El buen humor como resistencia

Tras buscar en la entrada anterior el rastro del buen humor en la historia de la Iglesia, conviene aterrizarlo en lo concreto: como actitud básica, cotidiana y profundamente necesaria. El buen humor no es un accesorio del carácter, sino una condición de resistencia y supervivencia espiritual. Pero para que esto sea así, necesita un suelo firme donde echar raíces.

El primer rasgo de resistencia del buen humor es la amistad real. Aunque las redes sociales nos han vendido la ilusión de una conectividad total a través de seguidores y me gusta, lo cierto es que la pantalla suele esconder una forma sutil de consumismo emocional. Ofrece un placer rápido, un destello de dopamina que simula completitud, pero que esconde una profunda carencia de alegría verdadera.

Solo hay que ver el vacío, la soledad y el rechazo —tierra de cultivo de la tristeza— que experimentan algunos cuando las métricas digitales no alcanzan los números deseados, aun teniendo amigos de carne y hueso a su lado. Ya lo advertía Cicerón en su tratado Sobre la amistad, definiendo precisamente la amistad: «Aumenta la felicidad y disminuye la tristeza, multiplicando por dos nuestra alegría y dividiendo nuestra pena».

Cuidarse de los espejismos digitales es un buen comienzo. Sin embargo, también debemos vigilar qué aportamos cada uno de nosotros a los espacios que habitamos: la familia, la escuela, el vecindario o el trabajo. A veces somos tan selectivos, tan celosos de nuestra comodidad, que cultivamos un concepto aristócrata del buen humor. Nos volvemos cínicos y distantes hasta convertirnos en el “cero” de la ecuación, aplicando la mítica frase de Bart Simpson: «Multiplícate por cero». Por muy alta que sea la cifra de alegría, entusiasmo o buen humor que los demás traigan a la mesa, si nuestra actitud es la desconfianza o el desdén, el resultado final siempre será cero. Cancelamos la fiesta.

El segundo rasgo de resistencia es la paz interior. En los momentos críticos, cuando el estrés o la incertidumbre nos desbordan, lo primero que perdemos es la perspectiva. Cuando la complejidad del mundo nos abruma y nos roba la paz, dejamos de ver a las personas y las convertimos en estadísticas, en obstáculos o en simples circunstancias que nos estorban.

Bajo esa mirada nublada, el buen humor del otro se percibe como frivolidad o amenaza. Nos volvemos incapaces de sostener una mirada, de devolver un saludo o de regalar esa sonrisa limpia que reconoce y valida la existencia de quien tenemos enfrente. Sin paz interior, la intemperie se vuelve un desierto hostil.

El tercer rasgo de resistencia del buen humor es su capacidad humanizadora. En este tiempo de inteligencia artificial, asistimos a noticias estremecedoras: personas atrapadas en una profunda soledad que establecen vínculos de amistad, e incluso complejas relaciones afectivas, con entidades virtuales. Sin embargo, la tecnología tiene un límite insalvable: es incapaz de habitar la ambigüedad, la ironía, la sorpresa y la relación profunda entre el objeto y su contexto.

Como nos advierte el filósofo Daniel Innerarity en su reciente ensayo sobre la inteligencia artificial, el sentido del humor y la risa espontánea son de las propiedades más específicamente humanas y, por tanto, más difíciles de aprender para una máquina, por muy “inteligente” que pretenda presentarse. Aunque le pidamos un chiste a nuestro asistente virtual —¿quién no lo ha hecho alguna vez?—, solo obtendremos una simulación impostada del humor que, lejos de humanizar la tecnología, la vuelve más preocupante. Pienso, además, que parte de esa preocupación consiste en que a veces se parece demasiado a la superficialidad de algunos humanos.

La alegría verdadera no se programa ni se hereda de un código de datos; es el sello de nuestra humanidad. Y pasa su mayor prueba de autenticidad cuando es capaz de emerger, desde el respeto y la ternura, precisamente en situaciones de fragilidad y dolor. El algoritmo puede imitar la estructura de un chiste, pero jamás comprenderá el alivio de una sonrisa en mitad del llanto.

No encuentro mejores palabras para cerrar esta reflexión que la famosa “Oración del buen humor”, atribuida a santo Tomás Moro. Un texto que es, en sí mismo, un programa de vida desinstalado y libre:

«Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir.
Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla.
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro,
para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden.
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros
y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por esa cosa tan dominante que se llama yo.
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás.
Así sea».

La espiritualidad de la sonrisa

Es imposible olvidar al venerable Jorge de Burgos, retratado con maestría por Umberto Eco en El nombre de la rosa. Desde su fanatismo, el viejo monje custodiaba la biblioteca de su monasterio frente al que consideraba el peor de los vicios: la risa, a la que definía puerta abierta al pecado. Frente a él, el fraile Guillermo de Baskerville aportaba un soplo de realismo evangélico, mientras buscaba desesperadamente el tomo perdido de la Poética de Aristóteles, queriendo demostrar que la risa y el buen humor son tan necesarios para la salud del alma como la liturgia o las buenas obras.

Jorge argumentaba con severidad que Cristo nunca había reído, aunque los Evangelios sí lo muestran llorando en varias ocasiones. Guillermo, con fina agudeza, le contraargumentaba que uno de los relatos fundacionales de nuestra fe, la promesa de descendencia a Abraham, se sostiene precisamente sobre la risa de Sara y el cumplimiento de ese milagro en Isaac, cuyo nombre significa literalmente «La risa de Dios». La misma Sara lo expresó gritando: «Dios me ha hecho reír; todo el que lo oiga, reirá conmigo» (Gn 21,6).

Ese hilo de santa alegría cruza toda la Escritura. El rey David danzó lleno de risas y saltos delante del Arca de la Alianza, ante el desconcierto de los espectadores solemnes que reprocharon un gesto que ni entendían ni querían entender. El sabio Qohélet nos recordaría en el Eclesiastés que la vida no es un bloque monolítico, sino un tejido dinámico: hay «tiempo de llorar y tiempo de reír».

Es imposible no percibir ese mismo tono de buen humor en las parábolas de Jesús, plagadas de hipérboles visuales que, con toda seguridad, arrancaron carcajadas a sus oyentes —al mismo tiempo que ampollas a los hipócritas—. Más allá de la alegría desbordante de quienes encuentran dracmas perdidas, descubren tesoros escondidos o son perdonados gratuitamente, resulta fácil imaginar la risa contagiosa de la multitud al escuchar a Jesús hablar de «filtrar un mosquito y tragarse un camello», o de aquel neurótico que intenta sacar una mota del ojo ajeno mientras lleva una viga clavada en el suyo. Es la ironía sagrada frente a la rigidez, es la fiesta de los ángeles en el cielo. En palabras de C.S. Lewis: «La alegría es el asunto más serio del cielo».

A lo largo de la historia, el buen humor ha sido termómetro de profundidad espiritual. Lejos de ser una burla o una falta de respeto, el humor revela el núcleo de la gracia: la certeza de que ya hemos sido redimidos y que, por tanto, no nos pertenecemos del todo a nosotros mismos.

Ahí está san Lorenzo, pidiendo a sus verdugos que dieran la vuelta a la parrilla para que pudiera “hacerse” por ambos lados. O la entrañable y divertida amistad en la Roma del siglo XVI entre san Felipe Neri y san Ignacio de Loyola, una mezcla explosiva entre la espontaneidad desbordante de Felipe y la disciplina sobria de Ignacio. Cuando ambos fueron canonizados en 1622, junto a Francisco Javier, Isidro Labrador y Teresa de Jesús, el pueblo romano, que recordaba la ternura del “santo de la alegría”, acuñó un dicho que pasó a la posteridad: «El papa ha canonizado a cuatro españoles… y a un santo».

Santa Teresa de Jesús también poseía una inclinación natural a la ironía, que entrelazaba sin complejos con su mística. De ella nos quedan quejas tan humanas y desafiantes como su célebre: «Señor, si así tratas a tus amigos, ¡con razón tienes tan pocos!», o los sabios consejos que daba a sus monjas: «Líbreme Dios de santos encapotados (tristes)» y «Un santo triste es un triste santo».

El “papa bueno”, san Juan XXIII, desarmaba la pompa vaticana con su naturalidad campesina. Cuando un periodista le preguntó cuánta gente trabajaba en el Vaticano, el papa sonrió y respondió: «Oh, no más de la mitad». En otra ocasión, al visitar el hospital romano del Espíritu Santo, la priora, nerviosa y emocionada, lo saludó diciendo: «Santidad, soy la superiora del Espíritu Santo», a lo que el papa replicó con una sonrisa: «¡Qué suerte tiene, hermana! Yo solo he podido llegar a ser vicario de Cristo».

Esa misma luz guiaba al jesuita chileno san Alberto Hurtado en medio del barro de la miseria. A quienes le criticaban por mantener siempre la sonrisa frente al dolor ajeno y el sufrimiento, les respondía: «Una sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz». Es la misma intuición de Don Bosco, que educaba con trucos de magia y una eterna sonrisa en los labios. No en vano levantó su sociedad sobre el cimiento del santo de la paciencia, san Francisco de Sales, que repetía aquello de que «se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre».

Esta metáfora del vinagre ha sido rescatada con insistencia por el papa Francisco, otro campeón del buen humor. En su exhortación Gaudete et exsultate, colocó el sentido del humor como una nota esencial de la santidad contemporánea, recordando que el creyente, «sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y rico de esperanza». Por eso, su advertencia es rotunda: «Cuando un cristiano pierde el sentido del humor, se avinagra». Como si el viejo Jorge de Burgos hubiera despertado del sueño eterno, muchos recibieron con el gesto torcido sus palabras en la Misa Crismal de 2015: «No podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos».

La santidad auténtica no arruga el rostro ni endurece las entrañas. Quien se sabe sostenido por el amor incondicional de Dios gana una libertad interior que le permite reírse, antes de nada, de sí mismo. El buen humor no es un adorno del carácter, sino una de las formas más altas de solidaridad, una manera de aligerar la carga del hermano. Es lo que el psiquiatra Viktor Frankl expresaba al parafrasear a Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia afuera», precisamente hacia donde nos espera el otro.

Es verdad que mantener el buen humor en la intemperie del mundo es una tarea compleja. Los dramaturgos saben bien que es infinitamente más sencillo hacer llorar que hacer reír. El dolor encuentra autopistas directas hacia el corazón, pero la alegría requiere caminos de autenticidad, madurez y limpieza de espíritu. Y además, no toda risa es sana. Existe una rica cínica, hecha de burla, chisme y superioridad, de la que también nos previene Qohélet al comparar la risa de los necios con el «crepitar de zarzas bajo la olla»: mucho ruido, mucho humo, pero ningún alimento.

La buena ironía y la sonrisa limpia, en cambio, nos devuelven la proporción de las cosas, nos recuerdan nuestra fragilidad y nos desinstalan de nuestros pedestales de barro. Yo, al menos, acabo de releer estas líneas con una sonrisa en los labios. Ojalá sea contagiosa.