Ser mejores

«Si no sois mejores que los escribas y fariseos no merecéis el Reino de los Cielos» (Mt 5,20)

No consiste en pisotear a los demás, pero los cristianos vivimos demasiado resignados, podría decirse que prácticamente sin aspiraciones. Ya, ya… no me refiero a aspiraciones de poder, que de eso hay muchos a los que les sobra, y como no suele haber mitra que las colme acaban amargados e imponiendo a todos su frustración.

Ayer mismo recibía una petición, que no se cuántas veces he escuchado: por favor, tú que estás más cerquita de Dios, pide por mi hija que… Hemos acabado construyendo una religión de sabios, de expertos, de excelentes, que dedican su vida a Dios y se creen mediadores para el resto de la pobre gente que tiene que dedicar su vida a sus problemas diarios, como si los primeros no tuvieran problemas en su día a día y como si los otros no pudieran acercarse a lo sagrado sin quemarse.

Jesús nos invita a ser mejores, no para sobrepasar a otros y convertirlos en peores, sino para sentirnos realmente elegidos. Cuando Dios nos llama lo hace en la materia que cada uno somos, pero nos exige ser eso mismo que somos, no rebajarnos, no entregar a otros la capacidad que Dios nos ha regalado para poder cambiar el mundo, para sentirnos cerca de él.

Ser mejores supone no conformarse, pero supone también ser íntegros. El pasaje del evangelio en el que se inscribe este consejo de Jesús pone como ejemplo los mandamientos: no basta con decir yo no he matado a nadie, yo no cometo adulterio, yo no robo, yo respeto a mis padres… seguir a Jesús conlleva un plus de peligrosidad que nunca sentiremos bien pagado, y ahí entra de lleno la conversión, que no se enreda en pecados sino en darnos la capacidad para ver más allá de la letra, del mandamiento, de la ley. Ser íntegros, ser mejores, superar barreras que nosotros mismos nos ponemos, ver lo que otros no ven, porque prefieren quedarse en la contingencia de cumplir. Y no es que no suponga esfuerzo el mero hecho de cumplir, sino que si aspiramos a merecer el Reino de Dios, a construir un mundo mejor, debemos ser mejores.

Envuelto en pañales

καὶ τοῦτο ὑμῖν σημεῖον, εὑρήσετε βρέφος ἐσπαργανωμένον καὶ κείμενον ἐν φάτνῃ. Lc 2,12

felicitacion navidad 2015

A veces creemos estar protegiendo nuestra fe de las inclemencias de un tiempo poco propicio para lo nuevo. Tener a Dios localizado es algo más antiguo que los actuales sistemas de geolocalización que llenan las memorias de nuestros teléfonos inteligentes, porque desde esa sencilla estrategia nos ilusionamos con aquella vieja aspiración de ser como Dios.

La señal que de parte del mismo Dios nos viene, para saberlo identificar, se resume en aquel «ἐσπαργανωμένον», envuelto en pañales, tan claro como directo, abofeteador de conciencias, desvelador de presencias. Dios parece jugar con nuestros sentimientos colocando ante nuestros ojos el misterio del Dios escondido. Un dios envuelto en pañales es una presencia desprotegida, herética, casi ridícula; es una broma teológica para nuestras sesudas disquisiciones sobre la naturaleza y la esencia divinas; es un absurdo vestido de futuro con olor de presente.

Pero son, precisamente, esos envueltos en pañales de todos los tiempos quienes mejor nos hablan de Dios. Nuestro esfuerzo para ver gestos de divinidad en ese débil niño del pesebre, roza los ridículos de vestirlo de encaje y ponerle aureolas doradas, hacer que sus dedos bendigan nuestro hogar o ver cruces sobre su frente. Pero no hay más que un signo, el más simple, unos pañales. Los pañales son carga de presente, no un presente cualquiera, sino uno que se abre a un futuro de esperanza, que sitúa adecuadamente a la realidad, y por esa misma razón nos enseña a descubrir ese presente de Dios en salvavidas para niños sirios o iraquíes (sí, sí, aunque ya casi no se hable de ellos siguen cruzando mundos huyendo de la guerra), en los niños esclavos de las multinacionales de la moda o del deporte (también siguen existiendo, aunque haga tiempo que nadie los recuerda, y a pesar del lavado de conciencia que Nike, Adidas y otros han hecho con nosotros), en los menores que son víctimas de abuso (no hace mucho me querían convencer de que cierto pobre sacerdote era la auténtica víctima en un caso de abuso que clama al mismo cielo).

Los envueltos en pañales no han llevado nunca las de ganar, por eso Dios no tiene más remedio que encarnarse en ellos, a pesar de lo que digan nuestros jerarcas o nuestros teólogos, protegidos aún en el palacio de Herodes y aferrados a signos que ya no dicen nada a nadie.

Salir cada día al encuentro de estos envueltos en pañales supone arriesgar mi imagen de Dios, aprender a postrarme ante ellos como auténtica presencia de Dios, supone arriesgar mi fe y mi prestigio, pero es el único modo en que «feliz Navidad» me suena realmente feliz.