Sillas

Esta mañana he podido recorrer los pasos de San Juan Bautista de la Concepción en Roma. Para él fue un tiempo de prueba: prácticamente huido de España, donde nadie parecía tomarse en serio la reforma de la Orden que se había aprobado, Juan Bautista de la Concepción toma la decisión de convertirse en un rebelde y presentarse ante el mismo Papa en Roma, pero nada fue sencillo, tanto sus propios hermanos trinitarios como los carmelitas descalzos que le acogieron “refugiado”, fueron para él tentaciones para escoger el camino fácil y rendirse a sus principios y a su memoria.

Desconcertado, buscando salidas a sus miedos y a sus tentaciones, se hospeda con los carmelitas descalzos de Santa María de la Scala, en el Trastevere. Desde allí sigue buscando, pasea su incertidumbre por la Via Longara y el Ponte Sisto, canjea deseos y esperanzas con cuantos le dedican su tiempo y le hablan de no desfallecer, jesuitas, franciscanos, carmelitas, teatinos… Hasta que encontró al sillero.

En una esquina del Ponte Sisto encontró a un fabricante de sillas y ante una de esas sillas, en espera de quien le diera casa y uso, nuestro santo quedó extasiado. Aquella silla le invitaba a sentarse, como tantos buenos consejos que le habían dado en los meses que llevaba en Roma, le invitaba a cerrar rebeldías y despertar de sueños, los tiempos de reforma ya estaban acabando en España, no merece la pena gastar una vida tan valiosa para encontrar tantos desaires y críticas. Esa silla no era ningún trono, una simple silla de esparto y madera, pero en su cabeza, cansada de tantas vidas vividas, se convertía en esperanza de descanso.

Frente a él la Via Longara, larga, oscura y estrecha, de esas que invitan a pasear por otro lugar, porque recuerdan los miedos al rechazo, al fracaso y la incomprensión. ¿La silla o el camino? Su decisión la dejó él mismo reflejada en una de las más bellas páginas de la mística:

Luego como aquello vi y se me representó, sin hacer otro discurso, sin mirar que la vida de los trabajos fuese cielo en comparación de la otra que fuese tierra, al puncto y al instante me enamoré de la vida de los trabajos, la acepté, la quise, la scogí, la abracé, la amé y la reverencié en nombre de Jesucristo. En acabando de hacer este entriego de mi voluntad a esta segunda vida, luego di lugar al discurso y enpecé a decir dentro de mí: —Claro es, Señor, que, si yo te amo, que no tengo de querer en esta vida honra ni gloria, sino padecer por tu amor.

San Juan Bautista de la Concepción, Memoria de los orígenes de la descalcez trinitaria, cap. 24.

¿Cómo no recordar a Silvio?

El que siga buen camino tendrá sillas peligrosas que lo inviten a parar. Pero vale la canción buena tormenta, y la compañía vale soledad. Siempre vale la agonía de la prisa, aunque se llene de sillas la verdad.

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