Opiniones

Llamadme raro, pero cuando escucho aquello de que necesitamos volver a los clásicos, yo me sumerjo en las obras de Platón o de Aristóteles, no encuentro mejores clásicos, especialmente teniendo en cuenta que algunas de sus páginas parecen escritas antes de ayer. El pasado verano he vuelto a los clásicos, releyendo y disfrutando algunos diálogos de Platón, entre ellos el Parménides, donde encontré esta preciosa perla: “Claro que aún eres joven Sócrates, […] y todavía no te ha atrapado la filosofía, tal como lo hará más adelante, según creo yo, cuando ya no desprecies ninguna de estas cosas. Ahora, en razón de tu juventud, aún prestas demasiada atención a las opiniones de los hombres”.

¿Acaso es fácil encontrar el equilibrio, la frialdad dirán algunos, para que no nos afecten las opiniones de los hombres? Por lo general, y según vamos avanzando en la vida, las opiniones nos acaban resbalando. La impetuosidad con que reaccionamos a lo que otros piensan de nosotros y de nuestras propuestas, se va relajando con los años al mismo ritmo con que nos rodea la dura capa de la indiferencia, o nos lamemos las heridas provocadas por muchas de esas opiniones, impunemente lanzadas por amigos y enemigos. Sus costras modelan nuestro carácter y nos protegen de esa temida parte de las relaciones interpersonales en la que somos conscientes de nuestra desnudez, como aquel emperador del cuento de Andersen.

Parménides aconseja a Sócrates paciencia hasta que pase esa enfermedad llamada juventud y se deje atrapar por la filosofía. Pero Parménides no piensa en la filosofía como consecuencia del asombro sino como acumulación de conceptos y caja de saberes, un camino personal que pretende conocer toda la realidad para no quedar callado ante nada de lo que acontece. No entiende la dinámica de Sócrates, que entiende la filosofía desde otro camino, el que le conduce al no saber, espacio necesario para construir conocimiento, actitud imprescindible para amar, para que el pensador forme su opinión y acceda a la humildad. Sócrates solo tiene la seguridad de no saber nada y ama esta sabiduría hasta hacerla fundamento de su vida, por eso se hizo peligroso, por eso tuvo que morir, su vida y su final son paradigma de lo que ocurre a los inconformistas que quieren cambiar las cosas y piensan por sí mismos.

En su no saber, Sócrates busca crear comunidad de buscadores de conocimiento, por eso necesita las opiniones de los hombres. Ciertamente, tenemos la capacidad para sacar de nosotros mismos la sabiduría que nos conduzca a la felicidad, pero si la hacemos depender de nuestra autocomplacencia, si solo ha conocido los trillados caminos personales, acabará aislándonos de los encuentros. Necesitamos las preguntas que despierten los dormidos espacios de nuestras dudas, pero no podemos negarnos a las preguntas que aparecen en el encuentro y el diálogo con los otros. Es ahí, en sus opiniones y no en nuestras corazas de pensamiento, donde nos humanizamos. Desde el momento en que me sé necesitado de otros, también de sus ideas, y me hago consciente de mi no saber, estaré en condiciones de no mirar ya por encima del hombro a quienes caminan conmigo, de dejarme ayudar por su perspectiva sobre mi vida, de comenzar a construir conocimiento compartido.

Nos han enseñado a ser ricos de pensamiento, del mismo modo que valoramos la suficiencia en recursos y medios materiales, también se nos ha inculcado desde niños la importancia de acumular ideas, evitar que otros nos copien, buscar el éxito sabiendo más que nadie. Esta actitud nos conduce a un erróneo concepto de aprendizaje y de conocimiento, entendidos más como construcciones de herméticas cajas de saberes que como asombro. No es fácil no saber cuando en cualquier sitio podemos googlear todas nuestras dudas, especialmente cuando el resultado puede provocarnos una satisfactoria victoria sobre las opiniones de los demás. Tomar otro camino atraerá, como en el caso de Sócrates, los consejos para alejarse de las opiniones de los hombres, quien lo ha emprendido ya conoce las consecuencias.

Pero es necesaria, más allá de la utilidad, esa actitud humilde. Siempre la he considerado como la principal virtud del líder, pero también del pensador. La humildad, en cuanto servicio, no puede relegarse a las acciones que buscan ayudar a los más débiles, porque ese planteamiento no nos separa del convencimiento de haber alcanzado algo que otros no tienen. No es buena disposición para dejarnos asombrar por sus opiniones. Para ser humildes debemos comenzar por deconstruir los saberes y las seguridades depositadas en ellos, hace falta la escucha, pero antes de ella el vaciamiento interior, crear el espacio para que las opiniones, las vidas y las esperanzas de los otros se encuentren con las mías. No hay que tener una piel dura y curtida para alcanzarlo, solo comenzar por ser humilde, incluso con uno mismo, por dejar de esquivar otras ideas, otras opiniones, otros encuentros.

Un trinitario en la corte del Siglo de Oro

Fray Hortensio Félix Paravicino subió al púlpito de la capilla de Palacio, comenzó el sermón con el que se confirmaba la continuidad de su nombramiento como Predicador Real, ahora del rey Felipe IV. La ocasión era única y de gran trascendencia, el funeral por los padres del monarca, Felipe III y Mariana de Austria. Paravicino debía mucho a ambos, gran parte de su actual fama y renombre era gracias al favor y cariño que de ellos recibió. Mientras escribía el sermón panegírico fray Hortensio recordó aquel día de 1602, con apenas 22 años, en que la repentina enfermedad de un ilustre profesor le abrió el camino de un púlpito menos sagrado pero que le supuso una gloria adelantada: en la Universidad de Salamanca, de la que un año antes se había convertido en el más joven catedrático de su historia, le correspondió pronunciar el discurso de bienvenida al rey Felipe III.

Si los sentimientos nunca son fáciles de domesticar, los que se agolpaban en el corazón del trinitario Paravicino desde el púlpito de la capilla de Palacio solo podía apaciguarlos una mente preclara y despierta como la suya. Pero aquel 11 de enero de 1629 una jauría de lobos se había adueñado de su característica paciencia. El episodio ocurrido cinco días antes en el Monasterio de las Monjas Trinitarias le inquietaba, de tal modo que había cambiado varias veces el sermón del funeral. Le quitaba el sueño un incidente que parece sacado de una de esas obras de capa y espada que tanto gustaban en los corrales de comedias de la época. En una taberna de la calle de las Huertas comenzó una discusión entre el cómico Pedro de Villegas y José Calderón de la Barca, militar y hermano pequeño del dramaturgo Don Pedro Calderón de la Barca. El tono del debate fue aumentando y continuó en la calle, donde Villegas hirió de espada a Calderón. En su huida, Pedro de Villegas se refugió en el cercano Monasterio de Monjas Trinitarias de la calle Cantarranas (actual calle de Lope de Vega). Los perseguidores, entre los que estaba Diego Calderón, el hermano mayor, amigos de José y alguaciles de la justicia, considerando que ya se había quebrantado la clausura papal del monasterio, entraron forzando el portón y armando gran revuelo mientras buscaban por todas partes al agresor Pedro de Villegas. Los altercados afectaron a las monjas trinitarias, que se sintieron amenazadas y tratadas desconsideradamente.

Para fray Hortensio, aparte del asalto al monasterio, era uno más de los muchos incidentes que en esos días de año nuevo provocaba el abuso del vino. Pero Lope de Vega le exigía su intervención ante el Rey. La gran amistad que le unía a fray Hortensio, desde que llegó a Madrid en 1606, quiso aprovecharla para sumar al trinitario a su causa de pública indignación por el suceso de las Trinitarias. Una hija de Lope, sor Marcela de San Félix, era monja en dicho monasterio y fue una de las que sufrió empujones e insultos por parte de los asaltantes, así lo denunció su padre en la carta que dirigió al Duque de Sessa, su protector y mecenas. A la insistencia de Lope se unía el desafecto entre fray Hortensio Paravicino y Pedro Calderón de la Barca, pertenecientes a círculos artísticos de sensibilidades opuestas. Lo que enriqueció el gran Siglo de Oro español también creó enemigos irreconciliables en todos los ámbitos culturales.

Desde su llegada a Madrid, fray Hortensio Félix Paravicino expandió su fama de orador, predicador y escritor. Muy pronto conoció a los más destacados escritores y artistas del momento. Gracias a su carácter afable y sencillo tuvo amistades con personajes tan dispares como Luis de Góngora y Quevedo, Salas Barbadillo y el crítico Argensola, Juan de Jáuregui y Pellicer de Tovar. Pero de un modo muy especial Lope de Vega y El Greco. De Góngora aprendió el arte de la poesía culteranista barroca, de la que ambos fueron defensores y representantes, a pesar de las burlas de quienes reclamaban más sencillez en el verso. Tantas horas pasaba el poeta cordobés en coloquios con el fraile trinitario que, cuando finalmente se decidió a publicar su obra poética, tuvo que rebuscar en la biblioteca de Paravicino los originales de la mayor parte de sus sonetos. En la Orden Trinitaria también gozaba de especial reconocimiento y consideración, en 1629 era por segunda vez Provincial de Castilla, anteriormente y en dos trienios había sido superior de la Casa de la Trinidad de la calle Atocha, contaba con la amistad personal de fray Simón de Rojas, considerado ya un santo en la Corte y en todo Madrid, especialmente por los más pobres y los presos.

Cuando subió al púlpito de la capilla de Palacio fueron sus sentimientos, y no su razón, quienes hablaron. Aprovechó la circunstancia para denunciar los desórdenes y abusos de “las gentes de teatro”. No solo los presentes quedaron asombrados y divididos por el sermón de Paravicino, su eco se extendió como comidilla por toda la Villa y Corte. Don Pedro Calderón de la Barca se sintió aludido y ofendido, en primer lugar porque afectaba al agresor de su hermano, pero también porque Paravicino había usado el funeral real para desprestigiar a comediantes y poetas dramáticos. La réplica la dio en su obra El Príncipe constante, por boca del gracioso Brito, en unos versos escritos intencionadamente en sobrecargado y oscuro estilo culteranista: “[…] una canción se fragua / fúnebre, que es sermón de Berbería: / panegírico es que digo al agua / y en emponomio horténsico me quejo, / porque este enojo, desde que se fragua / con ella el vino, me quedó y es viejo”.

No sabemos cuánto se arrepintió Paravicino de los cambios de última hora en su sermón panegírico, pero sí que su salud nunca se recuperó de las consecuencias del enfrentamiento que provocó. El Príncipe constante se representó en todos los corrales de comedias de Madrid, incluso en Real Alcázar, ante los reyes, y fue un gran éxito, aplaudido y alabado por el mismo Felipe IV. Pero cada representación abría aún más la herida de fray Hortensio que, llevado por la indignación y una ira desconocida en él, presentó una queja al juez protector de teatros, argumentando que el verso en cuestión fue añadido por Calderón una vez la obra había pasado la censura. El resultado fue una condena de arresto domiciliario a Pedro Calderón de la Barca por seis días y la retirada de los versos denunciados por ofensivos y burlescos. La sentencia no hizo sino agravar las posturas de los partidarios de uno y otro. El crítico literario Juan de Jáuregui publicó una Apología de la verdad en defensa de Paravicino, y el círculo de poetas y críticos amigos del religioso trinitario hicieron en todo momento público testimonio de apoyo y cercanía, logrando unir a enemigos tan acérrimos como Quevedo y Góngora.

Las mofas de Calderón hacia Paravicino eran públicas y constantes, y mientras Madrid reía con las burlas, y nuestra literatura se enriquecía de los ingenios puestos al servicio del odio, en el fraile trinitario se hizo fuerte su carácter hipocondríaco, comenzó a padecer enfermedades que le impedían dormir, salir a la calle, hablar en público, incluso respirar con normalidad. Aparecieron viejas acusaciones de ser hijo bastardo de D. Mucio Paravicino, de tener deseos de grandeza, incluso de plagiar a Góngora. Era demasiado para él, que siempre fue apasionado pero sencillo. San Juan Bautista de la Concepción, reformador trinitario, que le acogió en los trinitarios descalzos había dicho de él unos años antes: Confieso que en mi vida traté ni vi ni conocí hombre con semejantes partes naturales y sobrenaturales, porque yo pienso tenía, para todo lo que hacía y decía, al cielo muy favorable y de su parte. [….] Confieso que me parece no vi en mi vida semejante humildad y rendimiento como el hombre mostraba, rigor y aspereza en sus penitencia”.

Hortensio Paravicino quiso dar fin a la triste situación enviado un Memorial al rey Felipe IV. En él llega a afirmar que la ofensa no era sólo personal, se extendía a los padres del monarca, los reyes Felipe III y Margarita de Austria. Arremete de nuevo contra Pedro Calderón de la Barca, recordando su historial de pendencias, entre las que se cuenta una acusación de asesinato junto a sus hermanos. Se queja también de la actuación de los alguaciles de la Justicia, que se excedieron en sus funciones al violar el asilo en sagrado. Finalmente, defiende su posición personal en la Corte, sus honores, cargos y títulos, con lo que muestra una impropia egolatría y falta de humildad. El Cardenal Gabriel de Trejo, Presidente del Consejo Real de Castilla, emitió un Parecer sobre el asunto, que pretendía acabar con la disputa de una vez por todas. El rey Felipe IV acogió dicho parecer y dictó sentencia: por una parte reprendió al trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, cuya reacción y conducta consideraba desmedidas, teniendo en cuenta que el incidente había excedido su contexto para hacerse público en el funeral real; por otra parte descalificaba las burlas y excesos de Calderón de la Barca y mandaba eliminar definitivamente los versos ofensivos de El Príncipe constante, que hoy solo conocemos gracias a la cita que de ellos hace Paravicino en el Memorial.

En octubre de 1633, días después de cumplir 53 años, la salud de fray Hortensio Paravicino empeoró. El rey Felipe IV envió al convento trinitario de la calle Atocha a sus mejores médicos y mandó celebrar misas ofreciendo la promesa de dar al fraile trinitario un obispado si Dios lo sanaba. Pero fray Hortensio no estaba para más glorias, postrado en cama, ante un crucifijo, hizo voto de no aceptar dignidad alguna si sanaba. En 1605, durante solo dos meses, vistió el hábito trinitario descalzo, se lo impuso San Juan Bautista de la Concepción en Salamanca, y aunque las malas lenguas lo acusaron de volver a los trinitarios calzados por buscar los honores que en los reformados no tendría, el voto de humildad que aprendió de los descalzos sí que, finalmente, había calado en su alma y en su corazón.

Murió el 12 de diciembre de 1633. Su poesía quedó olvidada debido al gusto de los nuevos tiempos, que huían del conceptualismo poético para acercar la compresión del verso al pueblo. Pero su rostro nos sigue mirando desde cada uno de los muchos retratos que El Greco pintó del fraile amigo. El que realizó en 1609 es, tal vez, el más famoso, también el más intenso y representativo de su personalidad. Desde ese infinito sin fondo nos mira directo, sencillo, apasionado, como queriéndonos contar los paisajes del entendimiento que solo él había sabido descifrar, unos ojos que traspasan el tiempo. Siglos después Luis Cernuda dedicó unos versos al retrato con el que El Greco inmortalizó al poeta: 

Tú no puedes hablarme, y yo apenas
si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
como si a ver un pensamiento me llamaran.

Retrato de fray Hortensio Félix Paravicino, de El Greco
(Boston, Museum of Fine Arts. El hijo de Federico Madrazo fue quien malvendió en 1904 esta magnífica obra, permitiendo que saliera de España)