Retomando, recordando, reencontrando…

Hace unos días, un buen amigo de la red (@jesbarrgon) al que pude conocer y saludar en persona, me dijo, «Deberías escribir más en el blog, se te echa de menos». No es la primera vez que me lo dicen. Normalmente me justifico diciendo que tengo mucho lío, que no me queda tiempo para ponerme a escribir, que publico cuando me apetece y cuando me sale de dentro,… Me voy quedando sin excusas, y ahora que parece que se avecina un período de mi vida más tranquilo, no sé si creérmelo del todo, he recordado tantos buenos deseos de amigos y amigas, de este y del otro lado del Atlántico, para que comparta más, piense y mire en voz alta.

Retomaré este blog, quiero hacerlo aportando una reflexión semanal, cada martes, el martes es un día que siempre me ha gustado, a pesar de no ser de los de mejor prensa entre sus colegas, y quiero tocar el alma de muchas cosas, hacer saltar las costuras de esos encorsetados humanos y religiosos que nos aprietan por todos lados, quitar las vendas de los ojos, y de muchas heridas también, para aprender a vivir esa intemperie que nos salva y enriquece. No va a ser, por tanto, un blog temático, menos aún monotemático, lo quiero más parecido a mí mismo, un portal abierto y plural, humilde y espontáneo. Y por eso necesitaba también un cambio de nombre Vivir a la intemperie, toda una declaración de intenciones.

El mejor comienzo que puedo darle a este reencuentro es compartiendo, en tres partes, mis reflexiones e intervención en el pasado Congreso de Escuelas Católicas. Para mí ha sido una experiencia única, no solo subirme al escenario del Congreso, también los meses previos de preparación de la ponencia, qué mejor que hacerlo de todos.

Monasterio San Pedro de Cardeña – Escalera helicoidal

No soy un apasionado ni un experto de la fotografía, me gusta fotografiar cosas o espacios curiosos, llamativos, asimétricos, distópicos…, así que también iré dejando aquí esas imágenes, acompañando algún tema o siendo ellas mismas el objeto del pensamiento compartido.

Esto es solo una presentación/justificación, mañana, aunque sea miércoles, comienzo esta nueva andadura. Gracias a los que caminan conmigo en ella.

Un silencio elocuente

Hay silencios que matan, y silencios que hablan. Los silencios nos incomodan, porque crean nuevos silencios, porque no sabemos descifrar sus elocuencias, porque preceden tempestades, porque son incontrolables. En cuestiones de fe el silencio que más nos incomoda, y descoloca, es el silencio de Dios, un silencio de tumba, que alarga el silencio del calvario; un silencio de respuestas, que alarga el silencio de la guerra, de Auschwitz, de la enfermedad, de la muerte sin sentido…

No es fácil creer en esos silencios. En ellos muchas veces solo podemos sumar nuestro silencio cómplice, ese en el que no sabemos qué decir, o preferimos callar para salvar algo que llamamos dignidad. Cuando los discípulos se le iban a Jesús, en silencio, porque no podían pronunciar palabras como misericordia o perdón o amor, él preguntó a los pocos que quedaban, ¿también vosotros queréis iros?, y Pedro respondió, ¿a dónde vamos a ir? solo tú tienes palabras de vida.

Palabras de vida, palabras que salvan, y enseñan oportunidades, palabras que rompen silencios de tumba y se clavan en la carne muerta para llenarla de esperanza, palabras que alimentan miserias y engordan futuro, palabras que superan barreras de soledad para abrazar presente, palabras de vida.

Dios no ha callado, lo que nosotros decimos silencio él lo llama resurrección, nuestra ansiedad la nombra esperanza, nuestro desconcierto redención. El silencio es un acto de cobardía que nos aleja de lo humano, y divino, que nos constituye, es por eso que necesitamos pronunciar resurrección, esperanza, redención… palabras de vida, que no nos hagan cómplices de quienes odian la vida y preparan sepulcros. Dios no ha callado, somos nosotros, los que nos decimos creyentes, la Iglesia, los religiosos y religiosas, quienes callamos y blanqueamos tumbas, haciéndonos cuando hablamos esclavos de nuestras palabras.

La Pascua nos devuelve el misterio primaveral de Dios que se hace palabra, nos empuja a pronunciar palabras nuevas, llenas de vida, palabras de amor y de encuentro, palabras atrevidas, sin moldes, cargadas de futuro. Palabras de Vida.

Feliz Pascua, feliz Vida.

Sillas

Esta mañana he podido recorrer los pasos de San Juan Bautista de la Concepción en Roma. Para él fue un tiempo de prueba: prácticamente huido de España, donde nadie parecía tomarse en serio la reforma de la Orden que se había aprobado, Juan Bautista de la Concepción toma la decisión de convertirse en un rebelde y presentarse ante el mismo Papa en Roma, pero nada fue sencillo, tanto sus propios hermanos trinitarios como los carmelitas descalzos que le acogieron «refugiado», fueron para él tentaciones para escoger el camino fácil y rendirse a sus principios y a su memoria.

Desconcertado, buscando salidas a sus miedos y a sus tentaciones, se hospeda con los carmelitas descalzos de Santa María de la Scala, en el Trastevere. Desde allí sigue buscando, pasea su incertidumbre por la Via Longara y el Ponte Sisto, canjea deseos y esperanzas con cuantos le dedican su tiempo y le hablan de no desfallecer, jesuitas, franciscanos, carmelitas, teatinos… Hasta que encontró al sillero.

En una esquina del Ponte Sisto encontró a un fabricante de sillas y ante una de esas sillas, en espera de quien le diera casa y uso, nuestro santo quedó extasiado. Aquella silla le invitaba a sentarse, como tantos buenos consejos que le habían dado en los meses que llevaba en Roma, le invitaba a cerrar rebeldías y despertar de sueños, los tiempos de reforma ya estaban acabando en España, no merece la pena gastar una vida tan valiosa para encontrar tantos desaires y críticas. Esa silla no era ningún trono, una simple silla de esparto y madera, pero en su cabeza, cansada de tantas vidas vividas, se convertía en esperanza de descanso.

Frente a él la Via Longara, larga, oscura y estrecha, de esas que invitan a pasear por otro lugar, porque recuerdan los miedos al rechazo, al fracaso y la incomprensión. ¿La silla o el camino? Su decisión la dejó él mismo reflejada en una de las más bellas páginas de la mística:

Luego como aquello vi y se me representó, sin hacer otro discurso, sin mirar que la vida de los trabajos fuese cielo en comparación de la otra que fuese tierra, al puncto y al instante me enamoré de la vida de los trabajos, la acepté, la quise, la scogí, la abracé, la amé y la reverencié en nombre de Jesucristo. En acabando de hacer este entriego de mi voluntad a esta segunda vida, luego di lugar al discurso y enpecé a decir dentro de mí: —Claro es, Señor, que, si yo te amo, que no tengo de querer en esta vida honra ni gloria, sino padecer por tu amor.

San Juan Bautista de la Concepción, Memoria de los orígenes de la descalcez trinitaria, cap. 24.

¿Cómo no recordar a Silvio?

El que siga buen camino tendrá sillas peligrosas que lo inviten a parar. Pero vale la canción buena tormenta, y la compañía vale soledad. Siempre vale la agonía de la prisa, aunque se llene de sillas la verdad.