Morir solo es morir

La muerte siempre llega a destiempo. Por más que nos preparemos a entenderla, a darle la bienvenida cuando se presente ante la puerta, será una invitada indeseada, derrochando pesimismo, convirtiéndonos en desconocidos ante nuestras propias emociones. Percibimos muerte y vida como antagónicas, incluso sabiendo que empezamos a morir cuando nacemos, como nos recuerda bellamente José Luis Sampedro. Afrontamos la vida sin tomar en serio la muerte que la constituye desde que comienza, tanto la muerte final como las pequeñas muertes que nos van llegando, muertes purificantes, muertes escondidas, muertes silenciosas, que nos van completando incluso sin saberlo; las más de las veces, sin aceptarlo.

Al tomar en serio la muerte, nos hacemos conscientes de la singularidad de lo perdido, su irremplazable presencia en nuestra vida. Porque de ningún modo podemos tomar en serio la vida si no somos capaces de acoger su fragilidad, del mismo modo que no podemos hacerlo sin percibir su trascendencia. Morir solo es morir, dice Martín Descalzo en un bello soneto, morir se acaba, … es encontrar lo que tanto se buscaba.

¿Qué nos ocurre cuando ni la la vida ni la muerte encuentran lo que se busca, cuando nos instalamos en una cultura de la muerte que premia el fracaso y esquiva las posibilidades? Vencidos por la indiferencia y el desánimo, nos cuesta acoger y asumir todas las realidades que nos limitan, tirar la toalla se presenta como una salida viable frente a la oscuridad de vivir. Morir se advierte, entonces, como un acabar, un paso decisivo ante la angustia y el arrojamiento que desestabilizan nuestro caminar cansado. Hay salidas que parecen regalarnos una liberación, que abrazan el misterio, que se abren a nuevos encuentros. Pero las hay también que se cargan de palabras definitivas, truncan esperanzas y cierran el diálogo necesario contra las huidas.

Es entonces cuando, para esquivar la muerte, deseamos la inmortalidad. Rechazamos las pérdidas y nos aferramos a los abrazos, aunque en ellos se desvanezca nuestra esencia. Las metamorfosis de Ovidio cuentan el mito de la Sibila de Cumas, la ninfa a quien Apolo ofreció lo que deseara a cambio de sus favores. Ella, mostrándole un puñado de arena, le dijo, Deseo vivir tantos años como granos de arena tengo en esta mano. La Sibila recibió mil años de vida, diez veces una vida de noventa y nueve años, según el mito, pero no la juventud que acompañara esa vida mientras durase, de modo que con el tiempo se fue consumiendo y acabó dentro de una botella que colgaron en el interior de una gruta. Anhelar el amor sin pedir también la capacidad de ser feliz en él, buscar la belleza sin desear el talento para apreciarla al encontrarla, desear vivir mil años sin que se acompañen de la fortaleza y los errores que le aporta la juventud, son deseos inacabados.

Cuenta Petronio, en el Satiricón, que los niños de Cumas se burlaban de la insensata Sibila, encerrada en su botella a la entrada de la gruta. Ellos disfrutaban de aquello que la profetisa no había sabido ver: la vida intensa, la cotidianidad del error, el coraje de la juventud, el riesgo de la muerte en cada giro de la vida. Porque morir solo es morir, ¿de qué sirve una vida sin caídas? Tal vez parezca eludir la muerte, cuando en realidad solo se consume la misma vida, sin nada que le permita trascender toda la belleza que la contiene. Saramago lo relató de manera sublime en su novela Las intermitencias de la muerte, sorteamos la agonía a cambio de la apatía.

Morir en soledad

Algo se nos debe estar pasando por alto cuando nos alegramos de haber tenido «solo 700 muertos en un día». Estas son las cosas que tiene la estadística, esa ciencia del sentido común que, sin embargo, toca fondo cuando se trata de reconciliarse con el sentido común de la vida; esa ciencia que, en momentos así, nos endurece, altera la percepción y cierra nuestros ojos a la realidad, insensibles, silenciosos, resignados.

Hace unos días leí en una entrevista a dos trabajadores de una funeraria, para mí lo más triste es ver a los difuntos solos en la muerte, sin familiares ni amigos. Y un amigo sacerdote me decía, con voz cansada y amarga, la que se tiene tras celebrar seis entierros diarios desde hace más de una semana, que la soledad de esos muertos le estaba quitando a él mismo trocitos de vida. Becquer, del que estamos celebrando los 150 años de su muerte, lo expresó con versos eternos,

Ante aquel contraste de vida y misterios,
de luz y tinieblas, medité un momento:
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Gustavo Adolfo Becquer, Rima LXXIII

A la muerte llegamos siempre solos. Por más buenos amigos y seres queridos que nos rodeen, la soledad de afrontar el momento de la muerte no escapa a nadie. Tal vez por eso buscamos tapar y ocultar su rostro, nos abrazamos compulsivamente, enviamos flores que llenen los rincones vacíos, nos agarramos a ideas piadosas poco realistas… y, sin darnos cuenta, nos debilitamos, porque en esos gestos hemos escondido todas las emociones posibles. Y ahora, cuando no tenemos a mano nada con que taparla, la muerte se nos presenta tal cual es, sin abrazos, ni flores, sin largos pésames, ni pietismo… solo con las preguntas solas, y nos alcanza vacíos de respuestas y de sábanas blancas. ¡Qué solos se quedan los muertos!

Una muerte nos conmueve, cientos de muertes nos anestesian. Cuando las muertes se acumulan ponemos en marcha un mecanismo social de defensa, durante un instante nos sentimos vulnerables, hay una realidad que invade nuestras emociones y las desborda, pero la dificultad para digerirla hace torpes nuestros sentidos y los anula temporalmente. Sin embargo, una muerte, sea cercana o lejana, despierta el miedo a la soledad, nos hace apátridas de la existencia, porque nos sitúa frente al abismo de nuestras propias soledades, al contraste de vida y misterios.

En estos días recordamos, y celebramos, la muerte en soledad de Jesús de Nazareth. La suya es una de esas muertes que, de cientos de veces recordada, han acabado anestesiando nuestros sentidos, también de esas que hemos adornado con flores y muecas agridulces, tapaderas indecentes de tantas otras muertes que en su nombre provocamos. Aprendemos de memoria su via crucis, sacamos a la calle su pasión (de un modo diferente este año), disputamos con cierta dosis de envidia quién es mayor esclavo, penitente o hermano, y olvidamos las acciones de resurrección que dieron sentido a su vida, las únicas que pueden dar sentido a su muerte, acompañado de dos únicos familiares, apestado, chivo expiatorio de políticos y mandatarios religiosos… Sí, es él, hoy ha vuelto a morir en soledad.