Persistir sin refugios

La incertidumbre nos abruma. Nos golpea sin previo aviso, destiñe seguridades y nos deja expuestos a lo que no podemos controlar. Vivimos rodeados de situaciones desestabilizantes que nos empujan a buscar constantes de sentido, pequeñas lámparas que iluminen el miedo y la desesperanza. Hay días y circunstancias que se vuelven verdaderas intemperies de sinsentido: nos asalta el dolor, nos descubrimos invisibles, solos, apenas capaces de interpretar lo que sucede dentro y fuera de nosotros. Cada contratiempo, sumado a la incomprensibilidad de la vida y la complejidad de las relaciones humanas, abre grietas por las que se cuela una incertidumbre que termina instalándose como huésped permanente.

En este paisaje, la soledad no es solo ausencia de otros; es también el espacio en el que se ponen a prueba todos nuestros intentos de sentido. Incluso los paradigmas hermenéuticos que durante años nos prometieron respuestas acaban mostrándose insuficientes frente a nuestras ansias de comprender. Nada parece encajar del todo. Nuestra condición humana se rebela ante el mal, le exige explicaciones, busca un sentido y una tregua. Y, sin embargo, sabemos —a veces con un cansancio que roza la rendición— que acabar con él es difícil, que el desánimo encuentra fisuras por las que infiltrarse, que la esperanza es frágil cuando las adversidades encadenan victorias.

Es ahí, precisamente, donde lo verdaderamente humano deja de definirse por una esencia estable o por nuestra racionalidad orgullosa. Lo humano empieza a revelarse en su verdad cuando se reconoce en las relaciones que es capaz de establecer con todo aquello que no domina, que no controla, que incluso desearía excluir de su autodefinición. Especialmente con «lo otro»: lo vulnerable, lo herido, lo descartado, lo que incomoda. Cuanto más tardemos en comprender esto, más lejos estaremos de aquello que realmente buscamos. La intemperie es un espejo.

Edmund Burke dijo: «Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada». Tal vez ahí se vuelve evidente nuestra condición humana: en esa tendencia cómoda a desentendernos, a delegar la responsabilidad moral, a confundir la confianza con una pasividad que no nos implica ni nos compromete. Se nos da bien «no hacer nada». Mirar hacia otro lado, esperar que el tiempo coloque las cosas en su sitio, o pedir —casi infantilmente— que sea otro quien nos libre del mal. Es un autoengaño simple, pero eficaz: mientras lo sostenemos, creemos que hemos salvado nuestra conciencia.

En una película de Woody Allen, un personaje a la espera del resultado de unos análisis clínicos afirma que «la expresión más bella de la lengua no es ‘te amo’, sino ‘es benigno’». Cuando la espera tiene que ver con las personas —con nosotros mismos, con aquellos que amamos, con el mundo que habitamos—, la benignidad se convierte en un don casi sagrado. Un alivio que no solo tranquiliza, sino que reordena la vida, nos muestra la fragilidad del mundo y la belleza de nuestra debilidad.

Por eso la perseverancia no es un gesto menor, ni una virtud decorativa para tiempos tranquilos. Es la constante que sostiene el sentido cuando todo lo demás se tambalea. Y no debe confundirse con el optimismo ingenuo ni con la ilusión de que todo acabará bien por una suerte de justicia automática, como en la fábula de Iriarte, en la que un burro, tras hacer sonar una flauta de casualidad, proclama ufano: «¡Qué bien sé tocar!». Eso no es la perseverancia que necesitamos. Perseverar es resistir sin refugios, permanecer cuando todo invita a huir, sostener la esperanza incluso cuando parece derrotada.

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19), dice Jesús. Quizá ahí resida la clave de nuestra capacidad para habitar la intemperie: no en la certeza, sino en la constancia; no en la comodidad, sino en la exposición; no en la dicotomía fácil entre lo bueno y lo malo, sino en la decisión de estar, de permanecer, de no rendirse. Persistir sin refugios es nuestro modo creyente de habitar el mundo, con la radical honestidad de quien sabe que la esperanza se construye desde dentro de la tormenta, no desde la seguridad de un techo prestado.

La intemperie es maestra

Se nos invita constantemente a salir de nuestra zona de confort. Desde hace años, este consejo se repite como mantra: abandonar lo conocido para afrontar nuevos retos, como si la comodidad fuera sinónimo de estancamiento. La llamada “zona de confort” se presenta como una opción conservadora, limitada, que frena la creatividad. Sin embargo, no siempre fue así. Durante mucho tiempo se nos animó a buscar nuestra propia zona de confort, reconocerla y aprender a amarla. Porque ese espacio seguro se consideraba fértil para la creatividad: si te sientes acogido y reconocido, si te rodeas de afectos y certezas, si aprendes a habitar este suelo que pisas, entonces podrás crecer y acompañar a otros sin miedo a la intemperie.

La zona de confort, bien entendida, es un tiempo y un espacio de oportunidades. No es mero interiorismo, sino posibilidad de intimidad. Claro que tiene límites, pero no son muros paralizantes, sino recordatorios de que no lo sabemos todo, ni necesitamos saberlo todo para encontrar sentido. Habitarla es aprender a entrar en nosotros mismos, en lugar de vivir en una permanente vigilia de salida, muchas veces disfrazada de huida.

El problema no es tener una zona de confort, sino convertirla en búnker: un refugio que nos protege y nos aísla, donde los aprendizajes se vuelven trincheras y lo nuevo, enemigo. Esto ocurre cuando tememos la incertidumbre, cuando contemplamos la intemperie como abismo y todo lo que es “otro” como herida y amenaza.

Ahí está la señal: cuando la comodidad se vuelve prisión, es tiempo de dar un paso hacia la zona de incertidumbre. Ese territorio abierto, imprevisible, es donde ocurre el aprendizaje genuino. Aprender implica riesgo, porque implica cambio. Como escribió Søren Kierkegaard: “La ansiedad es el vértigo de la libertad”. La incertidumbre nos incomoda porque nos recuerda que somos libres, que podemos elegir, que no todo está escrito.

Esa incomodidad no es un accidente del vivir, sino su condición misma. Zygmunt Bauman lo expresó de un modo desarmante: “La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana”. No hay vida sin exposición, sin el roce del viento sobre nuestras certezas. Pretender eliminar la incertidumbre es pretender abolir la libertad: cada intento de blindarnos contra lo imprevisible nos convierte en prisioneros de nuestra propia seguridad. Por eso la intemperie no debe ser temida, sino comprendida: es el espacio donde la vida respira.

Salir de nuestra zona de confort no significa despreciarla, sino reconocer que la vida es movimiento: cada intemperie terminará siendo hogar, cada incertidumbre se convertirá en nueva comodidad. Así funciona nuestra condición humana: buscamos seguridad, pero solo la encontraremos después de atravesar el riesgo.

La creatividad necesita ambos espacios: la intimidad que cura y la intemperie que desafía. Porque solo quien se atreve a soltar los flotadores que una vez sustituyeron a los abrazos; solo quien desafía la vida mirando todo con ojos nuevos —esta piel que nos cubre, estas manos capaces de acariciar y escribir, esta capacidad redentora para amar y perdonar—; solo quien levanta hogares sin olvidar abrir ventanas al mañana; descubre que la incertidumbre no es enemiga, sino maestra.

Artesanos de lo cotidiano

Seguimos a vueltas con la santidad, y volvemos a descubrir que nos entrena en la primacía del ser sobre el tener. No se nos pide “tener santidad”, como quien colecciona trofeos o milagros, sino “ser santos”, como quien aprende una manera distinta de estar en el mundo. Edith Stein dijo: “Quien busca la verdad busca a Dios, sea consciente o no.”

Ese “ser santos” no es un estado, sino un camino: una labor de toda la vida, una artesanía lenta que nos modela en cada circunstancia, no solo en las aparentemente luminosas y felices. La santidad es fidelidad a lo que estamos llamados a ser, incluso cuando el “tener” se presenta más fácil y visible. Es decir “no” a ciertos éxitos para poder decir “sí” a la verdad de uno mismo. Es resistir la tentación de acumular virtudes como medallas y optar, en cambio, por acoger: acoger límites, procesos, la voz de los otros, la presencia de Dios que llega sin estridencia.

Para que nuestra vocación a la santidad no se convierta en caricatura, necesitamos que el mundo entre en nosotros. Con su belleza indócil y sus injusticias que desvelan. Que entre para aprender sus lenguajes, para pronunciar mejor el Evangelio. Que entre para que la compasión deje de ser concepto y se vuelva tierra que pisar. No se trata de transformar la fe en estrategia de impacto social, sino de dejar que la fe nos vuelva más humanos allí donde lo humano parece encogerse. La santidad no es una política del cuidado, sino una preferencia radical por la persona sobre el problema, por el vínculo sobre el algoritmo.

La santidad, así entendida, no es ingenua. Sabe de sombras y de miedos. Aprende a confiar incluso cuando el horizonte se oscurece. El misterio no intimida; invita. Nos libera de la pretensión de controlarlo todo. Nos enseña a decir “no sé” sin rendirnos y “aquí estoy” sin garantías. Tal vez la primera oración del santo sea, simplemente, un balbuceo.

Por eso mismo, la santidad no es incorpórea. Se hace carne y misterio en el cuerpo que vela, trabaja, descansa, acaricia, protesta, perdona. Tiene horario y domicilio: pasa por la nómina y por la factura de la luz, por el llanto en la cocina y por la risa en el patio. Si no se puede colar en el transporte público, no sirve. Si no sabe a pan, a sudor y a abrazo, no es de Dios. Si no camina la calle, se marchita en los templos.

La santidad se juega, sobre todo, en lo ordinario. San Juan Crisóstomo decía: “No digas: No puedo ser santo porque vivo en el mundo. Precisamente en el mundo es donde debes ser santo”. Y san Basilio añadía: “La santidad no consiste en huir del mundo, sino en transformar el corazón en medio de él”. No se trata de escapar de la vida, sino de aprender a habitarla con transparencia y amor.

El Evangelio no vino a barnizar lo que había, vino a ensayar el Reino: enemigos que se vuelven prójimos, poderes que se vuelven servicio, pérdidas que se vuelven semilla.

La santidad no es la meta final, es la dirección. Es levantarse una y otra vez hacia el amor, transformando el corazón en medio del mundo. Es, como decía Bonhoeffer, gracia costosa: la que te pide la vida porque te la está devolviendo.