Juan Bautista de la Concepción (1561-1613)

Este amor que vos tenéis a la criatura es superior a todos los tesoros y riquezas que ella pudo tener y vos le pudisteis dar, porque sin este amor no hay cielo ni gloria, y con él no hay infierno. Según esto, ignorancia es querer gustos sin vuestra voluntad, y dejarlos por vuestro amor es toda la felicidad que se puede imaginar. Obra es ésta y empresa hazañosa de la fe, que da lo que tiene por lo que no tiene. Por tanto, Señor, os suplico humildemente que no miréis nuestra ignorancia, nuestra flaqueza y miseria, sino que, sólo mirando vuestra mayor gloria y nuestro mayor aprovechamiento, enderecéis nuestras obras y encaminéis nuestra voluntad y querer, para que siempre y sólo, quiera lo que a vos más os agrada.

San Juan Bautista de la Concepción
Diálogos entre Dios y un alma afligida

Hoy celebramos 399 años de la muerte de San Juan Bautista de la Concepción, que dio lo que tenía por lo que no tenía. Continuamente ponemos por delante sus esfuerzos por ser más auténtico, más fiel a los orígenes, más asceta, más reformador que nadie. Yo creo que hoy nos equivocamos, Juan Bautista de la Concepción, Juan García, fue un alma afligida, siempre buscando silenciar sus pasos, huyendo del camino por la autenticidad, porque aprendió que Dios no nos quiere auténticos sino sencillos, y sólo cuando lo asumimos empezamos a ser felices. Por cierto, felicidades.

El discurso de la luna

Tal vez el mejor resumen de lo que significó el Concilio Vaticano II se hizo… antes del Concilio, en el desgraciadamente poco conocido «discurso de la luna». Por suerte tenemos a Cortés que nos lo resume magníficamente en esta viñeta.

Los 50 años del Concilio es tiempo para que nuestra Iglesia recupere el gesto de la caricia y de la consolación como gesto de la compasión y la misericordia, y olvide tanto cabreo e insistencia en preocupaciones que no son las de la gente.

Discurso de la luna - Juan XXIII

Discurso de la luna - Juan XXIII

Conciencia

A veces, eso que llamamos conciencia se convierte en un quiero y no puedo. Eso no es lo peor, lo peor es que se nos hace inevitable. Cargamos las palabras con explicaciones planificadas y envueltas en moralina de tienda multiprecios. Es entonces cuando la conciencia ocupa el lugar del miedo a lo nuevo, al cambio que esperábamos, y que sabemos que necesitamos, pero que se esconde en misteriosos ardides que no podemos controlar, ni vencer, ni hacer pasar, y que controla la vida y las esperanzas.

Llaman a mi conciencia quienes recelan de mi libertad. Llama a mi conciencia el que prefiere que calle y me pide que acepte lo que no molesta. Llama a mi conciencia quien no busca realmente mi cambio sino su comodidad frente a mi palabra. Llaman a mi conciencia los que necesitan controlar y asegurar las mentes de los otros, para seguir estando arriba.

Hemos inventado la conciencia porque no podemos soportar que Jesús nos liberara de un Dios celoso, guardián y pejiguero. Dios no llama a mi conciencia, me llama a mí. Y en su llamada respeta mi andar, aunque sea errado y errante. En su llamada se hace uno conmigo, me acompaña en mi opciones, no se queda agazapado tras mis dudas para saltar sobre mí cuando decido vivir.

Me libero de mi conciencia porque necesito ser lo que Dios ha creado: un micromundo imperfecto y grandioso que acierta y se equivoca, que hace opciones, que se empapa de la Vida, y una Vida en abundancia, sin conciencias que la limiten.