, la vida que despierta.

Para acoger esta crudeza de la vida debemos contar con todos los espacios en que la desarrollamos, sin exclusiones. La resurrección no es un regalo para quienes nunca se han manchado las manos, ni el alma, con los barros de la existencia. Para resucitar a una vida abundante es necesario haber sentido cada una de las muertes que nos han herido, se requieren espíritus heridos y no conciencias puras, paseantes de caminos perdidos y no meros pasantes de la vida. Sentir que sentimos y vivir que vivimos.

Resucitados sin excusas, comenzando por aquella tan vieja y engañosa que nos animaba a despreciar esta vida para poder abrazar con plenitud la eterna. No hay cilicio capaz de hacernos merecer una vida nueva cuando hemos despreciado y rodeado cada caída, cada espina, cada oportunidad de sentir y de vivir. Sin estos espacios de sentido solo estaremos construyendo una utopía hecha de ecos redundantes. Engañados por la sencillez de los sueños, pasaremos de puntillas por todos nuestros caminos, nos negaremos a respirar la contaminada atmósfera de esta vida abandonados a las justificaciones de un aire limpio más allá del horizonte. Hay quien pide constantemente humillaciones que le hagan merecedor del premio de una vida diferente a esta, hay también quien aprende a convivir con las humillaciones que llegan sin esperarse, porque solo así puede sentirse vivir. La única condición para recibir una vida nueva es que antes también haya habido vida, y si es posible, abundante.

Cuando el filósofo judío Emmanuel Lévinas fue liberado del campo de concentración de Hannover decidió dedicar su vida a la reconstrucción de una ética de sentido. Nos enseñó que nada podemos recomponer sin contar con las heridas recibidas, que la vida nueva necesita de ellas, sin quedarse a habitarlas permanentemente, porque nace de ellas. Lévinas nos invita a rescatar los «contenidos» de la vida, a sentirnos vivir y sentir, porque «vivir es vivir de». Reducir la existencia a un vivir para nos desconecta de la realidad, de los espacios desde los que pensamos e interpretamos. No podemos situarnos en una permanente periferia de sentido y de comprensión, todo lo que somos nos propone una conciencia de nosotros mismos para habitar el mismo centro del sentimiento y del pensamiento.

Vivir de nos reconcilia con todos los recovecos de la vida en sí. Casi sin darnos cuenta, formamos una resistencia a partir de nuestra obsesión por la fortaleza, de los constantes requiebros que hacemos a la vulnerabilidad que nos habita. Proyectamos un mañana feliz sin aceptar que no habrá mañana alguno sin un presente que lo construya, que nuestro corazón solo hablará con verdad si sabe contar sus rupturas con la misma pasión que sus victorias. Vivir de nos recuerda que el misterio de la vida humana es el mismo misterio de las relaciones que establecemos con cuanto nos rodea, sin aplazamientos a otra vida más allá de nuestra historia, ¿cómo comenzar una vida nueva, una vida resucitada, si antes de ella no encontramos ningún signo de vida auténtica?

Tras siete años seducido por las promesas de inmortalidad de la diosa Calipso y los encantos de su isla, Odiseo decide retomar su viaje en el presente de los peligros y los desamores. No le basta el para siempre, necesita reencontrarse con la pasión de su vagar inquieto, sabe que solo esa pasión le salvará. Cesare Pavese recrea bellamente aquel diálogo; cuando Calipso le pregunta, «¿Qué es la vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que se va?», Odiseo responde, «Si lo supiera, ya me hubiese detenido. Pero olvidas algo, aquello que busco lo tengo en el corazón, como tú.« No hay eternidad que impida moverse al corazón inquieto. Solo cuando encontramos de qué vivimos podremos sentirnos resucitados, podremos sentir que sentimos, vivir que vivimos.

Jesús al lado de las víctimas

Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, sólo le

preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea. No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para

los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo

como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una “lejanía” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No nos podemos encerrar en nuestra “sociedad del bienestar”, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano

instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

José A. Pagola

Comparto esta reflexión de José Antonio Pagola, en esta entrada de la Semana Santa, repleto de crucificados por el paro, la soledad, la traición, el abandono, la falta de solidaridad. Añado a las palabras de Pagola, lo poquito que nos cuesta ponernos al lado de las víctimas que nos pillan lejos (que no sabemos cómo huelen, cómo hablan, cómo callan…) y lo mucho que nos cuesta ponernos junto a las víctimas cercanas, especialmente aquellas que hemos hecho víctimas nosotros mismos.

Buena Semana Santa.