Hay virus aún peores

Desde este retiro impuesto por la realidad mi cabeza batalla aturdida, rebosante de ideas, contradicciones, silencios, oraciones… y todo al mismo tiempo, sin descanso. Al sobresalto continuo que vivimos se une la inexplicable ansiedad de ver cómo esas torres de seguridad y fortaleza se van derrumbando, ¿qué hemos hecho con el regalo de la vida?… y resuenan, nuevamente, los versos nunca olvidados de José Luis Blanco Vega… que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte, de haberle dado un día las llaves de la tierra.

Mirar cara a cara la fragilidad que nos constituye no es tarea fácil, sentirnos derrotados y encerrados por algo tan minúsculo, encontrarnos con preguntas sin respuesta, apacentar las ansias de pararlo todo, porque ahora sentimos que no habíamos paladeado y gustado de la belleza,… esconder avergonzados la mano que tiró la piedra,… y pedir, cada día más fuerte aún, que aceptemos la bondad de todo esto, aunque minuto a minuto dejemos de verla.

Este virus que amenaza nuestra salud y nuestra economía, también está aquí para recordarnos que hay otros aún peores, y a pesar de la dureza del aprendizaje, cuál no lo es, está ya empezando a derrotar su silenciosa presencia. La música, el aplauso espontáneo, la ayuda mutua, el saludo amable a quien no conoces, el mensaje o la llamada que andaba esperando el tiempo oportuno, la tarde gastada con aquellos que viven contigo y hacía tiempo que veías pero no mirabas, se van convirtiendo en antibióticos de vida, primaverales, para vencer los otros virus que poco a poco fueron derrotando nuestras defensas naturales. Vamos sabiendo, y no es poco saber, que la solidaridad no basta, tal vez fuera otra quimera que nos vendieron, y compramos deslumbrados por la belleza de su sonido y la tranquilidad de nuestra conciencia. Necesitábamos esta isla de naufragio, la que tantas veces nos pidieron imaginar para llevarnos tres libros, una canción, una persona amada, un tiempo que interesar.

Y, como en todo naufragio, las víctimas se nos acumulan, este ya se está cobrando muchas, demasiadas, pero también se las cobraron aquellos otros virus que subimos a nuestra barca, víctimas de nuestros silencios, de los olvidos, de los ya lo haré, víctimas de las prisas con que llenábamos nuestras vidas, de nuestras relaciones pasajeras, de nuestras búsquedas de soledad. Hemos tenido que dejar de tocarnos, de abrazarnos y besarnos, para sentir lo mal y deprisa que lo hacíamos antes, pero también para desear hacerlo, en cuanto esto pase, con la intensidad de quien se sabe salvado en cada abrazo. Qué bien lo sabía Rilke, vivir en los abrazos solo puede hacerlo quien pueda morir en ellos.

Pero no nos engañemos, formamos parte del misterio de la vida, cada virus que amenace nuestra seguridad sacará lo mejor y lo peor de nosotros mismos, y si bien las consecuencias no son siempre definitivas, nos mantendrá en continua vigilia para encontrar vacunas y remedios que nos permitan atisbos de salvación, miradas limpias, gestos amables, que nos devuelva la gracia de merecer, una vez más, siempre, las llaves de la tierra.

Dejo el enlace al blog de un buen amigo que, en lugar de citar poetas, como yo hago, escribe poéticamente estos mismos sentimientos, seguro que os emociona, como a mí:

#laescuelaquequeremos (1)

Es evidente que vivimos el tiempo presente, pero el modo en que habitamos ese presente incluye irremediablemente una visión de futuro. También en la escuela, definida tantas veces como laboratorio de futuros, esta tensión hacia lo que vendrá a ser cada alumno y los conceptos que les transmitimos, se convierte en elemento de constante evaluación y preocupación por parte de todos los implicados en el proceso educativo. No conocemos el futuro, más bien se nos presenta como disgregado y cambiante, podemos incluso planificarlo mediante planes estratégicos e institucionales, en cualquier caso la escuela del futuro, si es que nos atrevemos a soñarla, no podrá ser nunca el resultado de una esotérica lectura de hechos presentes que nos muestren, como si se tratara de un arte adivinatoria, un futuro ideal que ilumine nuestro presente. 

Serán, por tanto, las bases que ahora pongamos y las opciones que tomemos, las que nos abrirán paso para dar futuro a esta escuela que tenemos, aportar sentido a las búsquedas pedagógicas, pastorales y sociales que nos ocupan.

Pero, ¿cómo educamos para un mundo cambiante y nuevo? ¿Cuál es el papel del maestro, de su vocación, de su fe, en todo este argumentario? ¿Qué sentido tiene soñar una escuela futura, y en ella un aula con su maestro y sus alumnos, desde lo efímero que nos rodea?

Si nos movemos en las claves evangélicas del siglo XXI, a la aspiración humanizadora de la escuela debemos sumar una realidad evangelizadora, que nos oriente y defina como escuelas católicas y trinitarias. Voy a compartir, en este post y en los próximos, algunos rasgos que podemos ir incorporando a la siembra, que bajan la mirada para situarnos en el tiempo presente, sin dejar de mirar al frente.

#laescuelaquequeremos está llamada a ser transparente y permeable.

Hemos trabajado mucho en los últimos años para crear escuelas en red, priorizando los espacios abiertos que ante la sociedad nos hiciera transparentes y comunicativos en todos los procesos de nuestra misión educativa, interrelacionados, “excelentes”… Pero el futuro de la escuela, especialmente de la escuela católica, necesita una transparencia que sobrepase sus estructuras y el consumo interno. No nos va a bastar con ser una escuela en red y que apuesta por la innovación y las tecnologías de la comunicación, las nuevas alianzas nos obligan a ser también una escuela permeable, algo que solemos evitar cuestionando que otros “se metan en lo nuestro”: los padres, los políticos, las asociaciones… Es esa permeabilidad la que nos va a permitir realmente sobrevivir en un mundo hiperpermeable, haciéndonos metapermeables, más allá del contagio, mirando de frente el mundo y dejándonos cambiar por esa mirada, porque solo podremos hablar de un futuro para la escuela en la medida en que seamos capaces de hacer permeable nuestro presente. Hace unos meses fui testigo, con una mezcla de ternura y de intriga, de cómo un niño de unos cuatro años, que viajaba con sus padres en un avión, señalaba ilusionado el folleto de medidas de emergencia y decía a grandes gritos y con una sonrisa enorme “A plane, Mom, a plane, look, a plane”. La falta de transparencia institucional y carismática, y la poca permeabilidad de nuestras acciones, produce este tipo de monstruos. Nos preocupamos por aspectos importantes de la educación, nos hacemos expertos en programación, pedagogía, psicopedagogía también, pero… ¿cuántos son capaces de reconocer desde dentro el avión en el que vuelan?

#laescuelaquequeremos necesita hacerse neosolidaria.

Una de las ideas más claras que tenemos en la escuela cristiana es la posibilidad que nos ofrece como plataforma de solidaridad, en la que desarrollar nuestros carismas e implicar a otros en proyectos que ayudan a personas. Pocos alumnos y pocas familias dejarán de decir el nombre y lugar del proyecto solidario de este curso, porque hemos aprendido bien a usar los recursos a nuestro alcance para seguir creciendo en este sentido. Pero es fácil percibir que esta solidaridad se nos hace en muchos momentos irreal, no quiero decir que deje de tener sus efectos positivos en espacios necesitados de ella, sino que tenemos que buscar una solidaridad que suponga un compromiso real con las personas y los problemas que comprometen su futuro, dejándonos de “campañas alfiler”, que solo arañan la verdadera naturaleza de las cosas, y comprometiéndonos con los objetivos de la lucha por la justicia social, la ecología, la igualdad, el desarrollo sostenible… Estas causas no nos darán dinero, y son difíciles de cuantificar en el presente, pero implican una neosolidaridad que aporta proyección y cambio.