De reliquias y sarcófagos

Hoy los trinitarios celebramos la solemnidad de san Juan de Mata, así que un poco de curiosidades históricas, que no vienen mal.

Unas reliquias viajeras, deseadas y robadas (varias veces)

En la noche del 18 de marzo de 1655, los religiosos trinitarios españoles Gonzalo de Medina y José Vidal, accedieron por medio de una ventana que rompieron a la iglesia de Santo Tomás in Formis, en Roma, que había sido la primera casa trinitaria en aquella ciudad y donde se guardaban los restos de San Juan de Mata. Ellos mismos dejaron una nota en el lugar reconociendo que las “robaban” porque no podían soportar que los restos del fundador de la Orden estuvieran abandonados y sin culto en aquella iglesia ruinosa. En 1379 el papa Urbano VI había confiscado la casa donde vivió y murió san Juan de Mata, en represalia por el apoyo de los trinitarios a Clemente VII, papa de Avignon, y desde entonces era un lugar en ruinas.

Los restos del fundador recorrieron un largo camino hasta España, donde fueron reconocidos por el nuncio Camilo de Maximis el 24 de noviembre de 1655, treinta años después se trasladaron de la nunciatura a la casa de los trinitarios descalzos en Madrid, donde hoy se venera a Jesús de Medinaceli, pero aún con dudas sobre su autenticidad. Es en 1721 cuando el papa Inocencio XIII reconoce la autenticidad y, el día 7 de mayo, las reliquias se repartieron entre los trinitarios descalzos de la iglesia de Jesús y los trinitarios calzados de la iglesia de la Trinidad en la calle de Atocha. No acabó ahí su “peregrinación”, a causa de las leyes desamortizadoras de Álvarez de Mendizabal, en 1835 los dos grupos de reliquias se reúnen de nuevo y son depositadas en el monasterio de monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid. En los años previos a la Guerra Civil, por miedo a la quema de conventos, las monjas trasladaron los restos del fundador a casa de D. José Navarro-Reverter (subsecretario del Ministerio de Hacienda y subgobernador del Banco Hipotecario) en la calle Fuencarral 50, de donde fueron robados durante la batalla de Madrid y, sin que nadie supiera cómo, acabaron en el sótano de la basílica de San Isidro. El 8 de octubre de 1966 los restos de san Juan de Mata tuvieron su último traslado, esta vez a Salamanca, con la promesa del templo votivo que allí se iba a construir con su nombre, donde se pretendía depositar definitivamente las reliquias, en la misma urna de plata de 1722. Hasta que la iglesia pudo ser finalmente consagrada el año 2000, la urna con sus reliquias se conservó en un sótano que hizo las veces de templo parroquial.

Urna de plata de 1722 con los restos de san Juan de Mata (Parroquia S. Juan de Mata, Salamanca)

¿Y el sarcófago primitivo?

Otro recorrido igualmente extenuante tuvo el sarcófago original donde reposaron los restos de san Juan de Mata en Roma. A petición del Ministro general de los trinitarios descalzos, fr. Miguel de San José, el papa Benedicto XIV regaló el 3 de febrero de 1749 a la rama descalza de la Orden el primitivo sarcófago, que había quedado en la iglesia de Santo Tomás in Formis de Roma. Fue trasladado a la iglesia de Jesús en Madrid, de los trinitarios descalzos, donde estuvo hasta la destrucción del templo durante la ocupación francesa. El sarcófago apareció a finales del siglo XIX en unas obras de demolición del horno antiguo del palacio ducal de Medinaceli de la carrera de san Jerónimo. Es un antiguo sarcófago de mármol blanco, sin tapa y roto por los pies (51cm de alto, 2m de largo y 63cm de ancho) con una inscripción grabada en uno de sus laterales:

Anno Dominice Incarnacionis MCLXXXXVII(I) , pontificatus vero domni Innocencii pape tertii anno primo, XV,(I) ka(lendas) ianuarii, institutus est nutu Dei Ordo sancte Trinitatis et captivorum a fratre Ioh(anne) sub propria regula sibi ab Apostolica Sede concessa. Sepultus est idem frater Iohannes in hoc loco, anno Dominice (Incarnacionis) MCCXIII, mense Decembri, die XXI

En el año de la encarnación del Señor, 1198, en el pontificado del señor papa Inocencio III, en el primer año, el 17 de Diciembre, por señal de Dios fue instituida la Orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos por el hermano Juan, bajo propia Regla, concedida a él por la Sede Apostólica. Fue sepultado el mismo hermano Juan en este lugar, el año del Señor 1213, el mes de diciembre, el día 21.

D. Manuel de la Cruz, que fue el director de obras de la demolición, detalla y comenta la inscripción, así como la existencia de un tarjetón de mármol blanco truncado en un lateral del sarcófago, con la inscripción:

N.º Ss.mo P. Benedicto XIV dió este sepulcro de S.n Juan[n de Ma]tha para esta Yg.ª á N.R.P. Grãl F. Mig.l de S. Jph, oy [Ob.º de] Guadix el año de 1749. y la Ex.ª S.ra D.ª Theresa Mon[cada] y Benavide[s], Duq.ª de Medina Coeli y Marq.sa de Aytona y [n.ª pa] trona, le colocó ccon este adorno en 7 de Feb.º de 1[75(0?)]

Dª Teresa de Moncada y Benavides, duquesa de Medinaceli, tomó el patronazgo del altar y sepulcro de san Juan de Mata en la iglesia de Jesús, es posible que este fuera el motivo por el que tras la demolición del templo el sepulcro acabara en el palacio ducal anejo.

En enero de 1891 la duquesa viuda de Medinaceli, regente de la casa por la minoría de edad de su hijo, Casilda Remigia de Salabert i Arteaga, atiende una petición de D. Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, para ceder a la Real Academia de la Historia el sepulcro de mármol de San Juan de Mata. D. Pedro Madrazo, director de la Academia, agradece a la duquesa la cesión de la propiedad del sarcófago, que califica como “antiguedad sagrada”, y pide que sea enviado al monasterio de Monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid, con “objeto de darle decorosa colocación”. Solo dos años después, la Real Academia de la Historia cede el sarcófago al Museo Arqueológico Nacional para que forme parte de su exposición Histórico-Europea, inaugurada el 5 de abril de 1893 y promovida por D. Juan Navarro Reverter (que era abuelo de D. José Navarro-Reverter, al que se encomendaron las reliquias de san Juan de Mata durante la Guerra Civil). La prensa se hizo eco de la apertura de las nuevas salas, destacando la presencia del que llama “sarcófago monumental de San Juan de Mata”.

Tras pasar por diferentes salas, debido a sucesivas reformas y adaptaciones a los nuevos conceptos museísticos, finalmente el sarcófago se retiró de la exposición permanente y fue trasladado a los sótanos del Museo Arqueológico Nacional en 1981. Desde 2013 se encuentra en los nuevos almacenes del Museo, que albergan el 98% de los fondos del mismo. Han sido muchos los intentos de solicitar una cesión del sarcófago a la Orden, todos sin éxito.

Tanta historia, ¿para qué?

En este post me he aventurado con una pequeña investigación histórica, no completa, para no aburrir demasiado. Los trinitarios no hemos sido especialmente cuidadosos con la memoria de nuestro fundador, desde los orígenes de la Orden se resaltó más el protagonismo divino de la fundación que la figura de Juan de Mata, un antiguo adagio sentenciaba: Hic est Ordo approbatus non a sanctis fabricatus sed a summo solo Deo (Esta Orden no fue hecha por santos sino solo por Dios). Es evidente que esto no ayuda para reconocer su papel histórico a quien recibió la inspiración de la fundación. De hecho, Juan de Mata no fue canonizado hasta 1666 por Alejandro VII, y lo fue más bien in extremis, por reconocimiento de culto inmemorial, antes de que cambiaran las normas para las canonizaciones. Sabemos que Juan de Mata fue profesor en la escuela catedralicia de Paris, pero no conservamos ningún documento o texto escrito por él, salvo la Regla de la Orden, de la que realmente no podemos saber qué es propio y qué añadido por las diferentes autoridades eclesiásticas por las que pasó para su aprobación.

Los religiosos de la nueva Orden, primera no monástica de la historia y primera con aprobación pontificia, no fueron nunca conocidos por el nombre de su fundador, como es común en otras de la época o posteriores. En todos los textos primitivos, bulas pontificias y documentos legales tan solo aparece como el hermano Juan. Esto dio pie a la aparición de relatos fabulados sobre sus orígenes, su familia, su magisterio en Paris…, la mayor parte anónimos. Ya hemos visto cómo durante trescientos años sus mismos restos mortales estuvieron prácticamente abandonados en el lugar donde fueron enterrados en Roma, y solo se preocuparon por recuperarlos, y no pudo ser más que robándolos, cuando se empezó a gestionar su canonización.

A pesar de todo ello no se perdió su memoria, siempre reservada al interior de la misma Orden (a pesar de los muchos intentos para incluirla como memoria de la Iglesia universal), y es precisamente a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando a san Juan de Mata se le reconoce sin ambigüedades su papel relevante en la fundación de la Orden, promoviendo estudios, publicaciones y reflexiones sobre su figura. Tal vez hemos tardado mucho, ochocientos años, aún así hay mucho todavía que reconocer, nos falta adoptar su espíritu, el impulso que le llevó a dejarlo todo e ir contracorriente, a hablar de encuentro cuando la mayoría, empezando por el mismo Papa, solo hablaban de cruzadas y de odios, a apostar por sencillez y pobreza en una Iglesia rica y poderosa, a aceptar incluso la negación de sí mismo y de su contribución a lo que estaba creando para que solo tuvieran protagonismo Cristo Redentor y la obra de liberación y misericordia.

Las reliquias y los sarcófagos están bien donde están, en los silencios que los acogen, no creo que debamos perder tiempo en reclamarlos o hacerles monumentos, nuestro mejor tributo a san Juan de Mata será no quedarnos en silencio, porque aún hay mucho que aprender, emprender y creer.

820 y… ¿sumando?

APROBACIÓN_DE_LA_REGLAPor esos entresijos que tiene la historia, y la vida, celebramos el mismo día la solemnidad de San Juan de Mata y la aprobación de la Orden por él fundada. Hoy es el 820º aniversario de la aprobación de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos por Inocencio III, que no se nos pase.

Damos el resto en festejar a un fundador que nunca quiso actuar como tal, de él no tenemos escritos, sentencias, retratos, y no por falta de relevancia en su momento, la relación que tenía con uno de los Papas más importantes de la historia nos dice que no pasaba desapercibido, pero Juan de Mata se quedó a un lado, y así ha perdurado, al margen de la historia.

Porque nuestro reto no es ser como Juan de Mata sino sumarnos a su visión y a su misión. Son demasiados años, es evidente que las cosas no son como hace ocho siglos, y en estos últimos años vivimos agobiados por la falta de vocaciones y por la incertidumbre en la misión. Está claro que así sumamos pocos años a esos 820 que hoy contamos. La trampa consiste en escondernos tras las celebraciones (con tantos años detrás, no faltan efemérides que festejar) y poner pedestales a las figuras importantes (aunque esas figuras nunca quisieran tener un pedestal). Y caemos en la trampa, olvidamos el reto y nos acomodamos en los espacios que nos dan calor y seguridad.

Para sumar, hoy se nos pide una misión compartida, pero también una visión compartida. Ya no vivimos en el siglo XII, menos aún en los clericalistas y antimodernistas siglos XVIII o XIX. La realidad nos pide ser creativos y abiertos, poner en valor ese ser familia que tanto proyectamos, y sumar, no años sino visiones, personas, sueños… Y frente a todos los que se agarran al clavo ardiendo de la tradición, medir nuestros éxitos por aquellos que se suman a este proyecto de liberación, abrir nuestros espacios de reflexión y programación a quienes comparten vocación redentora, caminar sin complejos siguiendo huellas de otros que están viendo más claro el camino, aunque no se hayan consagrado tanto como nosotros.

Fidelidad es abrir espacios para la vida, para sumar, para seguir siendo proyecto de Dios. Inocencio III aprobó, tal día como hoy, el proyecto de Juan de Mata, porque lo consideró rompedor con las formas de caridad de la época, asimétrico con una Iglesia embarcada en cruzadas sangrientas, tangente a una espiritualidad desencarnada. Si hoy nos presentáramos al papa Francisco con lo que hacemos y tenemos, ¿podríamos esperar que se nos considerara igual que el proyecto de Juan de Mata?, ¿podríamos esperar su aprobación?

Día de la vocación trinitaria

28 de enero, Juan de Mata se despertó una vez más hecho un lío. Hoy algo más nervioso, porque en unas horas le esperaban en la catedral de Paris el obispo, su profesor de teología, el abad de San Víctor, junto a un montón de amigos, porque a Juan no le costaba hacer amigos, entre gente importante y entre los más insignificantes. Es el año 1193 y Juan de Mata iba a celebrar su Primera Misa. Unos años atrás llegó a París desde su Provenza natal. Su intención era estudiar y poder hacerse cargo de los negocios de la familia en el puerto de Marsella. París era la mejor escuela de la época, escuela de teología, por supuesto, pero no se le había pasado por la cabeza ser cura ni monje, era lo que todos estudiaban para poder prosperar.

Juan era bien conocido entre sus amigos por sus ganas permanentes de fiesta, Con él todo hay que celebrarlo, no deja pasar ninguna oportunidad, dice siempre su mejor amigo, Guillermo, al que todos llamaban el escocés. Una mañana, cuando Juan y Guillermo iban camino de una de sus clases en la Escuela de la Catedral, junto a las grandes obras de construcción de la nueva catedral, en la île de la Ville, se había reunido un buen grupo de personas que escuchaban atentos a un caballero cruzado. Con grandes voces anunciaba que los sarracenos habían atacado una vez más los Santos Lugares, Jerusalén había caído en sus manos y con la ciudad santa miles de cristianos valientes que la defendían. El Papa prometía el cielo eterno para aquellos que se unieran a la nueva cruzada para liberar la Tierra Santa que pisó Jesucristo. Muchos se apuntaron. En la cabeza de Juan se iban sucediendo imágenes y conversaciones con las que años atrás, en el puerto de Marsella, soñaba en ideales de caballero y de cruzado. No dejó de rondarle la idea de apuntarse él también a la Santa Cruzada, ya se veía con aquella gran cruz en su pecho, la negra capa y la fuerte espada, obligando a los sarracenos a besar la lápida de la unción de Cristo en el Santo Sepulcro, arrodillarse ante la estrella del pesebre en Belén, renegar de su fe y aceptar los mandamientos de la Iglesia…

Días más tarde, cuando salía de Misa de la Abadía de Cluny, un mendigo le pidió una limosna. Juan buscó en su bolsa y sacó unas monedas. Cuando el mendigo estiró su brazo para cogerlas dejó entrever, bajo su vieja capa, la túnica de los cruzados, inconfundible con esa gran cruz negra sobre el pecho. Juan se quedó inmóvil. ¿Os asusta mi presencia Señor?, No, respondió Juan, me sorprende que siendo caballero cruzado pidáis limosna a la puerta del templo y no luchéis por retomar el Sepulcro de Nuestro Señor. Aquel hombre bajó la cabeza y cruzó de nuevo la capa para ocultar su pecho. Juan guardó las monedas, indignado, dio media vuelta y regresó al interior del templo, quería arrodillarse ante el sagrario y ofrecer su vida a Dios Trinidad para cumplir aquello que el mendigo no fue capaz de hacer por cobardía. Antes de cruzar nuevamente las puertas de la iglesia, el cruzado le gritó, A Dios le importan más las personas que la tierra,  y hay muy poca libertad en las personas, tengan la fe que sea, eso es lo que he visto en Tierra Santa y lo que veo en tu corazón. Juan, que había parado en seco al oír su voz, siguió su camino con grandes pasos y pisando fuerte, pero antes de arrodillarse ante el sagrario se quedó un momento en pie, con sus ojos cerrados, escuchando el eco de aquellas palabras del mendigo. No tienes libertad en tu corazón. Dios no quiere la tierra, quiere a las personas.

Aquella mañana Juan no fue a clase, la pasó con Miguel, así se llamaba el antiguo cruzado, que con lágrimas en los ojos contó a Juan con todo detalle lo que significa una cruzada, los hombres alejados de sus casas que luchan con fanatismo por la libertad pero sólo dejan caminos de esclavitud a su paso, las mazmorras en las que tantos pasaban los mejores años de su vida y muchos renegaban de su fe, daba igual si estaban en tierra de musulmanes o en Roma, eran mazmorras de indiferencia, de odio y de cautividad. Miguel lo sabía bien, su tierra, Castilla, era un campo de batalla para defender una fe que poco tenía que ver con aquella que Jesús en el evangelio explicaba. Aquello no era fe, era soberbia, era orgullo, incluso vanidad, porque en el corazón de los hombres que la defendían, tras la cruz negra de su pecho, se ocultaban deseos de venganza y de pecado. Miguel llegó de la tercera cruzada como maldito, él no acompañó a su rey y a sus caballeros a Roma para recibir la dispensa del Papa, pero había prometido no quitarse su túnica, no ocultar su cruz, eran ahora la carga con que expiar su dolor por tanto dolor que él mismo provocó.

Guillermo y Miguel esperaban ya en la Catedral de Paris. Durante un año habían sido algo más que amigos de Juan. Eran testigos de lo que iba creciendo en su interior, mezcla de ideal y de indignación por la cruzada, por aquellos que sufrían al negarles vivir su fe, fuera cual fuese, de quienes caían en redes de cautividad por culpa de la obsesión de algunos hombres que reclamaban para Dios una tierra, que ni Dios mismo quería, y le negaban unos corazones por los que Cristo seguía muriendo en el calvario. Guillermo, que conocía bien a Juan, le había preguntado varias veces por esa fatiga que reflejaban sus ojos cada mañana. Sólo una vez tuvo respuesta, Están cansados de buscar. Juan había decidido ser sacerdote. Es cierto que la Iglesia no era la solución a sus dudas, durante mucho tiempo incluso pensó que era el principal problema pero su viejo maestro de teología, Prevostino, y el Abad de San Víctor, la nueva escuela de teología de París, a donde Juan había ido defraudado por la rancia escuela de la catedral, le animaron a cambiar las cosas desde dentro, comenzando por cambiarlas dentro de su corazón.

Esa fue la primera cruzada en la que Juan se embarcó. Su corazón se convirtió en un campo de batalla en el que cada día reclamaba una respuesta a Dios, en el que luchaba por arrancar una duda, por conquistar una certeza, por recuperar un territorio en el que volver a creer en la libertad sin perder la propia. Pero Juan dudaba de sí mismo. ¿Cómo hacer estas conquistas y no acabar conquistado por el orgullo y el cansancio? Hasta la mañana de aquel 28 de enero de 1193 había pedido a Dios, se había convertido en su única oración, ver más claramente cómo hacer todo esto, cómo liberar a otros sin convertirse uno mismo en cautivo de sus palabras o de sus deseos.

Cuando Juan levantó la Sagrada Forma tras la consagración Miguel notó que algo raro pasaba. Juan no era precisamente una persona nerviosa, a pesar de que un momento como este, y ante tanta gente conocida, le pudieran jugar una mala pasada. Juan parecía tener la mirada perdida en un infinito oculto para los demás. Por eso Miguel, una vez acabada la Primera Misa, se acercó a Juan y le preguntó al oído, ¿Tienes ya tu cruz? Juan lo miró, fijó la vista en la vieja túnica de cruzado, pasó sus dedos por la cruz negra sobre su pecho y respondió, Lo he visto, Cristo se compromete con las personas, no con la tierra, toma a cada uno de la mano, sea cual sea su color, para que su corazón pueda sentir más la libertad que sus cadenas. He visto mi camino y he visto mi cruz, son el camino y la cruz de la Trinidad, que me invitan a una cruzada en la que las personas son las santas y no la tierras o los lugares.

Dos días después Juan, Guillermo y Miguel salieron juntos por la puerta de les Halles, comenzaba una cruzada roja y azul que todavía hoy, ochocientos diecinueve años después, sigue luchando por creer más en la santidad de las personas que de las cosas.