Mira tras de ti

Hoy es un día especial, cumplo veinticinco años de profesión solemne en la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos, y aunque algunos que me conocen bien se extrañarán, porque soy de los que creen que estos acontecimientos no se celebran, se viven, quiero aprovechar la oportunidad para agradecer y recordar.

Tomar la decisión de hacerme religioso no fue tarea fácil, a los impulsos y emociones propios del enamoramiento se sumaron pronto los apegos personales, ejerciendo de ancla para mis sueños. Algunos apegos perviven, han sido capaces de sobrevivir a mis seguridades, pero no ya como lastre sino como espacios de sed y de búsquedas, que me van ayudando a afianzar mis pasos por los caminos siempre inacabados de las opciones. Los apegos, como las dudas, formaron parte de mi discernimiento, y más allá de mis luchas para acabar con ellos, decidí aceptarlos, porque también soy yo en ellos, tal vez han sido los mejores aliados para llegar hasta el momento presente. He aprendido a escuchar sus susurros, como aquel memento mori (recuerda que morirás) que el siervo repetía al oído del general victorioso en la antigua Roma. He aprendido a medir los triunfos y los descubrimientos, partes inseparables de ese único momento vital que es caer y levantarse. He aprendido que no puedo encontrarme, ni definirme, sin mis apegos. En realidad sigo en la tarea, pero cada vez más libre de la cobardía de reconocer que cada día todo está por construir.

Tertuliano afirma en su Apologética que lo realmente susurrado por aquellos siervos al oído del triunfador era, ¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre. Me gusta está idea de Tertuliano, porque no suena a advertencia, a recuerdo de una amenaza sobre lo que vendrá o en lo que nos convertiremos, sino a mirada libre de condicionamiento hacia todo lo vivido, a nuestra esencia, a lo que hemos construido. Miro tras de mí, miro mis inquietudes de juventud, mis anhelos de cambio, de nuevos mundos y nuevas vidas; miro las personas que me acompañaron, muchas de ellas aún lo hacen; miro también aquella mañana de un 7 de septiembre en Granada, en la que cerraba toda posibilidad de duda; miro todas las mañanas amanecidas desde entonces, y también las tardes de agradecidas respuestas, y las muchas noches oscuras. Miro, y recuerdo que soy un hombre, entre límites y fortalezas, constituido por todos mis triunfos, y muy especialmente por mis debilidades, esas en las que siempre han buscado hacerse fuertes los apegos, arrastrándome a los pastos de la resignación o del abandono. En el permanente equilibrio entre estas constantes, me he ido haciendo consciente de la presencia cercana de Dios en mi vida, en mis cosas, en mis sueños, que no solo ha cuidado de mi fe y de mi vocación, también me ha hecho realista.

Recordar que soy, saberme humano, indagando en ese conocimiento como apertura, me ha dado conciencia de muchas cosas. Ahora sé que aquella decisión me desligó de lo efímero, sé que ni puedo luchar ni debo contra todos mis miedos, sé que no camino en solitario, y cada vez amo más esta multitud de amigos que me rodea, sé que hay dudas no resueltas que tampoco encontrarán respuesta cuando vaya atardeciendo, pero no me inquieta, se ha hecho fuerte en mí una paciencia que me da paz, aunque también me desconcierta. Ahora sé que todas mis experiencias, los tortuosos senderos pisados, unos días con paso firme, otros vacilante, me han llevado a encuentros inesperados que han cambiado mi visión del mundo, que me han reconciliado con las posibilidades. En estos veinticinco años he tenido la oportunidad de estar en lugares y misiones muy diferentes, en todos he crecido, de todos he bebido el jugo que enriquece la conciencia de las cosas. También en ellos he ido aprendiendo a bailar con mis afectos, no fue fácil cambiar la pastoral en la cárcel por la pastoral en el colegio, ni personal ni espiritualmente; tampoco lo fue asumir responsabilidades en las que sentía la obligación de tomar decisiones importantes, ni dejar atrás ideas que me acompañaron en mis primeras decisiones vitales pero ya no casaban con mi mirada sobre la vida.

Heidegger llama a estos vaivenes, sendas perdidas, trazos en el bosque de la vida que no llevan a ningún lugar, nos condenan a cruzarnos y a volver sobre nuestros pasos, como caminantes sin rumbo, y de este modo errante van borrando las huellas y los caminos del ser. Me cuido mucho de los círculos viciosos, de las vías muertas, sin salida, pero reconozco que es en esas sendas perdidas de mi vida donde he descubierto el valor de las encrucijadas, de las relaciones, de la escucha, de la mirada que me ama y me perdona, me resisto a suplirlas por modernas autopistas que me lleven más rápido y con menos rodeos, pero en las que pierdo el sentido de lo amado. Camino en círculos, pero no sin rumbo; por senderos perdidos, pero sin perderme en los senderos; defiendo principios que después sustituyo por nuevas batallas o viejas ideas; guardo cosas y apuntes y poemas que garabateé, sabiendo que han quedado viejos y en desuso, solo por el gusto de volver a ellos cada cierto tiempo y dirigirme en sus sendas perdidas.

Aquel sí de mi profesión solemne contenía todos los que han venido después, sigue siendo cimiento para nuevos proyectos, pero sin quedarme a vivir en él, tampoco en los noes que contiene. Como ese círculo que recorre el bosque en sendas perdidas, yo también, cada mañana de los últimos veinticinco años, he regresado al motor que me da vida y me equilibra: mi primera oración del día, mi espacio de sentido, es la recitación consciente de la fórmula de mi profesión. Miro atrás y repito con respeto cada palabra, no para vivir en ellas sino para que ellas vivan en lo que toco, siento, hablo y escucho. Se han desnudado de la emoción de la primera vez para vestirse del enamoramiento curtido, hecho de retazos de realidad. Hace un momento he vuelto a pronunciarlas, aún lleno de sueño y de legañas. Me gusta que sea así, porque hay decisiones que no es bueno separar de los sueños.

Ser mejores

«Si no sois mejores que los escribas y fariseos no merecéis el Reino de los Cielos» (Mt 5,20)

No consiste en pisotear a los demás, pero los cristianos vivimos demasiado resignados, podría decirse que prácticamente sin aspiraciones. Ya, ya… no me refiero a aspiraciones de poder, que de eso hay muchos a los que les sobra, y como no suele haber mitra que las colme acaban amargados e imponiendo a todos su frustración.

Ayer mismo recibía una petición, que no se cuántas veces he escuchado: por favor, tú que estás más cerquita de Dios, pide por mi hija que… Hemos acabado construyendo una religión de sabios, de expertos, de excelentes, que dedican su vida a Dios y se creen mediadores para el resto de la pobre gente que tiene que dedicar su vida a sus problemas diarios, como si los primeros no tuvieran problemas en su día a día y como si los otros no pudieran acercarse a lo sagrado sin quemarse.

Jesús nos invita a ser mejores, no para sobrepasar a otros y convertirlos en peores, sino para sentirnos realmente elegidos. Cuando Dios nos llama lo hace en la materia que cada uno somos, pero nos exige ser eso mismo que somos, no rebajarnos, no entregar a otros la capacidad que Dios nos ha regalado para poder cambiar el mundo, para sentirnos cerca de él.

Ser mejores supone no conformarse, pero supone también ser íntegros. El pasaje del evangelio en el que se inscribe este consejo de Jesús pone como ejemplo los mandamientos: no basta con decir yo no he matado a nadie, yo no cometo adulterio, yo no robo, yo respeto a mis padres… seguir a Jesús conlleva un plus de peligrosidad que nunca sentiremos bien pagado, y ahí entra de lleno la conversión, que no se enreda en pecados sino en darnos la capacidad para ver más allá de la letra, del mandamiento, de la ley. Ser íntegros, ser mejores, superar barreras que nosotros mismos nos ponemos, ver lo que otros no ven, porque prefieren quedarse en la contingencia de cumplir. Y no es que no suponga esfuerzo el mero hecho de cumplir, sino que si aspiramos a merecer el Reino de Dios, a construir un mundo mejor, debemos ser mejores.

Caminar juntos, amar juntos

WhatsApp Image 2016-09-04 at 12.53.54El sábado tres de septiembre tuve la inmensa suerte de recibir la consagración definitiva en nuestra Orden de un hermano y amigo, Francisco Jesús Ferrer Serrano, que emitió su Profesión Solemne como trinitario en Granada. Ya que algunos me han pedido que publicara las palabras que dije en la homilía, como pequeño regalo a «Curro», las comparto con todos vosotros.

Hay muchos que siguen pensando que hacer unos votos religiosos es un acto de renuncia, no es culpa suya, así nos lo han vendido muchas veces, así se nos ha presentado y así se ha defendido, tal vez para no afrontar el desafío de lo que realmente significa este gesto de amor y de voluntad. Hacer los votos no es renunciar, como tampoco es un acto de entrega, que sería una renuncia camuflada de bonitas palabras, pero al fin y al cabo una renuncia.

Acabas de pedir hace un momento “La misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de los hermanos” para toda tu vida. Hay mucho detrás de esas sencillas palabras. Sencillas pero cargadas a su vez de ideas que poco encajan con lo que debería ser hoy la vida religiosa.

Hoy diríamos que buscamos más el amor que la compañía de los hermanos. Todos estamos necesitados de amor, más aun los religiosos, necesitamos sentir que Dios nos ama a través de las personas con las que compartimos el camino, especialmente si recorren el mismo camino que nosotros, si saben de sus requiebros, de sus miserias, de sus alegrías, de sus baches y zonas de refresco. Necesitamos ese amor de los hermanos. Durante mucho tiempo incluso se ha dicho que en la vida religiosa no tenía hueco la amistad, se buscaba el trato distante y la vivencia individual del amor de Dios. Nos estamos dando cuenta de que eso, hoy en día no nos lleva a nada, necesitamos amar y sentirnos amados, porque de otro modo no alcanzaremos a comprender qué es eso del amor de Dios. Pero sobre todo porque toda la admiración, toda la piedad, todo ese amor que buscamos en los hermanos, ha pasado antes por la misericordia de Dios. Pedir la misericordia de Dios es pedir que aprendamos a llegar, como él, a todos los rincones de la vida que nos ha regalado, a los de la pobreza y a los de la caridad. Es saber vivir en el perdón, sí, pero es mucho más que perdonar. «La misericordia revela el misterio de la Santísima Trinidad, es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Vultus misericordiae, Francisco).

Los votos que va a hacer son, por tanto, como rutas que te permitirán sentir aire fresco en tu día a día, el que harás solo, pero sobre todo el que harás con tus hermanos, los que dentro de un rato te vamos a dar el abrazo de acogida en nuestra Orden. Aprender a discernir esas rutas en el tiempo oportuno, gestionar tus emociones para sean río y no presa, será un trabajo diario y constante, pero será tu trabajo, nadie lo puede hacer por ti. Pero muy por encima de las rutas está el camino. La misericordia de Dios te enseña a revelar ese misterio de la Santa Trinidad que tantos hermanos, que a lo largo de la historia de nuestra Orden han profesado estos mismos votos, han ido haciendo menos misterio y más vida. Y es por eso que, desde nuestra tradición reformada, añadimos un voto muy especial, un voto de no pretender, de humildad, porque nuestro padre San Juan Bautista de la Concepción, no podía entender otro modo de vivir y ser misericordia si no es desde la sencillez de la vida. ¿Qué otra cosa es si no el amor? Esa es la pobreza que pides a nuestra Orden, una sencillez que transforma cada encuentro, cada paso que das, cada gracia compartida. Aprende todos los días a amar, a aquellos con los que vives y a aquellos para los que vives. Aprende a amar con el convencimiento de que solo desde la misericordia podemos ser amados.

Y sobre todo sé libre. Parece una frase hecha demasiado trillada entre nosotros, pero sin una verdadera libertad interior vas a conseguir muy poca libertad fuera de ti. Ser libre es sentir la misericordia de Dios. He dicho antes que los votos son rutas, pero serás tú quien las escriba, te equivocarás un montón de veces, tendrás que caminar y desandar el camino. Antes todo estaba escrito, las rutas parecían inamovibles, estaban profundamente trilladas y regadas por el esfuerzo, la constancia y la oración de cientos de hermanos que habían sudado fe y renuncia para trazarlas. Pero nos estamos dando cuenta de que la vida religiosa ha cambiado, está cambiando. Las rutas trazadas de ayer nos hacen piadosos pero no misericordiosos. Ser libre es buscar a Dios, que no se esconde ni acomoda en una ruta, por muy santa que sea, sino que te reta a que desde tu libertad encuentres caminos que hagan vida esos ideales de pobreza, castidad y obediencia. Desde tu libertad pero siempre con la misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y el amor de los hermanos.
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