Reforma vaticana para quienes no tienen fe

papa_nor-672xXx80-2Se hacen eco las noticias del motu proprio del papa Francisco reformando el reglamento jurídico del Estado Vaticano y adecuándolo al derecho internacional: queda abolida la cadena perpetua, se introducen nuevas figuras criminales relativas a delitos contra la humanidad y, sobre todo, se agravan las penas para los casos relacionados con abusos de menores y blanqueo de capitales. Estarán sujetos a las nuevas normas todos los funcionarios vaticanos y empleados de la curia, además del nuncio apostólico, el personal diplomático de la Santa Sede y todos los empleados de organismos e instituciones relacionados con el gobierno de la Iglesia.

Se estipulan como delito contra los menores la venta, prostitución, alistamiento y violencia sexual contra ellos, la pornografía infantil, posesión de material de pornografía infantil y actos sexuales con menores.

Aparte de que la principal reforma legislativa del Estado Vaticano deba consistir en la desaparición de dicho «Estado», y aparte también de que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para que las leyes del Vaticano se ajusten al derecho internacional y a la carta de los Derechos Humanos de la ONU, lo que esta reforma pone sobre la mesa es el reconocimiento de que las excomuniones canónicas no sirven para nada cuando se amenaza con ellas, o se aplican, a quienes no tienen fe.

Y no me refiero precisamente al caso de amenazar con excomunión, o con el infierno, o con lo que sea que dé miedo, a los ateos, sino a los propios jerifaltes vaticanos, a los obispos que esconden y tapan a tanto cura pederasta, a los monseñores que se dedican a blanquear cantidades vergonzosas de dinero, a los que condenan a homosexuales al exilio social pero gustan vestir de faldones negros para ocultar sus tendencias personales. De nada sirve, digo, amenazar a estos con excomuniones cuando demuestran con sus actos y creencias que no tienen fe. El único miedo que conocen no es el del infierno sino el de perder su poder, su prestigio, la inmunidad de sus sotanas.

Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf (1983)

Confieso que durante mucho tiempo me he resistido a este libro, lo consideraba un alegato en defensa de lo árabe y lo musulmán, y en contra de lo cristiano; al mismo nivel de zafiedad que tantos libros cristianos sobre el tema de las cruzadas, que hacen justamente lo contrario, pero con altas dosis de fanatismo y apologética. Pero mi gusto por la historia, no por la novela histórica, como es sabido, y en particular por ese amplio y oscuro período de las cruzadas, ha vencido a mis escrúpulos.

Y todos esos prejuicios los que se fueron cayendo con rapidez desde las primeras páginas del libro. El ensayo de Amin Maalouf (Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010), además de estar muy bien escrito (y bien traducido, evidentemente), nos sitúa en la lectura que la historiografía árabe y musulmana de la época, realiza de las ocho cruzadas más importantes, pero sin caer en fanatismos o interpretaciones parcialistas de ninguna de las partes, sólo lee la historia desde «el otro lado», resaltando con la destreza del escritor lo que uno y otro tuvieron de entusiastas, bárbaros y guerreros, pero fundamentalmente, unos y otros, buscadores de una verdad que no estaba completa en ninguna de las partes.

Amin Maalouf concluye, con cierto pesimismo, que ambas religiones perdieron cientos de oportunidades de comprenderse y conocerse, de promover un yihad que luchara por la justicia, en lugar de la aniquilación de quien cree y piensa diferente. De entre todos los personajes que protagonizan la historia de las cruzadas palestinas, Maalouf resalta la grandeza de Salah al-Din, Saladino, de una generosidad con todos que «rayaba a veces la inconsciencia», pero que le ha hecho famoso por permitir la entrada de peregrinos desarmados en Jerusalén una vez reconquistada por él; y Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio, definido por el cronista árabe de Damasco en 1229 como «ni cristiano ni musulmán, sino con toda seguridad ateo», y excomulgado dos veces por Gregorio IX al «montarse una cruzada a su estilo».

El escritor libanés se pregunta al final de su ensayo por los diferentes caminos que, en la historia posterior, han seguido y caracterizado al mundo árabe y al mundo cristiano occidental. Mientras que en la época de las cruzadas son los árabes los que se encuentran a la «avanzadilla» de la cultura y la modernidad, pronto quedarán estancados, prisioneros de un resentimiento que les hunde:

Asediado por doquier, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo. ¿Era necesario afirmar la propia identidad cultural y religiosa rechazando ese modernismo cuyo símbolo era Occidente? ¿Era necesario, por el contrario, emprender resueltamente el camino de la modernización corriendo el riesgo de perder la propia identidad?

Cuando Ali Agka atentó en la Plaza de San Pedro contra Juan Pablo II, confesó que había decidido matar al comandante supremo de los cruzados. Maalouf busca espacios de encuentro, no revanchas, puntos de unión, no quiebra entre mundos, diálogo y comprensión, no guerras santas o cruzadas. Por desgracia la brecha se ha hecho mayor.