Mirar/subir montañas

Con quince años comencé a amar las montañas. Dicho esto de un manchego, es mucho. Lo más alto que había “escalado” era el cerro de los molinos, y su conquista me parecía ya el mayor reto y la mayor de las maravillas, porque me asomaba a la inmensidad de tierras y viñedos, me abría a nuevas perspectivas, y el horizonte infinito se convertía en eterno y bello. Con ese currículo de cerros y montículos me vi, en pleno despertar adolescente, en medio de los Pirineos. Mis ojos se acostumbraron pronto a los valles y aprendieron a mirar montañas de verdad. Y mi alma manchega se enamoró de ese nuevo infinito, deseó subir cada picacho y después cada montaña. Necesitaba ver el mundo desde allí arriba, arañar el cielo,… escapar de aquí abajo.

Mis primeras subidas tuvieron que luchar contra el vértigo, esto ya no es el cerro de mi pueblo, a veces el aire falta y algunas subidas parecen no tener final, sin haber llegado aún a la mitad del camino asoman los incordiantes miedos y los lastimeros “qué necesidad tengo yo de subir allí”. Sin darme cuenta estaba en la que ha sido la mejor escuela de mi vida, fui aprendiendo a medir las fuerzas, a vencer las tentaciones de rendirme, a centrarme en la meta y mirar simultáneamente la tierra que pisaba y la tierra por pisar. Y nunca abandoné, las adversidades se fueron transformando en oportunidades que me acercaban la deseada cima, porque mi corazón manchego buscaba salir de los valles y volver a creer y contemplar el horizonte perdido.

Si estas lecciones fueron configurando mi espíritu, la que vino después me introdujo de lleno en la vida. No sin dificultad y con cierta resistencia a aceptarlo, aprendí a amar la subida tanto como la cima. Estoy en ello, parece necesitarse más de una vida para saber renunciar a la meta por enamorarse del camino: de sus flores y arroyos es fácil hacerlo, de sus tropiezos, de los senderos áridos y del cansancio es más fácil decirlo que hacerlo. Encontrar la belleza, no en la recompensa sino en la capacidad de unir aquello a lo que aspiro ser con lo que realmente soy. Es así como decidí recorrer otros caminos, en el asombro permanente por mis propias posibilidades, sin rechazar ningún reto y, al mismo tiempo, manteniéndole la mirada al fracaso, porque ese fracaso, así lo voy aprendiendo, no es toda la montaña.

La montaña también me ha enseñado a no dejar a nadie atrás, a caminar al ritmo del más débil, a renunciar al confort personal por la armonía del grupo. Ninguna de ellas es decisión fácil, suele caerse en el hoy por ti, mañana por mí, que es otro modo de moverse por la vida pero que no contiene ningún avance, la cima se quedaría siempre sin pisar y las excusas se harían dueñas de nuestro destino. En esa montaña es donde conocí y encontré mis primeros Edelweiss, aún los conservo, y me inspiraron virtudes que modelaron mi sentido de la amistad, del compromiso, de la fe. La montaña, y también la llanura manchega, en esto coinciden, enseña en toda su extensión a ser humilde, una humildad que solo se adopta desde la mirada y la admiración, desde el paso decidido y el respeto.

En los últimos años no he subido muchas montañas, sí que las miro y me descubro trazando en mi mente sendas para conquistarlas, imaginando la sensación de libertad que junto al aire de la cima llene mis pulmones. No puedo dejar de hacerlo. A mi orgullo de manchego mesetario, a la atracción de los horizontes infinitos, a la admiración por la cúpula inmensa del cielo añil (azulón más bien, azul manchego), he unido el amor a las montañas por subir, y tanto me define lo uno como lo otro. En la llanura hay poco donde ocultarse, en la cordillera hay poco donde ensoberbecerse, pero se puede estar oculto en la planicie y ser arrogante en la subida, se puede dejar de ser poeta en La Mancha y olvidar ser misterio en la montaña. Es por esto que no dejo de mirar/subir montañas, lucho contra la acomodación, del tipo que sea, especialmente la de las ideas. En cada montaña, hasta en los cerros manchegos, mi sentido crítico se agudiza y me siento invitado a la libertad.

Mis montañas son cada vez menos las moles graníticas y calizas, me retan otras alturas y se me abren otros caminos, y ahora soy consciente de que nada cayó en saco roto, soy cada montaña que miré y que subí, soy cada paso ralentizado para esperar otros pasos y compartir la conquista, soy cada inspiración de aire y belleza, desde una cima que me devuelve los horizontes perdidos en la hondura. Y ahora, que se me presentan nuevas montañas que superan mi llanura, me descubro ya descifrando la mejor senda y vislumbrando la vista de infinitos desde su cima. Pero, sobre todo, me requiero para amar y saborear intensamente cada recodo del camino.

Mi querido Midi d’Ossau desde los ibones de Anayet…
saltando siempre de la realidad a mis sueños.

Aprender de la belleza

Una de las preguntas que más me han hecho en estos meses es si aprenderemos algo de todo esto. Yo mismo lo preguntaba hace unas semanas en el blog. A lo largo de los días, según hemos ido tomando la medida a la situación, ha cambiado le perspectiva que dábamos a nuestra capacidad de aprendizaje, del de esta saldremos mejores hemos pasado a un escéptico no hay quien nos cambie. Llama la atención cómo en las últimas semanas un buen número de filósofos europeos (Carolin Emcke, André Comte-Sponville, José Antonio Marina, Byung-Chul Han,…) han desconfiado sus voces para hacernos ver que nuestra capacidad de integración ante las adversidades no siempre conlleva aprendizaje, por lo general tan solo consigue que acomodemos nuestra vida a la adversidad, creyendo incluso que estamos dando pasos de gigante, cuando en realidad solo regresamos a nuestra personal zona de confort.

Es ahora cuando la mayoría somos más conscientes de este autoengaño. Antropológicamente necesitamos creer que la sociedad mejora ante situaciones complejas, que aprendemos de los errores y evitamos la piedra en la que el destino nos amenazaba con volver a tropezar, que somos como esos colchones de viscoelástica que regresan a su forma al mismo tiempo que aprenden y se adaptan. Es entonces cuando salimos esperanzados a recuperar la calle para descubrir cómo todo nos urge a una vuelta a la normalidad, nueva normalidad le llaman, en lugar de dar un paso para la excepcionalidad. Vuelve a ganar la mediocridad y empezamos a comprender que esta es más asumible que los cambios.

Es conocida la crítica de Séneca al non vitæ, sed scholæ discimur, y su propuesta de que aprendemos de la vida, no de la escuela. Decir esto en voz alta en estos momentos, especialmente entre quienes más han sufrido el cambio radical del proceso de aprendizaje, puede interpretarse como algo más que una imprudencia. Y, sin embargo, estoy con Séneca, precisamente ahora que la escuela ha desbordado sus viejos muros y se ha hecho transparente, hemos descubierto que solo aprendemos cuando unimos vida y conceptos, cuando nos dejamos interpelar por la belleza, ese sentimiento estético que nos devuelve al sentido de lo que realmente somos. Y cuando la escuela vuelva a su redil de pupitres y pizarras, nos encontraremos con la posibilidad de haber aprendido a inyectarle esa vida que le estaba faltando, y esta vez tendremos que asumir todos parte de la responsabilidad.

Y sí, no dudo de que habremos incorporado nuevos aprendizajes. Es posible que no en todos los casos se conviertan en herramientas para nuestra vida, muchos quedarán, formando parte de un recuerdo recurrente. Habremos aprendido mucho más de lo terrible, no solo en nuestra conciencia colectiva, también en la memoria de nuestra acción serán esa soledad y esa angustia las que se queden mucho tiempo a vivir con nosotros. Curiosamente no suele costarnos tanto incorporar a la vida los miedos, todos esos sentimientos de fracaso que durante estos meses hemos acumulado y se han convertido en inesperados libros de texto, hemos aprendido en ellos y de ellos, ciertamente forma parte de nuestro cerebro más animal, así es como nos protegemos y sobrevivimos. Pero nos quedará por delante el mayor de los aprendizajes.

Aprendemos de los errores porque son errores, por su contexto de fracaso y asintonía, pero en torno a ello, en la escuela de los conceptos y en la escuela de la vida, estamos siempre ausentes para aprender de los momentos de felicidad, su volatilidad nos desconcierta y por eso preferimos abrazamos al dolor, que a veces es lo único que nos aporta estabilidad. Así, andaremos más seguros, el miedo enmascarará nuestros sentidos, y volveremos a entregar la libertad para poder creer que seguimos creciendo, y aprendiendo. Pero habremos caído en la trampa de la inmediatez, porque el único aprendizaje que nos devolverá el sentido y aportará evidencias a la existencia, no se envuelve de miedos sino de confianza, ese aprendizaje nos costará toda una vida, porque resulta mucho más difícil y complejo aprender de la belleza.

“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Silvio Rodríguez, Canción del elegido