La ofensa gratuita

En las últimas semanas hemos sido testigos, espero no ser el único en percibirlo, de un aumento escalofriante de ofensas gratuitas, salidas de tono y burlas varias. Junto a políticos, deportistas y gente de la farándula “descubiertos” saltándose las recomendaciones o prohibiciones sanitarias, pudimos ver a un DJ escupiendo bebida a los asistentes de un discoteca en Torremolinos, a Loquillo burlándose de un vigilante jurado en un concierto en Torrelavega o a dos auxiliares de una residencia de ancianos en Terrassa denigrando y riéndose de una anciana. Además de los puntos comunes obvios, y de la indignación social provocada, todos los casos coinciden en la rápida aparición pública pidiendo perdón, mostrando arrepentimiento y afirmando que esa actitud no les define, una vez descubierto el alcance de su acción todos rechazaron ese tipo de actuaciones.

Pedir perdón no solo es necesario, también es sano, se convierte en un gesto de humildad, que restaura los equilibrios desgastados y dañados de la vida y de las relaciones. El perdón implica una liberación interior del sentimiento de culpa. Si no liberamos la culpa acaba por consumirnos, poco a poco coloniza cada resquicio de dignidad personal y desplaza desvergonzadamente los valores que desde niños nos han enseñado a superarnos, a levantarnos, a volverlo a intentar. La culpa, además, es enfermiza, pasado ese primer momento en que actúa como un resorte para obligarnos a despertar, se acomoda a nuestra vida y contagia todo con su promiscua presencia, reinterpretando nuestras conductas y también las de quienes nos rodean. La culpa nos moviliza, y sin perdón nos acaba paralizando.

Pero el perdón hay que aprenderlo. En primer lugar asumiendo el fracaso personal que conlleva, y desgraciadamente no contamos con un sistema educativo que enseñe a integrar el fracaso, a trabajarlo en la propia vida y reenfocarlo como fortaleza. El perdón implica un reconocimiento del error personal que lo transforma en aprendizaje, en posibilidad de futuro. Pero no siempre es así. En los ejemplos presentados antes, y en tantos otros que conocemos, el perdón se hace postureo social, y eso convierte la ofensa en gratuita, evita la responsabilidad, aumenta el daño y deja un peligroso mensaje: no importa lo que hagas o lo que digas, actúa en libertad, siempre podrás pedir perdón y todo se olvidará. Esta hipocresía social elimina la dimensión de fracaso en el perdón, no hay un reconocimiento de la culpa, ni siquiera arrepentimiento, solo interesa que el medio olvide la ofensa y la deje pasar.

El problema es que hemos explicado el perdón como ese pasar página, y en concreto el perdón cristiano como el olvido consciente de la ofensa, pero hemos fallado, y fallamos, en la necesaria integración del perdón. Sin ella redundaremos en la construcción de la justicia, imprescindible para la restauración del orden social, encarnada no solo en las leyes que la garantizan sino también en la equidad y el equilibrio que permiten la convivencia y el acceso universal a los derechos. A costa de construir justicia no estaremos garantizando el orden emocional, sin la integración del perdón no reintegramos las cosas en el orden del mundo ni en el orden personal.

“Dos fuerzas rigen el universo, la gravedad y la gracia”, son palabras de Simone Weil. La gracia es el perdón hecho encuentro, y se fundamenta en el esfuerzo constante por encontrar espacios comunes, por integrar la propia vida, también la que se levanta tras cada caída. La gracia no habla de un perdón gratuito, ese que se exige tras las ofensas como si no hubiera otra salida para aquel a quien se le pide. La gracia rige el universo trascendental en que respiramos, y para encontrarla seguimos necesitando la fe. Al igual que con la gravedad, no nos basta observar cómo caen los cuerpos inexorablemente, hemos de dar un paso de fe para reconocer la fuerza que los atrae. Así es como actúa el perdón, por eso es hipócritamente humillante convertir, apelando al perdón, la ofensa en gratuita.

El perdón, como garantía del orden emocional, se construye a partir de un cómo, no de un por qué. Este es seguramente el error más común en el momento de integrar el perdón, el error que nos lleva a volcarnos en la siguiente página y pensar que la ofensa acaba saliendo gratis. No hay direccionalidad en el perdón, como no la hay en la gracia, hay encuentro, hay una historia, hay un cómo desde el que se restaura y se levanta de nuevo el edificio emocional, y solo desde ahí podemos trabajar el sentido y aportar sentido. No en vano Gracia es uno de los nombres de Dios.

Mirar/subir montañas

Con quince años comencé a amar las montañas. Dicho esto de un manchego, es mucho. Lo más alto que había “escalado” era el cerro de los molinos, y su conquista me parecía ya el mayor reto y la mayor de las maravillas, porque me asomaba a la inmensidad de tierras y viñedos, me abría a nuevas perspectivas, y el horizonte infinito se convertía en eterno y bello. Con ese currículo de cerros y montículos me vi, en pleno despertar adolescente, en medio de los Pirineos. Mis ojos se acostumbraron pronto a los valles y aprendieron a mirar montañas de verdad. Y mi alma manchega se enamoró de ese nuevo infinito, deseó subir cada picacho y después cada montaña. Necesitaba ver el mundo desde allí arriba, arañar el cielo,… escapar de aquí abajo.

Mis primeras subidas tuvieron que luchar contra el vértigo, esto ya no es el cerro de mi pueblo, a veces el aire falta y algunas subidas parecen no tener final, sin haber llegado aún a la mitad del camino asoman los incordiantes miedos y los lastimeros “qué necesidad tengo yo de subir allí”. Sin darme cuenta estaba en la que ha sido la mejor escuela de mi vida, fui aprendiendo a medir las fuerzas, a vencer las tentaciones de rendirme, a centrarme en la meta y mirar simultáneamente la tierra que pisaba y la tierra por pisar. Y nunca abandoné, las adversidades se fueron transformando en oportunidades que me acercaban la deseada cima, porque mi corazón manchego buscaba salir de los valles y volver a creer y contemplar el horizonte perdido.

Si estas lecciones fueron configurando mi espíritu, la que vino después me introdujo de lleno en la vida. No sin dificultad y con cierta resistencia a aceptarlo, aprendí a amar la subida tanto como la cima. Estoy en ello, parece necesitarse más de una vida para saber renunciar a la meta por enamorarse del camino: de sus flores y arroyos es fácil hacerlo, de sus tropiezos, de los senderos áridos y del cansancio es más fácil decirlo que hacerlo. Encontrar la belleza, no en la recompensa sino en la capacidad de unir aquello a lo que aspiro ser con lo que realmente soy. Es así como decidí recorrer otros caminos, en el asombro permanente por mis propias posibilidades, sin rechazar ningún reto y, al mismo tiempo, manteniéndole la mirada al fracaso, porque ese fracaso, así lo voy aprendiendo, no es toda la montaña.

La montaña también me ha enseñado a no dejar a nadie atrás, a caminar al ritmo del más débil, a renunciar al confort personal por la armonía del grupo. Ninguna de ellas es decisión fácil, suele caerse en el hoy por ti, mañana por mí, que es otro modo de moverse por la vida pero que no contiene ningún avance, la cima se quedaría siempre sin pisar y las excusas se harían dueñas de nuestro destino. En esa montaña es donde conocí y encontré mis primeros Edelweiss, aún los conservo, y me inspiraron virtudes que modelaron mi sentido de la amistad, del compromiso, de la fe. La montaña, y también la llanura manchega, en esto coinciden, enseña en toda su extensión a ser humilde, una humildad que solo se adopta desde la mirada y la admiración, desde el paso decidido y el respeto.

En los últimos años no he subido muchas montañas, sí que las miro y me descubro trazando en mi mente sendas para conquistarlas, imaginando la sensación de libertad que junto al aire de la cima llene mis pulmones. No puedo dejar de hacerlo. A mi orgullo de manchego mesetario, a la atracción de los horizontes infinitos, a la admiración por la cúpula inmensa del cielo añil (azulón más bien, azul manchego), he unido el amor a las montañas por subir, y tanto me define lo uno como lo otro. En la llanura hay poco donde ocultarse, en la cordillera hay poco donde ensoberbecerse, pero se puede estar oculto en la planicie y ser arrogante en la subida, se puede dejar de ser poeta en La Mancha y olvidar ser misterio en la montaña. Es por esto que no dejo de mirar/subir montañas, lucho contra la acomodación, del tipo que sea, especialmente la de las ideas. En cada montaña, hasta en los cerros manchegos, mi sentido crítico se agudiza y me siento invitado a la libertad.

Mis montañas son cada vez menos las moles graníticas y calizas, me retan otras alturas y se me abren otros caminos, y ahora soy consciente de que nada cayó en saco roto, soy cada montaña que miré y que subí, soy cada paso ralentizado para esperar otros pasos y compartir la conquista, soy cada inspiración de aire y belleza, desde una cima que me devuelve los horizontes perdidos en la hondura. Y ahora, que se me presentan nuevas montañas que superan mi llanura, me descubro ya descifrando la mejor senda y vislumbrando la vista de infinitos desde su cima. Pero, sobre todo, me requiero para amar y saborear intensamente cada recodo del camino.

Mi querido Midi d’Ossau desde los ibones de Anayet…
saltando siempre de la realidad a mis sueños.

Aprender de la belleza

Una de las preguntas que más me han hecho en estos meses es si aprenderemos algo de todo esto. Yo mismo lo preguntaba hace unas semanas en el blog. A lo largo de los días, según hemos ido tomando la medida a la situación, ha cambiado le perspectiva que dábamos a nuestra capacidad de aprendizaje, del de esta saldremos mejores hemos pasado a un escéptico no hay quien nos cambie. Llama la atención cómo en las últimas semanas un buen número de filósofos europeos (Carolin Emcke, André Comte-Sponville, José Antonio Marina, Byung-Chul Han,…) han desconfiado sus voces para hacernos ver que nuestra capacidad de integración ante las adversidades no siempre conlleva aprendizaje, por lo general tan solo consigue que acomodemos nuestra vida a la adversidad, creyendo incluso que estamos dando pasos de gigante, cuando en realidad solo regresamos a nuestra personal zona de confort.

Es ahora cuando la mayoría somos más conscientes de este autoengaño. Antropológicamente necesitamos creer que la sociedad mejora ante situaciones complejas, que aprendemos de los errores y evitamos la piedra en la que el destino nos amenazaba con volver a tropezar, que somos como esos colchones de viscoelástica que regresan a su forma al mismo tiempo que aprenden y se adaptan. Es entonces cuando salimos esperanzados a recuperar la calle para descubrir cómo todo nos urge a una vuelta a la normalidad, nueva normalidad le llaman, en lugar de dar un paso para la excepcionalidad. Vuelve a ganar la mediocridad y empezamos a comprender que esta es más asumible que los cambios.

Es conocida la crítica de Séneca al non vitæ, sed scholæ discimur, y su propuesta de que aprendemos de la vida, no de la escuela. Decir esto en voz alta en estos momentos, especialmente entre quienes más han sufrido el cambio radical del proceso de aprendizaje, puede interpretarse como algo más que una imprudencia. Y, sin embargo, estoy con Séneca, precisamente ahora que la escuela ha desbordado sus viejos muros y se ha hecho transparente, hemos descubierto que solo aprendemos cuando unimos vida y conceptos, cuando nos dejamos interpelar por la belleza, ese sentimiento estético que nos devuelve al sentido de lo que realmente somos. Y cuando la escuela vuelva a su redil de pupitres y pizarras, nos encontraremos con la posibilidad de haber aprendido a inyectarle esa vida que le estaba faltando, y esta vez tendremos que asumir todos parte de la responsabilidad.

Y sí, no dudo de que habremos incorporado nuevos aprendizajes. Es posible que no en todos los casos se conviertan en herramientas para nuestra vida, muchos quedarán, formando parte de un recuerdo recurrente. Habremos aprendido mucho más de lo terrible, no solo en nuestra conciencia colectiva, también en la memoria de nuestra acción serán esa soledad y esa angustia las que se queden mucho tiempo a vivir con nosotros. Curiosamente no suele costarnos tanto incorporar a la vida los miedos, todos esos sentimientos de fracaso que durante estos meses hemos acumulado y se han convertido en inesperados libros de texto, hemos aprendido en ellos y de ellos, ciertamente forma parte de nuestro cerebro más animal, así es como nos protegemos y sobrevivimos. Pero nos quedará por delante el mayor de los aprendizajes.

Aprendemos de los errores porque son errores, por su contexto de fracaso y asintonía, pero en torno a ello, en la escuela de los conceptos y en la escuela de la vida, estamos siempre ausentes para aprender de los momentos de felicidad, su volatilidad nos desconcierta y por eso preferimos abrazamos al dolor, que a veces es lo único que nos aporta estabilidad. Así, andaremos más seguros, el miedo enmascarará nuestros sentidos, y volveremos a entregar la libertad para poder creer que seguimos creciendo, y aprendiendo. Pero habremos caído en la trampa de la inmediatez, porque el único aprendizaje que nos devolverá el sentido y aportará evidencias a la existencia, no se envuelve de miedos sino de confianza, ese aprendizaje nos costará toda una vida, porque resulta mucho más difícil y complejo aprender de la belleza.

“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Silvio Rodríguez, Canción del elegido