Cuaresma: tiempo para el asombro

miercoles-cenizaA primera hora de esta mañana he tenido mi primer momento de asombro cuaresmal, bien temprano Carlos Herrera daba los buenos días con las sorprendentes palabras «Hoy es miércoles de ceniza». No lo ha repetido en ninguna de las ocasiones en que vuelve a dar los buenos días a sus oyentes, como seguramente tampoco harán en el resto de medios de comunicación.

Estoy convencido de que el hecho de no recordar que los cristianos hoy comenzamos la cuaresma, más allá de las seis de la mañana poco tiene que ver con el laicismo nacional deseado por algunos, más que nada porque nos han hecho seguir con todo detalle, incluso en las noticias, el Ramadán musulmán, el Bat Mitzvá judío y el Vesakh budista. Tendríamos que buscar culpables en nosotros mismos, obsesionados durante siglos en «vender» una cuaresma de penitencias e interiorismos personales, llena de prohibiciones con cada vez menos sentido y banalizada por dejadez permanente. Recibimos la ceniza y vivimos la cuaresma como quien echa una primitiva o enciende velas a San Judas y, mientras tanto, hemos ido perdiendo el sentido de misterio, de asombro, que envuelve este tiempo celebrativo.

Dejarse marcar con la ceniza debería inaugurar esa posibilidad perdida que nos prepara para el asombro. Cada día, de estos cuarenta que componen la cuaresma, comenzará siendo una oportunidad que nos entrene para descubrir toda la vida que encerramos en nuestra visión limitada de las cosas, y de nosotros mismos, y de los que queremos…

Si no vamos practicando el asombro diario, la amabilidad, la compasión, la vida, difícilmente podremos reconocer y celebrar la vida resucitada que se nos regalará en la Pascua.

Alguna vez he oído eso de que si los más de mil millones de chinos se pusieran de acuerdo para saltar al mismo tiempo serían capaces de hacer mover la órbita de la tierra. Aparte de exageraciones, siempre he creído que si en cualquiera de estas cuaresmas los millones de cristianos, pero todos, tomáramos en serio eso de «ser buenos» cambiaríamos el rumbo del mundo. Soy consciente de que algo así no conviene a los que están «arriba», aunque se digan cristianos. Aun así, seguiré asombrándome cada día, a cada momento… Es la única forma real de rebeldía que nos queda.

Vida en abundancia

Navidad 2014

Todos los años convertimos estos días de Navidad en momentos de espera. Esperamos descansar, esperamos que las cosas cambien, esperamos regalos, esperamos, incluso, ser nosotros mismos los que cambiemos, como si el nuevo año fuera capaz de resetear lo que el viejo no ha hecho más que confirmar. Esperamos, en definitiva, espantar todos esos signos de victoria que la fatídica muerte ha levantado a nuestro alrededor. Los hay que esperan sentados en el sofá de su casa, y también los hay sentados sobre una valla que alguien colocó para no dejar pasar la muerte, de la que huían los que ahora la desafían.

Aunque, lo auténticamente digno de celebrar en estos días es la vida. Vida en la que descansamos, vida que representa el cambio, vida que se nos regala, vida que se abre paso y amenaza, con más fuerza aún que la muerte, nuestra autoconvencida sensación de necesidad. Vida que nos sitúa a un lado de las vallas, siempre el correcto si es que realmente la estamos viviendo, vida en abundancia que se descubre, casi escondida, en los que desde hace más de dos mil años comparten pesebre con el que es, en sí, la Vida.

Deja pasar la vida, no le pongas vallas, no la devuelvas «en caliente», arriesga todo, porque, tal vez, la vida que pretendemos proteger con tanto esmero y concertina, no sea más que una muerte disfrazada de futuro.

Deja pasar la vida, la vida en abundancia que, una vez más, se nos regala.

P.S. Pues sí, no puedo menos que recordar en estos días a D. Jorge Fernández, Ministro de Interior, que en no pocas ocasiones ha sido llamado por nuestros obispos «buen católico», y nos ha dejado exhortaciones tan pontificales como aquella de que «España será cristiana o no será». Parece que a nuestro «buen católico» ministro le salen sarpullidos con esta Iglesia que critica sus «devoluciones en caliente» y su cristianismo de salón y misa de domingo. Bueno, pues para él también hay vida en abundancia, siempre que la deja pasar… qué menos.

Encorsetados

evolucion-con-personalidad-y-caracter-propioHace unos días tuve la alegría de participar en el Congreso de Escuelas Católicas en Valladolid, y la suerte de hacerlo de manera activa, en una breve tertulia con Juan Carrión sobre el liderazgo creativo. El Congreso ha sido todo un propósito de cambio, de aire nuevo, ya hacía falta poder disfrutar de un estilo y de unos mensajes acordes con todos los cambios pedagógicos y pastorales que se están alcanzando en nuestros colegios. Gracias a los organizadores por la apuesta valiente y arriesgada, a los ponentes de auténtico lujo y especialmente a todos esos educadores apasionados y entregados, porque son ellos los que el lunes, sin tregua al cansancio, sin oídos para los profetas de calamidades, han puesto una sonrisa en su cara y han creído de nuevo en sus posibilidades y en sus alumnos.

Este post viene a razón de una pequeña polémica que se generó por unas palabras mías en la tertulia sobre el liderazgo creativo en nuestros colegios: Para que realmente podamos llamar creativo al tipo de liderazgo que queremos y necesitamos, debemos estar dispuestos a quitarnos el corsé de las grandes palabras, del siempre se ha hecho así, de los espacios y tiempos, incluso de los idearios y documentos de carácter propio que nos definen. El primer muro a mis palabras vino de altas jerarquías de algunas organizaciones de enseñanza, es por ello que quiero matizar aquí mis palabras.

Si creemos que la creatividad es la base necesaria para el cambio y para la participación, estamos llamados a creer en las nuevas ideas que se generan, a aceptar otros enfoques que no sean los institucionales, a dejar fluir en aguas de las que no esperábamos pescar. Un colegio con liderazgo creativo es un centro que promueve sinergias y experiencias de sentido, que aprovecha la pasión de cada uno de los que forman la comunidad educativa, que pondera la horizontalidad y conoce la humildad de sus líderes.

Sin un ideario, sin un carácter propio claro y abierto, estaremos condenados a vagar por rutas de desconcierto. Esto es cierto, pero también lo es que se nos reclama una mayor participación de todos en el momento de definir ese ideario, y cuando se generan nuevas ideas y nuevos horizontes cambian los caminos y las formas, desabsolutizamos incluso los conceptos que considerábamos intocables, tal vez porque ya no responden a la presencia evangelizadora y transformadora que la realidad nos pone en lo alto del pupitre.

En el ritmo frenético de cambios sociales y pedagógicos, ¿cómo seguir insistiendo en definir valores y visiones para quince o veinte años? Precisamente somos las instituciones religiosas, a causa de la rica y larga historia que nos precede, las más reacias a conceder el mínimo margen a los principios que siempre nos han identificado. Y nos resistimos aún más a que otros, incluso aunque vivan con más frescura nuestra misión y carisma, participen en esa redefinición.

Es aquí cuando el corsé aprieta, pero aguantamos. Es aquí cuando las palabras y la formas se resquebrajan, pero las limpiamos con esmero. Es aquí cuando las posiciones se enrocan, pero las defendemos como si en ello nos fuera la vida.

Encorsetados, enrocados, enmarcados, empeñados en poner el vino nuevo en los odres viejos, aprisionados por el miedo a perder la lengua o la mano derecha.