Atraer el mañana

Hace poco comenzamos un nuevo Adviento, que siempre nos abre un espacio para la esperanza, con mucho de transformación, aunque también de ensoñación. Hacemos de la esperanza un sueño cuando la necesitamos para preparar el mañana, pero desde la resistencia para abandonar o transformar el hoy que vivimos. Es una esperanza cargada de alienación, que nos embauca con luces futuras, nos anestesia para las llamadas de atención que el presente, y quienes lo representan, nos lanzan continuamente. Vivir la esperanza como una ampliación del presente hacia el futuro, solo consigue cerrar nuestros oídos y nuestro corazón al clamor de la tierra y de los que en ella sufren. Nos conformamos, entonces, con bonitos discursos que nos distraen del arte de vivir, resignados a un presente que aspira a más pero sabe que no lo conseguirá.

La esperanza del Adviento actúa justo al contrario. Es el futuro que vislumbramos el que nos permite comprender mejor el presente y, por tanto, estamos mejor preparados para transformarlo, no con ensoñaciones sino con compromiso. Es la esperanza de la resurrección, que poco tiene que ver con la espera pasiva de un más allá, sino con la lectura del tiempo presente a la luz de la vida abundante que se nos promete. Dice Adorno, en su Dialéctica negativa, que El gesto de la esperanza es el de no retener nada a lo que el sujeto quiere atenerse. Es la invitación a una esperanza que no retiene este presente en un futuro sin entidad, sino que atrae el mañana para salvar e iluminar todos los infiernos que nos habitan.

Entender lo que vivimos desde la promesa nos permite una esperanza verdadera para los vencidos de la historia, mirar y escuchar a quienes no son tenidos en cuenta para escribir el futuro, ni siquiera su propio futuro. Al atraer un mañana lleno de palabras transformadoras nos resistimos a retener un presente condicionante y con vocación de eternidad. Nos vence el miedo cuando abrazamos una esperanza que solo sabe ampliar este hoy incompleto, que no ve ni conoce otro futuro que el construido sobre nuestras seguridades actuales.

Debemos ser capaces de responder a las grandes cuestiones de la vida, pero sobre todo debemos aprender a hacerlo junto a otros que también se preguntan, atrayendo juntos un futuro que sea esperanza para cada uno de nuestros presentes. Se atribuye a Martin Luther King el motivador pensamiento, si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol. Así es la esperanza, no traslada al futuro la angustia del presente, más bien siembra futuro en el presente. Atrae el mañana.

¿Aportar valor o sentido?

Hace unos días asistí a un acto en el que, sobre todo, se habló de la tarea evangelizadora de la escuela católica. Una de las intervenciones me dejó inquieto, defendía con pasión el valor añadido que para un colegio aportaba su ideario católico, reclamaba cuidar los elementos propios de ese ideario, de modo que la propuesta educativa se envuelva de calidad y excelencia como expresión de la tarea evangelizadora. Quienes me conocen bien ya estarán intuyendo que desde ese momento no paré tranquilo en mi asiento. Como estaba entre el público, y no había oportunidad de preguntas ni debate, allí mismo comencé a escribir mi reflexión.

¿Cuál es el objeto de nuestra misión educativa, aportar valor o sentido? Tanto en la escuela como en otros ámbitos de la actividad evangelizadora de la Iglesia, nos hemos sumado con más entusiasmo que discernimiento a la búsqueda del valor de nuestras acciones. En ocasiones, esta aportación de valor se ha originado como línea de defensa ante las acusaciones externas o internas, una justificación que nace tanto de la inseguridad como del acomplejamiento, y que quiere presentar nuestra propuesta desde la autoridad de la excelencia y la calidad. Nuestras instituciones eclesiales han optado históricamente por seguir ofreciendo espacios educativos, caritativos y solidarios evangelizadores, pero sosteniendo esta opción en el valor que supuestamente añade el Evangelio, y desde ahí se justifican decisiones, programaciones y modelos pedagógicos.

Enredados en esta búsqueda del valor añadido que nos diferencie del resto solemos confundir la misión con los medios, evangelización con calidad, acompañamiento con procesos. Convertidos en aprendices de McLuhan, acabamos haciendo del medio el mensaje, y despojamos a la misión de su esencia, adornándola de palabras rimbombantes, tecnología punta y estética minimalista, pero sin lograr desprendernos de nuestra más clásica contradicción pastoral: vender unos valores institucionales que cada vez se identifican menos con lo que mostramos en la práctica con nuestras acciones.

Cuando nos obsesionamos con aportar un valor referencial también nos enredamos con el control, necesitamos resguardar lo que valoramos como imprescindible, porque de ese modo categorizamos mejor las ideas y, maniqueamente, colocamos a cada uno en su sitio. El control busca alcanzar, especialmente, a los contenidos de la propuesta evangelizadora, nada debe salirse de las definiciones que garanticen el valor, el esfuerzo debe centrarse en los elementos diferenciales y no tanto en los integradores. Aparecen entonces las expresiones anticreativas que protegen la inversión realizada, esto es lo que nos define, siempre se ha hecho así, no conviene confundir,…

Nuestra misión, sin embargo, tiene mucho más que ver con un sentido que con un valor. Aquella perla escondida de gran valor, de la que nos habla la parábola del Evangelio, no contiene su valía en lo diferencial sino en el sentido que invita a dejar los apegos y venderlo todo. Solo una pastoral que se construye desde la trascendencia busca la aportación de sentido, fundamenta su estética en el porqué de su propuesta más que la materialidad de los medios, se distancia del control, de la excelencia, de los números, de la institucionalización impuesta.

Aportar sentido supone situar a la persona en el centro, como nos propone insistentemente el papa Francisco, confrontarnos con la realidad y reconocernos parte de ella, antes incluso de pensar en evangelizarla. Resituando tanto a la persona como a la realidad nos ayuda a aceptarlas como don De Dios y nombrarlas, aceptando su autonomía frente a nuestro intervencionismo. Esta es la base de un humanismo integrador y no invasivo, de sentido de la existencia, que acoge e integra la diferencia, en lugar de emplearla como excusa de significatividad.

Una propuesta de pastoral de sentido tiene dos efectos inmediatos: el descentramiento y la desidentificación. Si colocamos a la persona en el centro, y en ella a Cristo, evidentemente, nuestras buenas propuestas y acciones dejan de ocupar el centro, no será ya tan importante buscar referencias que nos identifiquen como abrirnos a una pastoral de relaciones que irradie y promueva la pluralidad, acoja el diálogo y el encuentro, desde una circularidad trinitaria que integra a todos en su misterio. De ahí la necesidad de desidentificación, el paso a una pastoral que no nos obligue a vivir tan ligados a definiciones de autenticidad y de identidad que acabamos promoviendo seguridades en lugar de Evangelio.

La realidad que evangelizamos nos pide aportar sentido, no se entiende una pastoral eclesial que genere espacios de conclusión en lugar de espacios abiertos al encuentro. Es una tarea para la que necesitamos una disposición de las relaciones, sin poner límites en el empeño, que nos pide salir de los búnkeres de seguridad pastoral e institucional, que nos proyecta a la trascendencia.

Vitaminas para el pensamiento

Interrogarnos por los símbolos ha formado parte del pensamiento de todas las culturas y de todos los tiempos. Empleamos símbolos para hacer más sencilla la comprensión de la realidad, y esta capacidad nos permite hacernos preguntas sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Los símbolos acompañan nuestra reflexión, Paul Ricoeur dice que dan qué pensar, son vitamina para el pensamiento. A partir de los hechos más sencillos de la vida, el símbolo nos permite acceder a lo más profundo de la experiencia humana y convierte cada acontecimiento en un hecho debordante de significación.

En los últimos años hemos priorizado las emociones. Concretamente, en educación, tanto formal y como no formal, la llamada inteligencia emocional se ha convertido en fundamento para la creatividad y el autoconocimiento. Un buen manejo de las emociones mejora nuestras habilidades sociales, nos permite ser más empáticos, abre nuevos escenarios para el encuentro y para la interpretación de la realidad. Educar en inteligencia emocional capacita para la apertura a la trascendencia, para el diálogo, para aceptar el fracaso, para la vida.

La sencillez de las emociones supone una metáfora de la vida, porque las definiciones científicas acaban siendo secundarias si las comparamos a las aproximaciones experienciales al mundo en que vivimos. Y es en esa sencillez donde las emociones necesitan expresarse mediante símbolos, comparten lo que se vive, señalan lo que se ve. De ahí que solo la atención a lo sencillo, a las experiencias de la vida, nos permite entender lo simbólico y su sentido. La capacitación para comprender las emociones debe complementarse con la de comprender el símbolo. Si educamos en la inteligencia emocional pero olvidamos la inteligencia simbólica, la emocional quedará en mera empatía sin recorrido vital.

Ernst Cassirer, en su gran obra, Filosofía de las formas simbólicas, suma a las clásicas definiciones del hombre la de animal symbolicum, un ser que utiliza y produce símbolos, y a través de ellos se da a sí mismo y da a su mundo un sentido, un punto de apoyo, una orientación. Los símbolos forman parte de nuestra existencia, creamos algunos y otros los incorporamos. Utilizamos símbolos a través del lenguaje, y también a través de los mitos, del arte, de la matemática o de la música. Vivimos inmersos en todo un universo de símbolos que debemos interpretar, es el proceso de la cultura humana. Y esta es la parte más importante, porque esa interpretación nos conecta con el significado del símbolo, inaugura preguntas nuevas y nos acerca al sentido trascendente de cuanto construimos con nuestro pensamiento. De nuevo, el símbolo como vitamina para el pensamiento.

Sin embargo, caemos en una contradicción: salvamos el símbolo y descartamos aquello que representa. Nuestra recurrente falta de creatividad y de interpretación amenazan el pensamiento crítico, y esto es solo el primer paso para aferrarnos a los signos y símbolos, convirtiéndolos en salvavidas de una existencia perdida en el mar de los actos efímeros. Una sociedad, una escuela, una Iglesia, una comunidad, que se resiste a interpretar está abocada a merodear los dédalos de la vida sin encontrar nunca una salida. Al absolutizar el símbolo lo acabamos defendiendo frente a todo, incluso dando la vida por él, pero vaciándolo de contenido y significación, por lo que acabamos atando la vida a un mero reflejo. El símbolo deja de ser vitamina para el pensamiento, lo será solo para la intolerancia.

Uno de los errores más comunes cuando buscamos capacitar para la inteligencia simbólica es reducir la tarea a la identificación del símbolo, aprender a reconocerlo, dibujar mil y una veces su contorno, especialmente de los símbolos inmateriales, buscando con ello hacerlos parte de nuestra vida. De este modo, resaltamos la permanencia de los rasgos simbólicos, incluso nos sentimos parte de su construcción histórica, y llamamos a todo ese proceso cultura. El siguiente paso es defenderla de quienes rechazan nuestros símbolos, y contraponerla a quienes trazan otros ángulos y recorren otros caminos. Salvar el símbolo, descartando lo que señala, no es cultura sino pobreza y pesimismo vital, porque nos obligará a enfrentarnos contra quienes han encontrado otros símbolos y otro lenguaje para expresar las mismas emociones. En estos casos, la gran aliada es la tradición, siempre convocada para justificar la resistencia al significado de los símbolos, siempre en guardia para detectar las novedades creativas que resitúan la conciencia personal y colectiva.

Nuestra tarea debe ser, entonces, salvar el significado al que se apunta, el empeño hermenéutico frente a la imposición temporal de sustitutivos que pretenden rescatarnos del error interpretativo. Es un aprendizaje largo e intenso que toca a espacios muy queridos, a veces sagrados: sacramentos, códigos de conducta, valores éticos y morales estáticos, reglamentos…, y también nuestras palabras y expresiones, libros, esquemas mentales… Símbolos en todos ellos inamovibles, identificados con la cultura que pretendemos salvar, pero en muchos casos sin recorrido de significado, aceptados como tabla de salvación, tradición que nos libera del complejo arte del pensamiento.

El símbolo por sí mismo no es más que una anécdota. El símbolo que no apunta a su significado solo alimenta nuestra autorreferencialidad, sin abrirnos a espacios de sentido, sin trascendencia. Por eso mismo, el símbolo se hace fuerte y permanente cuando incluye en sí su significado. Su poder reside en liberarse de las explicaciones otorgadas por un grupo de sabios, en ser transparente para la interpretación de quien accede a él; y su debilidad siempre será la obsesiva adjudicación de un significado único, legal y canónicamente autorizado. No estoy proponiendo una anarquía de los símbolos, de ese modo seguiríamos dando un valor infinito al signo sobre lo que representa. Reivindico aquella intuición de Ricoeur, el símbolo como vitamina para el pensamiento, el símbolo como apertura a la reflexión de los hechos sencillos de la vida, el símbolo como acceso a lo más hondo y a lo más alto.