La mística del vaso de agua

La santidad es asombrosamente doméstica. Nos hemos vendido al mito de que nos salvan los grandes gestos, las hazañas llamadas a perdurar en los anales de la vida o esos macroproyectos que pretenden sobrevivir a los cataclismos cotidianos. Pero cuando miramos de cerca, cuando limpiamos la mirada de ambición, descubrimos que la vida se salva en lo pequeño, mediante acontecimientos simples y sencillos.

Lo mismo ocurre en la dirección contraria. Bastan unos pocos segundos para que todo lo levantado se desplome; para que esa seguridad que vestíamos como armadura protectora se convierta en una pila de incertidumbre y silencio. Desgraciadamente, nos sobran experiencias que nos dejan, de la noche a la mañana, a la intemperie de nuestras dudas, despojados de respuestas y sin red de seguridad.

Lo acabamos de constatar con los devastadores terremotos de Venezuela. Ante una catástrofe así, el paisaje se vuelve descarnado: se entremezclan el llanto de quienes lo han perdido todo con la emoción de la esperanza que se abre paso entre los cascotes. El desastre divide al ser humano en dos categorías: los que rapiñan el dolor ajeno y los que ennoblecen la tragedia con pequeños gestos de entrega.

En el capítulo diez del Evangelio de Mateo, al final del llamado discurso misionero, Jesús nos da las claves para entender lo que nos espera en nuestra salida al mundo. Dejar el arropo del hogar significa exponerse a un escenario incierto de soledades. Es ahí, en la vulnerabilidad de la intemperie, donde el deseo se cruza con la necesidad, donde buscamos rostros reconocibles y nos aferramos a cualquier saliente que la vida nos ofrezca. Sabemos que se nos pide habitar la incertidumbre y trazar caminos en el desierto; sin embargo, aterrados por nuestros propios límites, nos empeñamos en levantar certezas artificiales para abrigarnos del frío real.

La imagen de un edificio de varias plantas desmoronándose nos estremece porque es el símbolo perfecto de la caída de nuestros propios refugios ideológicos. Los hogares que nos atrapan emocionalmente suelen tener nombres escritos con mayúsculas solemnes: Familia, Amistad, Amor, Solidaridad, Libertad. Esos grandes ideales terminan siendo los mayores cómplices de nuestra comodidad. Nos duelen las heridas del mundo en abstracto, nos escandaliza la injusticia social a través de pantallas y proyectamos heroicidades teóricas para reclamar la conciencia; pero nuestra compasión real no dura más que el tiempo que tardamos en encontrar otra grieta que tapar en la sólida pared de nuestra rutina.

Convertir las grandes palabras en ídolos de nuestra supervivencia solo nos arrastra al lodo del conformismo. Podrán sacarnos de algunos pozos psicológicos o darnos un calor efímero, pero sin la referencia concreta a la cotidianidad de los detalles, los grandes discursos no son más que miseria envuelta en ropajes de justificación. Obsesionados con la cultura del seguro total, buscamos retenerlo todo —incluso el sentido de la fe— para no arriesgar la vida por nada ni por nadie.

Solo cuando aceptamos el desgaste de lo que parece insignificante, cuando abandonamos los discursos y asumimos las heridas inevitables que produce el hecho de amar en serio, dejamos de actuar como guardianes de nuestra comodidad para empezar a comprender al prójimo que se desmorona.

Nuestra excusa habitual es la falta de poder, de sabiduría o de fuerzas para cambiar las estructuras del mundo. Nos justificamos diciendo que no somos lo suficientemente santos como para sanar las llagas de la sociedad en que vivimos, que la confianza del pequeño frente al gigante está bien para la historia de David y Goliat, pero no para nosotros, asediados por problemas que nos superan en todo.

Frente a esa parálisis, la revolución de lo cotidiano exige auténticos actos de resistencia. No se nos piden imposibles. Jesús lo expresa con una simplicidad que nos desarma: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños… no perderá su recompensa» (Mt 10,42).

El desafío de la intemperie no consiste en diseñar grandes planes de reconstrucción global o personal, sino tener el coraje de abajarse y ofrecer un vaso de agua fresca. No hay mayor acto de amor.

Busca al Amado y no descansa

Hace unos días se celebraba la festividad de san Miguel de los Santos, un trinitario peculiar, un místico de la vida diaria, que en pleno Siglo de Oro indagó caminos para no quedarse en lo sabido, aceptó retos que aportaran algo más que deseo a sus búsquedas, enamorándose de los recodos y de los caminos rectos, paseando su mirada por las cosas para que nada le detuviese en su impaciencia por amar con fuerza y salir de sí, en éxtasis, arrobos y visiones.

Nació el Vic el 29 de septiembre de 1591, séptimo de los ochos hijos de Enrique Argemir y de Montserrat Mitjà. Como es propio de la época, Miquel ya era muy espiritual desde niño, tanto que con diez años se escapó de casa para hacerse ermitaño en el Montseny, aventura que duró lo justo pero que dejó en él un regusto por lo extraordinario. Con quince años entró en el noviciado trinitario de Zaragoza, siendo su maestro de novicios el famoso fr. Pablo Aznar, e hizo sus votos religiosos el 30 de septiembre de 1607. Al poco de comenzar sus estudios, pasó por Zaragoza fr. Manuel de la Cruz, religioso de la casa de trinitarios descalzos de Pamplona, y Miquel Argemir quedó prendado de todo lo que contaba de la reforma trinitaria, porque esa humildad que percibía en el fraile y en la reforma tocaban su alma y su vida. Así que no dudó en unirse a los descalzos, el 28 de enero de 1608 comienza su noviciado en Madrid, y un año después hace sus votos como trinitario descalzo y toma el nombre de Miguel de los Santos.

En el noviciado conoció a san Juan Bautista de la Concepción, Reformador de la Orden, con quien poco después vivió en La Solana. Ese tiempo convivieron brevemente en la nueva fundación de La Solana tres santos trinitarios, Juan Bautista de la Concepción, Miguel de los Santos y Tomás de la Virgen, casi nada. Podríamos contar muchas cosas extraordinarias de la vida de fr. Miguel, porque pronto comenzó a ser conocido por sus arrobos místicos, sus levitaciones y demás fenómenos inexplicables. En Baeza y Salamanca, donde hizo sus estudios, no se hablaba de otra cosa, todos querían hablar con él, pedirle consejo, verle levitar en Misa, le llamaban el extático. Pero lo realmente atrevido de su vida no es esa parte pública y milagrosa, sino su constante búsqueda de la humildad, de la sencillez, cuanto más lo requerían más se escondía él, deseando la tranquilidad del alma, nombre de uno de sus escritos místicos.

Las pruebas no cesaron y en 1622 fue elegido superior de Valladolid. Miguel, que había rehusado cargos de responsabilidad, tuvo que aceptar precisamente por humildad que se le pidiera poner en marcha una nueva casa, atender a los religiosos y buscar el sustento. Sus deseos de pasar desapercibido se encontraron de frente con la fama que le precedía y muy a su pesar tuvo que lidiar con el ir y venir de curiosos que reclamaban sus consejos y deseaban ver sus arrobos, personajes tan dispares como el Duque de Lerma o el Obispo de Valladolid Pimentel.

Solo tres años más duró su vida, arrebatada por el tifus, y cuando apenas tenía treinta y tres años recibía sepultura en la iglesia de los trinitarios descalzos de Valladolid, conocida ahora como San Nicolás. El recuerdo de Fr. Miguel ha tenido más que ver con los fenómenos extraordinarios que le acompañaron en vida que por haber encontrado el camino de la mística de la humildad, no en vano fue proclamado copatrón de la Adoración Nocturna y el 8 de junio de 1862 canonizado por Pio IX. Y a mí, que no me maravillan tanto los arrobos cuanto los silencios y la sencillez, siempre me han resonado los versos de su obra El alma en la vida unitiva, de los que copio unos fragmentos y que Lope de Vega llamó la suma de la perfección espiritual. Son expresión de la vida inquieta de este Miquel dels Sants que, como busco que me ocurra a mí, renace mil veces, no descansa y se hace todo amor, amando siempre, siempre hambriento de Dios.

El cuerpo queda al parecer sin vida,
y dentro de sí misma se alboroza,
y toda sola en lo interior unida,
de los bienes de Dios de cerca goza;
con fuerza del amor es compelida
a que salga de sí, y el ser remoza,
y en éxtasis, arrobos y visiones,
de Dios recibe regalados dones.
Mas ella, enamorada e impaciente,
con aquestos favores descontenta,
busca a su Amado que le mira ausente
y no descansa, en ellos no se asienta.
Dificultades grandes son pequeñas;
sufre trabajos y desdenes fríos;
y, en fin, en Dios absorta y resignada,
las penas del infierno tiene en nada.
La voluntad suprema a unirse viene,
toda en sí propia y toda amor se hace,
sube más alto, nada le detiene,
muere mil veces y otras mil renace,
que mientras más se goza, más se aumenta,
y siempre amando, más se queda hambrienta.

San Miguel de los Santos, El alma en la vida unitiva (fragmento)

Ignorancia e intolerancia

La semana pasada nos sobresaltó el brutal ataque en dos iglesias de Algeciras, con el triste resultado de un muerto, varios heridos y cientos de noticias cargadas de miedo e ignorancia. No podemos evitar juzgar estos acontecimientos con las cortas herramientas de nuestros prejuicios, medirlos a partir de ideas que ni siquiera hemos pensado bien, sacar conclusiones que nos salven del sentimiento de inseguridad. Tampoco podemos evitar, aunque deberíamos, interpretarlo todo desde una posición de superioridad, moral, cultural, religiosa; realmente da igual, porque ninguna de ellas es capaz de dar respuesta a nuestros miedos ante la diferencia y lo incomprensible.

He estudiado el islām, sus textos, su teología, sus sabios y místicos. Evidentemente, lo he hecho como cristiano, con mi tradición a cuestas, lo que a veces ha supuesto un fardo, pero otras muchas, una riqueza. Lo más fácil de aceptar, para alguien que se adentra en el islām desde fuera, es la belleza de la espiritualidad sufí, que nos muestra desde siglos una imagen de tolerancia y sabiduría cercana a la espiritualidad de nuestros propios místicos, aunque hablar de propios cuando nos referimos a la mística es prueba de la pobreza hermenéutica en nuestras ideas preconcebidas. Los místicos, recorran el camino que recorran, se saben buscadores de la belleza de Dios en el mundo, en sus vidas y en todas las personas; saben que tan solo se aproximan a la verdad, la desean pero no la poseen.

Más difícil es aceptar esa otra imagen del islām que nos llega medio oculta por el desconocimiento y por siglos de desencuentro. Las reacciones más comunes son la ignorancia y la intolerancia. Tampoco nos creamos más intransigentes que nadie por ello, en el mundo islámico ocurre prácticamente lo mismo en su percepción del cristianismo. Hace tiempo leí un pequeño libro de Amín Maalouf, Las cruzadas vistas por los árabes. Fue un gran descubrimiento para mi, que tanto había leído sobre las cruzadas vistas desde mi orilla. Maalouf es cristiano, de origen libanés, y sabe de la importancia que tiene calzar las sandalias del otro para poder sentir el mundo de un modo nuevo. Su vida, como la de su familia, no ha sido fácil, podríamos decir que es una de tantas víctimas de la intolerancia, vagando de un país a otro, repudiado por unos y otros porque no se conformaba con odiar. Como él mismo dice en otro de sus ensayos, vivimos obsesionados en hallar para cada problema un culpable antes que una solución (de su libro Identidades asesinas, muy recomendable también).

Después, cuando ocurren actos tan incomprensibles como el de Algeciras, y tantos otros que forman ya parte de nuestra memoria colectiva, por su dramatismo y crueldad, la ignorancia y la intolerancia vuelven a ser protagonistas de las reacciones mayoritarias en la sociedad. Ya no es solo que el dolor domine nuestra respuesta, a veces hay que escuchar con asombro justificaciones e interpretaciones de políticos e intelectuales que tiran de tópicos y traen más desconcierto que tranquilidad. Decir a estas alturas, por ejemplo, que los católicos somos más tolerantes que los musulmanes, porque no usamos la violencia para imponer nuestra fe, es desconocer tanto la historia como la realidad más profunda y real de ambas religiones; asociar cierta superioridad moral a una determinada tradición religiosa, menospreciando la vida y el compromiso de los millones de fieles que practican su credo en paz y en espíritu constante de conversión (porque eso es realmente la yihad, más parecida a la ascética cristiana de lo que nos hacen creer), es una incendiaria forma de polemizar, engañar y polarizar el diálogo y el encuentro.

Tras los sangrientos atentados de París, en noviembre de 2015, que provocaron 130 muertos y 415 heridos en la sala Bataclan y otros lugares, el periodista Olivier Roy publicó una columna en Le Monde (24/11/2015) de la que anoté una intuitiva y sobrecogedora idea, que puede ayudar a situar toda esta locura, pero sobre todo el verdadero problema: No es el islam el que se radicaliza, es la radicalidad la que se islamiza. Queda claro.

No encuentro un modo mejor de acabar este post que los conocidos versos de un gran místico musulmán del siglo XIII, Yalāl al-Dīn Rumī:

La cruz de los cristianos,
palmo a palmo examiné.
Él no estaba en la cruz.

Fui al templo hindú, a la antigua pagoda.
En ninguno de ellos había huella alguna.

Fui a las tierras altas de Herat, y a Kandahar.
Miré. No estaba en las cimas ni en los valles.
Resueltamente escalé la fabulosa montaña de Kaf.
Ahí sólo estaba la morada del legendario pájaro Anqa.
Fui a la Caaba de la Meca. Él no estaba allí.
Pregunté por él a Avicena, el filósofo.

Él estaba más allá del alcance de Avicena.
Miré dentro de mi propio corazón.
En ese, su lugar, lo vi.
No estaba en ningún otro lado.