Ensancha el espacio

Hay un texto del profeta Isaías, inspirador y provocador, que voy a hacer lema personal de este nuevo curso que comienzo: Ensancha el espacio de tu tienda, despliega los toldos de tu morada, no los restrinjas, alarga tus cuerdas, afianza tus piquetas (Is 54,2). Es una invitación a expandirme, a no quedarme limitado a ese pedazo de tierra que conozco de memoria, a esas relaciones que me dan seguridad, a palabras que me arraigan pero también me condicionan a un futuro sin sinónimos. Una invitación ante la que ejerzo un derecho de resistencia pasiva, ante la que reclamo mi libertad de quedarme donde estoy y con lo que tengo, sin necesidad de ampliar espacios ni aventuras.

Quiero recordar cada mañana estas palabras que me provocan, y sumarlas a todas aquellas con las que saludo el día que me encuentro al despertar. Quiero hacerlo, necesito hacerlo. No con ánimo de conquista, porque al desplegar los toldos de mi tienda no quiero quitar espacio a otros toldos, más bien es como cuando extiendo mis brazos para abrazar a quien amo, a quien pido perdón, a quien acojo; mis brazos, como los toldos de mi morada, no pretender invadir otros espacios sino ser encuentro, sombra refrescante, té compartido, mirada elocuente.

Y en ese despliegue sentir la anchura en los aprietos que la vida me trae. Así es como siento que se afianzan mis piquetas, con la ternura que acaricia la tierra escogida para clavarlas, con la firmeza de aquello que me arraiga a lo que me apasiona, con el sentimiento de saberme amado y confiado. Cada piqueta que avanza mi tienda a nuevos territorios es una confirmación de la misión a la que me siento aún llamado, es un punto de no retorno, una vida compartida con otras personas a las que me unen cientos de lazos, visibles e invisibles. Cada piqueta es, en sí misma, una misión, y pido a Dios que no me falte el compromiso de convertirla en reto y en vida.

Cuando ensancho el espacio de mi tienda adquiero la capacidad de explorar, se inaugura en mí una nueva mañana en la que volver a construir, a reparar, a habitar todas las relaciones que me dan sentido. Y cada exploración me remite a los principios que me conforman, me devuelven al origen, a lo esencial.

Cerca y lejos

Proximidad y lejanía no siempre son concepto opuestos, nos movemos en un equilibrio constante entre ambos posicionamientos, en una balanza de consideración estética que nos atrae o nos repele de las personas, las ideas y los compromisos. Afirmaba Heidegger que el hombre es un ser de lejanías, encuentra su sentido cuando se libra de los apegos y es capaz de mirar con distancia la realidad, sobre todo porque esa misma realidad, vista de cerca, distorsiona el dolor y los sentimientos. Aprender a relativizar nuestros encuentros y desencuentros es un buen modo de sanar las heridas que genera el roce de la proximidad, y para ello necesitamos tomar distancia.

La visión de la tierra desde el espacio es una experiencia de belleza impresionante. A veces es necesario alejarse para poder percibir el conjunto, desde esa distancia no se ven las grietas que la cercanía descubre como abismos infames, no se escuchan los gritos del dolor o la desesperación, no se huele la podredumbre, la distancia cura las alergias de la vida. Cuando trascendemos la realidad estamos haciendo ese mismo ejercicio de distanciamiento, acostumbramos nuestra mirada a ver de lejos, a juzgar el conjunto. El ser humano es capaz de ese juicio porque comprende lo que significa estar lejos, porque ama y odia en igual medida, pero sabe tomar decisiones y elegir libremente. La distancia es necesaria porque cura y resitúa los espacios entre las piezas del puzzle, aporta perspectiva para la vida.

Pero es la cercanía lo que nos une a la realidad de toda existencia. Es la proximidad la que convierte en ser a las cosas, y nos aporta ser a las personas. Somos capaces de amar porque podemos encontrar sentido en las grietas y las heridas que nos habitan. La mirada de lejos suaviza los contornos y rescata figuras que la cercanía no puede intuir, pero se hace necesario aproximarse de nuevo, ver, oír, oler y palpar, porque en no pocas ocasiones la perspectiva es solo circunstancial, incluso una ilusión.

En el clásico programa infantil Sesame Street (llamado Barrio Sésamo en España) había un personaje muy popular que, sin darme cuenta, ayudó a afianzar en mi mente en crecimiento no pocos conceptos. En la versión original se llamaba Grover (en España, Coco y en Latinoamérica, Archibaldo). Seguro que muchos lo recordaréis por sus denodados esfuerzos por enseñar lo que es lejos y lo que es cerca, alejándose y acercándose sucesivamente de la cámara a la carrera, hasta que caía agotado. Es una parábola de la vida. Nos acercamos y alejamos de la realidad porque no podemos hacer hogar de ninguna de las opciones, y también nosotros caemos exhaustos del permanente juicio que ese recorrido nos genera, pero es así como conocemos y aprendemos.

Nuestra vida necesita de esa carrera existencial. Sin el descanso de la estabilidad que buscamos como refugio, sin hacernos nómadas de las percepciones y los sentimientos, cerca y lejos, en una continua superación de la miopía y la hipermetropía que condiciona nuestra visión del mundo, de quienes lo habitan y de nosotros mismos.

Tortícolis del corazón y…

Por más que pongamos los pies en la tierra, que caminemos por un presente que a veces es transgresor y otras paralizante, nos embriaga la permanente presencia del pasado. Vivimos el tiempo presente, pero no podemos dejar de vivir y revivir las experiencias que nos han traído hasta él, algunas se convierten en esclarecedores aprendizajes que nos sitúan y enriquecen, otras se hacen lastre para avanzar. Cuando miramos compulsivamente atrás se atrofian nuestros músculos emocionales y espirituales, transformamos la creatividad en tradición y nos dejamos vencer por esas seguridades disfrazadas de prudencia, pero que ocultan miedo y pasividad. Buscamos de tal modo explicaciones en el pasado conocido que nos incapacitamos para ver la belleza de los pasos que damos, anhelamos lo perdido y dejamos de aprender lo nuevo.

Son los síntomas de la tortícolis del corazón. Muchas de nuestras atrofias tienen que ver con la dificultad para soltar aquello que hemos amado, o en lo que nos hemos sentido amados, nos conformamos entonces con los vagos recuerdos de su paso por nosotros para hacer de ellos un refugio seguro. El problema es que dejamos de ver la actualidad de nuestros sentimientos, costará cada vez más encontrarnos con esa realidad que nos desconcierta, instalados en una espera impaciente por recuperar los pretéritos pasos que un día nos dieron sentido, aunque de ese modo abandonemos el sentido que ahora le debemos a la esencia que nos constituye.

Con un corazón que siempre mira atrás evitamos los conflictos del presente, tranquilizamos la conciencia habituándola a esquivar los golpes, apagamos el fuego que nos alienta a resistir, a crear armonía entre los estados de nuestra vida. La mirada que se vuelve es la misma que cierra los párpados cuando se encuentra ante su compromiso por crear y construir, prefiere pasear por caminos trillados antes que admitir equivocarse, rumia con desdén los desafíos y siempre encuentra para cada uno de ellos una palabra ya dicha, por sí misma o por otros, una salida airosa, algo fácil de pronunciar, que la salve del terrible hoy desgarrador.

Lo más tremendo de esta afección es que supone una muerte silenciosa de nuestros sentimientos. Echar de menos la belleza del pasado no es un drama, sí lo es morir a la belleza presente ante nosotros. Del cualquier tiempo pasado fue mejor hacemos una máxima que desmorona lentamente cada nuevo sentimiento por construir. Incapacitados para amar la nueva vida a la que cada día amanecemos, no podemos más que entregarnos a los conocimientos que perduran en nuestra memoria, convencidos de que solo en ellos encontraremos un sentido a nuestras oscuridades. Viejas soluciones para una vida que se abre paso entre nuevos retos. Viejas esperanzas que nos llaman a regresar a la casa segura y nos envuelven en una infelicidad crónica, pero en la que, curiosamente, nos sentimos a salvo.

Amanecer con esta tortícolis pone a prueba nuestra capacidad de superación, ningún tiempo pasado vendrá a suplir nuestro compromiso con lo que nos corresponde vivir en el presente, iluminará algunos de sus espacios oscuros, será ánimo para las inevitables caídas, pero no podrá sustituir el vértigo creador para el que somos requeridos. Es triste cuando, por dolor o por cansancio, preferimos mantener una mirada emocional al pasado que nos redima del doloroso giro al presente de nuestra vida, como si pudiéramos recuperar lo que fuimos para rescatar lo que nos da miedo ser.

La terapia más adecuada, es dolorosa, nos exige rotaciones suaves y delicadas hacia la realidad que tenemos ante nuestros ojos, valor para acoger la vida según nos va llegando, mirada esperanzada, espíritu creativo, caminar firme. Una rehabilitación de nuestras emociones para aprender a descubrir la belleza allí donde solo parecen verse manchas sin sentido, un baño de presente y de realismo que nos empuje hacia los necesitados campos de nuestro compromiso. Los ejercicios para la tortícolis del corazón también pueden recetarse a nuestros grupos e instituciones, que miran atrás con una mezcla de nostalgia y protección; y servirán para otra triste afección que nos amenaza, pero de esa hablaremos la próxima semana…