Una RCP espiritual

Nos hemos acostumbrado a la presencia de desfibriladores portátiles en los espacios públicos. Están en el metro, en las escuelas, en los restaurantes y en los centros comerciales. Esos carteles verdes con un corazón y un rayo ya forman parte del paisaje urbano y, aunque nunca hayamos tenido que usar uno, su cercanía ejerce un efecto tranquilizador: sabemos que están ahí, por si un corazón se detiene y la vida de la persona pende de un chispazo.

Ha sido la fiesta de Pentecostés, que acabamos de celebrar, la que me ha llevado a pensar en desfibriladores. Tenemos la idea equivocada de que el Espíritu Santo es una especie de brisa suave, un soplo de paz idílica o, peor aún, un ansiolítico espiritual diseñado para adormecernos y dejarnos tranquilos en los bancos de la iglesia. Pero no es más que otra domesticación de una fe que nos incomoda, porque la tradición bíblica nos habla de todo lo contrario: el Espíritu irrumpe como un viento huracanado que vuela los tejados y abre de golpe las puertas que el miedo mantenía bien cerradas desde dentro. Tras aquella intromisión violenta en el cenáculo sabemos que Dios nunca viene a dejar las cosas como están, sino a poner patas arriba nuestras falsas seguridades.

Al igual que aquellos discípulos asustados, nosotros también tendemos a parapetarnos en la comodidad del miedo compartido. Nos protegemos tras muros de argumentos y palabras heredadas que repetimos sin pensar, simplemente porque nos garantizan el control y dan un lustre barato a nuestra esperanza. Es precisamente ahí donde el Espíritu Santo nos agarra y nos saca a la intemperie de la historia; nos quiere vivos, desinstalados, desalambrados y dispuestos a aventurar la vida.

El Espíritu Santo actúa como esos desfibriladores: es el “boca a boca” de Dios que viene a rescatarnos de la parada cardiorrespiratoria en la que nos hunde el egoísmo. Insufla aire vital en el testimonio adormecido de nuestras comunidades, paralizadas por el exceso de precaución y por los paños calientes con los que intentamos protegernos del mundo.

Esta RCP —Reanimación CardioPulmonar— tiene hoy una misión urgente: gestionar el perdón en una sociedad que se ha vuelto adicta a la venganza y al linchamiento público. En el Evangelio, Jesús advierte a los discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Sin ese aliento divino, nuestra tendencia natural es retener. Acumulamos agravios, coleccionamos facturas pendientes y levantamos muros de separación. Por eso, perdonar al que nos ha herido no es un acto de buenismo, de buena voluntad o de autocontrol psicológico, es un milagro. Como escribió Simone Weil en La gravedad y la gracia: «La tendencia a la venganza forma parte de la gravedad mecánica de la naturaleza… Desear la venganza es desear un equilibrio. El perdón consiste en aceptar la pérdida, en dejar que el mecanismo se detenga en nosotros».

El perdón es esa descarga eléctrica radical que pone de nuevo en marcha el corazón detenido, para que pueda volver a latir al ritmo de Jesús. Cuando nos negamos a perdonar, estamos instalándonos en el rencor, que nos lleva, casi sin darnos cuenta, a una sutil muerte cerebral. Podemos mantener las apariencias y seguir cumpliendo con los ritos, pero habremos dejado de ser el aire de Dios en el mundo.

Volver a respirar exige limpiar los pulmones. Implica la valentía de aplicar esta reanimación del perdón en casa, en el trabajo, en los pequeños roces diarios y, de manera especial, hacia nosotros mismos. Cuando retenemos el rencor, los primeros que nos asfixiamos somos nosotros, porque bloqueamos el único oxígeno que nos mantiene con vida. Nuevamente en palabras de Simone Weil: «Solo la gracia puede interrumpir la necesidad mecánica del mundo»

Nada más terminar de leer esta entrada puede ser un buen momento para que mires alrededor, localices el desfibrilador de la gracia y te preguntes a quién tienes que dejar de retenerle los pecados para poder volver a respirar.

La ventana

He recibido un honor inesperado. Carmen Guaita me pidió que participara en la presentación de su nueva novela, La ventana, publicada por Ediciones Khaf. El post de esta semana se lo dedico a Carmen y a su genialidad. Este es el texto de mi presentación, espero que os anime a leer la novela y disfrutarla, un gran homenaje a los maestros y educadores que abren cada día su ventana para construir un mundo mejor.

Bajo la apariencia de un relato distópico, Carmen nos regala un espacio de trascendencia. Tras cada palabra escrita, en el eco de los diálogos y las reflexiones íntimas, ha escondido la mítica resistencia de los que buscan hacer de este mundo un lugar mejor, frente a quienes prefieren vivir en los refugios y las burbujas de un humanismo decadente y de indiferencia. La novela nos permite acompañar a Timandra, rebautizada por el sistema como Venecia, en su particular conversión y metamorfosis; no en vano cuando acepta el encargo para ser maestra de Alcibíades, el abuelo Dimas la presenta como “la humanizadora”. Así he conocido a Carmen, una maestra humanizadora que ha hecho de este precioso título el hilo conductor de su propia vida, y sigue asumiendo la misión de humanizar enseñándonos cómo funcionan los mandos de nuestra vida. Desde esta peculiar visión accedemos a la novela como obra de madurez, ventana abierta a la sabiduría rescatada por Carmen a lo largo de sus muchas vidas, como maestra cercana, como filósofa que se asombra, como creyente que se conmueve y actúa con los más vulnerables. 

Mediante su nueva novela, Carmen rescata prodigiosamente todas estas vidas. En palabras de Dimas, cuando “rescató” a Sergio, “según cómo lo hagas, penetrar en otras vidas se llama medicina, se llama educación o se llama teatro”, y en esas vidas penetradas nos revela los espacios de sentido que trascienden toda la acción. No es casualidad que la paraskenia de la novela se adorne con ecos de la Grecia antigua, porque fueron los griegos quienes entendieron la medicina como cura del cuerpo y la educación como cura del alma. Sergio y Timandra, el médico y la maestra, asisten con asombro pero sin resignación a su sustitución por la inteligencia artificial, se resisten de un modo íntimo y cotidiano, y lo hacen para curar cuidando y cuidar curando.

En esta resistencia, Sergio monta viejas tragedias con las que inyecta a los dosletras el amor por una vida plena de sentido; “La tragedia denuncia la desmesura de los hombres”, dijo Aristóteles, Sergio y los desahuciados de su compañía de teatro llevan hasta el límite mediante la tragedia las consecuencias de esta desmesura, la hybris griega, reconduciendo a los hombres a la humildad ante lo absoluto. Por su parte, Timandra disfruta cuando corta a mano la fruta y mordisquea un bizcocho desafiando a las máquinas que ocultan su deshumanización con la promesa de hacernos más fácil la vida, porque para Timandra “educar es abrir las ventanas del alma a lo humano”, a todo lo que nos es propio. Médico y maestra representan la resistencia frente a la indiferencia y los automatismos, reivindicando una humanidad habitada por sabios, versos sueltos que no destierran el error y el fracaso sino que lo integran plenamente en su comprensión de la cotidianidad. La maestra y el médico se convierten en el que con sola su presencia enseñan y ayudan, curan el cuerpo y el alma.

Es la cultura la que queda encerrada en este mundo distópico que nos abre La ventana. Desde el momento en que la inteligencia artificial y la élite recuperan el latín como herramienta de unificación cultural, se descuida el sentido y la utilidad de la lengua como espacio de comunicación. Sin cultura y arte, comedia o tragedia, la lengua se queda sin vida, porque son las palabras que pronunciamos y su alcance de significado lo que nos redime, lo que educa nuestra alma, lo que da calor de hogar a los espacios que se nombran, aún sin conocerlos.

Mediante esa lengua de los símbolos y la vida incorporamos el poder transformador de las posibilidades, como cuando Alcibíades visita la casa de Marta Mariotto y le abren las puertas de la biblioteca, mi escena favorita de la novela. El asombro del niño ante ese impresionante espacio lleno de libros prohibidos es el mismo que podemos sentir cuando nos encontramos ante la belleza inédita. El pequeño Alcibíades había aprendido a amar y a acariciar cada libro que su abuelo Dimas y su ahora maestra Timandra pusieron en sus manos, contemplar esa biblioteca se convierte para él en estímulo para salvar el futuro, para preservar la cultura y la educación. La biblioteca de Marta Mariotto es un espacio de resistencia, cada libro una ventana, cada lector potencial una oportunidad de cambio, porque al igual que la antigua biblioteca del templo de Amón en Tebas, a esta también podríamos llamarla “Lugar de cuidado del alma”.

Suele decir Carmen que nos hemos conocido sin saberlo desde hace mucho tiempo, en las conversaciones que la amistad nos ha regalado hemos compartido con asombro la pasión por la vida a la intemperie, acceso del alma. Será porque ella es una gaditana que ha descubierto el amor por la inmensidad de La Mancha, y yo un manchego transido por la intensidad de Andalucía. Como Timandra, también Carmen se ha acostumbrado de tal modo a la intemperie que ahora siente claustrofobia en los refugios. Esta ventana nos comunica con la intemperie porque, hago mías las palabras de Marta Mariotto, las palabras de Carmen, “donde hay humanidad hay oración y arte, así que mientras nos necesiten como siervos, deberán tolerar nuestra trascendencia”.

Gracias, Carmen.

Héroes para sí mismos

Estamos para acabar un año complejo, intenso. Hay quien desea ya pasar una página que se nos ha atragantado a todos, poder ver atisbos de esa esperanzadora luz que nos devuelva tranquilidad. Hay también quien al hacer balance prefiere no pasar la página sin más, sino marcarla, con ese pico superior doblado que parece señalar inquietamente hacia el interior, al que debemos regresar. Me declaro de los segundos, no con intención de buscar sádicos recuerdos que den sentido a las heridas, más bien porque siempre he creído que en cada página que pasamos en la vida es necesario dejar una marca a la que volver, una señal junto a la que depositamos momentos amargos y dulces, que se hace enseñanza de tristezas, ancla para el alma, sabiduría conservada en el propio tiempo vivido.

De entre las páginas marcadas este año, al hojear de nuevo todo lo incorporado, me voy quedando con la necesidad del cuidado. Muchas veces hemos despreciado el cuidado, considerada acción inferior y propia de seres débiles, de quienes no pueden valerse por sí mismos, actividad pasajera que solo nos prepara para regresar a la autosuficiencia. Es nuestra soberbia la que nos impide descubrir esa fortaleza del cuidado, que ahora vamos reconociendo como soporte para las múltiples caídas, físicas y emocionales, acumuladas durante el año. No quiero dejar pasar cada cuidado vivido, los que me han salvado de creerme por encima del bien y del mal, los que me han abierto a la necesidad de los otros, los que me han incorporado a la ciudadanía de los incompletos y los pequeños. No puedo pasar estas páginas, me redimen de los espacios en los que me sé protegido y sin amarras, a veces buscados incansablemente por mí, otras encasillado en ellos por quien me necesita así, egolátricamente seguro de mí mismo, sin heridas que sanar, sin dependencias, libre de apegos.

Cuidar de los otros es un servicio que nos sitúa en un equilibrio definitorio, entre el reconocimiento de una idéntica dignidad y la reverencia a su necesidad existencial. Durante la mayor parte de este año hemos situado el cuidado entre nuestras primeras urgencias, cuidar de los mayores, de los que se sentían más solos y alejados, de los que en pleno decreto de confinamiento miraban a su alrededor buscando un techo bajo el que cumplirlo, de los que habíamos conocido como fuertes de espíritu y ahora descubríamos con mirada perdida y sueños rotos. Hacernos cuidadores de la vida nos ha marcado, hasta el punto de sabernos necesitados de ese servicio, seres que se entienden solo cuando lo son para los demás, cuando cuidan lo que se daba por perdido, cuando se vuelcan en los pequeños espacios infinitos que se dan entre las vidas compartidas y los habitan sin miedo. Al sentirnos desterrados de nuestras propias seguridades no nos hemos hecho ciudadanos de la incertidumbre sino guardianes de lo que necesitábamos salvar, convirtiéndolo en fortaleza de las relaciones, en espacios de sentido, en cuidado.

Cuidar de otros nos enriquece, no es solo un gesto altruista y de generosidad, nos permite encontrar universos relacionales en los que construir una equilibrada y compleja estructura social, nacida de la auténtica compasión, sostenida por la justicia, entreverada de misericordia. Cuidar, entre otras cosas, la vida, en todas sus etapas y necesidades, nos enfrenta a los infiernos más humillantes y profundos de la existencia, pero también nos compromete para hacerlos paraíso en que encontrarse. Mark Twain lo representa intensamente en el epitafio que hace poner a Adán sobre la tumba de Eva: «Allí donde ella estaba, estaba el paraíso» (Diarios de Adán y Eva).

Porque el cuidado, sea primario o paliativo, emocional o físico, espiritual o existencial, nos obliga a deconstruir esa maniática obsesión por cambiar los espacios externos y desajustar los relojes para que cumplan con nuestros ritos y tiempos, allí donde somos dueños del control y consejeros de la paciencia. Hacemos de la vida un escenario en el que nos conformamos con un simple cambio de decorado, sembramos paradisiacos jardines y alfombramos todos los caminos, con la esperanza de hacernos buenos cuidadores de los demás. Pero olvidamos descubrir el paraíso en la sencilla presencia de aquel o aquello que cuido, y así olvidamos también la importancia de las palabras, de la delicadeza, de los asombros, de las renuncias. No todo es lo que podemos levantar para aquello que cuidamos, es también lo cuidado y soy también yo, que cuido.

Llego a una página marcada de un modo singular. Este año nos ha enseñado que no es egoísta sino necesario cuidar de uno mismo. Hemos incorporado mascarillas, geles, nuevos saludos, con el convencimiento de que la atención de los demás comienza por una mirada introspectiva. No es un simple cuidarnos para cuidar mejor a los demás, hemos descubierto la necesidad de la responsabilidad personal, de que también la vida de los otros pasa por el cuidado de mi propia vida, por convertirme en paraíso de sentido para los demás. Hay un momento decisivo en el que el verdadero héroe no es el que lo es para los demás, sino el que lo es para sí mismo.