El fin del mundo


Que nadie se alarme, no estoy en plan Holywood, con la moda de que se nos viene encima una catástrofe que acabará con el mundo. Todo eso está bien para hacernos pasar un rato y para meter el miedo en el cuerpo a algunos que confían más en los guionistas de cine que en el guionista del Universo.

Lo que ocurre es que  el domingo pasado, en la Eucaristía que celebro diariamente en la Casa de Acogida de las Adoratrices de Córdoba, una de las madres acogidas, en plena homilía soltó: “Pero si el fin del mundo va a ser pronto, más nos vale demostrar a Jesús que somos sus seguidores”. La mayoría de los presentes, influídos seguramente por todos esos evangelios en los que se nos recuerda la importancia de estar preparados, de que Dios vendrá como el ladrón en la noche, de que el tiempo es corto…, no tardó en darle la razón y preguntar con más ansiedad aún: “¿Pero qué tenemos que hacer para seguir a Jesús?”.

No quiero ser aguafiestas, pero que al mundo le quede mucho o poco depende más de nosotros que de la voluntad “destructora” de Dios. Aunque, la perla de esta semana no nace precisamente de un mundo en destrucción, sino de los motivos por los que en ocasiones decimos ser seguidores de Jesús. Tomarse en serio la llamada de Dios, la invitación a colocarse sobre las huellas de Cristo, a orientar la vida desde su brújula, no puede nacer del miedo a lo que vendrá. Y, sin embargo, estamos demasiado acostumbrados a saber de gente que sólo cuando el miedo se visualiza y les alcanza, renacen a viejos sentimientos, vuelven a rezar y ponen en Dios su confianza. El fin del mundo, el fin del propio mundo, esto es, el fin de una forma de vida, el fin de una relación, el fin de un trabajo, incluso el din de la existencia, son entonces trampolines sobre los que tomar decisiones y saltar a un vacío, que seguirá siendo vacío, ausente de toda confianza, de todo compromiso y de toda fe.

No estaría mal que revisara las motivaciones por las que me siento llamado por Dios a ser lo que soy, y hacer lo que hago. ¿Qué hacer entonces si descubro que nacen del miedo? La mejor defensa es un buen ataque: sí, espero el fin del mundo, pero no de este mundo que conozco, sino el fin del mundo que bloquea mis sentimientos, el din del mundo que me hunde en lo negativo, el fin del mundo que no me permite ser quien soy. Al fin y al cabo, Dios te está llamando a que des el primer paso para acabar con ese mundo.

Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout (2008)

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 Casi sin querer, sin pedir permiso y sin que se note, los entresijos de la historia de Crosby, pequeño pueblo de Maine, van formando parte de la vida del lector. Camuflada en pequeñas historias, que se podrían leer individualmente, se forma la escena global alrededor de Olive Kitteridge, maestra jubilada de matemáticas, que va domando su fuerte genio al mismo tiempo que la vida pasa a su alrededor. Me ha recordado mucho el Winerburg, Ohio de Anderson, retazos de vida que sólo se llenan de sentido contemplados desde el conjunto, es aquella intrahistoria unamuniana que hace comprensible la historia, y sin la cual ésta carece de sentido. Premiada con el Pulitzer en 2008 esta atípica novela produce una sensación de “ojo de cerradura”, en ocasiones la lectura me ha sorprendido viendo más de lo que se permitiría ver, el tratamiento de los personajes va más allá del psicologismo de la moderna novela americana, y se nos permite acercarnos a ellos como a alguien sentado a nuestro lado en la terraza del bar. Cuando he acabado la lectura de este libro me he sentido parte del censo de Crosby, preocupado por sus gentes, compañero de sus destinos.

Mi personaje: Henry Kitteridge, leal marido de Olive, identificable tal vez como personaje secundario pero que acaba siendo el motor de toda la historia: “Es un inocente. Así es como ha aprendido a sobrellevar este vida.” (p.94)

Lo mejor: La sencillez que empapa cada relato, la sorpresa, la evolución de Olive…

Lo peor: Nada destacable. 

La recomiendo, especialmente para quienes buscan una lectura agradable, sencilla y, al mismo tiempo, de las que dejan poso unos cuantos días.

Sarah Waters, El ocupante (2009)

 Con este post comienzo un nuevo modo de compartir mis lecturas. Hasta el momento lo he hecho sólo para mí, pero como siempre 

encuentro amigos que me piden opinión y consejo sobre qué libro leer, o no molestarse en abrir, me ha parecido bueno el propósito. Quedan muchas lecturas pasadas que no van a encontrar aquí su espacio, lo tienen amplio en mis notas personales. Aunque algunas de ellas esperan pacientemente una relectura que no tardará en llegar. 

A punto estuve de quedarme en las primeras cien páginas de este libro. Lo he comenzado después de una mala racha de lecturas que he tenido que dejar comenzadas porque me decepcionaban más allá de las cien primeras páginas (que es el margen que suelo darles), novelas históricas disfrazadas de corderos literarios, como El cementerio de Praga de Eco. Pero finalmente se ha descubierto como un libro bien escrito, serio, que juega al equilibrio entre el misterio y el trastorno psicológico, tratado éste con una delicadeza extrema y llevado con maestría. Me ha sorprendido muy favorablemente, a pesar de la dificultad primera a partir de las cien primeras páginas se lee con pasión. Lo que parece ser una novela más de misterio, y llevo tres seguidas, recala en un relato psicológico en el que todos los personajes quedan tocados por la amalgama de complicadas relaciones humanas y la miseria que ha dejado la Segunda Guerra Mundial en una Inglaterra rural que asiste paciente a la caída de sus ideales. Realmente quien espere una historia de fantasmas quedará decepcionado, y es precisamente eso lo que me ha gustado más, da un punto más a lo esperado.

Mi personaje: Betty, la joven criada de la casa, testigo de sus “fantasmas”, silenciosa presencia y primera en intuir la maldad de esa casa.

Lo mejor: El ritmo y la intensidad envueltos en profundidad literaria, el tratamiento psicológico de cada personaje, incluida la casa.

Lo peor: La traducción no es muy buena. En ocasiones no queda claro el lugar de algunos personajes.