La coartada de lo sagrado

A estas alturas, a pocos sorprende la contradicción extrema de quienes, desde posiciones enfrentadas, invocan a Dios como garante de sus acciones. No es nuevo. Está en la historia desde el principio. En la antigüedad, la disputa era entre dioses rivales para demostrar cuál era el verdadero. Pero con la consolidación de las religiones monoteístas, el argumento cambió de forma, no de fondo: ya no se trata de probar la fuerza del dios propio, sino de certificar que ese Dios único ha elegido a un pueblo, una nación, un estilo de vida… frente a los demás.

A lo largo de los siglos, la apelación a lo divino como legitimación de la propia causa —siempre frente a un enemigo que también se declara respaldado por lo sagrado— ha sido un patrón recurrente. No hablamos solo de fe, sino de un blindaje moral, político y simbólico para la violencia. Las cruzadas bajo el lema “Deus vult”; la yihad islamista; las guerras entre católicos y protestantes; el “Dios está con nosotros” bordado en los uniformes de soldados ingleses y alemanes durante la Primera Guerra Mundial; la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta… La lista es larga y dolorosa. Y hoy seguimos asistiendo al mismo ritual: unos y otros apelan a Dios como para justificar atrocidades, invasiones e ideas.

Hay una famosa cita de Jomo Kenyatta, primer ministro de Kenya en 1963, que resume esta contradicción con crudeza: «Cuando el hombre blanco vino, nosotros teníamos la tierra y ellos tenían la Biblia. Nos enseñaron a rezar con los ojos cerrados y cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia». La instrumentalización de lo sagrado como herramienta de poder es tan antigua como eficaz.

Hay muchos modos de usar el nombre de Dios en vano, pero quizá el más grave sea utilizarlo para justificarnos frente a quienes no son o no piensan como nosotros. Cuando revestimos nuestra causa de absoluto, la duda desaparece. Y cuando la duda desaparece, la violencia deja de ser un límite para convertirse en posibilidad irresistible. Voltaire lo advirtió: «Quienes pueden hacerte creer absurdidades pueden hacerte cometer atrocidades». La certeza absoluta actúa como un sedante que anestesia la conciencia crítica y transforma la crueldad en deber.

Cuando la opinión se convierte en dogma, el otro deja de ser un rostro y pasa a ser un obstáculo. La violencia destruye, pero sobre todo deshumaniza. Nombrar lo sagrado como coartada es especialmente peligroso porque corrompe el lenguaje más valioso de la humanidad. Cuando llamamos “defensa” a la venganza, “paz” a la sumisión, “necesario” a lo cruel, no describimos la realidad, la maquillamos para poder dormir tranquilos.

La única alternativa que nos queda es aprender a vivir sin refugios dogmáticos y sin certezas blindadas. Caminar en la frontera incómoda de la duda, que no paraliza, sino que humaniza. En palabras de Spinoza: «No reír, no llorar, no indignarse, sino comprender». Comprender no es justificar; es desactivar la química de la obediencia ciega que fabrica héroes de saldo y verdugos obedientes.

Estamos llamados a una resistencia lúcida: que se niegue a bautizar como virtud lo que no es más que miedo; que nos aleje de la tentación de salvar el mundo a golpe de absolutos; que nos devuelva a lo único que de verdad importa: el cuidado de lo cercano, las personas concretas, los daños evitables, las palabras que pronunciamos. Lo contrario de lo absoluto no es el relativismo, sino la responsabilidad.

Quizá el mayor pecado público no sea pronunciar el nombre de Dios con ligereza, sino usarlo como arma arrojadiza. Si lo sagrado necesita violencia para defenderse, quizá no sea realmente sagrado. La intemperie no miente: nos deja sin coartadas y nos devuelve al único lugar donde las convicciones valen algo, el territorio frágil, concreto y siempre revisable de lo humano. Esa es su gran ventaja.

Ignorancia e intolerancia

La semana pasada nos sobresaltó el brutal ataque en dos iglesias de Algeciras, con el triste resultado de un muerto, varios heridos y cientos de noticias cargadas de miedo e ignorancia. No podemos evitar juzgar estos acontecimientos con las cortas herramientas de nuestros prejuicios, medirlos a partir de ideas que ni siquiera hemos pensado bien, sacar conclusiones que nos salven del sentimiento de inseguridad. Tampoco podemos evitar, aunque deberíamos, interpretarlo todo desde una posición de superioridad, moral, cultural, religiosa; realmente da igual, porque ninguna de ellas es capaz de dar respuesta a nuestros miedos ante la diferencia y lo incomprensible.

He estudiado el islām, sus textos, su teología, sus sabios y místicos. Evidentemente, lo he hecho como cristiano, con mi tradición a cuestas, lo que a veces ha supuesto un fardo, pero otras muchas, una riqueza. Lo más fácil de aceptar, para alguien que se adentra en el islām desde fuera, es la belleza de la espiritualidad sufí, que nos muestra desde siglos una imagen de tolerancia y sabiduría cercana a la espiritualidad de nuestros propios místicos, aunque hablar de propios cuando nos referimos a la mística es prueba de la pobreza hermenéutica en nuestras ideas preconcebidas. Los místicos, recorran el camino que recorran, se saben buscadores de la belleza de Dios en el mundo, en sus vidas y en todas las personas; saben que tan solo se aproximan a la verdad, la desean pero no la poseen.

Más difícil es aceptar esa otra imagen del islām que nos llega medio oculta por el desconocimiento y por siglos de desencuentro. Las reacciones más comunes son la ignorancia y la intolerancia. Tampoco nos creamos más intransigentes que nadie por ello, en el mundo islámico ocurre prácticamente lo mismo en su percepción del cristianismo. Hace tiempo leí un pequeño libro de Amín Maalouf, Las cruzadas vistas por los árabes. Fue un gran descubrimiento para mi, que tanto había leído sobre las cruzadas vistas desde mi orilla. Maalouf es cristiano, de origen libanés, y sabe de la importancia que tiene calzar las sandalias del otro para poder sentir el mundo de un modo nuevo. Su vida, como la de su familia, no ha sido fácil, podríamos decir que es una de tantas víctimas de la intolerancia, vagando de un país a otro, repudiado por unos y otros porque no se conformaba con odiar. Como él mismo dice en otro de sus ensayos, vivimos obsesionados en hallar para cada problema un culpable antes que una solución (de su libro Identidades asesinas, muy recomendable también).

Después, cuando ocurren actos tan incomprensibles como el de Algeciras, y tantos otros que forman ya parte de nuestra memoria colectiva, por su dramatismo y crueldad, la ignorancia y la intolerancia vuelven a ser protagonistas de las reacciones mayoritarias en la sociedad. Ya no es solo que el dolor domine nuestra respuesta, a veces hay que escuchar con asombro justificaciones e interpretaciones de políticos e intelectuales que tiran de tópicos y traen más desconcierto que tranquilidad. Decir a estas alturas, por ejemplo, que los católicos somos más tolerantes que los musulmanes, porque no usamos la violencia para imponer nuestra fe, es desconocer tanto la historia como la realidad más profunda y real de ambas religiones; asociar cierta superioridad moral a una determinada tradición religiosa, menospreciando la vida y el compromiso de los millones de fieles que practican su credo en paz y en espíritu constante de conversión (porque eso es realmente la yihad, más parecida a la ascética cristiana de lo que nos hacen creer), es una incendiaria forma de polemizar, engañar y polarizar el diálogo y el encuentro.

Tras los sangrientos atentados de París, en noviembre de 2015, que provocaron 130 muertos y 415 heridos en la sala Bataclan y otros lugares, el periodista Olivier Roy publicó una columna en Le Monde (24/11/2015) de la que anoté una intuitiva y sobrecogedora idea, que puede ayudar a situar toda esta locura, pero sobre todo el verdadero problema: No es el islam el que se radicaliza, es la radicalidad la que se islamiza. Queda claro.

No encuentro un modo mejor de acabar este post que los conocidos versos de un gran místico musulmán del siglo XIII, Yalāl al-Dīn Rumī:

La cruz de los cristianos,
palmo a palmo examiné.
Él no estaba en la cruz.

Fui al templo hindú, a la antigua pagoda.
En ninguno de ellos había huella alguna.

Fui a las tierras altas de Herat, y a Kandahar.
Miré. No estaba en las cimas ni en los valles.
Resueltamente escalé la fabulosa montaña de Kaf.
Ahí sólo estaba la morada del legendario pájaro Anqa.
Fui a la Caaba de la Meca. Él no estaba allí.
Pregunté por él a Avicena, el filósofo.

Él estaba más allá del alcance de Avicena.
Miré dentro de mi propio corazón.
En ese, su lugar, lo vi.
No estaba en ningún otro lado.