El encuentro

El encuentro con el otro es más que una mera necesidad de complementación; es un reconocimiento de la alteridad y del significado que tiene para mí aquello que no soy yo mismo. Es una apertura hacia el horizonte del , un camino que se amplía gracias al nosotros, un espacio que va más allá de la convivencia o el deseo, singularizándose en la diferencia compartida.

Encontrarse no es un mero efecto aleatorio. Aunque muchos de nuestros encuentros sean simples cruces de caminos que dejan su huella en nosotros, su autenticidad y simbolismo nos hablan de una pluralidad que enriquece y conmueve. Esto sucede precisamente porque el otro escapa a nuestra compresión; tiene otra historia, otra forma de interpretar el mundo y de experimentar la vida. Cuando me miro en el espejo, no hay encuentro, solo autoafirmación de lo que deseo ver, ser y sentir. Por ello, mis encuentros con otros deben evitar convertirse en meros cruces de presencias o en la búsqueda de un espejo que solo refuerce mi necesidad de reconocimiento propio.

Sin embargo, el verdadero encuentro implica ese reconocimiento personal. Hay personas que nos acercan más a nuestra humanidad, cuya mirada nos permite vislumbrar nuestro destino. Son personas que nos desafían a descubrirnos a nosotros mismos y el vasto mundo polifacético de posibilidades que nos da sentido. El verdadero signo del encuentro es esa proyección, una diferencia que nos lleva directamente hacia nuestra identidad, una identidad que no se limita a autodefiniciones complacientes, sino que nos abre a la diversidad.

Cada encuentro es un viaje que nos permite traspasar fronteras y, una vez cruzadas, poder mirar atrás y ver cómo esas fronteras se desdibujan, permitiéndonos apreciar con valentía la verdad que yace más allá de nosotros mismos. Como cualquier viaje, estos encuentros nos enriquecen, completan nuestras definiciones y amplían el vocabulario que usamos para nombrar las cosas y los sentimientos. Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco que un amigo es alguien que nos hace mejores. Los encuentros son extensiones ampliadas de esa amistad; el valor del viaje se confirma en la confianza que nos enriquece.

Según Martin Buber, la verdadera vida es encuentro. Ganamos territorios y espacios sin convertirnos en colonos; nos aventuramos en una vida llena de significado donde sabemos que somos intérpretes de nuestras relaciones. Dejamos mucho de nosotros mismos, conscientes del enriquecedor fruto que cada encuentro, cada experiencia, cada salida y cada espacio compartido nos ofrece.

Libros quemados

La primera vez que leí Fahrenheit 451, esa maravillosa novela de Ray Bradbury, apenas comenzaba a despertar mi sentido crítico. Abrumado por el argumento distópico, pensé que la novela era un buen alegato contra la quema de libros y el deseo de acabar sistemáticamente con la cultura y con su herencia en nosotros. Tuvieron que llegar nuevas lecturas para reconocer que el verdadero argumento no está en los libros que se queman sino en las personas que deciden echarlos a la pira o salvarlos, sobre todo en ese posicionamiento, ese dejarse hacer preguntas, ver más allá de las propias circunstancias.

El 10 de mayo de 1933 la federación nazi de estudiantes realizó una quema pública de libros antialemanes en la Plaza de la Ópera de Berlín y en otras veintiuna ciudades universitarias. Entre otros muchos, ardieron los libros de Heinrich Heine, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Bertolt Brecht, Albert Einstein, Karl Marx, Joseph Roth, Stefan Zweig, Joseph Conrad, Aldous Huxley, James Joyce o Hemingway. La mayoría de los autores eran contemporáneos, de hecho alguno incluso pudo ver cómo echaban al fuego sus obras, pero también los había de siglos pasados, como Heinrich Heine, un poeta alemán de finales del XVIII. Curiosamente, Heine había escrito en uno de sus poemas, Allí donde se queman libros, se acaba quemando también personas. Por desgracia, no le faltó razón.

Prohibir, corregir, incluso quemar libros, es una constante de nuestra historia como humanidad, un gesto simbólico de la imposición de un pensamiento cerrado frente al pensamiento propio y crítico. Solo hay que escuchar algunas ideas, determinados argumentos o propuestas, para darnos cuenta que hay personas, sobre todo en puestos de responsabilidad o de generación de opinión, que no leen, son más de quemar que de abrir libros.

El pretexto más empleado, lo sé porque me lo han dicho directamente, es la necesaria protección de las mentes débiles y no formadas, a las que se debe evitar un pensamiento dependiente de lo que otros digan. Afirmaba la octava tesis de las doce que justificaron la quema de libros de 1933, Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para el conocimiento independiente y las decisiones propias. Es decir, quiero que pienses independientemente y tomes decisiones propias, pero en el marco estrecho y controlado que yo te dé. Sí, los libros son peligrosos, porque no vienen con marco que limita sino con tapas que se abren. Por eso mismo las bibliotecas son los primeros edificios en arder cuando a un pueblo llegan los talibanes, los wagner o cualquier tropa que exige decisiones propias, pero acordes con el régimen.

Bradbury, que escribe su novela justo veinte años después de las hogueras alemanas, no pierde la esperanza en la humanidad, tan maravillosa que nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo, sabe muy bien que su obra es importante y valiosa. Ese es el mensaje, que considero más utópico que distópico, más esperanzador que desalentador: somos capaces de convertir lo quemado en rescoldo de resurrección, la ceniza en signo de vida, la pérdida en anhelo, el conocimiento en arma sin límites.

No me puedo resistir a compartir unos versos del poema Die Bücherverbrennung (La quema de libros), del alemán Bertolt Brecht, tienen poco que comentar, porque dejan sin aliento:

Un poeta perseguido, uno de los mejores,
estudiando la lista de los prohibidos,
descubrió horrorizado que sus libros habían sido olvidados.
Se apresuró a su escritorio llevado por la ira,
y escribió una carta a los dirigentes.
¡Quemadme! escribió con pluma voladora, ¡quemadme!
¡No me hagáis esto! ¡No me dejéis atrás!
¿No he contado siempre la verdad en mis libros?
¡Y ahora me tratáis como a un mentiroso!
Os ordeno, ¡quemadme!

Cansados crónicos

Hace unos años leí La sociedad del cansancio, un ensayo del filósofo coreano Byung-Chul Han, de lo mejor que ha escrito. Desde aquella lectura me ronda frecuentemente un pensamiento sobre el cansancio y las formas diversas que adquiere en cada uno de nosotros. Byung-Chul Han no solo habla de un cansancio físico sino especialmente del cansancio como hartazón, símbolo de una sociedad aburrida de sí misma, carente de objetivos y huérfana de esperanza. No somos conscientes de que cansados nos amansamos, nosotros y la sociedad, nos hacemos capaces de aceptar cualquier idea que no aporte más incertidumbre a nuestra vida.

El cansancio es una llamada de atención frente a una vida que llenamos de actividad, no siempre coherente con nuestras posibilidades. A veces es como si sintiéramos un miedo al vacío, a los espacios en blanco. Nos cuesta contemplarnos sin nada que hacer, pienso que incluso tenemos miedo a esos huecos y los llenamos con lo que sea que espante las desocupaciones, aunque suponga acabar cansados y rendidos. Ni siquiera la tecnología nos ha traído más descanso, porque aceptamos aquello de que descansar es cambiar de actividad y no nos queda otra que llenar los silencios, los espacios y los tiempos con la verborrea de nuestro hacer, pero ajenos a nuestro ser.

Nos cansamos incluso de lo que emprendemos con ilusión, unas veces porque no alcanzamos los objetivos, otras por hastío, un aburrimiento profundo y globalizante que, como un tío vivo existencial, nos atrapa en nuestros sueños y nos hace girar y girar, sin metas claras, sin propósito. Es entonces cuando el cansancio se convierte en un desafío, hay que evitar rendirse ante él, debemos convertirlo en oportunidad de superación personal, con creatividad, con confianza.

Resulta curioso y triste que ni siquiera los tiempos de descanso consiguen renovar nuestros cansancios. Es entonces cuando nos hacemos cansados crónicos. Cada vez conozco más personas que vuelven cansadas de sus vacaciones, sin ser conscientes de que las han llenado de bullicio interior, que no han dejado de rumiar y de atender las urgencias incómodas de la vida. No es solo una cuestión de orden personal, ni de aprovechar el tiempo y desconectar radicalmente, se requiere deseo de crecer y, sobre todo, aceptarnos limitados, acoger el valor de los vacíos y trascenderlos. Seguimos cansados porque creemos que solo así aportamos valor a lo que somos; hacemos y deshacemos, tejemos y deshilamos el tapiz de nuestra vida, pero no damos espacio a lo verdaderamente importante, perdidos en el mar revuelto del hacer, cansados crónicos.