Nace en la noche, enseña callando

¡El inicio del capítulo 40 de Isaías es tan poderoso y conmovedor! Me llena de emoción cada vez que lo leo:

Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que se ha cumplido su servicio, está pagado su crimen, pues de la mano de Yahveh ha recibido doble paga por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.» Isaías 40,1-5

La palabra consolar tiene un significado profundo: aliviar la pena o aflicción de alguien. Y sus sinónimos, como confortar, reconfortar, desahogar, animar, alentar, tranquilizar, serenar, todos apuntan hacia la esperanza. Para mí, el consuelo y la esperanza son mucho más que meros gestos pasivos; son compromisos liberadores que nos desafían a ser agentes de cambio, a traer luz en medio de la oscuridad y a descifrar los tiempos de la salvación.

Isaías expresa este movimiento revolucionario de manera excepcional. Nada permanece estático; vivir y creer se convierten en un gran trabajo constante de ingeniería: valles, montes, barrancos y simas que se transforman para convertirse en caminos transitables; desiertos y estepas que dejan de ser espacios solitarios e interminables para revelarse como una red infinita de sendas, invitándonos al encuentro y la sorpresa. Consolar es hacer visibles esos senderos.

Por supuesto, no implica que los obstáculos desaparezcan mágicamente. Es posible que haya cerros que se resistan a ser rebajados, y profundas cuevas que amenacen con absorber nuestros esfuerzos por traer luz y crear espacios de liberación. El trabajo de consolar no es una fórmula mágica ni una simple apariencia de paz; es un compromiso transformador.

Consolar se convierte en una mirada de fe hacia una realidad que a menudo nos incomoda; es aceptar y valorar tanto lo que tenemos como lo que somos, con todos nuestros altibajos, deseos y proyectos. Es el aliento que nos impulsa a integrar lo incompleto de la vida real, a acoger pesebres y caminos que habría preferido mantener escondidos, a elevar valles, a allanar montañas y a despejar los campos, derribando muros y levantando corazones.

Es una tarea que disipa las tinieblas de la noche, que acompaña a aquellos que aún buscan un lugar donde reposar, a aquellos que huyen. Aunque me cueste entender, me ayuda a vislumbrar la esperanza redentora entre los desplazados de la Franja de Gaza, en los desolados campos de Ucrania, en los refugiados a lo largo del Río Grande o en Turquía, en las comunidades cristianas perseguidas de Nicaragua o Nigeria… En cada una de esas noches, la esperanza nace en la oscuridad, se revela en silencio, viene escondida, enseña callando. Solo cuando acogemos el pesebre y el camino estamos verdaderamente preparados para comprender y consolar.

Feliz Navidad.

Educar y creer, educar y crear

Bajo el sugerente lema “Sí, creo”, Escuelas Católicas de Madrid nos convocó la pasada semana a su quinto Congreso. Comparto la reflexión que hice en su apertura.

Nuestra labor educativa siempre ha sido y será una cuestión de fe. Para muchos, es necesario tener una fe firme para continuar con entusiasmo esta tarea compleja y motivadora. Como nos recuerda la Carta a los Hebreos, la fe es “garantía de lo que se espera y prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1). 

Nuestra fe no es vana (1 Cor 15,14); se edifica desde nuestras capacidades para ser y co-crear. Esta es la dualidad que se nos invita a reflexionar en el marco de este Congreso. La dimensión transformadora de la escuela alcanza un propósito significativo en nuestros centros educativos de ideario católico, otorgándonos un propósito vital.

Ser escuela católica significa reconocernos llamados a la catolicidad, una vocación universal y no excluyente, que abraza a todos, que no segrega a nadie y da un nuevo significado a la equidad y la integración. Sin embargo, no debemos interpretar la catolicidad de nuestra escuela como una condición de identidad, sino como una vocación, al igual que la santidad. Como bien entendió y vivió San Carlos de Foucauld, “La vocación de la Iglesia, su misión, es la catolicidad”. Es esta catolicidad, construida en la diversidad, la que nos permitirá desarrollar una identidad fructífera.

Solamente una identidad moldeada e informada, que se erige como un símbolo de redención y liberación, que no se amedrenta ante valores y palabras que otorgan sentido, que no se encierra en su propia historia, por más valiosa que sea, ni se define por la confrontación con otras identidades; solo una identidad entendida de esta manera nos abrirá horizontes en el tiempo y en el espacio para crear. Esta condición se convierte en nuestra tarea en la propuesta humanizadora de la escuela católica.

Hace poco, el papa Francisco alentó a un grupo de educadores lasalianos a retomar el desafiante objetivo de formar más que informar. Nuestras escuelas deben ser espacios de narración, creación, encuentro, diálogo y fe. Si renunciamos a esta vocación, nuestro relato se limitará a cambios metodológicos, nos quedaremos en mera inversión para adaptarnos a los mismos, alterando el orden de nuestros valores si es preciso, pero nos alejaremos de nuestra esencia, perdidos en propuestas que separan irreparablemente nuestra capacidad única para creer y para crear.

Nuestro programa es el Evangelio: educamos, humanizamos, transformamos, acompañamos, formamos… Todo cimentado en el proyecto creativo de Jesús de Nazaret, sabiamente interpretado por todos los carismas, fundadores y fundadoras de las escuelas e instituciones que conforman nuestra organización. Nuestra antropología, nuestra visión de la persona, complementa otras perspectivas que fundamentan una educación que transforma vidas. Aportamos trascendencia, mejoramos el mundo y preparamos para el mañana.

Por eso somos necesarios. Por eso debemos enfocarnos en el ser. Por eso no podemos dar por sentada una identidad que es un tesoro precioso manifestado a través de la misión educativa. Por eso formamos parte de la misión de la Iglesia. Por eso somos privilegiados. Por eso creemos y creamos.

Mantengamos la esperanza recordando, de nuevo, la Carta a los Hebreos: “Sacudamos todo lastre y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús” (Heb 12,1-2a).

El encuentro

El encuentro con el otro es más que una mera necesidad de complementación; es un reconocimiento de la alteridad y del significado que tiene para mí aquello que no soy yo mismo. Es una apertura hacia el horizonte del , un camino que se amplía gracias al nosotros, un espacio que va más allá de la convivencia o el deseo, singularizándose en la diferencia compartida.

Encontrarse no es un mero efecto aleatorio. Aunque muchos de nuestros encuentros sean simples cruces de caminos que dejan su huella en nosotros, su autenticidad y simbolismo nos hablan de una pluralidad que enriquece y conmueve. Esto sucede precisamente porque el otro escapa a nuestra compresión; tiene otra historia, otra forma de interpretar el mundo y de experimentar la vida. Cuando me miro en el espejo, no hay encuentro, solo autoafirmación de lo que deseo ver, ser y sentir. Por ello, mis encuentros con otros deben evitar convertirse en meros cruces de presencias o en la búsqueda de un espejo que solo refuerce mi necesidad de reconocimiento propio.

Sin embargo, el verdadero encuentro implica ese reconocimiento personal. Hay personas que nos acercan más a nuestra humanidad, cuya mirada nos permite vislumbrar nuestro destino. Son personas que nos desafían a descubrirnos a nosotros mismos y el vasto mundo polifacético de posibilidades que nos da sentido. El verdadero signo del encuentro es esa proyección, una diferencia que nos lleva directamente hacia nuestra identidad, una identidad que no se limita a autodefiniciones complacientes, sino que nos abre a la diversidad.

Cada encuentro es un viaje que nos permite traspasar fronteras y, una vez cruzadas, poder mirar atrás y ver cómo esas fronteras se desdibujan, permitiéndonos apreciar con valentía la verdad que yace más allá de nosotros mismos. Como cualquier viaje, estos encuentros nos enriquecen, completan nuestras definiciones y amplían el vocabulario que usamos para nombrar las cosas y los sentimientos. Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco que un amigo es alguien que nos hace mejores. Los encuentros son extensiones ampliadas de esa amistad; el valor del viaje se confirma en la confianza que nos enriquece.

Según Martin Buber, la verdadera vida es encuentro. Ganamos territorios y espacios sin convertirnos en colonos; nos aventuramos en una vida llena de significado donde sabemos que somos intérpretes de nuestras relaciones. Dejamos mucho de nosotros mismos, conscientes del enriquecedor fruto que cada encuentro, cada experiencia, cada salida y cada espacio compartido nos ofrece.