Orgullo y prejuicio

Las religiones del Libro comparten como relato originario la sencilla historia de un pecado que ha marcado todos los escenarios e interpretaciones en las que el ser humano se ha sentido necesitado de poder. La soberbia suele venir disfrazada de noble aspiración, y aunque son las tradiciones religiosas las que mejor la han identificado, ni es exclusiva de las mismas ni han quedado exentas de su fuerza envolvente. Nuestra condición humana viene marcada por la necesidad de controlar las posibilidades y las opciones que la vida nos ofrece. En ese esfuerzo, que es siempre asimétrico, no faltan las justificaciones, unas veces para tranquilizar la conciencia, siempre tan incomodante, otras para indagar nuevos caminos de autoafirmación.

Esa soberbia que nos condiciona viene, por lo general, vestida de orgullo. Nos empodera de argumentos desde los que sondeamos la realidad, la hacemos nuestra a base de apoderarnos de su sentido para no perder el protagonismo que creemos tener en los acontecimientos que nos sorprenden, pero en los que no nos queremos dejar sorprender. Esa es su fortaleza, disfrazada de autoafirmación, de una superación personal engañosa, ya que necesitamos mantener el control y buscar justificaciones al deseo de supervivencia, tan humano, tan globalizante. El orgullo es, por eso mismo, interpretado como símbolo de carácter, de resistencia ante lo que no somos, nos hace dioses de nosotros mismos en una autorreferencialidad que escapa a la duda, reduce todo a la visión propia de la realidad, sin espacio para la crítica, para el otro, para la pluralidad. El orgulloso debe acostumbrarse a amar la soledad, dice Amado Nervo, porque los orgullosos siempre se quedan solos.

Soberbia y orgullo son los padres del prejuicio. La soledad de la que han hecho casa y condición altera la imagen del resto de las personas, de sus pensamientos y aportaciones, pero también de sus debilidades y errores; hace pasar todo lo que no son ellos mismos tras el perfecto cristal de su mirada. Es un hijo que hace ley de su afán destructivo, porque es incapaz de construir conjuntamente, porque ha endurecido la piel de sus sentimientos, ha relativizado los valores universales para adaptarlos a su propia impresión de lo que debe o no ser vivido. Triste época la nuestra, en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, se lamentaba Einstein. El prejuicio secuestra nuestros espacios de sentido, nos hace creer que todas las respuestas, y todas las preguntas, están ya en nosotros, nos embarca en conquistas para las que solo hay una bandera que defender, traza fronteras frente a todo lo que considera extraño, emprende caminos circulares en los que nunca encontrará más compañía que sus propias verdades.

Cuando nos vemos atrapados en esta triste familia no es fácil escapar a sus apelaciones de sensatez, de falso realismo, a sus interpretaciones de las relaciones humanas, siempre mediatizadas por la sospecha de que perderemos nuestra identidad si no defendemos lo que nos es propio. Nos embauca con cantos que reclaman una armonía en la que no hay lugar para la disonancia ni la diferencia. Casi sin darnos cuenta, se apodera de esos vacíos que esperan ser ocupados por lo que no somos nosotros, se apropia del no saber y del asombro iniciático. Nos envuelve en sus mágicas palabras, fáciles de entender y de aceptar; nos hace cómplices de sus aprensiones, desconfiados por principio, incapaces de lo radicalmente otro. Cuando nos apresa, todos los argumentos se reducen al absurdo, nos hace incluso capaces de defender posturas que dividen y separan, todo en beneficio del propio interés, de una paz interior que vive envuelta entre los algodones de la indiferencia.

La historia está poblada de personas que han hecho del orgullo su opción vital, también lo está nuestra propia historia personal, tantas veces en el equilibrio entre lo que pretendemos que nos defina por nosotros mismos y lo que nos define desde aquellos con los que vivimos. Dejamos perder el presente en el que ser, lo cambiamos por seguridades de un pasado estable o por lo inesperado de un futuro que soñamos perfecto y completo. Nos aferramos a ideas que, aunque equivocadas, hemos construido con nuestro propio esfuerzo, para juzgar cualquier pieza que parezca no encajar en ese puzzle de perfección en el que nos refugiamos.

He tomado prestado el título de este post del de una conocida novela de Jane Austen, que comienza diciendo, Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa. Nuestra fortuna y nuestra soltería necesitan desposarse con las ideas, los pensamientos, sentimientos, experiencias, fortalezas y debilidades de las otras personas, aunque nuestro orgullo nos lo impida, aunque su vocecita interior nos susurre que es preferible la soledad a las complicaciones que surgen del encuentro y del diálogo, que mi forma peculiar de vestir y de pensar me define ante los demás mejor que esas modernas manías de confundirme con el entorno. Nos gusta ser Juan Palomo, pero en una forma de mismidad que nos hace infecundos, sosegados habitantes de unos principios que tallamos en piedras con ansias de eternidad.

El prejuicio, el orgullo, la soberbia, nacen en el mismo centro del paraíso, allí donde hemos decidido dejar de ser parte para ser el todo.

La legítima supervivencia

Los cambios forman parte de nuestra vida, aunque no siempre es sencillo acometerlos, menos aún aceptarlos e integrarlos en nuestros espacios bien construidos y forjados, de ahí que se conviertan en crisol de crecimiento o en pozo de desesperación. Las rupturas que acompañan a los cambios proponen una revisión de los principios que nos aportan seguridad, interceptan el deseo de la continuidad, de que todo pudiera seguir como hasta ahora, descolocan las ordenadas estanterías de nuestro pensamiento, proponen nuevas metas, nuevos caminos, nuevos encuentros, y ahí, a veces, nos perdemos entre las amarras sueltas y los sentidos distraídos.

Hay cambios que limitan, retrotraen a los puntos de partida. Son los que, indagando en los misterios de nuestras decisiones, impulsan transformaciones que nos asustan, nos requieren para una creatividad que haga nuevas las cosas. Reaccionamos desde una resistencia íntima, que busca evitar la ruptura con las rutinas en las que estamos instalados. La incertidumbre del cambio forma parte de todas nuestras opciones, es parte de su naturaleza, tememos sus consecuencias y añoramos sus pérdidas, incluso antes de sentirlas, porque cada cambio es una amputación de algo que hemos aprendido a amar con esfuerzo.

Pero también hay cambios que impulsan, inauguran nuevos periodos de la vida, abren posibilidades infinitas y reconcilian con las pérdidas. Son los cambios necesarios, no una mera adaptabilidad al entorno sino una legítima supervivencia, como los define Aristóteles. Cuando los vivimos sin la resignación de los límites encontramos en ellos la capacidad para interpretar el tiempo que los habita, pasado, presente y futuro, y también esa otra dimensión transversal, la intensidad de la presencia. No es fácil desprenderse de las anclas, siempre invitándonos a construir tiendas estables en las que vivir eternamente, pero cuando aprendemos a afrontar el desconcierto que todo cambio incorpora avanzamos en la comprensión realista de todo lo que nos acontece, agradecemos los anclajes que nos mantienen unidos a la realidad, al mismo tiempo que nos adentramos en una navegación para conocer otros matices de esa misma realidad.

La legítima supervivencia no conoce la resistencia al cambio, a pesar de que solamos confundir supervivencia con estabilidad. Es más bien un fortalecimiento de nuestra capacidad creadora que, sin renunciar a las experiencias vividas, pone en juego nuestras limitaciones y nuestras capacidades para acoger el don del encuentro, nombrar la realidad y compartir la vida. Esa legítima supervivencia se consolida en todas nuestras intemperies, viene a habitarlas, no a sustituirlas. Su espacio no es el de las miserias acumuladas por nuestro deambular de deseo en deseo, sino el de las relaciones con las que establecemos nuevos encuentros y nuevos dones.

Estos días, viendo las imágenes de la lava del volcán de La Palma engullendo a su paso casas, templos y carreteras, pensaba en el doble sentimiento que algo así provoca, la atracción ejercida por la fuerza de la naturaleza se enfrenta a la rabia por la pérdida. Al igual que la lava va transformando la morfología de la isla, los cambios nos invitan a dejar ir, con el dolor de la contradicción, a visibilizar la novedad que surgirá tras su paso. Puede que no suene políticamente correcto, pero contemplando hipnóticamente el avance sin obstáculo de la colada del volcán imaginaba lo que diría ese magma de poder hablar: yo ya estaba aquí, antes incluso que tu conciencia sobre mí, antes que todo aquello que te has afanado en construir, yo estaba por debajo de tus decisiones, de tus búsquedas, de tu soberbia cada vez que pensabas que ya lo tenías todo dominado.

Hay muchos cambios que parecen una novedad, cuando en realidad siempre han estado por debajo de todos mis empeños. Es inútil luchar contra ellos, su incandescencia es como la de la lava, arrasadora y transformadora. Me reclama una legítima supervivencia que active los volcanes dormidos de mi conciencia, que amplíe la geografía en la que vivir, sentir, amar cada cambio, legitimado por mi voluntad inequívoca de ser yo mismo, de sobrevivir, incluso a mí mismo.

Mira tras de ti

Hoy es un día especial, cumplo veinticinco años de profesión solemne en la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos, y aunque algunos que me conocen bien se extrañarán, porque soy de los que creen que estos acontecimientos no se celebran, se viven, quiero aprovechar la oportunidad para agradecer y recordar.

Tomar la decisión de hacerme religioso no fue tarea fácil, a los impulsos y emociones propios del enamoramiento se sumaron pronto los apegos personales, ejerciendo de ancla para mis sueños. Algunos apegos perviven, han sido capaces de sobrevivir a mis seguridades, pero no ya como lastre sino como espacios de sed y de búsquedas, que me van ayudando a afianzar mis pasos por los caminos siempre inacabados de las opciones. Los apegos, como las dudas, formaron parte de mi discernimiento, y más allá de mis luchas para acabar con ellos, decidí aceptarlos, porque también soy yo en ellos, tal vez han sido los mejores aliados para llegar hasta el momento presente. He aprendido a escuchar sus susurros, como aquel memento mori (recuerda que morirás) que el siervo repetía al oído del general victorioso en la antigua Roma. He aprendido a medir los triunfos y los descubrimientos, partes inseparables de ese único momento vital que es caer y levantarse. He aprendido que no puedo encontrarme, ni definirme, sin mis apegos. En realidad sigo en la tarea, pero cada vez más libre de la cobardía de reconocer que cada día todo está por construir.

Tertuliano afirma en su Apologética que lo realmente susurrado por aquellos siervos al oído del triunfador era, ¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre. Me gusta está idea de Tertuliano, porque no suena a advertencia, a recuerdo de una amenaza sobre lo que vendrá o en lo que nos convertiremos, sino a mirada libre de condicionamiento hacia todo lo vivido, a nuestra esencia, a lo que hemos construido. Miro tras de mí, miro mis inquietudes de juventud, mis anhelos de cambio, de nuevos mundos y nuevas vidas; miro las personas que me acompañaron, muchas de ellas aún lo hacen; miro también aquella mañana de un 7 de septiembre en Granada, en la que cerraba toda posibilidad de duda; miro todas las mañanas amanecidas desde entonces, y también las tardes de agradecidas respuestas, y las muchas noches oscuras. Miro, y recuerdo que soy un hombre, entre límites y fortalezas, constituido por todos mis triunfos, y muy especialmente por mis debilidades, esas en las que siempre han buscado hacerse fuertes los apegos, arrastrándome a los pastos de la resignación o del abandono. En el permanente equilibrio entre estas constantes, me he ido haciendo consciente de la presencia cercana de Dios en mi vida, en mis cosas, en mis sueños, que no solo ha cuidado de mi fe y de mi vocación, también me ha hecho realista.

Recordar que soy, saberme humano, indagando en ese conocimiento como apertura, me ha dado conciencia de muchas cosas. Ahora sé que aquella decisión me desligó de lo efímero, sé que ni puedo luchar ni debo contra todos mis miedos, sé que no camino en solitario, y cada vez amo más esta multitud de amigos que me rodea, sé que hay dudas no resueltas que tampoco encontrarán respuesta cuando vaya atardeciendo, pero no me inquieta, se ha hecho fuerte en mí una paciencia que me da paz, aunque también me desconcierta. Ahora sé que todas mis experiencias, los tortuosos senderos pisados, unos días con paso firme, otros vacilante, me han llevado a encuentros inesperados que han cambiado mi visión del mundo, que me han reconciliado con las posibilidades. En estos veinticinco años he tenido la oportunidad de estar en lugares y misiones muy diferentes, en todos he crecido, de todos he bebido el jugo que enriquece la conciencia de las cosas. También en ellos he ido aprendiendo a bailar con mis afectos, no fue fácil cambiar la pastoral en la cárcel por la pastoral en el colegio, ni personal ni espiritualmente; tampoco lo fue asumir responsabilidades en las que sentía la obligación de tomar decisiones importantes, ni dejar atrás ideas que me acompañaron en mis primeras decisiones vitales pero ya no casaban con mi mirada sobre la vida.

Heidegger llama a estos vaivenes, sendas perdidas, trazos en el bosque de la vida que no llevan a ningún lugar, nos condenan a cruzarnos y a volver sobre nuestros pasos, como caminantes sin rumbo, y de este modo errante van borrando las huellas y los caminos del ser. Me cuido mucho de los círculos viciosos, de las vías muertas, sin salida, pero reconozco que es en esas sendas perdidas de mi vida donde he descubierto el valor de las encrucijadas, de las relaciones, de la escucha, de la mirada que me ama y me perdona, me resisto a suplirlas por modernas autopistas que me lleven más rápido y con menos rodeos, pero en las que pierdo el sentido de lo amado. Camino en círculos, pero no sin rumbo; por senderos perdidos, pero sin perderme en los senderos; defiendo principios que después sustituyo por nuevas batallas o viejas ideas; guardo cosas y apuntes y poemas que garabateé, sabiendo que han quedado viejos y en desuso, solo por el gusto de volver a ellos cada cierto tiempo y dirigirme en sus sendas perdidas.

Aquel sí de mi profesión solemne contenía todos los que han venido después, sigue siendo cimiento para nuevos proyectos, pero sin quedarme a vivir en él, tampoco en los noes que contiene. Como ese círculo que recorre el bosque en sendas perdidas, yo también, cada mañana de los últimos veinticinco años, he regresado al motor que me da vida y me equilibra: mi primera oración del día, mi espacio de sentido, es la recitación consciente de la fórmula de mi profesión. Miro atrás y repito con respeto cada palabra, no para vivir en ellas sino para que ellas vivan en lo que toco, siento, hablo y escucho. Se han desnudado de la emoción de la primera vez para vestirse del enamoramiento curtido, hecho de retazos de realidad. Hace un momento he vuelto a pronunciarlas, aún lleno de sueño y de legañas. Me gusta que sea así, porque hay decisiones que no es bueno separar de los sueños.