820 y… ¿sumando?

APROBACIÓN_DE_LA_REGLAPor esos entresijos que tiene la historia, y la vida, celebramos el mismo día la solemnidad de San Juan de Mata y la aprobación de la Orden por él fundada. Hoy es el 820º aniversario de la aprobación de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos por Inocencio III, que no se nos pase.

Damos el resto en festejar a un fundador que nunca quiso actuar como tal, de él no tenemos escritos, sentencias, retratos, y no por falta de relevancia en su momento, la relación que tenía con uno de los Papas más importantes de la historia nos dice que no pasaba desapercibido, pero Juan de Mata se quedó a un lado, y así ha perdurado, al margen de la historia.

Porque nuestro reto no es ser como Juan de Mata sino sumarnos a su visión y a su misión. Son demasiados años, es evidente que las cosas no son como hace ocho siglos, y en estos últimos años vivimos agobiados por la falta de vocaciones y por la incertidumbre en la misión. Está claro que así sumamos pocos años a esos 820 que hoy contamos. La trampa consiste en escondernos tras las celebraciones (con tantos años detrás, no faltan efemérides que festejar) y poner pedestales a las figuras importantes (aunque esas figuras nunca quisieran tener un pedestal). Y caemos en la trampa, olvidamos el reto y nos acomodamos en los espacios que nos dan calor y seguridad.

Para sumar, hoy se nos pide una misión compartida, pero también una visión compartida. Ya no vivimos en el siglo XII, menos aún en los clericalistas y antimodernistas siglos XVIII o XIX. La realidad nos pide ser creativos y abiertos, poner en valor ese ser familia que tanto proyectamos, y sumar, no años sino visiones, personas, sueños… Y frente a todos los que se agarran al clavo ardiendo de la tradición, medir nuestros éxitos por aquellos que se suman a este proyecto de liberación, abrir nuestros espacios de reflexión y programación a quienes comparten vocación redentora, caminar sin complejos siguiendo huellas de otros que están viendo más claro el camino, aunque no se hayan consagrado tanto como nosotros.

Fidelidad es abrir espacios para la vida, para sumar, para seguir siendo proyecto de Dios. Inocencio III aprobó, tal día como hoy, el proyecto de Juan de Mata, porque lo consideró rompedor con las formas de caridad de la época, asimétrico con una Iglesia embarcada en cruzadas sangrientas, tangente a una espiritualidad desencarnada. Si hoy nos presentáramos al papa Francisco con lo que hacemos y tenemos, ¿podríamos esperar que se nos considerara igual que el proyecto de Juan de Mata?, ¿podríamos esperar su aprobación?

#serelcambio

felicitacion 2017.jpg

“Lleva en su corazón la ley de Dios, y sus pasos no vacilan” Salmo 37,31

Y no me canso, porque soy capaz de dejar que se me marquen esperanzas que sobrepasan mis expectativas, y me atrevo a mirar con ojos entrecerrados y mirada relativa las leyes que alguien puso y ya pocos entienden, y hago propio el amor con que soy amado, y camino sin vacilar con pasos que me adentran en una fe transformadora.

No me canso, y no canso, estoy aprendiendo a ser como la levadura, o la sal, o la luz, siempre presentes en su sinceridad que marca la diferencia, voz que interrumpe afonías y grita al miedo. Puliendo mis manos para no medir todo cuanto tocan, sino para aferrarme a los salientes y subir una montaña más, llegar arriba y ser con los demás.

Ya no muevo ficha para situarme mejor, la estrategia ha dado un vuelco y me ha descolocado, una vez más. Estoy dejando que la ternura tatúe en mí palabras y dragones vulnerables, para que abrasen todas las sillas que me invitan a sentarme, para que me hagan secuela de todo lo que Dios empezó en mí. Cierro el paraguas, aventuro la vida, escucho mis silencios y te encuentro a ti…

Ya no muevo ficha, estoy aprendiendo a ser parte de toda esta encarnación, a descubrir el misterio que se esconde en mis opciones, a dejar de buscar regalos que te gusten, para ser yo el regalo, sin obstaculizarme a mí mismo, nadando sin guardar la ropa, una vez más, cada vez más, a la intemperie de todos mis errores pero sin miedo a todas sus transformaciones. Estoy aprendiendo a ser el cambio.

Navidad 2017.

¿Qué santos?

Captura de pantalla 2017-11-01 a las 11.21.20

En días como este, y con ideas como la de esta imagen, siento como si nos invadiera un deseo de venganza, una lucha intestina contra gigantes, a los que no podemos derrotar, no porque sean invencibles sino porque no son reales, y en medio de esa guerra dejamos pasar oportunidades para pronunciar palabras que se entiendan y compartir mensajes que cambien el mundo de hoy

No, a mí tampoco me gusta esto de importar fiestas, de celebrar por todo lo alto tradiciones que solo son nuestras porque las llevamos viendo toda la vida en una pantalla, cuando ni siquiera nos preocupamos por salvar muchas otras que siempre han formado parte de lo que somos, o de lo que fuimos.

Pero me gusta menos aún esta guerra a la que esa parte más carca de nuestra Iglesia nos empuja: ya que no podemos con ellos, contraprogramemos. Y el resultado da pena, ver a esos niños disfrazados de santos puede parecer enternecedor, son simpáticos, pero no creo que consiga algo más que nuevas ideas para el disfraz de Hallowen del próximo año, porque la mayoría dan más miedo que muchos de los dráculas y brujas que en estos días han aparecido por nuestras calles y colegios.

Es necesario reivindicar a los santos, pero esta fiesta no es para vestirnos como ellos, menos aún para inventar una guerra entre los huesos de santo y las hamburguesas, es para darnos cuenta de que eso de la santidad lo llevamos en la sangre, forma parte de lo que somos, de nuestras emociones, de nuestros sueños, incluso de nuestros fracasos. Por eso leemos el evangelio de las bienaventuranzas, necesitamos santos que disfruten de la vida, que se emocionen con una canción y que una puesta de sol les erice los pelillos del brazo, que les guste el cine y estén dispuestos a perder la tarde echando un partido con los amigos, que les guste bailar y reirse con ganas de un chiste malo. Porque los santos no se visten de fantoche, no mean agua bendita, no son un talismán contra la modernidad, esa que tanto miedo ha dado siempre a curas y obispos; ni sus ropas, ni sus símbolos son evangelio, y pretender una Iglesia que solo sea signo cuando se reviste con ropajes viejos es alejarla del auténtico evangelio, la buena noticia, que cada santo ha sido como gente de su tiempo.

Nos toca ser a nosotros santos en nuestro tiempo, con nuestras ropas y nuestras costumbres, con nuestro mundo tal y como es. Reivindicando una santidad que late y existe en jóvenes con piercings y tatuajes, en gente que sale de sus armarios y se enfrenta a la vida tal y como Dios los ama, en familias que rehacen hogares cuando todo se sentía perdido, en los que cada mañana desayunan y se comen el mundo porque creen en Dios que sale al encuentro y les regala oportunidades. Estoy convencido de que los niños son quienes mejor lo entienden, ¿qué santos queremos que sean?