Amor sin límites

Jueves Santo. Hoy celebramos el día del amor sin límites, por favor no me vengan algunos con eso del «amor fraterno» porque visto cómo lo practican algunos para poner a los demás en su sitio ha llegado un punto en el que no me lo creo demasiado. Jesús no nos pidió que nos amáramos como «hermanos» sino «como él nos amó», es decir, sin límites. Y lo propone con dos símbolos rompedores, el pan partido y el lavado de los pies, dos gestos profundamente vocacionales.

El pan partido y la copa son un gesto antiguo con nuevo sentido. Jesús celebra la Pascua con sus amigos, la memoria de la liberación del pueblo de Israel, la presencia de Dios en el caminar a veces errante y a veces, las menos, a su vera. Ya no se derramará la sangre de los corderos, ni se amasarán los ázimos, ni se recordarán los pecados pasados y paralizantes. Jesús inaugura una liberación que nos toca interiormente, que cuenta con cada uno de nosotros para dar pasos hacia esa nueva tierra prometida, su Reino, el espacio donde lo vivimos y hacemos presente. El gesto de Jesús es un gesto de redención, y si valientemente hemos decidido repetirlo, compartirlo, vivirlo…, no puede ser un gesto vacío o relegado a celebrar comienzos de curso, fiestas populares y rutinarias «misas», sino apuesta por el cambio y convencimiento de que somos responsables de hacer de esta tierra la «tierra prometida», especialmente para todos aquellos que no reciben «promesas prometedoras» últimamente.

El lavado de los pies es un gesto nuevo con viejo sentido. Jesús escoge un oficio propio de los esclavos y las mujeres, lavar los pies a los invitados y comensales, que no fue comprendido por sus amigos, y si nos ponemos por muy poca gente «religiosa» a lo largo de la historia. El gesto de Jesús es totalmente nuevo, no se espera que el anfitrión o el líder se arrodille y haga trabajos de esclavo, por eso recupera el sentido de los gestos proféticos, y de Dios mismo que a lo largo de la historia ha «bajado» a los pies de sus hijos e hijas, ha caminado a su lado con pies descalzos, ha aleteado en toda su creación. Ponerse en actitud de seguidor es aceptar que Dios sea Dios, que se coloque en la línea de salida «desde abajo», lo contrario, como expresa Pedro con su queja, es seguir viendo a un Dios patriarcal y jerarca, un Dios que mantiene el control, porque así podemos justificamos mejor nuestras propias posturas y estructuras de control. ¿Por qué, entonces, hemos convertido este gesto en un símbolo de poder y patriarcalismo? En la Misa de hoy se indica bien clarito que si se hace lavado de los pies, curiosamente no es obligatorio, no sé por qué me extraña, debe hacerse con doce varones, en recuerdo de los doce apóstoles. Un momento. Esto suena desafinado, ¿no habíamos quedado en que era un gesto de servicio que representa la liberación de los condicionantes sociales y religiosos «desde abajo»? Por cierto, en esta desviada interpretación del lavado de los pies se basa la idea de que hoy sea el «día de los sacerdotes», porque llaman a este gesto la «instauración del sacramento del orden sacerdotal». Pues lo siento, pero no lo veo por ningún lado, entre otras cosas porque no me imagino a Jesús limitando un símbolo tan rompedor  a lavar los pies de sus «elegidos», y negándolo a las mujeres, leprosos, pecadores y otros de parecido ropaje que le acompañaban, seguro que también en aquella cena, porque donde el símbolo se hace rotundo es cuando invierte los papeles, ese sí es el lenguaje nuevo de Jesús.

Amor sin límites, esa es la estrategia de Jesús para quienes llama a seguirle. Es su modo de decirnos decirnos que debemos poner cuidado en no relajar la búsqueda de la tierra prometida y del cambio de estructuras. Sin quedarnos en los gestos, por muy simbólicos que sean. Sin traicionar la ruptura profunda que buscan, poniendo puertas al campo. Sin programaciones ni proyectos, adentrándonos en los «getsemaní» que nos ayuden a comprender el sentido de no poner límites, por ningún lado, a nuestro amor. Si es así… feliz jueves santo.

¿Vocación o trabajo?

Coincide esta entrada con una huelga general en toda España, protesta ante una reforma laboral que se presenta como lucha contra el creciente paro y la crisis socio-económica que nos está ahogando poco a poco a todos, pero que es también protección para quienes contratan y sensación de desamparo para quienes siempre van a estar dependiendo de otros. Esta mañana, andando por mi barrio, me he ido fijando en los pequeños negocios que habían echado el cierre a causa de la huelga general, cuando después he comentado en la comida, con mis hermanos, que eran más de los que preveía, algunos me explicaban indignados que los dueños de pequeñas tiendas se ven obligados a cerrar para que no les destrocen sus negocios los piquetes sindicales, porque además «a ellos no les afecta la reforma, así que no necesitan hacer huelga». Bueno, no había contado todo lo que vi: la mayoría de los locales cerrados no lo han hecho por la huelga, menos aún por miedo a los piquetes, se vieron obligados a bajar por última vez el cierre hace meses, algunos incluso en esta misma semana, porque no han podido soportar más la presión económica.

Estos y tantos trabajadores, y cada vez más parados, se han convertido en protagonistas de una huelga que comenzó hace ya unos cuantos años, se ven obligados a ceder cada vez más derechos en patronos, políticos, sindicatos… para mantener una esperanza que sólo ven unos pocos desde detrás de la mesa de su despacho.

En las dos últimas semanas me han llegado dos noticias escandalosas, que hoy me rondan sin tregua. La primera es de Arcadi Oliveres, que cifra en 4.600.000.000.000 de dólares USA lo que hasta ahora han dado los gobiernos europeos a la banca, una de las responsables de esta crisis, cómplice de la situación de hundimiento de tantas familias españolas, una cantidad suficiente para acabar con el hambre en el mundo, y para mejorar las condiciones de vida de los que van cediendo derecho tras derecho, hayan parado hoy o no. Como creyente me siento indignado por esta injusticia, y por el silencio de mi Iglesia, que sigue mezclando a Dios y al César en todos sus potajes, sólo preocupada en que lo sean de vigilia y así salvemos esta cuaresma, tan empañada por esas comisiones de la HOAC que tan mal han dejado a sus diócesis.

La otra noticia es el tan traído vídeo de la Conferencia Episcopal para atraer vocaciones a sacerdotes entre los jóvenes. Alguna mente lúcida, que alguna hay en Añastro, pensó que contando tal número de jóvenes parados y sin expectativas de empleo, lo mejor era presentar el sacerdocio como empleo fijo. No niego que el video tiene más calidad gráfica que otras campañas episcopales a olvidar muy en el fondo de un baúl bien grande. Pero ese no puede ser el mensaje. En primer lugar, porque es una falta de respeto para quienes viven el drama del paro, un juego ausente de sentimientos. En segundo lugar, porque me parece una torpeza andar confundiendo vocación y trabajo a estas alturas. El sacerdocio no es un trabajo, y llamarlo así es como reírse de quienes ahora lo buscan, lo pierden o se desvelan por conservarlo, es un servicio que nace de sentirse llamado, sin horarios, sin «sueldos justos», sin pagas de antigüedad, sin jubilación… por eso le llamamos vocación, por eso se le supone el sentimiento de justicia y de misericordia, por eso no necesita de ningún uniforme para transparentar lo que vive. Convertir el sacerdocio en un trabajo no nos acerca al mundo obrero, entre otras cosas porque contamos con una «casta» sacerdotal, especialmente la que sale en los últimos años de los seminarios, que se parece más al patrón que al obrero. Y así nos va.

Primavera

Nos pasa como al tiempo, hemos vivido un invierno primaveral y nos sorprende ahora un comienzo de la primavera «invernal». Y así andamos también nosotros, de vez en cuando, descolocados, despistados y despistando, cuando sacamos la flor y el paraguas a destiempo. No es fácil acertar cuando los signos externos son tan cambiantes, hace incluso complicado leer esos signos e integrarlos en nuestra cultura común para interpretar la vida. Hace cincuenta años un anciano Papa, etiquetado como «de transición», «bonachón», «poco inteligente», entornó los ojos de su fe y de su corazón y descubrió signos de primavera en una Iglesia dibujada de gris invierno. Hace cincuenta años comenzaba el último concilio de la Iglesia, conocido como Vaticano Segundo, que puso a todos al mismo nivel de escucha de la Palabra, de vocación, de misión, de vida.

Leer los signos de los tiempos, el reto más importante de aquel concilio, obliga a sentir los tiempos, a vivir intensamente el presente que nos pertenece y disfrutar de cada uno de sus signos de futuro. Nada de resignación, es vivir el tiempo como un signo, como una señal ante nuestros ojos. Es así como nos obliga también a abrir los ojos, a dejarnos empapar y llenar por toda la vida que nos rodea, a descubrir retazos primaverales en esos inviernos que nos rodean, y saber también aceptar el invierno como espacio de encuentro e interiorización. Los signos de los tiempos nos recuerdan que es posible, imprescindible, tener fe y al mismo tiempo sentir y emocionarse con la vida que crece alrededor. Al fin y al cabo, eso es la vocación, una llamada permanente a vivir el tiempo, a abrir ventanas a la primavera.

¿Será por eso que en estos otros tiempos resulta tan extraña la obsesión de algunos por ocultar sus signos? La creciente tendencia a la hibernación y lo gris en nuestra Iglesia, y la condena permanente a quienes cogen su paleta de colores y abren ventanas a la primavera, me hablan de que hemos complicado sus palabras y llamadas con nuestros miedos invernales, y cuando llega esta primavera alocada y vital nuestras alergias nos impiden vivirla con la intensidad con que ha sido creada… para nosotros.