Obsolescencia programada

Hace poco, mi buena amiga Carmen Guaita me preguntaba cuándo la Iglesia iba a rescatar a Kierkegaard. Personalmente, su filosofía siempre me ha dejado a la intemperie del pensamiento, Søren Kierkegaard es mucho más que el padre del existencialismo, sus Migajas filosóficas suplieron pronto mi visión del mundo, de la realidad y de la libertad, encalladas en aquellas migajas de Pulgarcito que hasta entonces había seguido para no perderme en los grandes temas de mi conciencia personal. El filósofo danés me invitaba a una mirada larga sobre la existencia, una mirada redentora y desapegada de los condicionantes que envuelven y paralizan. El tema de la angustia vital se convirtió también para mí en un elemento de retorno, un posicionamiento ante la nada y la incertidumbre de lo que será, una caída, una pérdida de las seguridades, situándome en los espacios abstractos, en la perplejidad de las emociones cuando soy capaz de descubrir que la línea de continuidad en la que me estaba instalado se volvía discontinua, incluso se rompía, y abstrayéndome a un silencio demoledor, a un vacío de sentido.

He podido dar en muchos de esos momentos lo que Kierkegaard llamó el salto de la fe. La fe como único antídoto frente a la angustia vital, un compromiso conmigo mismo lleno de todas las pasiones que me habitan, un salto que la razón objetiva considera absurdo, pero capaz de situarme en el plano de la verdad, más allá de una ética de mercado, más allá de la triste sumisión a las verdades reveladas. De este modo me fue conduciendo a una ética trascendente, en el retomar de las preguntas fundamentales y me enseñó a huir de las respuestas aprendidas sin razonamiento ni crítica. Con tan buena compañía he ido construyendo mi pensamiento crítico a lo largo de los años, viendo cosas que vosotros no creeríais (tal vez Roy Batty bebió de esa misma angustia).

Kierkegaard llama paradoja del instante a ese momento en que el no saber del futuro, la incertidumbre que nos acecha, toca la historia. Llevamos algo más de un año viviendo en esa paradoja. Nuestra tendencia es ese límite, porque “la vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante.” Nuestra conciencia personal se forma en ese debate, porque tenemos “una historia, una vida que contar”, uniendo las certidumbres del pasado a las posibilidades del futuro. Ese instante de conciencia se convierte en un “vértigo de la libertad”, un abismo y una angustia vital que solo cada uno de nosotros puede interpretar como oportunidad de un tiempo de plenitud personal.

Vivimos rodeados de obsolescencia programada. Asistimos atónitos a este salto que de los aparatos electrónicos la ha llevado a nuestra propia existencia. Cuando se nos desmoronan las esperanzas es la angustia la que, en lugar de posibilitarnos el futuro, nos encierra en un bastidor finito de término, haciendo de nosotros marionetas sustituibles de un destino que ha olvidado comprender su historia, ha decidido dejar de buscar un mañana. Del mismo modo que sustituimos el teléfono móvil o la lavadora cuando dejan de actualizarse, pasamos a sustituir la vida cuando aparece la incertidumbre. Unas veces nos reinventamos, otras dejamos a un lado todo lo incorporado y miramos nostálgicos cómo todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Es Montaigne quien escribe que “cada hombre porta en sí la forma entera de la condición humana”. Dejar que la angustia no se convierta en fe, que la convergencia entre lo vivido y lo que puede ser no nos aporte plenitud sino desasosiego, implica renunciar a la vida, confinarnos en las cuevas del miedo para protegernos de la entropía existencial que nos descoloca. Somos portadores de todas las posibilidades de nuestra condición, nuestro nacimiento, ni a la vida ni a la fe, lleva programado código alguno de obsolescencia. Nos habita el destino que nosotros mismos aceptamos al optar por vivir el presente, accedemos al instante en que comprendemos y decidimos, es ahí donde somos verdaderamente libres, capaces de interpretar, poderosos para ocupar espacios de sentido, conquistadores de todas las posibilidades.

Respeto a quien decide tirar la toalla, me encamino a cruzarme con sus propias angustias no resueltas, quiero hacerme compañero y confidente de sus miedos. Es fácil juzgar cuando se ha aprendido a resolver los conflictos personales, cuando la comprensión del pasado nos permite un mañana de posibilidades, por eso el camino debe alejarse del juicio y encontrar espacios de sensibilidad compartida. Quedarnos a vivir en lo que tuvimos y fuimos se convierte en una reminiscencia que nos hace profundamente infelices, la memoria del pasado invade nuestros detectores de realidad, nos vuelve obsoletos, instala la angustia permanente en nuestro sistema operativo vital. Kierkegaard vuelve al rescate, reclama la repetición, y no la reminiscencia, como programa de salvación, recuperando todo aquello que ha tocado nuestra historia para lanzarnos al vértigo de la libertad que nos programa para vivir, no para desaparecer.

No renuncio a ser esperanza de quien se pierde en la angustia del instante, mi compromiso es ser paso abierto para que acceda a ese vértigo que salva la vida en cada instante, en cada contradicción entre lo vivido y lo por venir. Quiero ser resistencia frente a una programación de la persona que se sustenta en el remplazo, que destierra la reparación desde una ética del descarte, siempre jugando en los límites del mercado y la necesidad. Quiero ser libertad que no renuncia a la propia historia, que encuentra sentido en la incertidumbre de cada instante, del hoy más pleno, y me lanza a vivir hacia delante.

El recuerdo y la memoria

Hace unos meses escribí sobre la memoria, aleccionado por la convivencia con dos religiosos enfermos de Alzheimer. Contemplar desde la impotencia sus luchas personales en el sufrimiento ocasionado por el olvido ha sido una de las experiencias más intensas de mi vida, despertarles cada mañana convertía la vida en un eterno retorno donde todo volvía a comenzar de nuevo, los aprendizajes de lo más sencillo se transformaban en noticia y en reto, cada día, a cada momento. La memoria es la capacidad de recordar y por eso la vida se acaba convirtiendo en un esfuerzo permanente para no perder todas las memorias que la habitan.

Hacemos memoria de todo lo bueno, y también de todo lo malo. No queremos olvidar ni los besos de la vida ni sus golpes traicioneros, y de ese modo nos hacemos cómplices de los espacios infinitos que hemos recorrido, guardando para saborear en el futuro los encuentros, los rostros, los logros y las caídas, en un equilibrio que ignora conscientemente los giros inesperados y rescata interesadamente todo lo que nos ayude a sobrevivir. La memoria es una tabla de salvación para afrontar los naufragios a los que nos enfrentamos, por eso la llenamos de recuerdos, unos prácticos y otros necesarios, en la esperanza de que algún día toda esta felicidad y todo este dolor nos serán útiles.

Vivir de la memoria es un ejercicio de lealtad personal, a veces nos falla, como en esas enfermedades que nos la arrebatan con nocturnidad y alevosía. Es también un ejercicio de realismo, en cuanto la memoria actualiza los recuerdos y da orden a las vivencias para traerlas a un presente dialogante con nuestro pasado. Pero no siempre tenemos tiempo para estabilizar nuestras conexiones neuronales sanas y acabamos viviendo de memoria, dejándonos llevar por recuerdos automáticos y maquinales que dan cobertura de lucidez a nuestras acciones y decisiones. Vivimos de memoria cuando nos dedicamos a espantar los fantasmas de nuestro presente a base de las rentas que una vez nos aportaron sentido, sin atender a su anacronismo ni a lo que pisan nuestros pies.

Cuando vivimos de memoria los recuerdos pasan a ser trofeos, territorios conquistados y después abandonados. Recuerdos fútiles que colonizan el tiempo presente, se ponen una máscara conocida para tranquilizar la conciencia, consiguiendo que bajemos la guardia de nuestras sospechas y confiemos plenamente en ellos para hacerlos ciudadanos de la memoria y no tener miedo a despertar, ni a las crisis de identidad, ni a los sobresaltos de las decisiones, ni a la incertidumbre del futuro. Son recuerdos tan poco nuestros como los que inventamos para no tener que pasar el trago def reconocer la vida, recuerdos construidos para dar sentido a cada novedad incorporada, para hacernos mansos ante los ideales y fuertes en las debilidades. Pero son falsos, recuerdos adulterados que tan solo nos ayudan a vivir de memoria.

Mi memoria, y la memoria colectiva compartida, necesita rescatar los recuerdos auténticos, desbrozar los parásitos que la ciegan, aquellos que solo contemplan esclavizarla y someterla a sus engaños, los que levantan bonitas historias, sea para construir castillos de felicidad o para justificar venganzas. Cuesta rescatar recuerdos porque muchos de ellos despiertan nuestros miedos, ante ellos de nuevo la opción al olvido o a la memoria selectiva. Como Deméter en paciente espera de su hija Perséfone raptada por Hades en el inframundo, nuestra memoria se acaba contentando con la llegada primaveral de los recuerdos raptados por nuestras dudas y relegados a las mazmorras del subconsciente.

Los intentos de salvar la memoria acaban fracasando porque la memoria no quiere ser salvada, su mágico reino es el de hacerse intérprete del presente y jugar a princesa destronada cuando se encuentra sin respuestas para los inviernos que la congelan y entumecen. Sin verdaderos recuerdos la memoria inventará los suyos, y nos obligará a vivir en ellos y de ellos. Por eso debemos actuar sobre los recuerdos, restaurarlos sin engaños, rescatarlos y sanear sus expresiones, sean de honor o de miseria, mirándolos de frente en todas sus vidas. En mi tierra no solo se dan recuerdos para la persona conocida, se dan también expresiones, porque esa es la materia de la que están hechos los recuerdos. La sabiduría manchega que instruyó a Don Quijote, y sobre todo a Sancho, ya sabía que la memoria se alimenta de todo lo expresado, que la vida se crece en expresiones de cariño, en guiños de ternura, en amagos de dolor, y todos mis recuerdos acabarán convertidos en simple memoria inanimada si no los hago expresión de lo vivido, el día en que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza (Paul Géraldy).

La compasión es libertad

Resulta irritante la facilidad con la que algunos confunden la compasión con la lástima, o incluso con la comprensión. No es lo mismo comprender la vida de quien tengo delante que ceder espacio entre mis pasiones a las suyas. No es lo mismo llorar junto a alguien que hacerme acompañante de su dolor, o de su alegría, sin generar esos sentimientos de superioridad asociados a la lástima que solo mantienen a cada uno en su propio lugar descolonizado. La compasión, con-pasión, no busca espacios de sentido compartidos sino unirse en una misma respiración consciente que identifica emociones y apasionamientos, aumenta y necesita de la humildad, porque compartimos defectos y virtudes, aprendemos a aceptar que no somos perfectos y que todos tenemos limitaciones.

Compasión tampoco es solidaridad, a menos que sigamos en la orilla de los que quieren cambiar el mundo pero sin que ese cambio les roce. La solidaridad es necesaria en la lucha por la justicia, pero se queda en gesto infantil cuando se nos necesita implicados y sustanciales a esa justicia que las personas concretas y reales necesitan. Un conocido proverbio sioux aconseja que antes de juzgar a una persona, camines tres lunas con sus mocasines. Difícilmente puedo acercarme a alguien que sé por lo que está pasando si nunca he sentido los pliegues de la vida que le dañan al caminar. Desde que comenzó la pandemia he podido compartir con muchas personas, demasiadas, sus padecimientos al sufrir la COVID-19, pero por más que he querido ponerme en su lugar y darles ánimo es ahora, cuando yo mismo he pasado la enfermedad, y aún sus complicadas secuelas, el momento en que más allá de comprender lo he vivido.

Compasión no es simplemente empatía. El auge de la inteligencia emocional ha destacado excesivamente la denominada empatía emocional, ponerse en el lugar del otro, lo que Adam Smith llama más apropiadamente simpatía. Frente a ella Paul Bloom propone que trabajemos más la empatía cognitiva, pensar como piensa el otro, evitando los problemas morales que desplacen el espacio del otro por el propio. El recurso de la empatía, del que tanto abusamos para equilibrar las emociones y mejorar las relaciones interpersonales, necesita el complemento de una compasión racional, no como actitud medida y diseñada, no como un simple lugar compartido. Calzarse los mocasines de otra persona no nos convierte en ella, puede ser un acto de transformismo que actúa solo en la superficie de los sentimientos y pretende salvar desde la apariencia de identidad compartida. La compasión va más allá de la empatía cuando se pone en marcha con esos mismos mocasines, aprendemos a sufrir con ellos, a dejarnos dañar por el terreno, por las ampollas y rozaduras que nos provocan. Pensar con ellos puestos, interpretar con ellos el mundo y la realidad, acceder a la vida del otro y ver, juzgar, escuchar, callar, desde el mismo espacio de comprensión en que el otro lo hace.

Las tradiciones orientales nos han enseñado a incorporar la compasión a nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. Es la llamada bondad amorosa (loving kindness), que se fundamenta en el deseo de liberarse del sufrimiento, en una aspiración sincera de que los demás sean felices y en la que puedo alcanzar mi propia felicidad. Esta capacidad abarca todas las dimensiones de la vida y nos reconcilia con la naturaleza humana, por eso el primer ser compasivo es Dios, y así lo entienden todas las religiones.

La compasión más difícil es la que se alcanza sin necesidad de calzar otro calzado, la que no busca experiencias transformadoras sino que ha interiorizado el ser complejo que es el otro, nos hace habitantes de los espacios de intersección que nos liberan del sufrimiento, de la desidia, de la imitación. No tengo que hacerme igual a los demás para adquirir un pensamiento y una visión que me salven de creerme diferente. No es necesario que busque actitudes comunes ni palabras neutras para formar parte de los recovecos en que nos jugamos, juntos, el sentido de la existencia compartida. No bastan los pensamientos positivos cuando lo verdaderamente transformador se encuentra en el fondo de la mirada, no en su superficie.

Así es la compasión de Jesús de Nazareth, no solo solidaria, ni empática, ni bodandosa, para nada lastimera. Es una fuerza liberadora que pone fin al sufrimiento del otro, sin grandes palabras, más bien con sencillos diálogos de encuentro, si quieres… – quiero. Para llegar hasta aquí hay que encarnarse, calzarse la piel del otro, pensar y ver el mundo como él, y ella, lo ve, quien esté libre de pecado… Gregorio Nacianceno e Ireneo de Lyon lo expresaron teológicamente con una preciosa propuesta pastoral, para redimir hay que asumir: lo que no es asumido no es redimido. Hay que asumir la completitud del otro, solo entonces quedamos enredados en un espacio compasivo, sin calzadores, sin colocarnos en planos de superioridad, solo hermanos, realmente libres de condicionamientos. La compasión es libertad.