Proselitismo vs Verdad

Ahondando en esto del encuentro, Pío Baroja nos regala una perspectiva reveladora:Todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo. Es una invitación a pensar en nuestras convicciones y posicionamientos, en cómo influyen sobre nuestra percepción del mundo. Es una llamada de atención sobre nuestras conversiones cuando nos convertimos en predicadores de nuestras verdades particulares.

Cuando nos aferramos a una verdad como si fuera absoluta, sea cual sea su naturaleza, corremos el riesgo de cerrarnos al diálogo y a la exploración. Nos volvemos propensos al proselitismo, a la necesidad de imponer nuestras ideas y nuestros hallazgos a los demás, en lugar de abrirnos a nuevas perspectivas y aceptar la diversidad de opiniones que enriquecen nuestra experiencia vital.

Este enrocamiento complica la búsqueda de la verdad, en su sentido más amplio y profundo. Nos estanca en posicionamientos rígidos y dogmáticos, renunciando a la posibilidad de un crecimiento intelectual y espiritual genuino. Es como si nos conformáramos con una versión limitada y simplificada de nuestra propia vida y de la realidad, negándonos a explicar matices y detalles que las puedan embellecer.

Resuenan como un eco las palabras de Antonio Machado: ¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela. Son una llamada de atención a la necesidad de la humildad, de la apertura a todas las búsquedas, del reconocimiento de que nuestra comprensión del mundo es solo una pequeña pieza de un enorme rompecabezas, que va mucho más allá de nuestras simples expectativas.

Para trascender esta tendencia al proselitismo, es necesario cultivar un espíritu de encuentro y apertura con el otro, aprender a escuchar con empatía y comprensión, dejar a un lado la rigidez de nuestros puntos de vista, estar dispuestos a explorar otras opciones, a reconocer la riqueza en la diversidad de pensamientos.

Además, es crucial abandonar la lógica de la meritocracia, esa que solo acoge determinados talentos. Frente al proselitismo se nos invita a reconocer y valorar la singularidad de cada persona, porque todos tenemos algo único y precioso que aportar, somos parte de la verdad y reflejo de su presencia.

Solo lejos de una actitud proselitista y cerca del encuentro atento, podremos trascender el territorio incierto de los conflictos y entrar en el terreno fértil del crecimiento conjunto. Es ahí, en este espacio de encuentro, donde verdaderamente podremos explorar y acercarnos a la Verdad, en toda su complejidad y belleza.

Tendiendo puentes

Cada mañana, de lunes a viernes, tomo el autobús que me lleva a la sede de Escuelas Católicas en Madrid. Me siento en la parte delantera y paso el trayecto leyendo, por lo general ausente al constante subir y bajar de pasajeros. Cerca de mi destino, una voz pregrabada consigue sacarme de la lectura y me pone en movimiento con su anuncio: Próxima parada, Plaza del encuentro.

El nombre del lugar es evocación de espacio de salida y horizonte de significado, apertura y posibilidad de nuevos viajes, porque cada encuentro es una proyección hacia el umbral de un nuevo mundo. Me gustan los encuentros, tal vez porque en mi carácter tímido me he sentido invitado muchas veces a explorar más allá de mi interioridad.

No rehuso oportunidades para compartir, para dialogar, para buscar comprender planteamientos diferentes a los míos; es así como he alcanzado percibirme como soy. Al volverme hacia el otro, al descubrirle, me descubro también a mí mismo. Al dejarme interpelar desde el horizonte del tú, al adentrarme sin la protección de un hilo de Ariadna en los laberintos de la vida, empiezo a comprender quién soy, me descubro en la mirada en que me miro, me conozco.

El pensador judío Martin Buber define la vida verdadera como encuentro. Buber es quien desarrolla por primera vez una filosofía del diálogo, sustentada en la idea de que la condición humana se define por nuestra capacidad de relacionarnos con el prójimo, y esto es posible porque existe Dios, el gran Otro, el gran Tú. Y es que el encuentro se entiende mejor como mística que como aritmética, es mucho más que una ecuación o una suma de identidades, es misterio.

Para definir el encuentro me gusta el verbo pontificar. No según la definición de la RAE, Exponer opiniones con tono dogmático y suficiencia, sino de acuerdo a su etimología latina, Constructor de puentes. Pontificar se me antoja como el mejor oficio para el encuentro, unir orillas, prevenir abismos, ser “un puente tendido hacia otra singularidad”, como dice poéticamente Nietzsche. El puente es un camino, una aventura hacia lo que es diferente a mi yo, que me obliga a reconstruir el prisma de la diferencia, a modificar mi mirada sobre el mundo.

El encuentro, posibilitado por los puentes tendidos, se engrandece a partir de ese prisma de la diferencia. Puedo estar junto a otro, cohabitar espacios, proyectos y destinos durante años, pero seguir siendo identidades que coexisten, cada uno viendo el mundo a su manera, buscando ideas y palabras que nos identifican, pero no nos hacen prójimos. Y es que, el encuentro, cuando es auténtico, nos transforma, tal vez por eso los constructores de puentes son percibidos como gente peligrosa, y tradicionalmente han sido perseguidos por los amantes de un dogma y una tradición intocables.

Comenzar cada día en la Plaza del Encuentro me sitúa en un punto de partida envidiable, donde habrá caminos que recorrer y puentes que tender, donde habré de purificar la búsqueda de identidades de similitud y acoger la diferencia, donde lo creativo sea un don para espacios nuevos y encuentros generosos. Un puente sin retorno, para el encuentro.

Golpes de pecho

Ahora, que hemos comenzado una nueva Cuaresma, apetece nadar en aguas interiores, que por lo general son profundas y de fondos oscuros. Cuando llegan oportunidades así solemos reaccionar con cierta suficiencia, como si en realidad toda ocasión de conocernos mejor a nosotros mismos, y conocer el alcance de nuestras acciones, fuera algo que debieran hacer siempre los otros, porque nosotros lo tenemos resuelto y controlado. Así son las paradojas de nuestra mirada crítica: contamos con la capacidad de dudar, de cambiar los apoyos y experimentar con nuestras seguridades, pero también tenemos la capacidad de abusar de miradas unidireccionales, como si toda reflexión sobre el mundo dependiera únicamente de aquello que vemos y de cómo lo interpretemos. ¡Qué bien lo expresó Antonio Machado!: El ojo que ves / no es ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve.

Una de las actitudes más escandalosas de quien quiere cambiar es la de cegar miradas ajenas, como si no pudieran tolerar que alguien más tuviera la capacidad de ver. Es un solipsismo terrible, un empoderamiento de las mejores cualidades humanas, no para crecer junto a otros, sino para sobresalir frente a otros, mirar por encima de los otros árboles del bosque para apoderarse de la sensación de saber y de ver lo que otros no saben ni ven. Tradicionalmente, hemos llamado a esta actitud fariseismo.

Define Rafael Sánchez Ferlosio a los fariseos como aquellos que construyen la bondad propia con la maldad ajena. Nos afianzamos en la creencia de que vemos bien, con el acierto que merecen nuestros méritos, pero lo hacemos convenciendo a los otros de que su vista está atrofiada, y que es esa dificultad para ver con definición lo que mancha su mirada. Esta construcción de la bondad propia carece de cimientos, se sostiene exclusivamente en ideas de autosuficiencia, adoptando los errores ajenos como puntales, que evitan el derrumbe de ideas largamente usadas para protegernos de las inclemencias.

Nos hacemos fariseos cuando ponemos la confianza en las máscaras, de ahí lo de la hipocresía, creyendo que su mueca conseguirá cambiar lo que realmente somos. Nos hacemos fariseos cuando escribimos un relato perfeccionista sobre nuestras decisiones, palabras tan bien enlazadas como artificiales. Nos hacemos fariseos cuando anulamos todas las miradas, especialmente las que se dirigen a nosotros, por miedo a que sean capaces de ver nuestros sótanos. En palabras del poeta Enrique García-Máiquez, Ten cuidado, cuando vayas a darte golpes de pecho, pueden sonar a hueco.