¿Y tú qué esperas?

Como cada año, pillándome siempre de refilón, como quien llega a la hora que uno no espera, he comenzado el adviento. ¿Habrá otro tiempo del que espere tanto como del adviento? En sentido no cristiano lo comparo a cada comienzo de año, o de curso, el tiempo de los buenos propósitos y los proyectos siempre por empezar, que suele tener más de creatividad que de realidad. Algo así suele ser el adviento para los cristianos. De niño me decían que tenía que tener preparado el corazón para que el Niño Jesús naciera en mí, lo mismo que nació en Belén hace dos mil años. Después, cuando la inocencia de la infancia había dejado paso al pasotismo de la adolescencia, mantenían el mismo discurso pero esta vez haciéndome ver que Jesús quería nacer en mí, que no era nada, lo mismo que quiso nacer en aquel pesebre pobre de las afueras de Belén. El ciclo lo cerré yo mismo, recién ordenado de cura, repitiendo los mismos tópicos con los niños y adolescentes de la parroquia.

Convertir el adviento en ese caramelo empalagante del Niño Jesús y del corazón es quitarle toda su fuerza como motor para el cambio, y reducirla a una simple idea. El adviento es el tiempo de la vocación, es la perla preciosa que buscamos desde que comenzamos estas reflexiones, y que nos inquieta y descoloca. Sí, ciertamente, adviento significa «espera». Pero, su condición de perla me invita a mirar más allá de las palabras, y de los hechos históricos. Esperar que nazca Jesús de nuevo es un absurdo, que raya la cursilería cuando le añado el corazón y los pastores. Dios no me llama a repetir la historia, ni a imitar a Jesús, me llama a seguirle y dejarme descolocar por su llegada, donde quiere y como quiera, está claro que no va a ser con animales ni pastores, y menos aún embarazado de nueve meses. Es esa falta de realidad, de la que tienen mucha culpa los belenes que montamos recreando lo que suponemos que pasó al final de aquel primer adviento, la que me ata a mi poca capacidad de cambio y de contacto con mis emociones, para refugiarme en el sentimentalismo tipo turista que repito cada año, cada adviento, en cada expectativa de mi vida.

Entonces, ¿qué espero? En primer lugar, espero. Que no es poco. Porque saber esperar es un arte que aún no domino. Necesito convertir la espera en principio activo y no paralizante, como oportunidad para engrasar mis capacidades y sensores ante el Dios de la vida que se me presenta cada día. Espero sin perder la esperanza, esa virtud que me recuerda mi lugar en el mundo y me mueve al cambio, porque de otro modo es fácil desesperar, es decir, caer en un bucle de conformismo y desengaño, que me devuelve a las imágenes idílicas del adviento y el belén, alejándome de Dios y de mí mismo.

En segundo lugar, espero la novedad de Dios. Y aquí tocamos fondo. El adviento me invita a mirar de frente y a esperar lo nuevo. Pero esa novedad descuadra radicalmente mis esquemas, así que me refugio en cositas pías, hago pesebres calientes en mi corazón para que nazca en él un Niño Jesús que no me cuestiona, más bien al contrario, me hace babear dejando a un lado mi conciencia. Unirse al adviento supone salir del lugar en que me he colocado para mirar el mundo, y para mirar a Dios, ese en el que me siento tan a gusto, porque me ha costado mucho levantar, y también porque me asegura un status quo que desde el nuevo lugar me faltará. Supone creer en el Reino de Dios presente, es decir, para ahora y para esta realidad, la misma que me hace tirar la toalla tantas veces y desconfiar ante las posibilidades de cambio de los que me rodean, o de mí mismo. Adviento, ya lo he dicho antes, es mirar más allá de las palabras y los hechos. Y tú… ¿qué esperas?

Liberación interior

Estos últimos días antes de comenzar el Adviento nos traen unos evangelios con el «tétrico» subido. Personalmente me hace gracia ver las caritas de la gente que vine a Misa, escuchando con asombro en boca del pacífico Jesús amenazas y desastres que nos vendrán encima. Habrá muchos, por desgracia, que no tengan que hacer demasiados esfuerzos para imaginarse esos escenarios y catástrofes, porque ya se ha encargado la vida de traerles el encargo a domicilio. Pero es acabar el evangelio, decir aquello de Palabra del Señor y sentir un poco de vergüenza por los usos abusivos que tantos otros han hecho de estos evangelios, de estas buenas noticias, para mantener a la gente a raya y sus privilegios a buen recaudo. Lo de los profetas de desgracias no ha pasado a la historia, los seguimos escuchando, amenazando, gritando continuamente sus inseguridades y sus miedos, que sólo saben alimentarse del miedo de los más pequeños, como aquellos monstruos de la película de Disney que necesitaban el miedo de los niños para garantizar su nivel de vida.

Pero, ¿cómo podemos hablar de buena noticia cuando el mensaje es tan negativo? La clave vocacional nos la da el final del evangelio de hoy:

Cuando sintáis todo esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc 21,28)

En primer lugar conviene recordar que el Evangelio no es un libro de profecías al estilo de Nostradamus, ni Jesús es la versión aramea deRappel, con túnica pero sin gafas. El evangelio no adivina el futuro sino que lo anticipa en nuestras vidas, y es precisamente por eso por lo que se convierte en un texto vocacional extraordinario, en una perla de gran valor.

Las catástrofes, no sólo las del planeta sino también mis catástrofes interiores, que son reflejo de las que ocurren fuera, suceden sin dejarme mucho margen de maniobra. Quien primero sufre todo ese desequilibrio es mi libertad, me siento encadenado, abatido, prisionero de un destino, del que también me esfuerzo cada día por escapar. Y es aquí donde Jesús toca nuestra línea de flotación: no te esfuerces tanto por escapar de un destino que no puedes cambiar, porque no depende de ti. Formas parte, lo quieras o no, te guste más o menos, de todo este entramado de injusticia. Pero tal vez has encontrado una perla de gran valor que un día enterraste hondo. Olfatea los signos, confía en ti mismo, libérate de la angustia y el miedo. Sólo desde esa libertad interior podrás levantar tu cabeza ante la adversidad y caminar entre ella. Esta es la buena noticia, en medio de los signos de desgracia tú puedes elegir creer, y confiar. No desaparecerá el mal, eso es cierto, pero ahora ya tampoco te va a preocupar eso, realmente eres libre.

¿Quién es Dios para ti?

Ayer por la tarde, con un grupo de chicos y chicas al que acompaño, nos hicimos la pregunta, quién es Dios para ti. Típica, dirán algunos; tópica, dirán otros; drástica, es posible; complicada, eso sí. Lo cierto es que pasamos por la vida llenando nuestra papelera mental de mil preguntas que no nos han servido para casi nada, y ahí las dejamos, a veces a la espera de mejores momentos, y más lúcidos, otras veces porque sabemos que son importantes para encontrar eso que llaman el sentido de la vida, pero aún no le hemos cogido el ritmo, ahí se queda, durmiendo el sueño de los justos.

Las respuestas de mis chicos me han dejado descolocado, la verdad es que no dejan de sorprenderme nunca: “Dios para mí es una mirada”. “Dios para mí es lo que puedo ver y sentir cuando estoy con la gente en la que confío”. “Es más que un sentimiento, es saber que alguien vela por mí y me necesita”. “Dios es la nada, no puedo creer en ese Dios que algunos me presentan y que está vacío”… Catorce años, ay. Aquí hay poco sueño de los justos, hay mucha vida, poca sensiblería beata o categórica, no sé cuál es peor, hay mucha búsqueda, poca concesión a historias poco creíbles.

Estos chicos y chicas, que no son tan diferentes de otros muchos, necesitan que la imagen de Dios que se les presenta esté más cerca de la vida que de la promesa; no buscan respuestas más que hechos; se asocia más con la confianza que con la dogmática. Y en un momento, me he sentido muy lejos de ellos, y en consecuencia muy lejos también de Dios, porque en sus palabras y quejas he descubierto las mismas palabras y quejas que Jesús decía a la gente religiosa de su tiempo, miopes para la sencillez y la vida que brotaba efímera pero claramente en el Nazareno.

Dios para ti… Dios para mí es el reto diario (esto es lo complicado, ya podía ser semanal, o mensual…) de hacer de mi presencia, mi imagen, mis pasos, mi palabra, la presencia, la imagen, la palabra de Dios, de hacerme él, de convertirme en él. Cuando me cuestioné en serio la posibilidad de ser sacerdote tuve la suerte de ser acompañado por un jesuita ya mayor, no destacaba por nada en especial, es decir, no hacía ni había hecho grandes obras por la humanidad, a pocos había sacado de la pobreza y su nombre seguramente pocos recuerdan, pero estar cerca de él, saberle siempre dispuesto a perder el tiempo conmigo y mis neuras, me llevó a decirle tú eres Dios para mí, me resulta muy difícil creer en otro Dios. En eso estoy, en eso…