Reciprocidad

Desde niños nos han enseñado el juego del intercambio, que más allá de lo material nos introduce en el arte de saber dar y recibir también los sentimientos, los buenos deseos, la presencia, la escucha, el amor. Aprendemos a vivir en este intercambio desde la generosidad y el respeto mutuos, ensancha el alma porque cuando compartimos nos hacemos más grandes, porque descubrimos la alegría del dar, de no guardarnos nada para nosotros mismos. Este es un buen cimiento para una sociedad que crece sin dejar a nadie atrás.

Pero bien sabemos, también, que el altruismo contiene una parte de recepción. Adela Cortina habla del homo reciprocans, somos parte de una sociedad que vive sobre la base del ser reciprocante, estamos dispuestos a dar porque vamos a recibir, a veces incluso más de lo que damos. La paz interior viene cuando comprendemos que no siempre recibiremos de los mismos a quienes damos, pero sí de otros. La reciprocidad de nuestras buenas acciones son el núcleo de nuestras sociedades contractuales. Nuestro ser reciprocante nos constituye, hasta el punto de lanzarnos a sembrar árboles que solo darán sombra a otros que vendrán mucho tiempo después de nosotros y de nuestro bello gesto.

No todos llevan bien esta dilación emocional, existencial y trascendental. Prefieren una reciprocidad visible e inmediata, aunque se construya sobre el conflicto, con tal de ver y tocar los frutos de sus acciones. Se provocan entonces actitudes que podríamos llamar de egoísmo racional, incluso de altruismo racional, sopesando pros y contras, impacientados por los resultados y priorizando respuestas inmediatistas para donaciones que requieren el reposo del tiempo y de la madurez de las emociones.

¿Por qué damos? ¿Por qué nos damos? Son respuestas difíciles de encontrar. Cuando la reciprocidad no es inmediata, por ejemplo, cuando damos a aquellos que aparentan no tener nada que dar a cambio, los pobres o los enfermos, los lejanos o los desconocidos, hay muchos que se amparan en promesas religiosas que realmente poco tienen que ver con la trascendencia de la donación. Otros, sostenidos también por la fe, se dan sin fijarse en las promesas, solo por la esperanza de construir juntos un mundo mejor, de plantar árboles frondosos para el mañana. Estos son los imprescindibles, porque no generarán excluidos en su camino de entrega, porque no dejan lugar al mero juego del intercambio, porque han aprendido que la reciprocidad no es racional.

Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.

La donación de uno mismo

Aunque en algunos momentos y ante algunas circunstancias perdamos la fe en el ser humano, lo cierto es que vivimos rodeados de maravillosos gestos de donación personal. Es cierto que solemos crecernos solidariamente ante las adversidades, y esas situaciones que nos descolocan existencialmente sacan lo mejor de nosotros mismos y nos ayudan a descubrir la bondad, en medio de la miseria que parece apoderarse de nuestras relaciones. No consiste en ese difícil arte de ver el vaso medio lleno o medio vacío, las percepciones son siempre traicioneras, porque manejan nuestro juicio al antojo de nuestras emociones.

Desde que el filósofo positivista Comte definiera a mediados del siglo XIX el altruismo, aceptando que los únicos actos éticamente aceptables son los que buscan promover la felicidad de otras personas, son muchos los que han querido comprender aquello que nos mueve a perder el propio interés por el bien superior. La tesis de Comte, sin entrar en el debate sobre si es un exceso ético considerar estos actos como los únicos moralmente aceptables, generó dos tipos de posiciones, la de quienes se mantuvieron desde el positivismo en la búsqueda e identificación de las actuaciones altruistas puras, y la del existencialismo, que sin negar la donación defiende que el altruismo puro no existe ya que, incluso aquel que se da por entero por el bien de los demás, busca una mejora del mundo y de las relaciones que, en definitiva, también le benefician personalmente, en lo que podríamos llamar un altruismo egoísta.

Quererse a uno mismo, cuidarse, conocerse, construir buenos principios personales, es un necesario comienzo para poder querer y cuidar a los otros. Pero ya sabemos lo difícil que es salir de ahí. Del subjetivismo de Kierkegaard, cuando defiende que lo personal es lo real, se extraen conclusiones que solo aumentan el presente hiperindividualismo, adornado con una idea de solidaridad que se estremece ante el sufrimiento de otras personas. Somos capaces de defender el cuidado de la naturaleza, incluso de ayudar económicamente o dar parte de nuestro tiempo, pero volvemos después al reducto de realidad de sí mismo, como único espacio de integración y salvación.

Ser para los demás parece quedar para unos pocos. El regalo del propio tiempo, la donación de las debilidades y de las seguridades personales, la negación de los invernaderos de sentido para afirmar que la única realidad posible es la compartida, y la única vida que merece la pena vivir es la que se expande hacia los otros, no siempre son comprendidos como fortaleza de la inteligencia. Si confundimos la donación con la solidaridad no saldremos de la órbita que nos devuelve a nosotros mismos, tras pasar un tiempo compartiendo otras realidades pero regresando a los refugios en los que descansamos de la erosión provocada por nuestra entrega.

Pero es este desgaste el que nos reconcilia con la condición humana, negarnos al hombre lobo para el hombre de Hobbes, para comprometernos en los pequeños actos de donación personal que se convierten en principios éticos y nos salvan de la salvaje destrucción. Arquímedes pidió un punto de apoyo para mover el mundo, otros han pedido personas buenas y honestas para cambiarlo, pero ni el movimiento ni el cambio se producirán por la simple motivación. La donación de uno mismo comienza en el momento en que dejamos de sentirnos amenazados por la presencia del otro, se expande cuando arriesgamos a cambiar nuestro punto de equilibrio, desplazándolo al bien y la felicidad ajenos, se perfecciona al alcanzar un punto de no retorno en el que dejamos de buscar las propias metas y apreciamos la vida en sí, sin posesivos, en su amplitud de sentido.

La poeta Sylvia Plath pide con estos versos desesperados el aprendizaje para salir de sí misma:

Que me haga fuerte, con la fortaleza del sueño reparador,
la fortaleza de la inteligencia, el hueso y el músculo;
que aprenda, gracias a esta desesperación,
a salir de mí: a saber dónde y a quién dar.

Plath nos da una pista imprescindible para esta donación de uno mismo, saber dónde y a quién dar. Es una invitación a encontrar ese momento único en el que dejar el propio centro, a abandonar la órbita de nuestras limitadas ayudas y habitar el espacio común que salva de las rutinas y los personalismos. Una llamada a descentrarse, para mirar con perspectiva el mundo y su complejidad. La donación de uno mismo se realiza siempre y donde hay amor, encuentro, perdón, amabilidad y acogida del don del otro, por tanto tiene una dimensión universal, no restrictiva. Que nadie tenga dudas de que este es el camino más corto para ser perseguido y condenado, porque nadie, ni religiones, ni organizaciones sociales, ni cualquier otro tipo de grupo toleran por mucho tiempo a quienes se entregan a esta donación ilimitada. No lo pueden hacer, porque pronto descubren que esa donación de sí mismos les hace profundamente libres. Y nada hay más peligroso que la libertad.