Buscando razones para vivir

A menudo confundimos el pulso del corazón con la vida. Nos despertamos, cumplimos el guion, sorteamos los baches del camino y regresamos a la cama con la mediocre satisfacción de haber sobrevivido un día más. Pero no nos equivoquemos: sobrevivir es un instinto animal; vivir es una decisión humana.

Ser humano no es un estado de reposo. Es una tensión permanente de la existencia. Lo comprendemos tarde, casi siempre a base de golpes y caídas, mientras atravesamos esos dédalos que nos asfixian y nos arrebatan las certezas que tranquilizan la conciencia. Madurar no consiste en encontrar un refugio seguro, sino en aprender a caminar sobre el filo de nuestras propias imperfecciones.

Ya lo advirtió Nietzsche en Así habló Zaratustra: «La grandeza del hombre está en ser un puente, no una meta: lo que se puede amar en el hombre es ser un paso y una caída». Ahí reside el sentido: en ser un puente. Conocer los términos de nuestra vida compartida, aprender a movernos entre los márgenes, tender vínculos entre orillas que parecen irreconciliables. Cuando, en cambio, nos obsesionamos con “ser una meta”, la perfección nos esclaviza. Nos volvemos rígidos, prisioneros de una autorrealización de escaparate, de un perfeccionismo que convierte la vida en una guerra silenciosa contra todo aquello que consideramos un obstáculo para el éxito.

Si necesitamos la perfección para sentirnos realizados, entonces ya estamos muertos. Rousseau recordó que nuestra marca de fábrica es la imperfección, lo inacabado. Pascal fue aún más lejos al afirmar que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre». No somos una obra terminada: somos un tránsito. El puente que une lo que somos con lo que aspiramos a ser se sostiene, precisamente, sobre el abismo de nuestras imperfecciones.

Sin embargo, nos han educado para ocultar la herida, para avergonzarnos del fracaso y maquillar la duda. Como si la fragilidad fuera una falta moral. Pero el camino hacia la autenticidad exige lo contrario: interrogar nuestras razones para vivir justo cuando todo parece desmoronarse.

Vivir de verdad significa tender puentes entre nuestras experiencias rotas. Aceptarnos de forma íntegra. Comprender que la sombra es tan nuestra como la zona iluminada de nuestra existencia. Dejar de combatir lo imperfecto para empezar a integrarlo.

Lo impecable y lo defectuoso no son enemigos; son la urdimbre y la trama de nuestra propia humanidad. La inquietud más profunda surge cuando nos miramos al espejo y encontramos frente a nosotros el fracaso o a la muerte. Pero ahí se esconde el secreto: buscar razones para vivir no es un ejercicio de defensa propia frente al desastre. Es un acto de rebeldía contra el cansancio de la rutina.

Nuestro mayor peligro no es la gran tragedia, sino la lenta corriente de las aguas mansas. Esa inercia social que intenta convencernos de que la existencia es inevitable, de que “las cosas son así» y de que lo más sensato es dejarse llevar. Por eso, vivir a la intemperie significa nadar contra esa corriente. Negarse a que la vida se reduzca a una rutina gris que termine anestesiando el alma.

Y en esta resistencia no estamos solos. Buscar razones para vivir también significa levantar la mirada hacia el otro. Reconocer su vulnerabilidad no como un gesto de caridad ni como un ejercicio superficial de empatía, sino como un acto de identidad. Abrazar la fragilidad del que tenemos delante con la misma piedad con la que deberíamos abrazar la nuestra. Comprender sus caídas como disculpamos y comprendemos las propias. Porque, al final, la vida compartida es el único mapa fiable para no extraviarse en el laberinto.

No se trata de alcanzar una meta donde todo esté resuelto. Se trata de aceptar la travesía. Ser el paso. Ser la caída. Ser el puente. Solo cuando asumimos que la vida es ese equilibrio precario entre lo que soñamos y lo que logramos, empezamos —por fin— a encontrar razones para vivir.

Nombrar para no extraviarse

En el libro del Génesis, el primer oficio humano es sencillo y trascendental: poner nombre. En lugar de conquistar territorios o levantar muros, recibe el encargo divino de pronunciar la creación. Cada palabra inaugura un vínculo con la realidad. También nuestra biografía comienza así: balbuceamos sílabas y el mundo, indulgente, se inclina para dejarse bautizar con torpes nombres. Algunas familias guardan esas primeras denominaciones infantiles como reliquias, pequeñas contraseñas de intimidad que solo cobran sentido en la calidez de las cercanías.

Nombrar es más que etiquetar: es tocar la realidad, impedir que nos sea ajena. Es la tentativa de comprimir la vida en un trazo de palabra que permita habitarla. Pero la hospitalidad del mundo tiene un límite. Crecemos, y la realidad nos devuelve la exigencia de precisión y de coherencia. Aquella naturaleza que reía con nuestros intentos infantiles ahora reclama que lo dicho sea verdadero, o al menos responsable.

Carl Gustav Jung advertía: “Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”. Nombrar lo oscuro no lo disuelve, pero le arrebata el privilegio de actuar en secreto. Poner en palabras miedos, culpas o deseos no es magia, sino cartografía emocional. El lenguaje, cuando no se rebaja a ser propaganda, dibuja mapas suficientemente honestos como para no caminar a ciegas.

Más tarde, la terapia narrativa de Michael White y David Epston enseñó que al nombrar los problemas los externalizamos, evitando confundirlos con nuestra identidad. Surge así un margen inédito para elegir.

También Lacan habla del nombre, y afirma que el amor es siempre amor de nombre. Llamar a alguien por su nombre es decirle: no eres intercambiable. La exactitud amorosa nombra sin poseer, separa al otro de la masa de los parecidos y de nuestras proyecciones. También aquí late una ética de la intemperie: resistir la tentación de reducir al otro a una función, a un adjetivo, a una herida. El buen nombre —el que no captura ni domestica, el que se pronuncia a cielo abierto— crea espacio para el misterio.

Massimo Recalcati subraya: “El nombre era el resto melancólico que la obligada vivencia del duelo no lograba disolver”. Nombramos las pérdidas para soportarlas sin desaparecer con ellas. Repetimos ciertos nombres para recordar que en ellos hubo vida, promesa, conversación. Otros, en cambio, los borramos compulsivamente, como si el silencio pudiera excusarnos del dolor. Ambos gestos participan de la misma lucha: significar una ausencia que insiste en formar parte de nuestras vidas.

Sería ingenuo pensar que siempre nombramos desde dentro. Muy pronto la sociedad ofrece —y a veces impone— su catálogo de nombres, etiquetas, oficios y métricas. El currículo, el historial clínico, la estadística, el algoritmo: fábricas de nombres. Cada rótulo trae consigo una mirada del mundo y un modo de organizarnos en él. Aceptamos muchos de estos sellos para seguir perteneciendo. Y, con el tiempo, olvidamos aquellos nombres que inventamos de niños, cuando nuestra creatividad recién estrenada bautizaba las cosas a su manera.

Nombrar no es inocente. Tampoco lo es callar. Los nombres nos hacen promesas, aunque muchas veces dejan fuera algo de nosotros mismos. Hacen posibles muchas vidas, pero también clausuran otras. Aprendemos pronto que la realidad no se resume en palabras tan fácilmente.

Tal vez por eso, conservamos algunos nombres en nuestra intimidad, como brújulas secretas que nos orientan cuando el paisaje se vuelve inhóspito. A veces los compartimos, y el nombre se vuelve contraseña de amor o de amistad. Pero cuando esos nombres se pronuncian desde la traición, es mayor: pocas cosas desnudan tanto como escuchar en boca ajena el nombre que era símbolo de confianza. Incluso en ese dolor se revela que el nombre es presencia: sitúa, expone, compromete.

Nombramos también lo invisible: la fe, el deseo, el silencio, el vacío. Mal usadas, las palabras profanan; bien usadas, custodian. La espiritualidad no huye de los nombres, pero tampoco se refugia en ellos. Nombrar demasiado pronto mata el misterio; callar siempre lo disuelve. El arte está en elegir la palabra adecuada, el momento preciso y la medida justa. Hay silencios cobardes y silencios fértiles; palabras que abren como una llave y palabras que clausuran como candados.

Recuperar la capacidad de nombrar —con rigor y ternura— es un acto de resistencia. No para negarlo todo, sino para no vivir sometidos a etiquetas que otros nos asignan junto con instrucciones de uso. Quien nombra, manda. Hoy también la tecnología ha entrado en esa liturgia: los algoritmos nos bautizan sin ceremonia ni consentimiento, reduciendo nuestra complejidad a patrones de consumo y probabilidad.

A veces, para ver de verdad, hay que aventurarse a quitar etiquetas. Desnombrar no es renunciar a la verdad, sino despejar la mirada: limpiar los nombres gastados que ya no significan nada y permitir que algo se presente sin guion. La intemperie pide ese coraje: salir sin paraguas de palabras que nos excusan de pensar. No se trata de “no juzgar” en abstracto, sino de juzgar con piedad y precisión, sabiendo que la realidad siempre excede nuestros moldes.

La vida humana que comenzó nombrando lo visible y lo invisible terminará olvidando casi todos los nombres. Quedará el gesto, la memoria afectiva de lo que fue amado, un puñado de sílabas esenciales. Tal vez baste con eso: concentrar la existencia en unos pocos nombres verdaderos —“gracias”, “perdón”, “aquí”, “tú”— y dejar que el resto se evapore sin rencor. El mundo se irá apagando a medida que se borren los nombres que le pusimos, pero quizá la última luz sea, precisamente, reconocer con humildad que la realidad nunca nos perteneció, que solo fuimos huéspedes con derecho a pronunciarla desde el cuidado.

Nombrar es crear y, al mismo tiempo, desposeerse. Decir bien es no poseer del todo. Ahí comienza una espiritualidad sin refugios: en la intemperie de una palabra que no captura pero acompaña, que no cierra pero sostiene.

Quien tiene un amigo…

Uno de mis recuerdos del colegio tiene que ver con el cartel que cada día veía en la escalera del centro, representando un rostro dulzón de Jesús de Nazaret con la inscripción Amigo que nunca falla. Con el paso del tiempo aquella frase ha ido marcando, de diferentes maneras, mi fe, mis relaciones interpersonales y mi idea de confianza. Nunca me he sentido fallado en mi fe, tal vez porque fui madurando una imagen de Dios que evolucionaba al mismo tiempo que adquiría nuevas sabidurías y me las veía con situaciones vitales de desgarro y frustración. Jesucristo es para mí el amigo que nunca falla, con una convicción purificada del sentimentalismo propio de la adolescencia. No puedo decir lo mismo de mi relación con todas las amistades que he tenido, sí que les he fallado, y les fallo, en muchas ocasiones, sin hacer daño, sin malas intenciones, casi siempre dejándolas ir en un pasar página decoroso, silencioso.

Pero puedo decir con sinceridad que no siento haber perdido ninguna. Tal vez por eso me ha costado menos volverme a sentir amigo, con todas sus consecuencias, en el reencuentro. En más de una ocasión he sentido como si no hubiera pasado el tiempo, enredado de nuevo en la continuación de una conversación interrumpida por años, embelesado por la limpieza de la mirada, la sonrisa, los viejos proyectos compartidos. En la amistad he buscado siempre la liberación de los apegos, y a lo largo del tiempo esta idea no conceptualizada nos ha purificado, a mí y a quienes llamo amigos, del falso interés de las complicidades, de una amistad entendida como inversión de bajo riesgo, de las grietas emocionales que convierten al amigo en mera transacción. Ser amigo supone aceptar el fallo, en el otro y en uno mismo, pero sin hacer de ello un abismo; implica reconocer los espacios infinitos que se abren entre ambos con la flexibilidad que da el tiempo compartido, sin llevar la cuenta de los segundos separados. Supone no llegar nunca a poseer al amigo, como aquella paradoja de la flecha de Zenón, porque la verdadera amistad, la que no falla, carece de movimiento en el tiempo, se aproxima y se distancia sin perder la esencia de los abrazos.

En su Ética a Nicómaco, Aristóteles dice que «el amigo es otro yo». Para alcanzar esta verdad hay que comenzar por mantener lejos de la amistad la imagen del espejo, no puedo convertir al amigo en un reflejo de mis aspiraciones y deseos, porque la necesidad de ser amigo no puede construirse desde mi carestía, su imagen no es la prolongación de mis búsquedas. Aristóteles se mueve en el terreno de la conciencia personal, más allá de la apariencia que presenta espacios cerrados de sentido, en un descubrimiento de la belleza que detecta la justicia y el amor en las actitudes desde las que llamo al otro mi amigo, pero sin imponer mis coordenadas existenciales. Es otro yo cuando lo acojo como lo hago conmigo mismo, cuando perdono y amo y comprendo sin ambigüedades, pero también sin necesidad de permanentes explicaciones. Es otro yo cuando me abre a la conciencia de mí mismo, al mismo tiempo que me hace tomar conciencia del mundo y de sus relaciones. Otro yo que, como yo mismo, se siente no sabedor de los misterios e indaga ese no saber sin agotar las relaciones, casi tangencialmente, en una línea asíntota que se cruza en infinitas ocasiones con la vida y los espacios compartidos.

Debo a mis juveniles a danzar por el Pirineo la oportunidad de conocer el secreto de la flor de edelweiss, llamada también la flor de la amistad. Aún guardo un sobre con cuatro pequeñas flores recogidas, con la inconsciencia ecológica propia de los diecisiete años, cerca de la cascada de las Negras, en el impresionante barranco de Izas. La flor de edelweiss tiene tres características peculiares: es endémica de algunas zonas montañosas del planeta, en las que crece a grandes alturas, y no es fácil de encontrar; sus pétalos son suaves al tacto, como de terciopelo, como nieve siempre fresca; y nunca se seca, ni se pudre, se mantiene, aun cortada, como si siguiera unida a su tallo, en un atrevido brindis a la inmortalidad.

Dice el refrán que quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Prefiero el versículo del libro del Eclesiástico «El amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo 6, 14). Cuento a mis amigos por tesoros, en su misterio y en su otredad, y también me gusta contarlos como edelweiss. El amigo verdadero es endémico de los escarpados espacios angostos y vertiginosos de la vida, no se busca, se encuentra, y desde el primer momento se es consciente de la riqueza del descubrimiento, sabedores ambos de que la amistad es la única virtud que necesita de dos, así la definió preciosamente Michel de Montaigne. El amigo es terciopelo, no como suavidad adormecedora, de las que tranquilizan conciencias, sino como refugio seguro que acompaña en la tempestad y en la calma de la vida, que está aunque no se le vea, que intima, en la más profunda y bella acepción de su significado. El amigo nunca se pudre, ni seca su suave y delicada presencia, incluso cuando guardamos su amistad por largo tiempo; su recuerdo, y también su presencia inesperada, nos salva de la miseria y de la soledad, se hace otro yo incluso sin encuentros, porque al abrir el sobre donde guardamos pacientemente su memoria, nos invita a encontrar su mirada ausente de juicio, en un decíamos ayer eterno y sincero.

Tengo en un cajón de mi mesa un sobre con edelweiss, de vez en cuando lo abro y paso mis dedos por los suaves pétalos de las flores eternas. Son mi memoria de amistad, especialmente de aquellas a las que debo frases inacabadas y miradas suspendidas hace tiempo.