A vueltas con eso de las tentaciones

A vueltas con eso de las tentaciones, me ronda unos días la sensación de que confundimos churras con merinas. Del no nos dejes caer en la tentación hemos pasado a un paliativo aléjanos de la tentación, como si necesitáramos todas nuestras fuerzas para mantenernos en una burbuja de pureza que nos haga más dignos de la vida. Y así, llevo unos días escuchando, porque de eso suele ir el comienzo de cada cuaresma, que nuestro objetivo es evitar tentaciones y rechazarlas, consciente y firmemente.

A vueltas con eso de las tentaciones, mi experiencia me dice que de quien debo alejarme es de los beaturrones perfeccionistas, aspirantes a una pureza de espíritu que solo denota sus verdaderas faltas y su pobreza interior; me dice también que me aleje de las palabras fáciles que pueblan los refranes espirituales, esas que parecen sacadas de antiguos catecismos antimodernistas, y se ponen en boca de Cristo si es preciso, para justificar a quien solo sabe recitar condenas de memoria; me dice que me aleje de los que insisten en ver suciedades y pecados, comparando a todas horas su pureza de intenciones con la vida intensa que rechazan.

A vueltas con eso de las tentaciones, me ha parecido entrever que la vida no se define por aquello que negamos, sino por lo que integramos. Y, por tanto, no puedo llamar tentación a lo que puede ayudarme a encontrar sentido a cuanto siento, y aún llamándolo así, debo quitarle esa carga negativa y sucia que la mala historia le ha endosado, para reivindicar mi derecho a equivocarme, mis rincones oscuros, las islas que sueño como náufrago. Y debo hacerlo, no tanto por mí cuanto por aquellos que no pueden, o no quieren, porque han aprendido, hay quienes dedican una vida a enseñarlo, a ver demonios y tentaciones en cada recodo de la vida, y a alejarse de ellas, cerrar los ojos y volver a un útero de pureza sin amenazas, sin optativas, limpio.

A vueltas con eso de las tentaciones, preveo la necesidad de adentrarme en ellas, abrazarlas incluso, porque me hablan, no de mis defectos, más bien de las ensoñadas virtudes que nutren mis espacios interiores; sí, los nutren y las siento como virtudes, porque cada tentación me hace crecer, acerca lo que creo ser a lo que realmente soy, sin ellas no puedo madurar. A vueltas con eso de las tentaciones, he llegado al momento en que forman parte de mis logros y de mis fracasos, lo mismo que mis elecciones, y aunque solo fuera por haber tenido la oportunidad de elegir, ni busco alejarlas ni quiero que me falten. Llamémosle sentirse vivo,… y libre.

Las cuaresmas que vivimos

Conocí a alguien que contaba sus años por cuaresmas. Al principio me pareció una rareza para llamar la atención, no estoy seguro de que no lo fuera, pero en estos días he vuelto a recordar la anécdota y empiezo a encontrarle sentido. A pesar de la mala prensa que tiene la cuaresma, tanto entre los cristianos como entre los no cristianos, y de esto nos hemos encargado nosotros solos, realmente es el tiempo que nos vive, el único que nos permite diluirnos en el misterio de nuestra propia vida, conocer sus recovecos y confundirnos en ellos.

He vivido muchas cuaresmas. Algunas siguen dejando en mí una resaca de embriaguez, de otras solo quedan recuerdos difuminados. He vivido cuaresmas incluso fuera de esos cuarenta días que todos se esfuerzan en llenar con gestos más o menos piadosos, y en muchas ocasiones han acabado siendo mejores encuentros que los programados, como esas charlas fortuitas con ciertas personas que cambian perspectivas y abren el corazón.

Vivimos cuaresmas igual que coleccionábamos cromos cuando éramos niños, como trofeos que poner en la vitrina de nuestra vida cristiana, cumpliendo ritos, midiendo ayunos, sumando rezos. Últimamente encuentro gente que vive cuaresmas competitivas, preocupados porque las noticias no se hacen eco, o de que los viernes ya nadie se sacrifica sin comer carne, en un enfado permanente con el mundo, con los que no van a las iglesias, con los que llenan las calles cuando sale una procesión.

Nos han enseñado que cuaresma es huída, sacrificar los placeres y vestirnos de tristes creencias, apagar las luces del asombro y aprender a vivir en la tiniebla de la resignación, incubar soledades y desabrazar la vida. Tal vez sea esa una de las causas de que tantos cristianos dejen de vivirla, cansados de fariseísmos, de contemplar una Iglesia con casi dos mil cuaresmas que sigue anclada en la farsa de las palabras vacías, que protege y justifica sus pecados, que vende aún bulas de cruzadas vergonzosas… Ya lo he dicho antes, nos bastamos nosotros solos para acabar con los símbolos, el enemigo a veces se viste de negro.

Y, sin embargo, la cuaresma debe ser huída, pero no una fuga de la libertad o de la vida, sino de aquello que amenaza la vida en abundancia. Huir de los miedos, de los escondrijos apartados, de las palabras piadosas; huir de los ritos vacíos, de los cuellos con tortícolis por tanto mirar atrás, de los templos sin flores y sin vida; huir de las caras largas, de los golpes de pecho hipócritas, de los inciensos esconde-olores; huir para encontrar la vida que se nos escapa en cada uno de esos puertos seguros; huir, porque sigue haciendo buen tiempo para vivir a la intemperie.

Ya no creo en otra cuaresma, esta es la que quiero vivir, la que no se limita a 40 días, la que me exige una vida de encuentros, unos brazos abiertos para abrazar debilidades y mirar con ojos limpios todo lo que renace, sin dejar nada atrás, ni siquiera mis faltas y defectos, porque lo necesitaré todo para poder resucitar realmente a la vida.

Cuaresma nueva, deseos viejos

Comenzamos una cuaresma más. Nos preparamos para vivir un tiempo de sueños, de gracia, de esperanza. Ponemos a tono nuestros deseos y estamos dispuestos a casi todo, como siempre que se nos da una nueva oportunidad. Toca ponerse serios e ir pensando más en ser la sal de la tierra que la guinda del pastel. Y, a pesar de eso, todas las cuaresmas, me acaban pareciendo iguales, con los mismos ritos repetidos y envueltos en tópicos, escuchando viejos deseos de conversión, de que esta vez no nos pilla desprevenidos, huyendo de tentaciones que me limitan, de pensamientos que me obligan a pensar que soy polvo y polvo es mi futuro.

Todo cambia en el momento en que comienzo a pensar la cuaresma como oportunidad y no como venganza, como mirada al frente y no como fardo pesado. Esa es la conversión que Dios me pide, y no tiene nada que ver con la típica y tópica imagen cuaresmal, que sólo encuentra en los signos de la limosna, la oración y el ayuno el empuje que sobre mi propia vida ejerce lo que he sido, lo que he dejado de ser o lo que otros me han hecho ser.

Conversión significa vivir en positivo, y la cuaresma es el entrenamiento perfecto para esta vida nueva que espera salir con fuerza de mí, y ser vida nueva en Jesús, el Resucitado. No es mirar hacia abajo, ni hacia un pasado que me aplasta y encadena No es recordar el polvo, la nada, que soy, y menos aún el que llegaré a ser. Lo siento, pero me niego a conformarme con una cuaresma que se quede en todo eso, que parece regustarse en masoquismos de gestos sin fuerza ni sentido, aunque en el fondo así es como nos han enseñado a vivirla, puede que sea hasta más cómodo dejarse llevar por todo eso.

Convertimos nuestra vida a una cruz que se ha adornado de claveles de mayo antes de tiempo. Nos preparamos para seguir en la calle a un crucificado al que cantamos y miramos con asombro, pero sin imitar lo más mínimo su gesto de subir hasta esa cruz y desde allí mirar el mundo con ojos nuevos. Nuestras propias vidas se niegan a subir a las cruces que encontramos en el camino, en el trabajo, en los estudios, en casa…, incluso en la misma Iglesia, y decidimos pasar de puntillas, adornar al crucificado para que no lo parezca, porque así nos duele menos, y nos cuestiona menos.

Pero convertirse significa vivir en esperanza, levantar la mirada y creer que el futuro nuevo que Dios me pone cada día por delante es para mí, a pesar de que, mirando lo que he sido, parezca no merecerlo. Así es como Dios me ama, y por eso, simplemente, me invita a dejarme de giros sobre mí mismo, a olvidarme de mis fracasos y poner por delante, no lo que he sido, ni siquiera lo que ahora soy, sino lo que estoy llamado a ser.

Por eso la conversión me lleva a creer en el Evangelio, como buena noticia que planea sobre todas las miserias que tejen mi mundo, mi vida y mi relación con Dios. No me desprendo de ellas, es cierto, y en días como estos aparecen sin haber sido invitadas, y ahí Jesús me recuerda que no es cuando las aireo y me regodeo en ellas, sino cuando las vivo en la intimidad del Padre, las hago cruz elevada desde las que contemplar el mundo, cuando las hago futuro, me reconcilian a la confianza en las personas, en Dios y, especialmente, en mí mismo.

Es tiempo de cuaresma, es tiempo de prepararme para resucitar de todos mis viejos deseos.