El peso de decidir: libres o cautivos

Cuando don Quijote se vio libre de los engaños de Altisidora, tras cruzar las puertas del castillo de los duques, compartió con Sancho una de las reflexiones más bellas y lúcidas de la novela:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (Don Quijote…, Capítulo LVIII).

Cervantes no necesitó impostar la emoción ni medir sus palabras: sabía de lo que hablaba. Había conocido el frío del cautiverio en Argel y el precio real de recuperar la libertad.

Y, sin embargo, la libertad nunca ha sido solo un don. También incomoda, también nos obliga. Nos han advertido muchas veces que no es lo mismo libertad que libertinaje, que la autonomía auténtica es la que se impone límites para no aplastar la del vecino. Pero, más allá de la ética social, la libertad es un problema de identidad: somos libres cuando afrontamos decisiones, y decidir implica aceptar que cada elección es, al mismo tiempo, una renuncia. Elegir es construir sobre un cementerio de posibilidades.

Desde su noción de “situación”, Sartre nos propone: «Ser libre no es poder hacer lo que se quiere, sino querer hacer lo que se puede». La libertad no es ese superpoder infantil del “querer, es poder”, sino la capacidad trascendental de dar sentido a lo que somos dentro de los límites de lo que no hemos elegido. Sartre lo llama “facticidad”: ese muro de hechos concretos que no elegimos —nuestra familia, nuestra época, nuestro cuerpo, nuestras crisis— y contra el cual choca constantemente nuestra voluntad.

Heidegger nos describió como seres “arrojados” a un mundo que ya estaba ahí. Pero, mientras unos convierten esa facticidad en excusa —«yo soy así», «las cosas son así», «no puedo cambiarlo»—, otros asumen la incomodidad de gobernar la propia deriva, y entienden que la verdadera libertad consiste en tomar el timón de su vida. En propuesta de Hannah Arendt: somos capaces de iniciar algo nuevo a pesar de la herencia recibida. No elegimos las cartas, pero somos responsables de cómo jugamos la partida de la vida.

Por eso la libertad no es cómoda, y fácilmente la vendemos al primero que nos asegura seguridad o tranquilidad. Su incomodidad consiste en que nos obliga a responder y elimina la coartada. De ahí que resulte tan seductora la renuncia encubierta: delegar, adaptarse, dejarse llevar. O, en su versión más sofisticada, llenar la vida de pequeñas dependencias que nos ahorren tomar decisiones. Sobre esta trampa nos advierte una conocida máxima de Pepe Mujica: «No soy pobre, soy sobrio, liviano de equipaje. Vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad».

Acumulamos ataduras, no solo objetos. Cada posesión nos exige un mantenimiento, cada logro nos genera unas expectativas, cada comodidad nos crea una nueva dependencia. Y así, convertimos la libertad en una carga demasiado pesada, hasta el punto de no lamentar su pérdida.

La reflexión de don Quijote termina con una imagen tan dura como cierta: «¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!». Ahí está la trampa: no perdemos la libertad de golpe, la vamos cediendo poco a poco a cambio de protección, de reconocimiento, de estabilidad, de pertenencia. A cambio de no tener que decidir constantemente.

En un mundo que nos ofrece “libertad” en forma de suscripciones vitales, fidelidades y gratitudes debidas, lo verdaderamente revolucionario de ser libres no es tener más, sino deber menos; no es conseguir tener ante nosotros todas las opciones posibles, sino en reducir las ataduras y ser capaces de renunciar sin dejar de ser lo que somos.

Vivir a la intemperie es aceptar la incomodidad de no tener excusas. Es entender que el pan más sabroso no es el que más calienta nuestro estómago, sino el que nos permite seguir siendo dueños de nuestros silencios y de nuestras deudas.

Vivir sin propósito, pero con esperanza

Cada comienzo de año regresamos al mismo ritual: los propósitos. Los grandes propósitos. Los necesarios, los urgentes, los que se presentan como sustentadores del frágil equilibrio del mundo. Como si no formularlos, como si no pronunciarlos o escribirlos en una libreta nueva, pudiera provocar una grieta en la conciencia colectiva. Pareciera que si no empezamos enero prometiéndonos una versión mejorada de nosotros mismos, algo fallará. Y seremos culpables de ello.

Pero en esta liturgia hay una confusión peligrosa: confundir propósitos con deseos. Lo vi hace unos días en una entrevista callejera. El reportero preguntaba por los propósitos del nuevo año y las respuestas iban desde lo cotidiano —viajar más, mejorar mi inglés, dejar de fumar, pasar más tiempo con mi familia— hasta lo grandilocuente —la paz en el mundo, el fin de la violencia, que me suban la nómina—. Lo verdaderamente inquietante no fueron las respuestas, sino que el periodista celebrara estas últimas como los “mejores propósitos”. Como si desear fuera ya comprometerse. Como si bastara nombrar el bien para estar trabajando por él.

No quiero decir que tener propósitos sea algo malo. Al contrario, pueden ser herramientas de mejora, anclas de esperanza, pequeñas brújulas éticas que nos vuelven más atentos, más amables, más solidarios. El problema aparece cuando el propósito se vacía de responsabilidad, cuando la implicación personal no forma parte de su esencia. Entonces se convierte en consigna, en frase hueca, en estadística desencarnada que no transforma nada.

Y por si no fuera suficiente, ya no solo se nos pide tener buenos propósitos, sino algo todavía más exigente y difuso: vivir con propósito. Esta idea, tan celebrada y repetida por muchos, me genera un profundo inconformismo. Personas, instituciones y colectivos son empujados a encontrar su propósito, como si fuera un salvavidas universal contra el fracaso. Como si bastara con definirlo para no perderse en los dédalos de la vida. Como si un propósito pudiera justificar los errores, las caídas, las dudas… tan humanas, tan inevitables.

Séneca lo veía con claridad hace siglos: “Teméis todo, como si fuerais mortales; deseáis todo, como si fuerais inmortales”. Sabía de lo que hablaba, no en vano fue tutor de Nerón, el emperador que se creyó inmortal y actuó como si el mundo le debiera obediencia eterna. La lucidez del estoico sigue siendo incómodamente actual: deseamos sin medida, prometemos sin asumir límites, olvidamos nuestra fragilidad.

Byung-Chul Han también advierte algo similar: “La sociedad del rendimiento nos obliga a ser proyectos interminables de nosotros mismos”. La presión por “vivir con propósito” no es inocente: nos convierte en gestores de nuestra propia existencia, siempre insatisfechos, siempre en deuda con una versión ideal que nunca llega.

Por eso, me atrevo a vivir sin propósito. Que no es lo mismo que vivir sin esperanza o sin metas. Vivir sin propósito es aceptar la finitud, reconocer las propias posibilidades, aprender a trabajar en los pequeños gestos de lo cotidiano. Es agradecer los fracasos, integrarlos como metas intermedias y necesarias del camino. Es amar nuestra condición humana: frágil, vulnerable, mortal… y, precisamente por eso, profundamente valiosa.

Vivir sin propósito, pero con esperanza. Dejando que mis decisiones se conviertan en misión y en compromiso. Viviendo sin esperar nada a cambio, sin permitir que los deseos desencarnados se conviertan en condición para sentirme feliz. Viviendo sin agotarme por proyectos que no son, ni serán, ni fueron realmente míos. Confiando en que el sentido no se fabrica, se descubre en el camino, en la gracia que nos sostiene. Porque “de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia”. Y eso basta.

La trampa de la anticipación

Vivimos rodeados de personas e instituciones atrapadas en la obsesión por anticipar. Es fácil descubrirlo en los discursos estratégicos, en los diseños formativos, en la forma de entender el liderazgo y la innovación. Todo parece girar en torno a la previsión, como si el devenir fuera una ecuación más por resolver.

Pero esta fiebre por la anticipación, lejos de hacernos más libres, nos encierra en un ideal de control que ahoga la experiencia. Dice Antonio Muñoz Molina, en un artículo reciente, que hemos caído en la neurosis de la anticipación. No se trata de una sana previsión, sino de esa ansiedad que busca tener siempre un plan B, una respuesta inmediata, una explicación para todo antes incluso de que las cosas sucedan. El resultado es una cultura que desconfía de la vida misma.

El filósofo Charles Pépin, en su ensayo Encontrarse, afirma: “Si solamente tenemos confianza en terreno conocido, cuando las cosas se desarrollan tal y como preveíamos, no se trataría de confianza, sino de competencia”. La confianza real -añade- es estar preparado para ir hacia lo que no podemos anticipar.

La experiencia del apagón que dejó sin electricidad ni conexión a buena parte de España y Portugal hace apenas una semana es solo un pequeño ejemplo. Pero no es el único. Venimos de años marcados por lo inesperado: una pandemia, guerras, inestabilidad política, crisis climáticas, quiebras emocionales. Duras lecciones para quienes pusieron toda su seguridad en la preparación, como si la vida pusiera preverse desde una hoja de cálculo. Sin embargo, no se trata de vivir improvisando, sino de aceptar que incluso la mejor formación no nos exime del salto de fe que implica toda decisión existencial.

Queremos tenerlo todo bajo control: el tiempo, el espacio, incluso las emociones. Desde ahí podemos entender que triunfen la comida rápida, las compras inmediatas, las respuestas instantáneas y los likes en redes sociales. Pero detrás de esa inmediatez no hay espontaneidad, sino una coreografía perfectamente calculada por los mercados: todo está anticipadamente dispuesto para que sigamos creyendo que controlamos lo que compramos, lo que hacemos y, lo que es más preocupante, lo que somos.

Jacques Derrida, en El erizo ciego, habla de dos momentos creativos: uno de apertura, de entrega a la experiencia, sin filtros ni cálculos; y otro de deliberación, de comprensión global, que involucra cuerpo, emociones y pensamiento. Pero incluso en estos procesos —dice— surgen resistencias, porque no es fácil fluir sin querer dominar lo que está ocurriendo. Nuestra obsesión por anticipar transforma en un problema que resolver, incluso antes de ser vivido.

No se trata de menospreciar la preparación. Necesitamos conocimiento, lectura, diálogo, herramientas. Pero, sobre todo, necesitamos una disposición que no se enseña en los manuales: la confianza. La capacidad de caminar sin ver el mapa completo. Porque aprender a caminar no implica hacerlo siempre del mismo modo: vendrán collados y valles, andares desequilibrados y otros más firmes, senderos trillados y otros inexplorados. Pero siempre será nuestra confianza, y no tanto nuestra competencia, la que vendrá a redimir nuestras vulnerabilidades.

Por eso, cuando nos enfrentamos a lo inesperado —cuando “nos quedamos al desnudo”, como dice Pépin— no serán nuestras habilidades técnicas las que nos salven, sino nuestra capacidad de sostenernos en el vacío sin rompernos. Aprender a vivir es también aceptar que el suelo tiembla, que el horizonte cambia y que los planes fallan.

Solo quien aprende a caminar con esa confianza radical en lo que no se puede anticipar será capaz de construir sin miedo, de amar sin garantías y de avanzar, incluso, cuando todo se apaga.