Vida en abundancia

Navidad 2014

Todos los años convertimos estos días de Navidad en momentos de espera. Esperamos descansar, esperamos que las cosas cambien, esperamos regalos, esperamos, incluso, ser nosotros mismos los que cambiemos, como si el nuevo año fuera capaz de resetear lo que el viejo no ha hecho más que confirmar. Esperamos, en definitiva, espantar todos esos signos de victoria que la fatídica muerte ha levantado a nuestro alrededor. Los hay que esperan sentados en el sofá de su casa, y también los hay sentados sobre una valla que alguien colocó para no dejar pasar la muerte, de la que huían los que ahora la desafían.

Aunque, lo auténticamente digno de celebrar en estos días es la vida. Vida en la que descansamos, vida que representa el cambio, vida que se nos regala, vida que se abre paso y amenaza, con más fuerza aún que la muerte, nuestra autoconvencida sensación de necesidad. Vida que nos sitúa a un lado de las vallas, siempre el correcto si es que realmente la estamos viviendo, vida en abundancia que se descubre, casi escondida, en los que desde hace más de dos mil años comparten pesebre con el que es, en sí, la Vida.

Deja pasar la vida, no le pongas vallas, no la devuelvas «en caliente», arriesga todo, porque, tal vez, la vida que pretendemos proteger con tanto esmero y concertina, no sea más que una muerte disfrazada de futuro.

Deja pasar la vida, la vida en abundancia que, una vez más, se nos regala.

P.S. Pues sí, no puedo menos que recordar en estos días a D. Jorge Fernández, Ministro de Interior, que en no pocas ocasiones ha sido llamado por nuestros obispos «buen católico», y nos ha dejado exhortaciones tan pontificales como aquella de que «España será cristiana o no será». Parece que a nuestro «buen católico» ministro le salen sarpullidos con esta Iglesia que critica sus «devoluciones en caliente» y su cristianismo de salón y misa de domingo. Bueno, pues para él también hay vida en abundancia, siempre que la deja pasar… qué menos.

Jóvenes e Iglesia

Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en «su» lenguaje, «sus» formas, y de modo especial «sus» propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.

Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.

No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.

La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser «la Iglesia». Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman «representantes de Dios en la tierra», pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.

He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: «El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes» (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.

Motivos para celebrar

Después de un descanso retomo estas reflexiones semanales. Muchos me han preguntado si el motivo de tan largo silencio es la falta de inspiración, otros que sí el cansancio, hay quien se ha atrevido a entrever censuras. Siento no dar la razón a toda esas inquietudes, especialmente las que ven tijeras y filtros de otros. Sencillamente, estaba buscando motivos para celebrar. Quien me conoce bien sabe que huyo de celebraciones enlatadas e impuestas, que todo lo que se vuelve rutinario me sacude interiormente hasta el punto de aparentar, a veces, luchar por lo contrario que he mostrado en otras ocasiones.
Hoy he comenzado a buscar de nuevo «motivos para celebrar». Ese es el sentido que he querido dar desde el principio a estas perlas vocacionales, porque el primer motivo para celebrar está en saber, no siempre conscientemente, que vivo en torno a una llamada. No, por favor, no me refiero a esa forma ñoña e infantil de entender la llamada de Dios como un signo externo, identificada con un solo camino vocacional.
La llamada a la que me refiero es aquella en la que siento, sé, que mi nombre, en el que está contenido cuanto soy y cuanto me esfuerzo en ser, se asocia a todo lo que me rodea, forma parte del mundo y las esperanzas de las personas que se cruzan conmigo y, sobre todo, de las que caminan conmigo.
Esta llamada es, la más de las veces, un eco, que sigue desde hace tiempo mis pasos en proyectos que dejé a un lado y desheché, rondando mis estrenadas ilusiones para que mi corazón no se quede en una permanente tumbona de relax.
Esta llamada es una esperanzadora razón para creer con intensidad en mis posibilidades, porque me susurra cada día que soy capaz, que Alguien cree en mí.
Estos son, hoy, mis motivos para celebrar, porque esa llamada me mantiene despierto.