Obstáculos en el camino

Hay un cuento de Jorge Bucay (26 cuentos para pensar) que desde hace tiempo vengo repensando. De forma resumida: un hombre se encamina hacia una ciudad en la que podrá encontrar todo lo que desea, todas sus metas y ambiciones, sus sueños y objetivos; al poco de comenzar, el sendero se hace cuesta arriba, se cansa pero no le importa, porque la meta lo vale; después se encuentra con una gran zanja, que salva con un peligroso y atlético salto; salvada esta zanja aparece otra, más ancha aún, pero su deseo de alcanzar la ciudad le permite saltarla y seguir adelante; poco después le sorprende un abismo, imposible saltarlo; descubre a un lado maderas, clavos y herramientas, y a pesar de que nunca ha sido hábil con las manos y que la sombra de la renuncia pasa por su cabeza, ya puede ver a lo lejos la ciudad, de modo que construye un puente; tarda meses pero lo ha conseguido y lo cruza emocionado; al llegar al otro lado descubre una muralla que rodea la ciudad de sus sueños, se siente abatido, no la puede esquivar, debe escalarla; tampoco ha sido nunca hábil con sus vértigos, aún así trepa por la gran muralla, su objetivo está ya muy cerca; en un descanso para tomar aire ve que un niño le observa, como si le conociera, el hombre, cansado, le pregunta, ¿Por qué tantos obstáculos?, a lo que el niño, encogiéndose de hombros, le responde, ¿Por qué me preguntas a mí?, los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras, los trajiste tú.

Llevamos mucho tiempo caminando al tiempo que salvamos obstáculos, el último año ha sido especialmente difícil y traicionero. A cada meta que nos ponemos aparecen abismos y muros que parecen apartarnos de la compleja tarea de alcanzar nuestros sueños, hay días que los salvamos, que sacamos fuerza de la debilidad, habilidades personales que desconocíamos tener, pero hay otros días en que la sombra de la renuncia nos mira de frente, nos relega a un espacio de fracaso del que, nos intentamos convencer, tal vez no debíamos haber salido.

Los obstáculos tienen una peculiar manera de entrometerse en nuestros sueños y ambiciones. Como al protagonista del cuento, solo tenemos que ponernos en camino hacia las metas deseadas para que aparezcan como de la nada dificultades que se interponen y que cada vez se hacen mayores. Y junto a cada obstáculo un coro de susurros aconsejando sensatez y cordura, invitando a la tibieza del abandono, o a buscar metas acordes a nuestras fuerzas y necesidades. Esa es la fuerza de los obstáculos, y su triunfo nuestro abandono, aprovechar las sendas abiertas por el deseo para regresar al lugar de lo conocido y quedarnos a vivir en él.

Su primera victoria es el miedo, alardean ante nosotros de su soberanía frente a la timidez emocional, y no quieren más respuesta que la proyección, esa búsqueda de culpables fuera de nosotros mismos, inquisitorial juego de rabia contenida en el que acabamos arrasando con amistades, seres queridos y creencias. Nos predispone a señalar zancadillas allí donde un problema rompió nuestros sueños más íntimos, ante cada muleta que nos vimos obligados a tomar, explicaciones simples para justificar que no es la pasión sino el miedo lo que corre por nuestras venas.

La madurez nos enseña a afrontar los obstáculos, sabe más el diablo por viejo… Hay un ingenio que agudiza el hambre para alcanzar metas, y como el buscador del cuento nuestras piernas son capaces de saltar lejos y nuestras manos de construir puentes y escalar murallas, la razón vence a los miedos, el fracaso deja de ser una opción y nos hacemos habitantes de la ciudad deseada. Pero hay una victoria aún mayor que la de vencer obstáculos, reconocer que gran parte de ellos los hemos creado nosotros mismos, no han salido ni de la nada ni de la maquiavélica mente de quien espera ver nuestra retirada. No es tanto la experiencia cuanto la mirada sencilla y limpia de niños la que nos descubre esta verdad ocultada por nuestro disfraz de forzudo de feria.

Esta aceptación comienza a desarrollarse cuando somos capaces de nombrar los obstáculos, tanto los materiales como los mentales, en ese momento ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Al nombrarlos los hacemos nuestros, destapamos su origen, sin proyecciones que tranquilicen nuestra conciencia alargando la sombra de la sospecha, identificamos los espacios vacíos que nos encerraban en el no puedo para encontrarnos con nosotros mismos, sin disfraces ni excusas. No es realmente una victoria, porque el sendero en que avanzamos nos llevará toda la vida, pero la memoria de los obstáculos reconocidos persistirá frente a las derrotas existenciales, y entonces estaremos preparados para trascenderlas. «Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos» (James Joyce, Ulises).

Salvar lo que se ama

Pocos problemas han generado en la historia una respuesta tan global como esta lucha contra el coronavirus. Ciertamente hay muchas incógnitas por resolver, incluidas las sospechas sobre la capacidad que tendremos para promover soluciones y actuaciones que no generen nuevas desigualdades. Con la experiencia actual soy poco optimista en este aspecto. Porque más allá de compartir datos, que en muchos casos sabemos cocinados, no estamos actuando con la solidaridad y la unidad que debería esperarse de una humanidad capaz de afrontar peores guerras. Cuando finalmente habíamos detectado los peligros del individualismo, a todos los niveles, ha llegado esta pandemia a obligarnos a guardar distancias, proteger nuestros encuentros, mirar por uno mismo y confinarnos.

En la película Los últimos Jedi Rose Tico le dice a un atribulado Finn, «Así es como ganaremos, no luchando contra lo que odias sino salvando lo que amas». Tal vez no sea una cita muy erudita, pero es buena e intensa, abre un espacio de posibilidades. La lucha personal, sanitaria y política contra el coronavirus nos ha envuelto en una nube de odio, a todos los niveles. Odiamos las palabras con que intentamos definir la nueva situación, odiamos a quienes gestionan las decisiones, y las decisiones mismas, odiamos también los cambios a los que nos vemos obligados, y odiamos a quienes no cumplen con las normas, a quienes pasean su inconsciencia colectiva, a veces incluso a quienes enferman. Compartir semanas confinados con quienes creíamos amar sin fisuras también nos ha descubierto las fragilidades y debilidades de la convivencia, y hemos acabado odiando a quienes ni lo merecen ni se lo ganaron.

Las guerras tienen comienzos difusos y finales inciertos. Ni siquiera el paso del tiempo acaba de aclararnos por qué empezó un conflicto, pero tampoco el paso del tiempo soluciona los odios ni cierra las heridas, a pesar de esas máximas buenistas que nos invitan a confiar en la justicia del tiempo. Una vez comenzamos a odiar no es difícil olvidar las construcciones de paz que tanto costó levantar, participamos en esa ceguera colectiva que se niega a ver lo positivo y a reconocer espacios de encuentro.

Odiar no es un acto gratuito, deja marcas que nada borrará, emplea ardides que cambiarán para siempre nuestros deseos de bondad, incapacita para la vida, nos destierra de la trascendencia. Cuando odiamos el presente que vivimos, abrimos una brecha con el pasado que nos constituye y con la potencialidad del futuro. No podemos ganar esta guerra desde el odio por lo que estamos perdiendo, no podemos superarla eliminando lo que nos ataca, lo que cambia nuestra realidad. ¡Ay!, esa realidad que odiamos en la misma medida en que echamos de menos lo que antes nos ataba a ella.

Para vencer necesitamos salvar lo que amamos. El primer paso es sencillo, identificar lo amado, porque solo el amor alumbra lo que perdura, y en lo amado encontramos universos de sentido que hacen buenas las palabras y los gestos con que edificamos cada espacio vital. El segundo paso es más complejo, amar lo que no entendemos, lo que no aceptamos, lo que nos descoloca. Para construir esta dislocada existencia es preciso integrar los fracasos y unificar el deseo, identificar los porqués y hacerlos proyecto de vida.

Hay que salvar lo que se ama para que podamos salvar nuestra capacidad de amar, para evitar que los odios se conviertan en intolerantes guardianes de nuestras futuras decisiones. Salvar lo que se ama es reconocer lo que nos ayuda a integrar y a crecer, resguardar lo que nos abre al sentido trascendente de la vida, acoger y besar cada pedazo roto de nuestra existencia porque merece la pena hacerlo propio y ponerle nombre. Es una salvación que llega a cada modo en que vivimos, que rescata todos los cómo, sin moralinas, con entereza, porque «quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo» (Nietzsche citado por Viktor Frankl, esta sí es una cita más erudita).