Un trinitario en la corte del Siglo de Oro

Fray Hortensio Félix Paravicino subió al púlpito de la capilla de Palacio, comenzó el sermón con el que se confirmaba la continuidad de su nombramiento como Predicador Real, ahora del rey Felipe IV. La ocasión era única y de gran trascendencia, el funeral por los padres del monarca, Felipe III y Mariana de Austria. Paravicino debía mucho a ambos, gran parte de su actual fama y renombre era gracias al favor y cariño que de ellos recibió. Mientras escribía el sermón panegírico fray Hortensio recordó aquel día de 1602, con apenas 22 años, en que la repentina enfermedad de un ilustre profesor le abrió el camino de un púlpito menos sagrado pero que le supuso una gloria adelantada: en la Universidad de Salamanca, de la que un año antes se había convertido en el más joven catedrático de su historia, le correspondió pronunciar el discurso de bienvenida al rey Felipe III.

Si los sentimientos nunca son fáciles de domesticar, los que se agolpaban en el corazón del trinitario Paravicino desde el púlpito de la capilla de Palacio solo podía apaciguarlos una mente preclara y despierta como la suya. Pero aquel 11 de enero de 1629 una jauría de lobos se había adueñado de su característica paciencia. El episodio ocurrido cinco días antes en el Monasterio de las Monjas Trinitarias le inquietaba, de tal modo que había cambiado varias veces el sermón del funeral. Le quitaba el sueño un incidente que parece sacado de una de esas obras de capa y espada que tanto gustaban en los corrales de comedias de la época. En una taberna de la calle de las Huertas comenzó una discusión entre el cómico Pedro de Villegas y José Calderón de la Barca, militar y hermano pequeño del dramaturgo Don Pedro Calderón de la Barca. El tono del debate fue aumentando y continuó en la calle, donde Villegas hirió de espada a Calderón. En su huida, Pedro de Villegas se refugió en el cercano Monasterio de Monjas Trinitarias de la calle Cantarranas (actual calle de Lope de Vega). Los perseguidores, entre los que estaba Diego Calderón, el hermano mayor, amigos de José y alguaciles de la justicia, considerando que ya se había quebrantado la clausura papal del monasterio, entraron forzando el portón y armando gran revuelo mientras buscaban por todas partes al agresor Pedro de Villegas. Los altercados afectaron a las monjas trinitarias, que se sintieron amenazadas y tratadas desconsideradamente.

Para fray Hortensio, aparte del asalto al monasterio, era uno más de los muchos incidentes que en esos días de año nuevo provocaba el abuso del vino. Pero Lope de Vega le exigía su intervención ante el Rey. La gran amistad que le unía a fray Hortensio, desde que llegó a Madrid en 1606, quiso aprovecharla para sumar al trinitario a su causa de pública indignación por el suceso de las Trinitarias. Una hija de Lope, sor Marcela de San Félix, era monja en dicho monasterio y fue una de las que sufrió empujones e insultos por parte de los asaltantes, así lo denunció su padre en la carta que dirigió al Duque de Sessa, su protector y mecenas. A la insistencia de Lope se unía el desafecto entre fray Hortensio Paravicino y Pedro Calderón de la Barca, pertenecientes a círculos artísticos de sensibilidades opuestas. Lo que enriqueció el gran Siglo de Oro español también creó enemigos irreconciliables en todos los ámbitos culturales.

Desde su llegada a Madrid, fray Hortensio Félix Paravicino expandió su fama de orador, predicador y escritor. Muy pronto conoció a los más destacados escritores y artistas del momento. Gracias a su carácter afable y sencillo tuvo amistades con personajes tan dispares como Luis de Góngora y Quevedo, Salas Barbadillo y el crítico Argensola, Juan de Jáuregui y Pellicer de Tovar. Pero de un modo muy especial Lope de Vega y El Greco. De Góngora aprendió el arte de la poesía culteranista barroca, de la que ambos fueron defensores y representantes, a pesar de las burlas de quienes reclamaban más sencillez en el verso. Tantas horas pasaba el poeta cordobés en coloquios con el fraile trinitario que, cuando finalmente se decidió a publicar su obra poética, tuvo que rebuscar en la biblioteca de Paravicino los originales de la mayor parte de sus sonetos. En la Orden Trinitaria también gozaba de especial reconocimiento y consideración, en 1629 era por segunda vez Provincial de Castilla, anteriormente y en dos trienios había sido superior de la Casa de la Trinidad de la calle Atocha, contaba con la amistad personal de fray Simón de Rojas, considerado ya un santo en la Corte y en todo Madrid, especialmente por los más pobres y los presos.

Cuando subió al púlpito de la capilla de Palacio fueron sus sentimientos, y no su razón, quienes hablaron. Aprovechó la circunstancia para denunciar los desórdenes y abusos de “las gentes de teatro”. No solo los presentes quedaron asombrados y divididos por el sermón de Paravicino, su eco se extendió como comidilla por toda la Villa y Corte. Don Pedro Calderón de la Barca se sintió aludido y ofendido, en primer lugar porque afectaba al agresor de su hermano, pero también porque Paravicino había usado el funeral real para desprestigiar a comediantes y poetas dramáticos. La réplica la dio en su obra El Príncipe constante, por boca del gracioso Brito, en unos versos escritos intencionadamente en sobrecargado y oscuro estilo culteranista: “[…] una canción se fragua / fúnebre, que es sermón de Berbería: / panegírico es que digo al agua / y en emponomio horténsico me quejo, / porque este enojo, desde que se fragua / con ella el vino, me quedó y es viejo”.

No sabemos cuánto se arrepintió Paravicino de los cambios de última hora en su sermón panegírico, pero sí que su salud nunca se recuperó de las consecuencias del enfrentamiento que provocó. El Príncipe constante se representó en todos los corrales de comedias de Madrid, incluso en Real Alcázar, ante los reyes, y fue un gran éxito, aplaudido y alabado por el mismo Felipe IV. Pero cada representación abría aún más la herida de fray Hortensio que, llevado por la indignación y una ira desconocida en él, presentó una queja al juez protector de teatros, argumentando que el verso en cuestión fue añadido por Calderón una vez la obra había pasado la censura. El resultado fue una condena de arresto domiciliario a Pedro Calderón de la Barca por seis días y la retirada de los versos denunciados por ofensivos y burlescos. La sentencia no hizo sino agravar las posturas de los partidarios de uno y otro. El crítico literario Juan de Jáuregui publicó una Apología de la verdad en defensa de Paravicino, y el círculo de poetas y críticos amigos del religioso trinitario hicieron en todo momento público testimonio de apoyo y cercanía, logrando unir a enemigos tan acérrimos como Quevedo y Góngora.

Las mofas de Calderón hacia Paravicino eran públicas y constantes, y mientras Madrid reía con las burlas, y nuestra literatura se enriquecía de los ingenios puestos al servicio del odio, en el fraile trinitario se hizo fuerte su carácter hipocondríaco, comenzó a padecer enfermedades que le impedían dormir, salir a la calle, hablar en público, incluso respirar con normalidad. Aparecieron viejas acusaciones de ser hijo bastardo de D. Mucio Paravicino, de tener deseos de grandeza, incluso de plagiar a Góngora. Era demasiado para él, que siempre fue apasionado pero sencillo. San Juan Bautista de la Concepción, reformador trinitario, que le acogió en los trinitarios descalzos había dicho de él unos años antes: Confieso que en mi vida traté ni vi ni conocí hombre con semejantes partes naturales y sobrenaturales, porque yo pienso tenía, para todo lo que hacía y decía, al cielo muy favorable y de su parte. [….] Confieso que me parece no vi en mi vida semejante humildad y rendimiento como el hombre mostraba, rigor y aspereza en sus penitencia”.

Hortensio Paravicino quiso dar fin a la triste situación enviado un Memorial al rey Felipe IV. En él llega a afirmar que la ofensa no era sólo personal, se extendía a los padres del monarca, los reyes Felipe III y Margarita de Austria. Arremete de nuevo contra Pedro Calderón de la Barca, recordando su historial de pendencias, entre las que se cuenta una acusación de asesinato junto a sus hermanos. Se queja también de la actuación de los alguaciles de la Justicia, que se excedieron en sus funciones al violar el asilo en sagrado. Finalmente, defiende su posición personal en la Corte, sus honores, cargos y títulos, con lo que muestra una impropia egolatría y falta de humildad. El Cardenal Gabriel de Trejo, Presidente del Consejo Real de Castilla, emitió un Parecer sobre el asunto, que pretendía acabar con la disputa de una vez por todas. El rey Felipe IV acogió dicho parecer y dictó sentencia: por una parte reprendió al trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, cuya reacción y conducta consideraba desmedidas, teniendo en cuenta que el incidente había excedido su contexto para hacerse público en el funeral real; por otra parte descalificaba las burlas y excesos de Calderón de la Barca y mandaba eliminar definitivamente los versos ofensivos de El Príncipe constante, que hoy solo conocemos gracias a la cita que de ellos hace Paravicino en el Memorial.

En octubre de 1633, días después de cumplir 53 años, la salud de fray Hortensio Paravicino empeoró. El rey Felipe IV envió al convento trinitario de la calle Atocha a sus mejores médicos y mandó celebrar misas ofreciendo la promesa de dar al fraile trinitario un obispado si Dios lo sanaba. Pero fray Hortensio no estaba para más glorias, postrado en cama, ante un crucifijo, hizo voto de no aceptar dignidad alguna si sanaba. En 1605, durante solo dos meses, vistió el hábito trinitario descalzo, se lo impuso San Juan Bautista de la Concepción en Salamanca, y aunque las malas lenguas lo acusaron de volver a los trinitarios calzados por buscar los honores que en los reformados no tendría, el voto de humildad que aprendió de los descalzos sí que, finalmente, había calado en su alma y en su corazón.

Murió el 12 de diciembre de 1633. Su poesía quedó olvidada debido al gusto de los nuevos tiempos, que huían del conceptualismo poético para acercar la compresión del verso al pueblo. Pero su rostro nos sigue mirando desde cada uno de los muchos retratos que El Greco pintó del fraile amigo. El que realizó en 1609 es, tal vez, el más famoso, también el más intenso y representativo de su personalidad. Desde ese infinito sin fondo nos mira directo, sencillo, apasionado, como queriéndonos contar los paisajes del entendimiento que solo él había sabido descifrar, unos ojos que traspasan el tiempo. Siglos después Luis Cernuda dedicó unos versos al retrato con el que El Greco inmortalizó al poeta: 

Tú no puedes hablarme, y yo apenas
si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
como si a ver un pensamiento me llamaran.

Retrato de fray Hortensio Félix Paravicino, de El Greco
(Boston, Museum of Fine Arts. El hijo de Federico Madrazo fue quien malvendió en 1904 esta magnífica obra, permitiendo que saliera de España)

Los orígenes de San Juan de Mata

Esta semana se celebran 807 años de la muerte de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos. Como el pasado año lo dediqué a las peripecias de sus reliquias y sarcófago, este toca indagar sus orígenes, que seguro no dejan a nadie indiferente. En la tradición de la Orden lo más que se dice sobre los primeros años de vida de San Juan de Mata es que nació en Faucon de Barcelonnette, un pequeño pueblo de la Provenza donde aún hay una comunidad trinitaria en memoria de su fundador. Hace más de veinte años, Rosalía, religiosa trinitaria de Barcelona, comenzó a hablarme de historias que remontan los orígenes de San Juan de Mata a Cataluña. Mi interés por el tema no fue más allá de la típica broma de que todo en este mundo tiene un origen catalán, hasta que tuve ocasión de visitar Gombrèn y conocer al Dr. Eudald Maideu.

Gombrèn es un pequeño pueblo de la comarca del Ripollés, en las estribaciones del Pirineo catalán, conocido por ser lugar de nacimiento del dominico san Francisco Coll (1812-1875), fundador de la congregación de Dominicas de la Anunciata, y también por ser lugar de las correrías y desventuras del conde Arnau. Es en este pueblo donde encontré un vínculo menos conocido con la Familia trinitaria, ya que en él muchos sitúan los orígenes de san Juan de Mata.

Para encuadrar esta tradición tenemos que remontarnos al siglo XI, que ya documenta la presencia en Gombrèn de los señores de Mataplana, linaje que comenzó con Hugo I de Mataplana en 1076. A mediados del siglo XII es Señor de Mataplana Hugo III, que hizo del castillo de Mataplana un centro de trovadores de fama europea, allí mantuvieron sus luchas juglarescas los famosos Ramón Vidal de Besalú y Guillermo de Berguedá, y en ellas participó Ponç de Mataplana, hermano de Hugo, que fue consejero del rey Alfonso II, el trovador. En el siglo XIII Hugo V de Mataplana participó como caballero de Pedro II de Aragón en las batallas de las Navas de Tolosa y de Muret, muriendo en esta última junto al rey. Ya finalizando el siglo, otro Hugo, hijo de Hugo VI de Mataplana, fue famoso jurista, consejero real y obispo de Zaragoza, como tal coronó a Jaime II de Aragón. Una hermana del obispo, Blanca de Mataplana, casó con Galceran d’Urtx, y recibió del rey Jaime I, el conquistador, el título de baronesa de Mataplana.

En 1320 la familia dejó el castillo de Gombrèn y se instaló en un palacio de la Pobla de Lillet, incorporando el condado de Pallars. Veinte años después, un nieto de la baronesa Blanca, Arnau Roger II de N’Hug recibió los derechos como conde de Pallars, barón de Mataplana y señor de Gombrèn y se instaló en el castillo, mandando construir en sus proximidades una capilla dedicada a san Juan de Mata, a quien consideraba un ilustre pariente. En 1373, muerto el conde y tras numerosas revueltas populares a causa de los abusos por él cometidos, sus herederos venden la baronía de Mataplana a Pere Galceran, barón de Pinós, de este modo se extingue la sucesión del linaje, quedando solo la denominación feudal de baronía de Mataplana, hasta su abolición con los Decretos de Nueva Planta de 1714.

Es por el conde-barón Arnau Roger II de N’Hug que tenemos una referencia a san Juan de Mata como parte de la noble familia catalana, y es este el Mataplana que inspirará la leyenda del Comte Arnau, condenado por sus amoríos con una abadesa y por no cumplir ciertos pagos prometidos, a cabalgar eternamente la noche de difuntos sobre un caballo negro, al que salen llamas por boca y ojos, en busca de las almas de incautos y confiados.

En la primera mitad del siglo XIX algunos historiadores y estudiosos, como Manuel Milà Fontanals, rescatan tradiciones y leyendas de esta comarca del Ripollés, entre otras las relacionadas con los Mataplana más famosos, el Comte Arnau y Sant Joan de Mata. En una de ellas, la más extendida en Gombrèn, se habla de Juan de Mata concebido en el castillo de los Mataplana, donde el que sería su padre se recuperaba de heridas de guerra y fue visitado por su mujer, esta regresó a su lugar de residencia en la Provenza, donde dio a luz a Juan.

Otra de las tradiciones tiene un mayor valor historiográfico. Volvamos al siglo XII, entre los años 1145 y 1162 se producen las guerras por el control del condado de Provenza entre las casas condales de Baux y de Barcelona, todos los vizcondados y señoríos vasallos del condado de Barcelona son llamados a luchar junto a su soberano, Ramón Berenguer, que finalmente gana la guerra y los derechos sucesorios. Uno de los señoríos que lucharon en Provenza fue el de Mataplana, liderado por Hugo III.

Eufemi de Mataplana, uno de los parientes de Hugo, tras las guerras balcenques recibió del conde de Provenza Ramón Berenguer III algunas plazas en pago a sus servicios, instalándose en la aldea de Falcó, que algunos asocian a Faucon de Barcelonnette y otros a Faucon du Caire. Su mujer, Marta de Fenollet, dio a luz a un niño al que llamaron Joan de Mataplana. El apellido familiar, con el paso del tiempo, se fue transformando en Matha. Esta tradición no es desconocida para algunos documentos de la Orden Trinitaria, como la Crónica de la Provincia de Castilla, León y Navarra escrita por Fr. Francisco de la Vega en 1720, ni para otros ajenos a la Orden, como la Vida de los gloriosos patriarcas san Juan de Mata y san Félix de Valois escrita por el jesuita Alonso de Andrade en 1668 o los Anales de Cataluña escritos por el historiador Narcis Feliu de la Penya en 1709.

El mejor vestigio de san Juan de Mata en Gombrèn es la capilla románica mandada construir por el conde Arnau Roger II, de una sola nave rectangular, con ábside orientado al este y una espadaña-campanario. Ha sido restaurada en tres ocasiones: 1618, 1859 y 1969. En el ábside conserva restos de pintura mural, y algunos elementos de valor se llevaron a los museos de Arte de Cataluña, Episcopal de Vic y del Comte Arnau de Gombrèn. Junto a la pequeña capilla se descubrieron en 1986 los restos del castillo de Mataplana, en unas excavaciones realizadas por el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona y dirigidas por el arqueólogo Manuel Riu. Tanto el castillo como la capilla, son propiedad del médico de Gombrèn D. Eudald Maideu, que promueve la conservación de las edificaciones y los estudios de los Mataplana.

El año 1889 el obispo de Vic, Mons. Josep Morgades, mandó trasladar una imagen de san Juan de Mata al santuario de la Mare de Déu de Montgrony, cercano a Gombrèn, y nombró al fundador trinitario patrón de la localidad, para lo que se compusieron en su honor los gozos del santo. Una de sus estrofas nos recuerda la primera de las tradiciones sobre sus orígenes: “Al peu d’aquesta muntanya // de Montgrony, sou concebut, // i a Falcó de la Cerdanya // casualment havent nascut // dels Barons de Mataplana // fóreu fill, glòria i honor”.

El pueblo de Gombrèn celebra cada primero de febrero la fiesta de Sant Joan de Mata, o Sant Joan de Mataplana, y hace memoria de su carisma de redentor de cautivos, tan diferente al de aquel otro Mataplana que sale a cabalgar cada noche de difuntos haciendo cautivos para el infierno.

Capilla de Sant Joan de Mataplana, en las proximidades de Gombrèn,
mandada construir con el Conde Arnau para honrar a su santo pariente.

De reliquias y sarcófagos

Hoy los trinitarios celebramos la solemnidad de san Juan de Mata, así que un poco de curiosidades históricas, que no vienen mal.

Unas reliquias viajeras, deseadas y robadas (varias veces)

En la noche del 18 de marzo de 1655, los religiosos trinitarios españoles Gonzalo de Medina y José Vidal, accedieron por medio de una ventana que rompieron a la iglesia de Santo Tomás in Formis, en Roma, que había sido la primera casa trinitaria en aquella ciudad y donde se guardaban los restos de San Juan de Mata. Ellos mismos dejaron una nota en el lugar reconociendo que las “robaban” porque no podían soportar que los restos del fundador de la Orden estuvieran abandonados y sin culto en aquella iglesia ruinosa. En 1379 el papa Urbano VI había confiscado la casa donde vivió y murió san Juan de Mata, en represalia por el apoyo de los trinitarios a Clemente VII, papa de Avignon, y desde entonces era un lugar en ruinas.

Los restos del fundador recorrieron un largo camino hasta España, donde fueron reconocidos por el nuncio Camilo de Maximis el 24 de noviembre de 1655, treinta años después se trasladaron de la nunciatura a la casa de los trinitarios descalzos en Madrid, donde hoy se venera a Jesús de Medinaceli, pero aún con dudas sobre su autenticidad. Es en 1721 cuando el papa Inocencio XIII reconoce la autenticidad y, el día 7 de mayo, las reliquias se repartieron entre los trinitarios descalzos de la iglesia de Jesús y los trinitarios calzados de la iglesia de la Trinidad en la calle de Atocha. No acabó ahí su “peregrinación”, a causa de las leyes desamortizadoras de Álvarez de Mendizabal, en 1835 los dos grupos de reliquias se reúnen de nuevo y son depositadas en el monasterio de monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid. En los años previos a la Guerra Civil, por miedo a la quema de conventos, las monjas trasladaron los restos del fundador a casa de D. José Navarro-Reverter (subsecretario del Ministerio de Hacienda y subgobernador del Banco Hipotecario) en la calle Fuencarral 50, de donde fueron robados durante la batalla de Madrid y, sin que nadie supiera cómo, acabaron en el sótano de la basílica de San Isidro. El 8 de octubre de 1966 los restos de san Juan de Mata tuvieron su último traslado, esta vez a Salamanca, con la promesa del templo votivo que allí se iba a construir con su nombre, donde se pretendía depositar definitivamente las reliquias, en la misma urna de plata de 1722. Hasta que la iglesia pudo ser finalmente consagrada el año 2000, la urna con sus reliquias se conservó en un sótano que hizo las veces de templo parroquial.

Urna de plata de 1722 con los restos de san Juan de Mata (Parroquia S. Juan de Mata, Salamanca)

¿Y el sarcófago primitivo?

Otro recorrido igualmente extenuante tuvo el sarcófago original donde reposaron los restos de san Juan de Mata en Roma. A petición del Ministro general de los trinitarios descalzos, fr. Miguel de San José, el papa Benedicto XIV regaló el 3 de febrero de 1749 a la rama descalza de la Orden el primitivo sarcófago, que había quedado en la iglesia de Santo Tomás in Formis de Roma. Fue trasladado a la iglesia de Jesús en Madrid, de los trinitarios descalzos, donde estuvo hasta la destrucción del templo durante la ocupación francesa. El sarcófago apareció a finales del siglo XIX en unas obras de demolición del horno antiguo del palacio ducal de Medinaceli de la carrera de san Jerónimo. Es un antiguo sarcófago de mármol blanco, sin tapa y roto por los pies (51cm de alto, 2m de largo y 63cm de ancho) con una inscripción grabada en uno de sus laterales:

Anno Dominice Incarnacionis MCLXXXXVII(I) , pontificatus vero domni Innocencii pape tertii anno primo, XV,(I) ka(lendas) ianuarii, institutus est nutu Dei Ordo sancte Trinitatis et captivorum a fratre Ioh(anne) sub propria regula sibi ab Apostolica Sede concessa. Sepultus est idem frater Iohannes in hoc loco, anno Dominice (Incarnacionis) MCCXIII, mense Decembri, die XXI

En el año de la encarnación del Señor, 1198, en el pontificado del señor papa Inocencio III, en el primer año, el 17 de Diciembre, por señal de Dios fue instituida la Orden de la Santa Trinidad y de los Cautivos por el hermano Juan, bajo propia Regla, concedida a él por la Sede Apostólica. Fue sepultado el mismo hermano Juan en este lugar, el año del Señor 1213, el mes de diciembre, el día 21.

D. Manuel de la Cruz, que fue el director de obras de la demolición, detalla y comenta la inscripción, así como la existencia de un tarjetón de mármol blanco truncado en un lateral del sarcófago, con la inscripción:

N.º Ss.mo P. Benedicto XIV dió este sepulcro de S.n Juan[n de Ma]tha para esta Yg.ª á N.R.P. Grãl F. Mig.l de S. Jph, oy [Ob.º de] Guadix el año de 1749. y la Ex.ª S.ra D.ª Theresa Mon[cada] y Benavide[s], Duq.ª de Medina Coeli y Marq.sa de Aytona y [n.ª pa] trona, le colocó ccon este adorno en 7 de Feb.º de 1[75(0?)]

Dª Teresa de Moncada y Benavides, duquesa de Medinaceli, tomó el patronazgo del altar y sepulcro de san Juan de Mata en la iglesia de Jesús, es posible que este fuera el motivo por el que tras la demolición del templo el sepulcro acabara en el palacio ducal anejo.

En enero de 1891 la duquesa viuda de Medinaceli, regente de la casa por la minoría de edad de su hijo, Casilda Remigia de Salabert i Arteaga, atiende una petición de D. Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, para ceder a la Real Academia de la Historia el sepulcro de mármol de San Juan de Mata. D. Pedro Madrazo, director de la Academia, agradece a la duquesa la cesión de la propiedad del sarcófago, que califica como “antiguedad sagrada”, y pide que sea enviado al monasterio de Monjas trinitarias de la calle Lope de Vega de Madrid, con “objeto de darle decorosa colocación”. Solo dos años después, la Real Academia de la Historia cede el sarcófago al Museo Arqueológico Nacional para que forme parte de su exposición Histórico-Europea, inaugurada el 5 de abril de 1893 y promovida por D. Juan Navarro Reverter (que era abuelo de D. José Navarro-Reverter, al que se encomendaron las reliquias de san Juan de Mata durante la Guerra Civil). La prensa se hizo eco de la apertura de las nuevas salas, destacando la presencia del que llama “sarcófago monumental de San Juan de Mata”.

Tras pasar por diferentes salas, debido a sucesivas reformas y adaptaciones a los nuevos conceptos museísticos, finalmente el sarcófago se retiró de la exposición permanente y fue trasladado a los sótanos del Museo Arqueológico Nacional en 1981. Desde 2013 se encuentra en los nuevos almacenes del Museo, que albergan el 98% de los fondos del mismo. Han sido muchos los intentos de solicitar una cesión del sarcófago a la Orden, todos sin éxito.

Tanta historia, ¿para qué?

En este post me he aventurado con una pequeña investigación histórica, no completa, para no aburrir demasiado. Los trinitarios no hemos sido especialmente cuidadosos con la memoria de nuestro fundador, desde los orígenes de la Orden se resaltó más el protagonismo divino de la fundación que la figura de Juan de Mata, un antiguo adagio sentenciaba: Hic est Ordo approbatus non a sanctis fabricatus sed a summo solo Deo (Esta Orden no fue hecha por santos sino solo por Dios). Es evidente que esto no ayuda para reconocer su papel histórico a quien recibió la inspiración de la fundación. De hecho, Juan de Mata no fue canonizado hasta 1666 por Alejandro VII, y lo fue más bien in extremis, por reconocimiento de culto inmemorial, antes de que cambiaran las normas para las canonizaciones. Sabemos que Juan de Mata fue profesor en la escuela catedralicia de Paris, pero no conservamos ningún documento o texto escrito por él, salvo la Regla de la Orden, de la que realmente no podemos saber qué es propio y qué añadido por las diferentes autoridades eclesiásticas por las que pasó para su aprobación.

Los religiosos de la nueva Orden, primera no monástica de la historia y primera con aprobación pontificia, no fueron nunca conocidos por el nombre de su fundador, como es común en otras de la época o posteriores. En todos los textos primitivos, bulas pontificias y documentos legales tan solo aparece como el hermano Juan. Esto dio pie a la aparición de relatos fabulados sobre sus orígenes, su familia, su magisterio en Paris…, la mayor parte anónimos. Ya hemos visto cómo durante trescientos años sus mismos restos mortales estuvieron prácticamente abandonados en el lugar donde fueron enterrados en Roma, y solo se preocuparon por recuperarlos, y no pudo ser más que robándolos, cuando se empezó a gestionar su canonización.

A pesar de todo ello no se perdió su memoria, siempre reservada al interior de la misma Orden (a pesar de los muchos intentos para incluirla como memoria de la Iglesia universal), y es precisamente a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando a san Juan de Mata se le reconoce sin ambigüedades su papel relevante en la fundación de la Orden, promoviendo estudios, publicaciones y reflexiones sobre su figura. Tal vez hemos tardado mucho, ochocientos años, aún así hay mucho todavía que reconocer, nos falta adoptar su espíritu, el impulso que le llevó a dejarlo todo e ir contracorriente, a hablar de encuentro cuando la mayoría, empezando por el mismo Papa, solo hablaban de cruzadas y de odios, a apostar por sencillez y pobreza en una Iglesia rica y poderosa, a aceptar incluso la negación de sí mismo y de su contribución a lo que estaba creando para que solo tuvieran protagonismo Cristo Redentor y la obra de liberación y misericordia.

Las reliquias y los sarcófagos están bien donde están, en los silencios que los acogen, no creo que debamos perder tiempo en reclamarlos o hacerles monumentos, nuestro mejor tributo a san Juan de Mata será no quedarnos en silencio, porque aún hay mucho que aprender, emprender y creer.