¿Original o copia?

Una tarde de tranquilo paseo por Madrid, regresando del Parque del Retiro, me fijé en una inscripción de la fachada lateral del Casón del Buen Retiro, que hasta entonces me había pasado inadvertida. En grandes letras: Todo lo que no es tradición es plagio. Quedé descolocado. Tras hacer la fotografía de rigor, no pude menos que rumiar durante el resto del paseo ese texto y su rotunda sentencia, y siguió alterando la tranquilidad de mi mente por unos días.

No he tenido que investigar mucho para descubrir que la frase es del escritor y filósofo Eugenio D’Ors, forma parte de un aforismo publicado en el periódico La Veu de Catalunya en 1911. El texto original en catalán ayuda a entender mejor la sentencia: Fora de la Tradició, cap veritable originalitat. Tot lo que no és Tradició, és plagi. («Glosari. Aforística de Xènius», XIV, La Veu de Catalunya, 31-X-1911).

Fuera de la tradición, ninguna originalidad es verdadera. La tradición transmite un legado de generación en generación, conocimiento compartido que aumenta en la medida que se expande, se enriquece en las continuas traducciones con nuevos modos de entender y de ver la realidad, se eternaliza cuando se comprende como entrega gratuita, herencia que multiplica sus dones y cuida sus atributos. Fuera de la tradición no hay verdadera originalidad sino plagio, una copia sustancial de lo que otros han creado haciendo entender que es algo propio. El plagio no solo mata la cultura, asfixia el fluir de la historia y encarcela la creatividad.

En sus estudios sobre la libertad, el filósofo letón-alemán Nicolai Hartmann, condiscípulo de Ortega y Gasset y predecesor de Heidegger en su cátedra de Marburg, afirma que ni individual ni colectivamente somos capaces de crear nada original, más bien desarrollamos las posibilidades recibidas de otros, porque nadie empieza con sus propias ideas. La tradición es la memoria de la comunidad, nos modela en las diferencias, gracias a las cuales podemos ser realmente creativos al incorporar a nuestra experiencia elementos que no nos son propios, tal vez los hemos heredado, o tal vez adoptado. Comenzamos a pensar con ideas de otros, como yo mismo hago en estas notas, pero es solo cuando nos reconocemos parte de una tradición que somos creativos, creadores, que sumamos nuestra visión del mundo y de todo aquello que lo habita.

Es erróneo oponer tradición a creatividad. La creatio ex nihilo solo es propia de Dios, creación desde la nada que origina el caos, como leemos en los primeros versículos del Génesis. Es a partir de ese caos que nosotros seguimos creando y recreando, modelando, desarrollando, evolucionando, alcanzando continuamente algo nuevo. La creatividad no es sino mirar y moldear de un modo propio el caos en el que nos movemos, por eso a veces resulta tan difícil comprender algunas construcciones, y sobre todo deconstrucciones, que la mirada y la mente de otros ejercen sobre la realidad, paradojas de la existencia desde las que entienden el mundo y admiran la vida.

Reconocer que somos herederos de lo que otros han pensado o contemplado, han construido o derrumbado, han odiado o amado, es sentirnos parte de una creación continua, es sabernos invitados para enriquecerla con nuestra propia mirada. No es un simple repetir, también es recrear y proponer sin miedo una nueva forma, un nuevo espacio de encuentro. Aristóteles nos define animales miméticos, la imitación es la base del aprendizaje y nos regala el placer de las artes. Imitamos lo que nos rodea, copiamos en nuestra vida la vida de otros, y solo cuando aprendemos a dar continuidad a la tradición y dejar en cada imitación algo propio, esquivamos el plagio. Es eso propio lo que evitará que acabemos convertidos en una mala copia de otra copia.

Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.

Lo que vale un alma

Hace ya tiempo que no traigo un post trinitario, y como hay quien me lo reclama, aprovecho la celebración esta semana de San Simón de Rojas para contar algo de su vida, apasionante como pocas.

Simón de Rojas nació en Valladolid el 28 de octubre de 1552, hijo de Gregorio Ruiz de Navamuel (natural de Valderredible, Cantabria) y de Costanza de Rojas (natural de Móstoles). Con veinte años hace su profesión como trinitario en Valladolid y es enviado a Salamanca para estudiar Artes y Teología. Recibió la ordenación presbiteral el 21 de septiembre de 1577 en Salamanca. Empezó a destacar como profesor de teología y predicador; pasó por Toledo, Valladolid, Cuéllar, Talavera de la Reina, La Guardia, Cuenca, Medina del Campo, hasta que en 1600 se retiró al Santuario de los Remedios de Fuensanta, cercano a La Roda de Albacete.

Ese mismo año lo destinan a Madrid y llega a oídos de los reyes Felipe III y Margarita de Austria su fama de predicador. Comenzó a frecuentar el Real Alcázar, hasta tres días por semana visitaba a los reyes, que le consultaban asuntos de todo tipo, no solo espirituales; incluso aceptaban los consejos siempre críticos que les daba Simón de Rojas. Ambos monarcas quisieron tenerlo a su lado en el momento de su muerte en El Escorial, Margarita de Austria en 1611 y Felipe III en 1621.

Curiosamente, esos dos años fueron decisivos en su vida y en su obra. En 1611 fundó la Real Congregación de Esclavos del Dulce Nombre de María, el Ave María, que más allá de sus actos de culto servía de apoyo al compromiso que el padre Rojas había iniciado para dar de comer a los pobres de Madrid, tanto en el comedor del convento de los trinitarios como en el Hospicio del Ave María y San Fernando fundado en la calle Fuencarral (actual Museo de Madrid). En 1621 es nombrado Superior Provincial de Castilla y llamado por el nuevo rey, Felipe IV, que lo conocía desde niño, para ser su consejero personal y confesor de la reina Isabel de Borbón.

Su gran devoción mariana, se le ha llamado el san Bernardo español, le impulsó a promover el culto del Dulce Nombre de María y de Nuestra Señora de la Almudena. En cuanto al Nombre de María, además de la Congregación antes citada, consiguió que se celebrara como fiesta en la Orden Trinitaria, y después que el papa Gregorio XV la extendiera a toda la Iglesia. De la Almudena, consiguió de la reina Isabel de Borbón que la parroquia en que se veneraba fuera elevada a Colegiata (fue derrumbada en 1868 para ampliar la calle Mayor). El padre Rojas saludaba siempre y a todos con un sencillo Ave María, de ahí el mote con el que era conocido en todo Madrid, el padre Ave María. El año 1622, la primera ocasión que se celebró en Madrid el Dulce Nombre de María, Simón de Rojas y otros trinitarios de la comunidad, dedicaron la noche previa a la fiesta a colocar en las puertas de todas las iglesias, palacios y edificios principales de la capital rótulos con las palabras Ave María. Le gustó tanto a Felipe IV la iniciativa, que mandó grabar en piedra el saludo, sobre las puertas de todo los edificios reales; actualmente solo se conservan en la Embajada de España ante la Santa Sede en Roma y algún que otro edificio de Madrid.

Cuando el Gran Duque de Osuna, D. Pedro Téllez-Girón, cayó en desgracia y fue encarcelado en la cárcel-castillo de Barajas, fue acompañado espiritualmente hasta su muerte por el padre Rojas. Las constantes visitas a la cárcel abrieron los ojos y el corazón de Simón de Rojas, que comenzó a visitar semanalmente otros presidios de Madrid, no ya con duques en sus celdas sino con pobres y desahuciados. El contacto con los pobres a los que daba de comer cada día en el Ave María, los niños abandonados de las calles, que le rodeaban allá donde iba, los presos de la Real Cárcel (actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores), las prostitutas a las que rescataba en la antigua judería de Lavapiés,… fueron dando al padre Rojas fama de hombre santo, en un legado que ha llegado hasta nuestros días: el comedor social del Ave María sigue atendiendo diariamente a cientos de personas, compromiso mantenido por la Congregación del Dulce Nombre y la Familia Trinitaria de Madrid.

Y como buen trinitario, se vio inmerso en la obra de la redención de cautivos, aunque nunca pisó el norte de África. Le tocó acompañar en la distancia el cautiverio de tres redentores trinitarios, Bernardo Monroy, Juan de Águilas y Juan de Palacios, que quedaron presos en Argel tras un rescate de cautivos. Unía a Simón de Rojas una gran amistad con el primero, y su sufrimiento por la falta de avances en la agónica situación queda reflejado en las decenas de cartas que les escribió, y en el juego de influencias que empeñó para que el Papa y buena parte de los reyes europeos consiguieran la liberación de los tres frailes, que nunca llegó.

El compromiso del padre Rojas con los más pobres de Madrid nos deja una anécdota que habla de su talante más que cualquier otra cosa que yo aquí pueda escribir. La reina Isabel de Borbón, pidió a Felipe IV que reclamara a Simón de Rojas dejar sus actividades de caridad si quería mantener sus oficios en palacio, sobre todo como su confesor. El Rey no sabía cómo afrontar tan difícil situación, ¿cómo se pide a un santo que deje de hacer lo que Dios le pide?, ¿cómo negar a los más pobres de Madrid esa mano amiga? Finalmente tomó valor y transmitió al padre Rojas la petición de su mujer, la Reina, a lo que San Simón respondió, “Si bien para Dios las almas de los reyes y de los pobres valen lo mismo, si me dan a escoger, prefiero a los pobres”. El padre Rojas, el padre Ave María, siguió visitando el Real Alcázar y siguió siendo confesor de la Reina.

Murió en Madrid, el 29 de septiembre de 1624. Sus funerales se recordaron por mucho tiempo, todos reconocían en él a un hombre bueno, un hombre santo. Incluso Velázquez lo retrató antes de enterrarlo (el que ilustra este post), y Lope de Vega escribió en su memoria su obra teatral La niñez del Padre Rojas. El cariño, la misericordia y la justicia que buscó en vida hicieron de Simón de Rojas un alma grande, precisamente él, que bien sabía lo que vale un alma.