Soy consciente de que llevo varios años dándole vueltas a este tema justamente en estas fechas, tal vez tengo un eco subconsciente de aquel famoso anuncio en el que el hijo, como el turrón, volvía a casa «por Navidad», pero sigo sin encontrar mejor motivo para compartir una reflexión y una oración. La realidad me lo impone día tras día, año tras año.
Da igual que nos lo diga la Organización Internacional por las Migraciones, el papa Francisco o el Arzobispo de Tánger, las cifras, y las imágenes, nos afectan un rato, incluso nos sacan una plegaria indignada, pero seguimos a lo nuestro mientras la indiferencia se cierne de nuevo sobre el Mare Nostrum que separa mundos y sepulta sueños, esperanzas, oraciones. Vamos olvidando nuestra condición de nómadas, aferrándonos a una seguridad que nos permite superar crisis y salvar tempestades económicas, porque nos agarramos fuerte a los valores sobre los que se asienta nuestra sociedad.
El acervo cultural de Europa tiene raíces cristianas, decimos, y acabamos convirtiendo la frase en axioma contra los que pretenden diluir tradiciones y conquistas que han costado muchas guerras, demasiadas luchas, no pocos concordatos. Lamentamos que la Navidad se haya convertido en fiesta del consumismo, reclamamos a los que suplen el feliz Navidad por el laicista felices fiestas, y a los políticos que no quieren montar el belén por respeto a los no creyentes, y a quienes aprovechan cualquier oportunidad para sacar la asignatura de religión de la escuela, e inventamos nuevas luchas y nuevos horizontes sobre los que proclamar que nuestra fe tiene sentido y está en guerra con este mundo que desprecia a Dios y a quienes lo representan…, acervo cristiano y cultura de vida, lo llamamos.
Pero olvidamos que Dios mismo ha elegido el camino de no ser y del desprecio, el camino que empieza en el primer escalón y no en el despacho, el que encuentra muros coronados de concertinas justo cuando tocaba con sus manos las primeras flores del paraíso. Es Dios quien se sitúa, descolocado siguen diciendo los que calientan cátedras y tronos eclesiales, y se mete de soslayo en las nuevas caravanas que le hacen descender a un infierno sin tierra, a un mar sembrado de muerte y negación.
El verdadero acervo cultural que nos da la fe en Jesús de Nazaret es el que reconoce que no puede encasillar a Dios (¿acaso no es eso lo que se celebra realmente en Navidad?), y que levantarse y volver a empezar no es opcional, y que va siendo hora de despertar a una fe que sea morada de Dios para todos. Feliz despertar.


Cuando me encuentro con ciertas personas que se dicen «de fe», viendo lo que hacen y escuchando lo que dicen, asistiendo con sorpresa a sus excomuniones y obligaciones farisaicas, observando cómo se engañan con una falsa sensación de que todo va bien y no hay nada que replantearse, más me convenzo de que una fe que no es fuente de felicidad, no es una fe que merezca ser vivida, que por mucho que la disfracemos, no es la fe de Jesús. ¿Te has fijado en esas caras de cansancio y amargura de muchos de los que participan en una celebración, o de los que salen de la iglesia después de Misa?, ¿o la cara de esos curas y obispos y religiosas, tersa y cuidada, sin una sola arruga de expresión (esas que salen por sonreír)? No hay Q10 que pueda con la fe sencilla del grano de mostaza, o del leproso agradecido, o de la viuda insistente. No hay Q10 que pueda con la FElicidad de quien, sencillamente, cree.