¿Qué nos pasa?

Hemos convertido la pandemia en chivo expiatorio de todo lo que pretendemos comprender y asimilar. Atrás quedó el convencimiento inconsciente de que todo esto nos haría más fuertes, de que aprenderíamos del confinamiento a centrar nuestra vida en lo verdaderamente importante, de que inaugurábamos un nuevo tiempo social alejado del hiperindividualismo con el que comenzamos el siglo. Aún nos cuesta desprendernos de estas ideas, nos mantenemos, aferrados como a clavo ardiendo, en la tragicomedia en que se nos ha convertido la propia vida compartida.

A estas alturas ya no son tan importantes los obstáculos a salvar cuanto los principios de integridad personal a conservar. Y, sin embargo, esos obstáculos siguen presentes, son los mismos que nos han dado forma. Focalizamos insistentemente la voluntad de cambio en lo intangible que forma parte de la vida, reunimos fuerzas, sacadas habitualmente de la propia debilidad, para combatir la desidia, para vencer los miedos, para llenarnos de sentido. Incorporamos palabras salvíficas: libertad, conciencia, fortaleza, unidad,… para hacer presentes ideas y espacios de futuro. Pero no hacemos más que confundir los conceptos con el terreno que pisamos. Hemos olvidado que solo hay trascendencia cuando hemos sido capaces de encontrar una existencia que trascender, solo hay principios cuando hemos detectado las montañas y los valles en nuestro andar, solo hay sentido cuando hemos aprendido a amar las caídas tanto como las levantadas. No es necesario vivir una pandemia para que esto ocurra, aunque caigamos en la trampa de pensar que necesitamos la pandemia para hacerlo argumento de justificación personal, política y social.

La ignorancia premeditada viene a rescatarnos del cansancio de afrontar retos. El arte de liarse mantas en la cabeza tiene más seguidores que el de adquirir destrezas para interpretar la realidad. Y a pesar de que lo sabemos, regresamos diariamente a aquel juego infantil en el que cuando algo quedaba oculto dejaba de existir. Nos escondemos de la vida y nos creemos a salvo de sus consecuencias, no sabemos lo que nos pasa y la mayor parte de las veces ni siquiera queremos saberlo. En ese no saber nos abrazamos a las sombras que proyectan la realidad, las acciones, las opciones personales, para alejarnos del miedo por acabar comprendiendo el sentido de lo que vivimos. Preferimos las tinieblas a la luz, dice san Juan, tememos a la luz, concluye Platón.

Vivir a la intemperie desabastece de excusas y de mantas, por eso preferimos la burbuja de sentido autorreferencial y renegamos de nuestra condición filial en todas las zonas de conciencia personal. En consecuencia, bajamos nuestras defensas porque nos sentimos protegidos por los grandes principios y los dogmas, y aceptamos con candidez su presencia a cambio de no indagar los por qué, no ladrar, no saber. En la medida en que nos ampara la ignorancia acabamos siendo sus esclavos sumisos, y a partir de ese punto sin retorno nos entregamos a considerar cualquier excusa, cualquier chivo expiatorio, como interpretación aceptable de cuanto no entendemos, confiados en que otros entenderán por nosotros.

La realidad, sin embargo, nos devuelve al reino de las certezas, no de las verdades últimas y definitivas, sino de la esperanza indomable que encuentra horizontes de sentido en los gestos sencillos y en las piedras de tropiezo, la que no escamotea preguntas, la que contempla con espíritu crítico cada rincón de la existencia y se entrega a la luz del conocimiento, aun sabiendo que no abarcará todo, que no lo sabrá todo, pero podrá dar una explicación coherente de lo que ocurre sin la prosaica obligación de recurrir a paradojas o medias verdades.

En lugar de mejorar nuestra especie este virus va desvelando nuestras miserias: gente inconsciente que se salta normas y recomendaciones porque, ¡total… qué pasa?, políticos que nos mienten aborregando el mínimo sentido crítico que nos quedaba, luchadores cansados de que sus puños se estrellen contra los muros de la indiferencia colectiva, negacionistas que vociferan conspiraciones y callan tragedias, gente de fe preocupada por los aforos y los cepillos vacíos de los templos que han olvidado acompañar la vida y trascenderla. Ignorantes todos, que escogen el camino del no saber. Tenía razón Ortega y Gasset, siempre Ortega: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa».

Lo que de verdad importa

Una de las viñetas que el inolvidable Quino nos ha legado acaba con una metafísica sentencia de Mafalda: «Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante». En las primeras semanas del confinamiento nos cargamos de argumentos, en su mayoría conformistas, sobre la bondad que aquel parón obligado traía para nuestras apretadas agendas, nuestros personales vuelva usted mañana, nuestra vida de prisas y de pasivas repeticiones. Suele pasar que las ausencias resaltan lo que de verdad importa, pero también desvelan todas las faltas de amor que fuimos postergando en espera del mejor momento.

Sobrevivimos en una permanente urgencia vital. Es cierto que la realidad del confinamiento nos devolvió a un espacio de sentido que nos permitió comprender los acontecimientos desde una perspectiva más amplia, valorando lo importante, reordenando el tiempo, resituando las opciones por encima de las obligaciones. Pero es más cierto aún que nuestra querencia es a las seguridades, en ellas nos sentimos bajo el amparo de una visión del mundo, de la realidad, que nos es conocida y por lo tanto la consideramos integrada y nuestra. Una vez aceptada esa nueva dimensión de nuestros tiempos y espacios la hemos hecho rutina y urgencia a la que poder volver, aunque no esencia y conocimiento.

Cuando aprendí a conducir me sorprendía a mí mismo poniendo todos los sentidos en cada gesto, atento no solo a los cambios de marcha, también a cuanto pasaba a mi alrededor, extensión de un entorno que no se limitaba a mi función de conductor sino que convertía en espacio de sentido incluso lo que aparentemente no formaba parte de mi actividad. Recuerdo a mi peculiar profesor de autoescuela preguntándome por el color del carrito de bebé que había cruzado el anterior paso de peatones, o por el número de niños que jugaban a la pelota en una plaza ya dejada atrás. Cada vez que fallaba a sus preguntas me hacía parar el coche y mirarle, para recordarme que al conducir lo importante no es lo que estoy haciendo con el volante sino lo que pasa a mi alrededor. Con esas lecciones viví mis primeros meses de conductor novel, pero incluso las mejores enseñanzas acaban encendiendo el piloto automático, tal vez porque nuestra vida no tolera una permanente atención a lo importante.

El aprendizaje que presta atención a los gestos más insignificantes, el que celebra apasionadamente los descubrimientos, va dejando paso según avanza la vida al conocimiento. El modo en que comprendemos la realidad supone una suma de conocimientos mediante la cual aplicamos arquetipos de aprendizaje que distorsionan la misma realidad, la hacen más amable a nuestros sentidos, más sencilla de interpretar, más accesible a nuestras necesidades. Es entonces cuando la solución de lo urgente acapara a lo importante.

Llamamos importante a lo que es relevante, a lo que merece nuestra atención de un modo preferencial, a lo que deja huella y produce cambio. Pero a veces, el valor que tiene lo importante es su peor enemigo, no lo queremos quemar antes de tiempo, lo reservamos para momentos especiales. Es entonces cuando el obsesivo presentismo vital nos condiciona de tal modo que dedicamos más tiempo a afrontar lo urgente que lo importante, y además somos capaces de encontrar decenas de justificaciones para ello. Solo tenemos que hacer un sencillo análisis de nuestras reuniones, de todo tipo, de nuestras programaciones, incluso de nuestras agendas. En todas ellas parecemos más apagafuegos que protagonistas del momento vivido. Dejamos lo importante para un futuro que nunca llega y lo urgente nos devora.

Esto no es un alegato contra la necesaria virtud de vivir el momento presente, más bien quiere ser una llamada de atención ante todas las oportunidades relegadas para afrontar los cambios vitales, las que nos permitirían tocar la esencia de nuestras decisiones, el núcleo de la realidad, el sentido de nuestra existencia. Podemos comenzar por emplear más tiempo a pensar que a resolver. Pero un pueblo que piensa es un pueblo que controla sus miedos y mira de frente a lo importante. No es extraño, por tanto, encontrarnos con leyes educativas, como la actualmente en trámite parlamentario, LOMLOE, que defienden el pensamiento crítico al mismo tiempo que expulsan la filosofía del currículo, menospreciando el resto de humanidades, entre ellas la enseñanza de la religión, para promover, cual anfetaminas de conocimiento, las llamadas asignaturas instrumentales o las de valores sincretistas y superficiales, cantos de sirena para enseñar a afrontar la urgencia vital y desviarnos irremediablemente de lo que de verdad importa.

Salvar lo que se ama

Pocos problemas han generado en la historia una respuesta tan global como esta lucha contra el coronavirus. Ciertamente hay muchas incógnitas por resolver, incluidas las sospechas sobre la capacidad que tendremos para promover soluciones y actuaciones que no generen nuevas desigualdades. Con la experiencia actual soy poco optimista en este aspecto. Porque más allá de compartir datos, que en muchos casos sabemos cocinados, no estamos actuando con la solidaridad y la unidad que debería esperarse de una humanidad capaz de afrontar peores guerras. Cuando finalmente habíamos detectado los peligros del individualismo, a todos los niveles, ha llegado esta pandemia a obligarnos a guardar distancias, proteger nuestros encuentros, mirar por uno mismo y confinarnos.

En la película Los últimos Jedi Rose Tico le dice a un atribulado Finn, «Así es como ganaremos, no luchando contra lo que odias sino salvando lo que amas». Tal vez no sea una cita muy erudita, pero es buena e intensa, abre un espacio de posibilidades. La lucha personal, sanitaria y política contra el coronavirus nos ha envuelto en una nube de odio, a todos los niveles. Odiamos las palabras con que intentamos definir la nueva situación, odiamos a quienes gestionan las decisiones, y las decisiones mismas, odiamos también los cambios a los que nos vemos obligados, y odiamos a quienes no cumplen con las normas, a quienes pasean su inconsciencia colectiva, a veces incluso a quienes enferman. Compartir semanas confinados con quienes creíamos amar sin fisuras también nos ha descubierto las fragilidades y debilidades de la convivencia, y hemos acabado odiando a quienes ni lo merecen ni se lo ganaron.

Las guerras tienen comienzos difusos y finales inciertos. Ni siquiera el paso del tiempo acaba de aclararnos por qué empezó un conflicto, pero tampoco el paso del tiempo soluciona los odios ni cierra las heridas, a pesar de esas máximas buenistas que nos invitan a confiar en la justicia del tiempo. Una vez comenzamos a odiar no es difícil olvidar las construcciones de paz que tanto costó levantar, participamos en esa ceguera colectiva que se niega a ver lo positivo y a reconocer espacios de encuentro.

Odiar no es un acto gratuito, deja marcas que nada borrará, emplea ardides que cambiarán para siempre nuestros deseos de bondad, incapacita para la vida, nos destierra de la trascendencia. Cuando odiamos el presente que vivimos, abrimos una brecha con el pasado que nos constituye y con la potencialidad del futuro. No podemos ganar esta guerra desde el odio por lo que estamos perdiendo, no podemos superarla eliminando lo que nos ataca, lo que cambia nuestra realidad. ¡Ay!, esa realidad que odiamos en la misma medida en que echamos de menos lo que antes nos ataba a ella.

Para vencer necesitamos salvar lo que amamos. El primer paso es sencillo, identificar lo amado, porque solo el amor alumbra lo que perdura, y en lo amado encontramos universos de sentido que hacen buenas las palabras y los gestos con que edificamos cada espacio vital. El segundo paso es más complejo, amar lo que no entendemos, lo que no aceptamos, lo que nos descoloca. Para construir esta dislocada existencia es preciso integrar los fracasos y unificar el deseo, identificar los porqués y hacerlos proyecto de vida.

Hay que salvar lo que se ama para que podamos salvar nuestra capacidad de amar, para evitar que los odios se conviertan en intolerantes guardianes de nuestras futuras decisiones. Salvar lo que se ama es reconocer lo que nos ayuda a integrar y a crecer, resguardar lo que nos abre al sentido trascendente de la vida, acoger y besar cada pedazo roto de nuestra existencia porque merece la pena hacerlo propio y ponerle nombre. Es una salvación que llega a cada modo en que vivimos, que rescata todos los cómo, sin moralinas, con entereza, porque «quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo» (Nietzsche citado por Viktor Frankl, esta sí es una cita más erudita).