Palabras contra la impotencia

A veces se acumula la impotencia. Es como si, a pesar de los avances tecnológicos una parte de nosotros se quedara anclada e impedida para avanzar a su mismo ritmo. En los últimos meses algo de esto es lo que más sentimos. A la invencibilidad de nuestro sistema (el corrector me lo cambia por imbecibilidad, estoy dudando cuál dejar) le ha salido un hueso duro de roer, destapando nuestra vulnerabilidad pero sin conseguir acabar con todas nuestras derrotas sociales. Siguen ahí, disfrazadas de estadísticas, con políticos indagando nuevas formas de beneficiarse, con poderosos abusando de su posición frente a los más débiles, con mujeres que continúan siendo víctimas de la indiferencia y ancianos dejados en residencias, que ahora han perdido hasta las horas de visita.

En los momentos de impotencia faltan sobre todo las palabras. Una salida fácil es refugiarse en verdades internas, hay muchos que lo hacen en la fe, y se construyen un paraíso personal en el que encontrar sentido para seguir adelante con su vida. Esos invernaderos vitales se convierten así en una peligrosa burbuja de autorreferencialidad, que no basta para enfrentarse a la vida auténtica, porque despojándola de sus espinas también la deshabita de su belleza.

Una de esas palabras es perdón. Frente a la impotencia necesitamos el equilibrio entre sabernos responsables y evitar un excesivo sentimiento de responsabilidad que impida actuar. El perdón nos enseña a vivir de este modo desde la humildad, sin creernos por encima del bien y del mal, haciendo creíble el resto de palabras pronunciadas, porque nos reconocemos parte del problema. Un perdón que no se compromete en la solución acaba creando nuevas incertidumbres y más impotencia, paraliza la vida y la devuelve a esa esfera de lo personal que todo lo excusa pero nada arregla.

Otra palabra es paciencia. Detectamos tantas vidas en juego que a veces nos puede el deseo de soluciones rápidas y efectistas, afrontamos la impotencia con impaciencia y solo conseguimos agravar las consecuencias. No es que necesitemos tener paciencia, no es cuestión de saber esperar el momento oportuno, lo que necesitamos es mantener una actitud paciente, de confianza, que evite esas posiciones extremistas en las que caemos por culpa de las prisas. Esto nos permitirá estar atentos a lo que estamos viviendo, al momento presente, nos enfocará en el problema y no en el deseo de deshacernos de él.

Y de poco nos servirán las palabras anteriores si no incorporamos sensatez, y valor, y libertad, y… Palabras contra la impotencia que nos comprometan con la vida, que no ofrezcan soluciones prefabricadas, que nos lleven allí donde otros se parten el alma, palabras que generan vida. En ocasiones usamos esas mismas palabras para chapotear en la indiferencia y conformarnos con las cosas tal cual vienen, las convertimos entonces en aliadas de los que levantan muros y se creen seguros en su aislamiento. La libertad de no debernos a otras seguridades nos permitirá pronunciar con firmeza palabras en las que creer, espantar los fantasmas que nos debilitan, esos que nos hacen perder la fe en las personas y asustan nuestra alma de niños y nos mantienen en la impotencia.

Conocemos de memoria las palabras que luchan contra la impotencia, pero nos cuesta pronunciarlas. Hay quien nos seguirá convenciendo de que ni siquiera las buenas palabras van a acabar con las injusticias, que hace falta más acción que discursos, más responsabilidad que inconformismo, más pedir permiso que perdón. No es cierto, necesitamos el poder de cada palabra, también de las que pronunciamos sin abrir la boca, necesitamos todas las palabras y todos los acentos para evitar la tentación de creer que ante la impotencia las palabras se las lleva el viento.

Hacer lo que quiere el padre

Las parábolas son mensajes de contradicción, en una de ellas Jesús plantea una pregunta, ¿qué hijo hizo lo que quería el padre? Por contextualizar: un padre pide a dos de sus hijos ir a trabajar a su viña, uno le dice que no va a ir pero finalmente recapacita y va, el otro le dice que irá pero después se queda en sus cosas y no va. Los que escuchan a Jesús, y nosotros mismos, tienen claro que es el primero quien hace lo que el padre quiere. Pero no deja de ser un dilema con no fácil respuesta.

A veces el deseo del padre es recibir lo que quiere escuchar, nos instalamos entonces en la mentira colectiva del “te cuento lo que quieres oír”. Es sencillo entonces contentar al padre, léase aquí a todo aquel que quiere algo de otro, a quien pronuncia un mandato, a quien da su confianza,… No importa ya el resultado de mis acciones, es suficiente para dar la sensación de cumplimiento con que me exprese con vehemencia, pronuncie palabras que no desentonen, evite el conflicto y, después, una vez fuera del alcance del padre, haga lo que yo realmente quiero. Hay padres que solo buscan la aprobación inmediata de sus deseos, al igual que hay hijos que viven en un permanente vacío de compromiso.

Estamos cansados de palabras huecas, queremos hechos más que palabras, y nos engañamos, porque la facilidad de las palabras es capaz de llenar mensajes y justificar proyectos, quién va a reclamarnos después la falta de cumplimiento, sobre todo cuando es el mismo padre el que se contenta con un compromiso instantáneo y vacío.

Pero vivir en esta cambiante expresión es indignante. Lo sufrimos en todo, más sangrante aún cuando se trata de ese mandato que como pueblo hacemos a nuestros políticos, nosotros como padres y ellos como hijos. Nos hemos acostumbrado tanto a las promesas vacías que cuando llega el momento de verlas incumplidas los sentidos se han adormecido, anulando incluso nuestra capacidad de respuesta. Los últimos días soy testigo directo de ese no hacer lo que dice el padre, ese juego con las palabras y los talantes, ese permanente llamamiento al diálogo y al consenso que acaba muriendo en el lodazal de la ideología, esa defensa de la libertad que solo lo es cuando va en una única dirección y responder a los propios intereses.

Malo es el hijo que no hace lo que quiere el padre, peor es el padre que se conforma con la primera palabra del hijo, con la promesa vacía, con el oído regalado, con el andrajoso espacio de los posibles. Porque ese padre acabará aceptando ese mínimo de orgullo que le haga pensar que todo va bien, que, al menos por un momento, el hijo hace lo que dice el padre.