El fin del mundo


Que nadie se alarme, no estoy en plan Holywood, con la moda de que se nos viene encima una catástrofe que acabará con el mundo. Todo eso está bien para hacernos pasar un rato y para meter el miedo en el cuerpo a algunos que confían más en los guionistas de cine que en el guionista del Universo.

Lo que ocurre es que  el domingo pasado, en la Eucaristía que celebro diariamente en la Casa de Acogida de las Adoratrices de Córdoba, una de las madres acogidas, en plena homilía soltó: “Pero si el fin del mundo va a ser pronto, más nos vale demostrar a Jesús que somos sus seguidores”. La mayoría de los presentes, influídos seguramente por todos esos evangelios en los que se nos recuerda la importancia de estar preparados, de que Dios vendrá como el ladrón en la noche, de que el tiempo es corto…, no tardó en darle la razón y preguntar con más ansiedad aún: “¿Pero qué tenemos que hacer para seguir a Jesús?”.

No quiero ser aguafiestas, pero que al mundo le quede mucho o poco depende más de nosotros que de la voluntad “destructora” de Dios. Aunque, la perla de esta semana no nace precisamente de un mundo en destrucción, sino de los motivos por los que en ocasiones decimos ser seguidores de Jesús. Tomarse en serio la llamada de Dios, la invitación a colocarse sobre las huellas de Cristo, a orientar la vida desde su brújula, no puede nacer del miedo a lo que vendrá. Y, sin embargo, estamos demasiado acostumbrados a saber de gente que sólo cuando el miedo se visualiza y les alcanza, renacen a viejos sentimientos, vuelven a rezar y ponen en Dios su confianza. El fin del mundo, el fin del propio mundo, esto es, el fin de una forma de vida, el fin de una relación, el fin de un trabajo, incluso el din de la existencia, son entonces trampolines sobre los que tomar decisiones y saltar a un vacío, que seguirá siendo vacío, ausente de toda confianza, de todo compromiso y de toda fe.

No estaría mal que revisara las motivaciones por las que me siento llamado por Dios a ser lo que soy, y hacer lo que hago. ¿Qué hacer entonces si descubro que nacen del miedo? La mejor defensa es un buen ataque: sí, espero el fin del mundo, pero no de este mundo que conozco, sino el fin del mundo que bloquea mis sentimientos, el din del mundo que me hunde en lo negativo, el fin del mundo que no me permite ser quien soy. Al fin y al cabo, Dios te está llamando a que des el primer paso para acabar con ese mundo.

Pies y huellas

Permanecer atento a una llamada, y hacerlo a lo largo de una vida, es algo parecido a intentar descubrir el tipo de pie que dejó la huella encontrada. La profundidad de la huella, la marca del arco, la presión de los dedos…, no podrán más que acercarnos a cómo es en realidad el pie; la dirección y la distancia con otras huellas, sólo nos dirán su orientación y prisa a la hora de caminar, pero nunca su destino, ni sus marcas, ni el lugar donde realmente vive, ni el corazón lleno de sentimientos que transporta.

Cuando, en mi atrevimiento, o en mi opción meditada, soy capaz de medir mi pie en la huella encontrada, descubro, casi siempre con asombro, así es como me desconozco, lo lejana que esa huella está de mi pie, la inquietud que me devuelve lo que creía controlado y ahora me sobrepasa, lo que aún debo crecer, madurar, conocerme y conocer, para que mi huella, en cualquier playa de este mundo, sea huella de mi pie, mía al fin, reconocible, mía.

Seguir la llamada supone perder el miedo a colocar tu pie sobre las huellas de Dios sobre el mundo, y es perder también el miedo a que, más adelante, sin prisas, otros puedan también colocar sus pies sobre tus huellas.

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Voces

Demasiadas voces a mi alrededor que dicen saber y ver el camino de mi vida mejor que yo mismo. Y me lo imponen como criterio de verdad, y a veces incluso les creo, no sé si por no discutir o porque así lo siento. Y no es que no quiera escuchar esas voces, sé que debo hacerlo, y que de esa escucha dependerá también cómo construyo quién soy, pero a todas ellas les falta algo, un acento conocido, una cercanía a lo que me pasa cada día…

No está bien visto decir que uno oye voces. Ni está bien visto dejar lo que gobierna tu conciencia en la voz de otra conciencia, que ni se ve, que ni se siente. Porque quien logra descifrar de entre todas las voces la que le deja ser, la que le quiere como es, la que respeta su esperanza, acaba sonriendo como los locos, y siguiendo a la verdad, también como ellos, y como los niños. Sólo ese, sólo quien pierde el miedo, quien se oye llamar, quien adivina una presencia por detrás de los términos, sólo ese encuentra su voz.

Lo que eres
me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
Miras de pronto a los lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada, de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.
Y cuando deseas algo
no pienso en lo que tú quieres,
ni lo envidio: es lo de menos.
No. Te espero más allá
de los fines y los términos.
Pedro Salinas