Desconfinar la mirada

Hace ya meses que nos sentimos descolocados, cada vez que pensábamos rehacer la vida se nos evadía, obligándonos a recomponer los resortes de la paciencia, confinando las emociones para escapar del miedo, enmascarando los encuentros y sorteando los abrazos. Tanta inseguridad acaba desviando la mirada que tenemos sobre el mundo y sobre las cosas, acostumbrada a ser mirada que pone orden en aquello en lo que se posa, que necesita encontrar sentido y solo lo percibe cuando tiene respuestas, aunque sea rellenado los huecos por los que se cuela el diablo de la inquietud.

Ese afán de colocarlo todo, de mirar un mundo perfecto, una vida satisfecha, un final feliz, nos lleva por el agotador camino de la obsesión por recuperar todo lo perdido, el tiempo, las sonrisas, los encuentros, los espacios compartidos… La psicología de la Gestalt lo llama ley del cerramiento, nuestro cerebro no tolera huecos y organiza lo que percibimos para poder conocer la realidad como completa, pero al hacerlo provoca saltos de sentido, completa las palabras, los sentimientos, las ausencias, para que la mirada no sufra, y de ese modo tranquiliza la conciencia, nos hace ciudadanos de espacios felices que duran solo unos minutos, antes de que nos demos cuenta de las pérdidas y del vacío de los afectos.

Hay ocasiones en que el modo de cerrar esa realidad incompleta es abusando de tópicos, nos está pasando este año con las celebraciones de Navidad. Las ciudades se han llenado de luces mucho antes de lo normal, con la excusa de que necesitamos sentir el espíritu navideño con más fuerza que nunca; llevamos meses escuchando eso de que debemos cuidarnos para salvar la Navidad; lo de vivir la magia de Navidad y rescatar su espíritu empieza a sonar más empalagoso que nunca. Aceptamos lo que otros años nos daba grima porque ya hemos perdido mucho, porque no esperábamos que esta situación se alargara tanto, porque sentimos la necesidad de cerrar el círculo vital en el que nos perdimos hace ya mucho tiempo. A cambio estamos dispuestos a aceptar luces, magia y espíritu que nos salven de esta incompletitud a la que ni queremos ni podemos acostumbrarnos.

Estamos tan preocupados por desconfinar la vida en general, por recuperar espacios, por palpar de nuevo la libertad de sentir, que nos olvidamos de desconfinar la mirada. Nos falta el ojo de Dios en nuestro ojo, para ser la misma mirada, para reconocer el mundo sin necesidad de completar los vacíos, para amar de nuevo esos huecos y abrazarnos a los fracasos con la misma intensidad con que nos envolvemos de los momentos de superación y alegría. ¡Qué bien lo expresa el Maestro Eckhart!, “El ojo en el que veo a Dios es el mismo ojo en el que Dios me ve. Mi ojo y el ojo de Dios es un ojo y una mirada y un reconocer y un amar”.

La promesa de Navidad no es la magia, no necesitamos salvar los regalos, ni las comidas, ni las fiestas, hay que salvar la mirada, porque solo cuando mi ojo y el ojo de Dios es un mismo ojo podemos mirar con su mirada penetrante, podemos reconocer que la salvación se llama posibilidad, y amar a ese niño envuelto en pañales, toda una esperanza por cumplir. Es esa incompletitud de Dios la que nos salva, a pesar de nuestra manía por reconstruir y poner todo en orden, para que nada nos haga daño a la mirada, para mantener intacta la mínima inteligencia que nos permita movernos por el mundo creyendo que lo podemos todo, lo abarcamos todo, que somos invencibles e invulnerables.

Es posible que este año estemos más capacitados que nunca para entender esta promesa de Navidad. Ahora que vamos comprendiendo que nada volverá a ser como antes, tampoco nosotros mismos, percibimos que hemos quedado heridos de vulnerabilidad, ha caído esa egolatría que nos retenía lejos del verdadero misterio: el futuro y las esperanzas de cambio se construyen en los espacios vacíos acumulados, en las pérdidas, en los abismos, no llenándolos con luces y esperanzas pasajeras, sino mirándolos sin miedo, con el mismo amor con que Dios los ve.

Feliz desconfinamiento de la mirada. Feliz Navidad.

Sin vergüenza… y sin miedo

Cada año por estas fechas nos ponemos melancólicos, pastelosos incluso, sin reparos para que nuestra sensibilidad modere tantos caminos torcidos y esperanzas perdidas. Tapamos, avergonzados, las grietas que la vida ha ido abriendo y disimulamos nuestras carencias a base de escribir compulsivamente obviedades, felicitar a quien el resto del año tenemos olvidado, ponernos la máscara del “por un día no pasa nada”, beber los tragos que después podremos vomitar.

Lo hacemos porque es lo que todos aceptamos, en parte incluso lo esperamos, ¿quién se atreve a mostrar sus vergüenzas personales?, ¿quién reconoce que no da para más, que estas son las cartas que le ha tocado jugar, pero es feliz así? Vivimos un permanente escarceo de la verdad porque tenemos miedo a todo lo que la verdad oculta.

Y es justamente ahí donde, nuevamente, Dios se presenta para descolocarnos, hacernos parte de un loco proyecto de salvación que remueve los cimientos de todo lo que creíamos saber, que coloca boca abajo las verdades construidas con mentiras repetidas, que comienza desde abajo y desde dentro lo que solo sabemos hacer desde el tejado y el maquillaje de la realidad. Una vida a la intemperie, sin vergüenza ni pudor ante todo lo bueno que podemos dar, y que tantos esperan de nosotros. Por muy pequeños que nos consideremos, solo esos detalles cambian el mundo, porque antes ya nos han cambiado a nosotros mismos.

Esperar algo nuevo implica confianza, sorpresa, cambio, pañales y pesebres que acogen, en su sencillez, signos de salvación. Estos día, este año, todo lo que estrenamos nos prepara para no tener miedo a caminar con la cabeza bien alta y no avergonzarnos de lo que la vida, y la fe, nos regalan. Feliz si lo entiendes así. Feliz Navidad, sin vergüenza… y sin miedo.

Utopía… y confianza

“Vengo pronto. Mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona”

Apocalipsis 3,11

Esperamos con tantas ganas que, por lo general, olvidamos que la espera es una carrera de fondo, que dormirse en los laureles no es actitud de vida, sino de los que se rinden. Es muy común andar esperando que las cosas mejoren, y montar una buena fiesta a la primera señal de cambio, se nos va la vida en ello, porque a veces esas señales son confirmación del trabajo bien hecho, del esfuerzo personal, de tanta esperanza que se ha derrochado en los preparativos. Es entonces cuando el segundo tren nos sorprende, habíamos puesto tanto empeño en estar preparados, que descuidamos la realidad de una vida en continuo fluir, después de un tren puede venir otro, ingenuidad que vence seguridades y arrolla formalismos.

Esta va a ser mi tercera Navidad en un país que no celebra la Navidad. La primera en un país musulmán, primera también sin luces, adornos, compras…, todos esos trenes esperados. Cuando somos capaces de quitar lo superficial, queda lo verdaderamente importante. Lo cierto es que vivir la Navidad sin la presión que socialmente le hemos añadido, libera la vida y la mantiene alerta para disfrutar de todas las llegadas de Cristo, en la forma que sea, en la dirección que venga, después de un tren, viene otro.

Después del Cristo que me llega porque lo he pedido, y deseado, del que espero y para el que me he preparado, ese Cristo litúrgico que hemos metido en un corsé de palabras y formas, al que entregué y consagré mi vida, después, viene el que me cambia, el que va deshaciendo nudos que yo mismo he creado, porque quería evitarme las sorpresas y afianzar las verdades; viene el que me recuerda que me consagré para salir a los espacios abiertos, los de las soledades y la intensa espiritualidad; viene el que vacía mi misterio y acoge mi silencio, y lo llena de palabras abiertas y con sentido; viene otro tren, el que cambia mi vida, no por inesperado sino porque me llega en el vaciamiento de mis fortalezas.

Desarraigarse en Navidad prepara el corazón para soportar esos trenes que arrancan mis raíces, cuando me llegan en la seguridad de un corazón que pensaba que todo había sucedido ya. Vivir la fe, y la esperanza, y el amor, en minoría, y sin la tentación de ser ombligo del mundo, prepara la vida para relativizar sin imponer, para bajar escalones que separan y desvestirse de la ropa que diferencia. Necesito seguir esperando así los otros trenes, que me descubren, que me desnudan, que me devuelven la confianza.

Navidad 2018