Misterio en movimiento

Hemos escuchado muchas veces, tantas que suena a excusa para no pensar, eso de que la Trinidad es un misterio. La función de lo mistérico, a la que Mircea Eliade dedicó gran parte de su reflexión, no es la del enigma, porque el enigma, una vez resuelto, desaparece. Al misterio podemos acceder, pero no se agota en ningún conocimiento, descubre nuevos caminos, ocupa cada rincón de nuestros asombros, nos mantiene en permanente búsqueda de sentido. Decía Einstein, «El hombre que no tiene los ojos abiertos al misterio pasará por la vida sin ver nada». Cuando decimos que Dios es misterio no podemos pasar de largo por la vida en que se realiza, su dinamismo transformador nos envuelve y abre nuestros ojos, nos recuerda que no podemos abarcarlo ni conocerlo del todo, es un presente continuo, es futuro y esperanza.

Cuando nos adentramos en el misterio de la vida, del Universo, de la creación, lo hacemos también más allá del interés científico, nos abrimos al asombro y a la veneración, a la comprensión de la realidad. Dabar, es la palabra creadora, generadora del movimiento de la vida. Crear es decaer a uno mismo, permitir que surja algo que nos sobrepasa, que no tiene nuestras mismas características exclusivas, es diversidad, no uniformidad, por eso Dios crea y se hace movimiento, posibilidades de existencia, expansión, red de relaciones y de comunión con todo. Para los cristianos, creer en un solo Dios que es comunión trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria. Las personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones» (Laudato Sii’, 239-240). La espiritualidad cristiana se articula en este eje, Dios en comunión con su creación, un Dios personal que se desvela en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Este principio dinámico de auto-organización del universo está actuando en cada una de las partes y en el todo, sin nombre, sin imagen. Lo llamamos Dios, para poderlo comprender desde nuestra realidad y a través de la celebración de la vida.

Ese movimiento creador se hace también misterio en el movimiento interior, el único que nos permite una liberación personal. Estas fuerzas que exteriorizan e interiorizan no se contradicen entre sí, más bien se entrelazan, se compenetran y se uni-fican. Se convierten en uno, sin dejar de ser distintos y un único misterio. La distinción rehuye la indiferencia y permite la relación y la comunicación. Es un lenguaje de comunión, no de soledad, pero si buscamos comprender la Trinidad como dimensión numérica, como pretendía Kant, vamos mal, las personas divinas son únicas, no son son números y por eso no pueden ser sumados o multiplicados. Pero sí son relacionales, por eso su encuentro y su movimiento favorecen la salida radical, Dios-relación-comunión-amor. Es de esa relación que lo abarca todo de la que todo lo creado recibe su ser en encuentro. No se puede comprender uno sin el otro, la perijóresis que defendían los primeros teólogos, y nosotros mismos formamos parte de ese infinito relacional, no podemos ser comprendidos sin relación con la creación, con el resto de los seres, con la vida que nos envuelve, con el misterio del otro.

Y en ese movimiento que da vida, que genera vida, la Santa Ruah es la condición amorosa para que Dios en salida engendre nuevos movimientos. Es ella quien nos incorpora a un nuevo paradigma para pensar en lo trascendente: vida, movimiento, proceso, emergencia y salida, historia, memoria, ser. Decía, Werner Heisenberg, uno de los fundadores de la física cuántica, «El universo no está hecho de cosas, sino de redes de energía vibracional, que emergen de algo más profundo y sutil». Se refería a la energía de fondo, al principio que da origen a todos los seres, una génesis permanente que configura el Universo en extensión, auto-organizándose. Todo emerge a partir de un fondo insondable de energía amorosa que está antes que todo, en el tiempo y en el espacio cero. Santa Ruah que da y dirige la vida, que aletea sobre el caos original, que defiende a los oprimidos por la anti-vida de todos los tiempos. Un dicho de la Iglesia primitiva dice bellamente que «El Espíritu duerme en la piedra, sueña en la flor, despierta en los animales y sabe que está despierto en los seres humanos». No lo durmamos, pongamos en movimiento este misterio, seamos amor y relación mucho más allá de nuestros límites.

“En mi final se encuentra mi sentido”

A vueltas con la necesidad de aportar sentido, me sigue cuestionando la obcecada superioridad moral de quienes imponen una interpretación simplista de la vida, excluyendo el dolor, la muerte y el realismo trascendental del ser humano. La confusión con la que afrontamos el sentido de la existencia la resolvemos con el viejo truco de tapar lo que no nos gusta, sumándole simplistas búsquedas de una felicidad que desplaza la búsqueda de sentido y nos convierte en una sociedad paliativa, en expresión del filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

“Es aquí donde nos encontramos con el tema central del existencialismo: vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar sentido en el sufrimiento”, nos dice Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. La ideología de la supervivencia, que promueve una visión excesivamente positivista de la vida, acaba desbancando la narrativa de la resurrección, reduciendo la vida a los miedos que nos empeñamos en evitar. La pandemia nos ha devuelto al realismo de una existencia que también tiene derrotas y soledades, nos ha enfrentado directamente con las emociones y los símbolos que desde hace tiempo venimos disfrazando con transitorios ropajes de fiesta, porque nos generan depresión social, ya que en el valor que nos imponen son incapaces de generar un sentido de permanencia más allá de la repentina felicidad.

La búsqueda de sentido tiene una fuerza transformadora semejante a la de las utopías, nos empuja y sostiene para no vernos arrastrados por la improvisación de la supervivencia, una salvación localista y parcial que pierde toda su trascendencia, que ignora deliberadamente la espiritualidad para conformarse con un inmanentismo estéril de futuro. Es así como vamos imponiendo límites a la educación, a la fe, al pensamiento propio, a la solidaridad. Parcelamos de tal modo su sentido que los convertimos en mera supervivencia, sin dolor, sin frustraciones, apegados a un hoy que libera del esfuerzo de construir un mañana, sin obligaciones ni sanciones, entregados a que las personas, especialmente los niños y los jóvenes, no se sientan insatisfechas ni desdichadas, aunque los convirtamos en meros supervivientes ante los reveses de la existencia y el peso de las circunstancias, sin capacidad de superar las frustraciones o de afrontar los conflictos.

En palabras de Byung-Chul Han, «la vida se reduce a un proceso biológico que hay que optimizar, pierde toda dimensión meta-física», pierde su finalidad y sentido. Esta optimización facilita que sean las experiencias positivas y hedonistas las que marquen la percepción de la vida, de los conocimientos en ella adquiridos y de su aplicación práctica, condicionando la interpretación de la existencia, que se reduce a la exploración de momentos estéticos agradables y bondadosos, efímeras vivencias de una felicidad transitoria que rechaza lo desagradable, una vida leída desde la apariencia y sus reflejos, construida en la funcionalidad de la exterioridad pero sin soporte alguno para la vida interior del espíritu.

Aportar sentido no es solo una tarea teleológica, consistente en encontrar y seguir una finalidad. Aportar sentido es, sobre todo, adquirir un horizonte de significado en el que integrar la presencia de lo vivido existencialmente, facilitando una nueva hermenéutica, en la que nada de lo que nos constituye está de más, en la que todo lo sensiblemente sentido, todo lo aprendido, todo lo amado, todo lo odiado también, es aceptado como apertura espiritual de comprensión, narrativa de resurrección. Un primer paso decisivo en esta tarea nos invita a dejar de percibir las experiencias vitales como conclusivas, ese empeño de dogmatización de las propuestas pastorales, las metodologías pedagógicas, las celebraciones litúrgicas. Aportándoles un carácter de conclusión no hacemos sino limitar su horizonte de significado y, por tanto, de sentido, de finalidad, de circularidad hermenéutica.

He usado como título de este post una frase de Thomas Merton, “en mi final se encuentra mi sentido”, que se complementa con otra de sus reflexiones, «el amor es nuestro verdadero destino. No encontramos el sentido de la vida por nuestra cuenta, lo encontramos junto a alguien». La conclusividad con que la ideología de la supervivencia nos envuelve también nos cierra al amor, al compartir junto a otros para encontrar el sentido, especialmente en el dolor y el sufrimiento, la confianza en las posibilidades infinitas que ese amor nos descubre, el espacio de sentido verificado en una vida que no se cierra a la transitoriedad sino que se expande en su trascendencia. Pero todo ello sin endulzamientos limitadores, sin pautas de interpretación desde finales cortoplacistas, sino con la pasión que se propone desde un pensamiento interior alejado del reflejo de las apariencias. Un sentido que encuentro en mi final, pero también en quien camina conmigo, en el paralelo vital que me salva sin innecesarios recursos a una supervivencia simplista y reduccionista.

Encontré este árbol seco el jardín de la comunidad trinitaria de São Paulo. La Monstera se ha abrazado a su tronco con tanta pasión que le ha dado un nuevo vestido para la fiesta de la vida.