Sin maquillaje, sin disfraz

Me ha gustado mucho el mensaje del papa León XIV para esta Cuaresma 2026: resulta tan provocador como sensible, porque nos habla desde una vulnerabilidad que incomoda. En lugar de invitarnos a movilizarnos desde posiciones de poder —una tentación constante incluso en la espiritualidad—, nos pide un desarme absoluto. Nos pide, en definitiva, una conversión real.

Hemos pervertido la palabra “conversión” hasta reducirla a un manual de urbanidad espiritual. Nos han enseñado que convertirse es “portarse mejor», como si vivir el Evangelio fuera un simple curso de perfeccionamiento moral o una técnica de autoayuda. Pero la conversión es algo mucho más radical: supone un desplazamiento real de nuestras ideas arraigadas y de nuestros principios inamovibles.

Convertirse no es ser “más buenos» según los estándares del sistema. No es un maquillaje ético, sino la demolición de nuestras murallas defensivas. Es aprender a detectar las idolatrías que hemos aceptado como hogar: el rendimiento como medida del alma, la imagen como sustituto de la verdad y el éxito como anestesia para el sentido. Si nuestra cuaresma no altera el modo en que nos relacionamos con el otro —especialmente con el que sufre—, no estaremos viviendo una transformación, sino un simulacro. La verdadera conversión nos desinstala de nuestra “amnesia espiritual» y nos obliga a mirar de frente la miseria; no como observadores externos, sino como hermanos.

Otro de los disfraces que solemos mantener tras el carnaval es pensar que la paz no es más que una ausencia de conflicto o una “calma chicha” consoladora. Pero esa es la paz de los cementerios, construida a base de silencios cómplices y conciencias anestesiadas. Frente a ella, el Papa nos propone una paz desarmada y nos lanza un desafío directo: “desarmar el lenguaje”. Esto implica renunciar a las palabras hirientes y a las calumnias que lastiman al otro para proteger nuestra parcela de seguridad.

Estar desarmado es renunciar a la necesidad de tener razón, a la obsesión por el control y a la violencia de nuestras certezas. Es entrar en el desierto, vivir a la intemperie, sin “wifi emocional» y sin el escudo de nuestros privilegios. Solo quien se atreve a habitar su propia fragilidad puede anunciar una paz que no sea sospechosa. Necesitamos palabras desarmadas, que no busquen vencer al otro, sino encontrarlo en la intemperie de la verdad compartida.

Si suavizamos las preguntas difíciles para no perturbar nuestra tranquilidad, nuestra travesía cuaresmal será solo una estrategia de supervivencia; un barniz de valores que no incomodan a nadie porque, sencillamente, ya no tienen vida dentro.

El mensaje de León XIV termina con una invitación verdaderamente “desmaquillante”: se nos pide que el grito de los que sufren encuentre acogida, no solo asistencia. Es el momento de preguntarnos si nuestras vidas edifican la “civilización del amor» o si nos hemos rendido definitivamente a la cultura del ruido y la indiferencia.

La Cuaresma es esa pedagogía que primero nos confronta con nuestra nada para luego regalarnos un sentido que el mundo no siempre quiere entender. Toca quitarse el disfraz y levantar el maquillaje. Toca acoger la vulnerabilidad del mundo como único principio de comprensión. Al final, no se trata de salir con éxito del desierto, sino de salir transformados, habiendo dejado en la arena todas las máscaras que nos sobraban.

Cuando la plenitud nos desinstala

Hay palabras que acarician el alma. Y hay palabras que desmontan los andamiajes más sofisticados con los que sostenemos nuestra vida. Entre todas, hay una que siempre incomoda: plenitud.

La plenitud no admite atajos. No negocia con las medias tintas. No se conforma con no hacer daño. No se instala en el cumplimiento correcto. La plenitud exige algo más hondo: dejar de bordear los límites y atrevernos a cruzarlos; dejar de calcular el riesgo y empezar a caminar sin garantías.

Nos hemos acostumbrado a una espiritualidad de mínimos. Una vida interior basada en no traspasar la raya. Una moral de frontera. Pero la vida no se transforma en las fronteras; se transforma en la intemperie. Allí donde el suelo no es firme y las seguridades no están blindadas. Ya no basta con preguntarnos hasta dónde podemos llegar sin equivocarnos. Esa es la pregunta del corazón temeroso, del fariseo. La pregunta decisiva es hasta dónde podemos amar sin reservas. Ahí comienza una libertad verdaderamente desafiante.

Hay algo profundamente honesto en reconocer que no basta con pedir perdón: hay que aspirar a una plenitud que nos lleve verdaderamente al cambio, a la conversión de la mirada. No basta con hablar de autenticidad: hay que sostenerla en un tiempo que se conforma con la mediocridad. No basta con creer: hay que encarnar la fe en decisiones y palabras que no admitan ambigüedades. Existe una espiritualidad que seduce precisamente porque es barata, cómoda e inofensiva. Una espiritualidad que tranquiliza la conciencia sin mover la vida. Pero una fe sin riesgo, sin desgarro, sin renuncia, sin plenitud, termina siendo un decorado minimalista: todo en orden, todo correcto, todo estéril. Por eso la verdad interior incomoda, porque no nos permite vivir instalados.

Comenzamos ahora el tiempo del cambio. La Cuaresma abre su umbral con un signo difícil de domesticar: la ceniza. No es un gesto estético, es una memoria de nuestra fragilidad. Es el recordatorio de que el tiempo no es infinito y que el alma ni puede aplazarse indefinidamente. La ceniza nos despoja, nos recuerda que vivimos fragmentados, que acumulamos máscaras y excusas, que perfeccionamos autoengaños. Y nos devuelve al territorio decisivo: el corazón. Ese espacio íntimo donde no decidimos qué imagen proyectar, sino qué tipo de persona queremos ser. En palabras de Kierkegaard: «La pureza de corazón es querer una sola cosa».

Querer una sola cosa. No vivir divididos. No negociar permanentemente con la incoherencia. No diluir el deseo de plenitud en pequeñas concesiones que parecen insignificantes, pero erosionan el alma.

Podemos seguir tensando nuestras capacidades hasta el límite de lo soportable, refugiarnos en un terreno de confort espiritual donde ensanchar nuestras seguridades y reducir nuestras preguntas. O podemos aceptar la intemperie. Permitir que el abrazo que reconcilia también nos desinstale. Podemos ensanchar nuestras búsquedas hasta que el alma deje de respirar en los estrechos laberintos que nos extravían.

Llega el momento de dejar la fe de la supervivencia, de abandonar la religión que evita los daños, de acogernos al argumento del cumplimiento correcto. Llega el momento de asumir una espiritualidad del tiempo presente, que transforma nuestras decisiones en una plenitud que arriesga, que nos desinstala.

Llega el momento de dejar de preguntarnos cuánto podemos conservar sin perderlo todo, de arriesgar nuestro corazón para no perdernos a nosotros mismos. Porque estamos hechos para una vida verdadera, para amar sin medida. Una verdad, una vida, un amor, que solo se vive a la intemperie.

Enderezar senderos

Adviento no es un tiempo para decorar nuestras rutinas con bonitas luces, sino para encender hogueras en cada uno de nuestros desiertos. Juan el Bautista no susurra palabras dulces: grita, «Preparad el camino, enderezad senderos». Pero nosotros, expertos en rodeos, preferimos las veredas que acarician nuestras certezas y alimentan un optimismo efímero. Nos fascinan los caminos conocidos porque nos ofrecen una seguridad disfrazada de esperanza: promesas sin riesgo, certezas sin incomodidad. Son senderos en los que no aventuramos la vida, sin intemperies, sin posibilidad de fracaso.

Pero ninguna existencia se endereza en caminos tranquilos. Las rutas que esquivan las complicaciones nos invitan a contemplar el paisaje sin preguntarnos por su sentido. Y a eso lo llamamos “ser realistas”, como si la realidad fuese un sofá donde acomodarse. Hemos domesticado la esperanza, la hemos convertido en un animal de compañía que no muerde, que no incomoda. Y así, mientras creemos avanzar, giramos en círculos, entretenidos con lo inmediato.

Zygmunt Bauman dice: «No es verdad que la felicidad significa tener una vida sin problemas. Una vida feliz viene de la superación de los problemas». Sin embargo, seguimos buscando atajos para no enfrentarnos a nada. Queremos una felicidad sin grietas, una esperanza sin riesgo, un Adviento sin desierto. Y así, la voz del Bautista se disuelve entre villancicos y luces deslumbrantes.

Adviento es el tiempo de la utopía, que no significa ingenuidad, sino del “sin lugar”, porque todavía no existe… pero puede existir. Ernest Bloch nos recordó que las utopías son la fuerza motriz de la humanidad; sin ellas, el mundo pierde el horizonte. Necesitamos un realismo utópico, no ese realismo que nos ata a lo posible y nos roba el coraje de soñar. El realismo sin utopía es un mapa sin norte.

La utopía cristiana va más lejos que todas: no termina en el aquí ni se agota en la justicia. Cuando creemos haber llegado, empieza de nuevo, porque su meta es el amor. Y el amor no se conforma con caminos rectos: los inventa. Por eso, enderezar senderos no es regresar a lo cómodo, sino abrir rutas donde nadie se atreve. Es caminar a la intemperie, con la esperanza por brújula y la audacia por calzado.

¿Y qué significa enderezar senderos hoy? Significa dejar de maquillar la realidad con discursos tibios. Significa incomodarnos, romper la lógica del “siempre se ha hecho así”. Significa mirar de frente las heridas del mundo y no darles la espalda con excusas piadosas. Enderezar senderos es desmantelar las cómodas veredas del ego, esas que nos prometen éxito rápido y felicidad instantánea. Es atrevernos a caminar por sendas que no garantizan aplausos, pero sí autenticidad.

La esperanza del Adviento no es un placebo para soportar la vida; es asumir que tenemos la capacidad para transformarla. No es un calmante, es una provocación. Nos invita a creer que lo imposible no es quimera, sino tarea. Nos desafía a vivir sin refugio, a exponernos a la intemperie de lo incierto. Porque solo quien se atreve a salir del abrigo de lo seguro descubre que la vida, en su crudeza, es también promesa.

Quizá por eso Juan el Bautista no predicaba en los palacios, sino en el desierto. Porque el desierto no engaña: allí no hay sombras cómodas, ni discursos anestesiantes. Allí todo es esencial. Y en lo esencial, la esperanza se vuelve camino, no consuelo. Enderezar senderos es aprender a caminar sin mapas, sabiendo que el horizonte no está trazado, sino por trazar. Es comprender que la utopía no es un lugar al que se llega, sino una dirección que se elige y se acoge.

El Adviento nos recuerda que la fe no es un seguro de vida, sino una invitación a la intemperie. Que la esperanza no es un sofá, sino una mochila ligera para atravesar desiertos. Que enderezar senderos no es buscar comodidad, sino abrir rutas imposibles. Porque el amor —ese amor que inaugura el Reino— no se conforma con lo posible: lo desborda.